A veces, algunas historias están escritas mucho antes de estar visibles en una hoja blanca. A veces, estas historias nos acompañan a lo largo de nuestra existencia, ya que siempre hubo alguien que nos relató esta historia de la historia que le ocurrió a algún conocido. A veces, simplemente debemos retornar a esas viejas y hastiadas lecturas que realizamos en algún momento importante de nuestras vidas, y en esa “relectura” terminamos encontrando nuevos sentidos, tal como le ocurría a Clarita, porque si voy a contar la historia, la voy a contar tal como ella me la contó mientras tomaba Gancia y lloraba moqueando (toda ella moqueando y yo recuerdo cómo entretenía esa charla antes de irme con los pibes).
Sé que la encontré como uno de esos animales que andan atacando, para no enrollarse en el regazo, y bastó pagarle un par de tragos para que esa mina, que tenía la boca más calenturienta que había visto en mi vida, esa misma mina terminó siendo una pieza más del dominó de mis viernes y sábados. Porque todos sabían que una de mis obsesiones era que mientras más goteaba mi nariz, más escudriñador me volvía de aquellos golpeados. Y no fue difícil, ella ahí, toda retorcida de dolor mientras miraba una servilleta manchada por sus propias mucosidades. Recuerdo que enseguida sentí el dolor sordo de querer metérsela por todos lados, pero también (me pasa hasta el día de hoy) que siento que la piel no me alcanza para abarcar ese momento que se vuelve único e innombrable. Pero, harto de hablar de mí, es de Clarita de quien quiero hablar, es de ella, esa que mientras se sorbía los mocos, era la que lloraba por haber sido “Nada” cuando para mí, era “todo”.
“En ese momento me había cansado de que me cogieran por todos lados. Me había hartado de ser el caramelo chupado por ese, y por una vez en la vida, quería sentir eso que él decía sentir por mí”. Era harto sabido que había sido abusada constantemente y a lo largo de todos esos años que ya estaban haciendo mella en sus ojos (tenía unos ojos desorbitantemente tristes, a los que no les daba crédito por nada de lo que insinuaran, y sin embargo, no podía desistir de las ganas que tenía de que me la chupara….)
“Un día, decidí cruzar la calle sin permiso. Me había cansado de que digitaran mi entrega al gallo mayor, entonces decidí desobedecer. Me puse una musculosa roja y crucé la calle para decirle que estaba perdidamente enamorada de él, que toda esa distancia la entendía porque yo también la sufría”. Y mientras hablaba, los ojos se le nublaban, y ahí fue la primera vez que intenté meterle las manos entre las rodillas, ella se reía a carcajadas, y cerraba las piernas como evitando algo que era imposible. Era imposible no inclinar la ceja, y ver que se estaba empapando de las ganas. Todavía hoy, no sé si fue producto mío, o fueron solamente las ganas de recordar el momento en que le habían roto el alma, como a ella le gustaba exagerar. La cosa era simple, el tipo le había dicho “Vos para mí, sos nada”, y acto seguido, ella cayó en la primera de las que serían las ficciones que me contaría cada vez que me la quisiera garchar. Ella bajó la cabeza y regresó por donde venía, a tomarse un clonazepam y olvidar que alguna vez se atrevió a hablar por fuera de su moralina. Mientras lo contaba, una gota le rodó la mejilla y nunca fue tan hermosa para mí, mientras lloraba por eso. Porque no lloraba por ése, sino “eso”. Ella había creído que era “la nada” por tanto tiempo, que no fue difícil convertirla en Pasifae, hacerla beber todo mi semen y verla llorar mientras a cada embestida ella fruncía el ceño para no ver nada. Tiempo después, cuando la volví a encontrar, estaba en plena plaza Francia. Acunaba un libro que terminó regalándome, y le pregunté por qué había accedido a acostarse conmigo. Para ese momento, yo sentí que había estado tan mal con ella, pobrecita, que de alguna manera quise redimirme de ese rol espantoso de alfa puro. Solo que ella no se daba cuenta, la muy imbécil. Mientras buscaba en sus ojos, ya no había nada de la que una vez había sido. No sentí ganas de tocarla, más bien sentí rechazo. Nos tomamos un vino con Tang y seguí mi camino, y ahí ella me gritó:
“Maxi. Maxi no te vayas”- y ahí sentí que el mundo se paralizaba para mí, ella me diría que después de tantos garches, tantas idas y venidas en su mundo desesperanzado, se había dado cuenta de que era especial, que yo con mis letras y mis canciones desesperadas podría darle ese arrullo que ella necesitaba, y todas las ideas dando vueltas hasta que dijo:
“Sigo siendo nada, todo, unika, mítika, legenda, poco, algo, y todos los pronombres que te puedas imaginar para no nombrarme. Nunca vas a tener la imagen completa de mí.”
UN BLÓ QUE QUIERE QUE EL UNIVERSO ESTÉ EN PLENA ARMONÍA CON UNAAAAA.....UNA DEDICATORIA A SER FELIZ A PESAR DE LA MALA VIBRA, UN BLÓ QUE QUIERE QUE LA META, LA TOTE Y PATAFÍSICA SEAN LOS NUEVOS LENGUAJES QUE CONSTRUYEN NUEVOS LUGARESSSS
sábado, 14 de enero de 2012
CARPE DIEM (ABELARDO CASTILLO) Y LUEGO EL COMENTARIO DE UNA NOCHE
–A ella le gustaba el mar, andar descalza por la calle, tener hijos, hablaba con los gatos atorrantes, quería conocer el nombre de las constelaciones; pero no sé si es del todo así, no sé si de veras se la estoy describiendo –dijo el hombre que tenía cara de cansancio. Estábamos sentados desde el atardecer junto a una de las ventanas que dan al río, en el Club de Pescadores; ya era casi medianoche y desde hacía una hora él hablaba sin parar. La historia, si se trataba de una historia, parecía difícil de comprender: la había comenzado en distintos puntos tres o cuatro veces, y siempre se interrumpía y volvía atrás y no pasaba del momento en que ella, la muchacha, bajó una tarde de aquel tren. –Se parecía a la noche de las plazas –dijo de pronto, lo dijo con naturalidad; daba la impresión de no sentir pudor por sus palabras. Yo le pregunté si ella, la muchacha, se parecía a las plazas. –Por supuesto –dijo el hombre y se pasó el nacimiento de la palma de la mano por la sien, un gesto raro, como de fatiga o desorientación–. Pero no a las plazas, a la noche de ciertas plazas. O a ciertas noches húmedas, cuando hay esa neblina que no es neblina y los bancos de piedra y el pasto brillan. Hay un verso que habla de esto, del esplendor en la hierba; en realidad no habla de esto ni de nada que tenga que ver con esto, pero quién sabe. De todas maneras no es así, si empiezo así no se lo voy a contar nunca. La verdad es que me tenía harto. Compraba plantitas y las dejaba sobre mi escritorio, doblaba las páginas de los libros, silbaba. No distinguía a Mozart de Bartók, pero ella silbaba, sobre todo a la mañana, carecía por completo de oído musical pero se levantaba silbando, andaba entre los libros, las macetas y los platos de mi departamento de soltero como una Carmelita descalza y, sin darse cuenta, silbaba una melodía extrañísima, imposible, una cosa inexistente que era como una czarda inventada por ella. Tenía, ¿cómo puedo explicárselo bien?, tenía una alegría monstruosa, algo que me hacía mal. Y, como yo también le hacía mal, cualquiera hubiese adivinado que íbamos a terminar juntos, pegados como lapas, y que aquello iba a ser una catástrofe. ¿Sabe cómo la conocí? Ni usted ni nadie puede imaginarse cómo la conocí. Haciendo pis contra un árbol. Yo era el que hacía pis, naturalmente. Medio borracho y contra un plátano de la calle Virrey Meló. Era de madrugada y ella volvía de alguna parte, qué curioso, nunca le pregunté de dónde. Una vez estuve a punto de hacerlo, la última vez, pero me dio miedo. La madrugada del árbol ella llegó sin que yo la oyera caminar, después me di cuenta de que venía descalza, con las sandalias en la mano; pasó a mi lado y, sin mirarme, dijo que el pis es malísimo para las plantitas. En el apuro me mojé todo y, cuando ella entró en su casa, yo, meado y tembloroso, supe que esa mujer era mi maldición y el amor de mi vida. Todo lo que nos va a pasar con una mujer se sabe siempre en el primer minuto. Sin embargo es increíble de qué modo se encadenan las cosas, de qué modo un hombre puede empezar por explicarle a una muchacha que un plátano difícilmente puede ser considerado una plantita, ella simular que no recuerda nada del asunto, decimos señor con alegre ferocidad, como para marcar a fuego la distancia, decir que está apurada o que debe rendir materias, aceptar finalmente un café que dura horas mientras uno se toma cinco ginebras y le cuenta su vida y lo que espera de la vida, pasar de allí, por un laberinto de veredas nocturnas, negativas, hojas doradas, consentimientos y largas escaleras, a meterla por fin en una cama o a ser arrastrado a esa cama por ella, que habrá llegado hasta ahí por otro laberinto personal hecho de otras calles y otros recuerdos, oír que uno es hermoso, y hasta creerlo, decir que ella es todas las mujeres, odiarla, matarla en sueños y verla renacer intacta y descalza entrando en nuestra casa con una abominable maceta de azaleas o comiendo una pastafrola del tamaño de una rueda de carro, para terminar un día diciéndole con odio casi verdadero, con indiferencia casi verdadera, que uno está harto de tanta estupidez y de tanta felicidad de opereta, tratándola de tan puta como cualquier otra. Hasta que una noche cerré con toda mi alma la puerta de su departamento de la calle Meló, y oí, pero como si lo oyera por primera vez, un ruido familiar: la reproducción de Carlos el Hechizado que se había venido abajo, se da cuenta, una mujer a la que le gustaba Carlos el Hechizado. Me quedé un momento del otro lado de la puerta, esperando. No pasó nada. Ella esa vez no volvía a poner el cuadro en su sitio: ni siquiera pude imaginármela, más tarde, ordenando las cosas, silbando su czarda inexistente, la que le borraba del corazón cualquier tristeza. Y supe que yo no iba a volver nunca a esa casa. Después, en mi propio departamento, cuaindo metí una muda de ropa y las cosas de afeitar en un bolso de mano, también sabía, desde hacía horas, que ella tampoco iba a llamarme ni a volver.
–Pero usted se equivocaba, ella volvió –me oí decir y los dos nos sorprendimos; yo, de estar afirmando algo que en realidad no había quedado muy claro; él, de oír mi voz, como si le costara darse cuenta de que no estaba solo. El hombre con cara de cansancio parecía de veras muy cansado, como si acabara de llegar a este pueblo desde un lugar lejanísimo. Sin embargo, era de acá. Se había ido a Buenos Aires en la adolescencia y cada tanto volvía. Yo lo había visto muchas veces, siempre solo, pero ahora me parece que una vez lo vi también con una mujer. –Porque ustedes volvieron a estar juntos, por lo menos un día.
–Toda la tarde de un día. Y parte de la noche. Hasta el último tren de la noche.
El hombre con cara de cansancio hizo el gesto de apartarse un mechón de pelo de la frente. Un gesto juvenil y anacrónico, ya que debía de hacer años que ese mechón no existía. Tendría más o menos mi edad, quiero decir que se trataba de un hombre mayor, aunque era difícil saberlo con precisión. Como si fuera muy joven y muy viejo al mismo tiempo. Como si un adolescente pudiera tener cincuenta años.
–Lo que no entiendo –dije yo– es dónde está la dificultad. No entiendo qué es lo que hay que entender.
–Justamente. No hay nada que entender, ella misma me lo dijo la última tarde. Hay que creer. Yo tenía que creer simplemente lo que estaba ocurriendo, tomarlo con naturalidad: vivirlo. Como si se me hubiera concedido, o se nos hubiera concedido a los dos, un favor especial. Ese día fue una dádiva, y fue real, y lo real no precisa explicación alguna. Ese sauce a la orilla del agua, por ejemplo. Está ahí, de pronto; está ahí porque de pronto lo iluminó la luna. Yo no sé si estuvo siempre, ahora está. Fulgura, es muy hermoso. Voy y lo toco y siento la corteza húmeda en la mano; ésa es una prueba de su realidad. Pero no hace ninguna falta tocarlo, porque hay otra prueba; y le aclaro que esto ni siquiera lo estoy diciendo yo, es como si lo estuviese diciendo ella. Es extraño que ella dijera cosas así, que las dijera todo el tiempo durante años y que yo no me haya dado cuenta nunca. Ella habría dicho que la prueba de que existe es que es hermoso. Todo lo demás son palabras. Y cuando la luna camine un poco y lo afee, o ya no lo ilumine y desaparezca, bueno: habrá que recordar el minuto de belleza que tuvo para siempre el sauce. La vida real puede ser así, tiene que ser así, y el que no se da cuenta a tiempo es un triste hijo de puta –dijo casi con desinterés, y yo le contesté que no lo seguía del todo, pero que pensaba solucionarlo pidiendo otro whisky. Le ofrecí y volvió a negarse, era la tercera vez que se negaba; le hice una seña al mozo. –Entonces la llamé por teléfono. Una noche fui hasta la Unión Telefónica, pedí Buenos Aires y la llamé a su departamento. Eran como las tres de la mañana y habían pasado cuatro o cinco meses. Ella podía haberse mudado, podía no estar o incluso estar con otro. No se me ocurrió. Era como si entre aquel portazo y esta llamada no hubiera lugar para ninguna otra cosa. Y atendió, tenía la voz un poco extraña pero era su voz, un poco lejana al principio, como si le costara despertarse del todo, como si la insistencia del teléfono la hubiese traído desde muy lejos, desde el fondo del sueño. Le dije todo de corrido, a la hora que salía el tren de Retiro, a la hora que iba a estar esperándola en la estación, lo que pensaba hacer con ella, qué sé yo qué, lo que nunca habíamos hecho y estuvimos a punto de no hacer nunca, lo que hace la gente, caminar juntos por la orilla del agua, ir a un baile con patio de tierra, oír las campanas de la iglesia, pasar por el colegio donde yo había estudiado. A ver si se da cuenta: sabe cuántos años hacía que nos conocíamos, cuántos años habían pasado desde que me sorprendió contra el plátano. Le basta con la palabra años, se lo veo en la cara. Y en todo ese tiempo nunca se me había ocurrido mostrarle el Barrio de las Canaletas ni el camino del puerto, el paso a nivel de juguete por donde cruzaba el ferrocarril chiquito de Dipietri, la Cruz, el lugar donde lo mataron a Marcial Palma. ¿Cómo no se me había ocurrido antes? Qué sé yo, no comprende que ése es justamente el problema. O tal vez el problema es que ella me atendió, y no sólo me atendió y habló por teléfono conmigo, sino que vino. Ella bajó de ese tren... –Y no sólo había bajado de ese tren sino que traía puesto un vestido casi olvidado, un código entre ellos, una señal secreta, y era como si el tiempo no hubiera tocado a la mujer, no el tiempo de esos cuatro o cinco últimos meses, sino el Tiempo, como si la muchacha descalza que había pasado hacía años junto al plátano bajara ahora de ese tren. Vi acercarse por fin al mozo. –Sí, exactamente ésa fue la impresión –dijo el hombre que tenía cara de cansancio–. Pero usted, cómo lo sabe.
Le contesté que él mismo me lo había dicho, varias veces, y le pedí al mozo que me trajera el whisky. Lo que todavía no me había dicho es qué tenía de extraño, qué tenía de extraño que ella viniera a este pueblo, con ése o con cualquier otro vestido. Cuatro o cinco meses no es tanto tiempo. ¿No la había llamado él mismo? ¿No era su mujer?
–Claro que era mi mujer –dijo, y sacó del bolsillo del pantalón un pequeño objeto metálico, lo puso sobre la mesa y se quedó mirándolo. Era una moneda, aunque me costó reconocerla; estaba totalmente deformada y torcida. –Claro que yo mismo la había llamado. –Volvió a guardar la moneda mientras el mozo me llenaba el vaso, y, sin preocuparse del mozo ni de ninguna otra cosa, agregó: –Pero ella estaba muerta.
–Bueno, eso cambia un poco las cosas –dije yo–. Déjeme la botella, por favor.
Ella no era un fantasma. El hombre con cara de cansancio no creía en fantasmas. Ella era real, y la tarde de ese día y las horas de la noche que pasaron juntos en este pueblo fueron reales. Como si se les hubiera concedido vivir, en el presente, un día que debieron vivir en el pasado. Cuando el hombre terminó de hablar, me di cuenta de que no me había dicho, ni yo le había preguntado, algunas cosas importantes. Quizá las ignoraba él mismo. Yo no sabía cómo había muerto la muchacha, ni cuándo. Lo que hubiera sucedido, pudo suceder de cualquier manera y en cualquier momento de aquellos cuatro o cinco meses, acaso accidentalmente y, por qué no, en cualquier lugar del mundo. Cuatro o cinco meses no era tanto tiempo, como había dicho yo, pero bastaban para tramar demasiados desenlaces. El caso es que ella estuvo con él más de la mitad de un día, y muchas personas los vieron juntos, sentados a una mesa de chapa en un baile con piso de tierra, caminando por los astilleros, en la plaza de la iglesia, hablando ella con unos chicos pescadores, corrido él por el perro de un vivero en el que se metió para robar una rosa, rosa que ella se llevó esa noche y él se preguntaba adonde, muchos la vieron y algún chico habló con ella, pero cómo recordarla después si nadie en este pueblo la había visto antes. Cómo saber que era ella y no simplemente una mujer cualquiera, y hasta mucho menos, un vestido, que al fin de cuentas sólo para ellos dos era recordable, una manera de sonreír o de agitar el pelo. Entonces yo pensé en el hotel, en el registro del hotel: allí debía de estar el nombre de los dos. Él me miró sin entender.
–Fuimos a un hotel, naturalmente. Y si eso es lo que quiere saber, me acosté con ella. Era real. Desde el pelo hasta la punta del pie. Bastante más real que usted y que yo. –De pronto se rió, una carcajada súbita y tan franca que me pareció innoble. –Y en el cuarto de al lado también había una pareja de este mundo.
–No le estoy hablando de eso –dije.
–Hace mal, porque tiene mucha importancia. Entre ella y yo, siempre la tuvo. Por eso sé que ella era real. Ni una ilusión ni un sueño ni un fantasma: era ella, y sólo con ella yo podría haberme pasado una hora de mi vida, con la oreja pegada a una taza, tratando de investigar qué pasaba en el cuarto de al lado.
–Ustedes dos tuvieron que anotarse en ese hotel, es lo que trato de decirle. Ella debió dar su nombre, su número de documento.
–Nombres, números: lo comprendo. Yo también coleccionaba fetiches y los llamaba lo real. Bueno, no. Ni nombre ni número de documento. Salvo los míos, y la decente acotación: "y señora". Cualquier mujer pudo estar conmigo en ese hotel y con cualquiera habrían anotado lo mismo. Trate de ver las cosas como las veía ella: ese día era posible a condición de no dejar rastros en la realidad, y, sobre todo, a condición de que yo ni siquiera los buscara. Escúcheme, por favor. Antes le dije que ese día fue una dádiva, pero no sé si es cierto. Es muy importante que esto lo entienda bien. ¿Cuándo cree que me enteré de que ella había muerto? ¿Al día siguiente?, ¿una semana después? Entonces yo habría sido dichoso unas horas y ésta sería una historia de fantasmas. Usted tal vez imagina que ella, o algo que yo llamo ella se fue esa noche en el último tren, yo viajé a Buenos Aires y allí, un portero o una vecina intentaron convencerme de que ese día no pudo suceder. No. Yo supe la verdad a media tarde y ella misma me lo dijo. Ya habíamos estado en el Barrio de las Canaletas, ya habíamos reído y hasta discutido, yo había prometido ser tolerante y ella ordenada, yo iba a regalarle libros de astronomía y mapas astrales y ella un gran pipa dinamarquesa, y de pronto yo dije la palabra "cama" y ella se quedó muy seria. Antes pude haber notado algo, su temor cuando quise mostrarle la hermosa zona vieja del cementerio donde vimos las lápidas irlandesas, ciertas distracciones, que se parecían más bien a un olvido absoluto, al rozar cualquier hecho vinculado con nuestro último día en Buenos Aires, alguna fugaz ráfaga de tristeza al pronunciar palabras como mañana. No sé, el caso es que yo dije que ya estaba viejo para tanta caminata y que si quería contar conmigo a la noche debíamos, antes, encontrar una cama, y ella se puso muy seria. Dijo que sí, que íbamos a ir adonde yo quisiera, pero que debía decirme algo. Había pensado no hacerlo, le estaba permitido no hacerlo, pero ahora sentía que era necesario, cualquier otra cosa sería una deslealtad. No te olvides que ésta soy yo, me dijo, no te olvides que me llamaste y que vine, que estoy acá con vos y que vamos a estar juntos muchas horas todavía. Pensé en otro hombre, pensé que era capaz de matarla. No pude hablar porque me puso la mano sobre los labios. Se reía y le brillaban mucho los ojos, y era como verla a través de la lluvia. Me dijo que a veces yo era muy estúpido, me dijo que sabía lo que yo estaba pensando, era muy fácil saberlo, porque los celos les ponen la cara verde a los estúpidos. Me dijo que hay cosas que deben creerse, no entenderse. Intentar entenderlas es peor que matarlas. Me habló del resplandor efímero de la belleza y de su verdad. Me dijo que la perdonara por lo que iba a hacer, y me clavó las uñas en el hueso de la mano hasta dejarme cuatro nítidas rayas de sangre, volvió a decir que era ella, que por eso podía causar dolor y también sentirlo, que era real, y me dijo que estaba muerta y que si en algún momento del largo atardecer que todavía nos quedaba, si en algún minuto de la noche yo llegaba a sentir que esto era triste, y no, como debía serlo, muy hermoso, habríamos perdido para siempre algo que se nos había otorgado, habríamos vuelto a perder nuestro día perdido, nuestra pequeña flor para cortar, y que no olvidara mi promesa de llevarla a un baile con guirnaldas y patio de tierra... Lo demás, usted lo sabe. O lo imagina. Entramos en ese hotel, subimos las escaleras con alegre y deliberado aire furtivo, hicimos el amor. Tuvimos tiempo de jugar a los espiones con la oreja pegada a la pared del tumultuoso cuarto vecino, resoplando y chistándonos para no ser oídos. Ya era de noche cuando le mostré mi colegio. La noche es la hora más propicia de esa casa, sus claustros parecen de otro siglo, los árboles del parque se multiplican y se alargan, los patios inferiores dan vértigo. En algún momento y en algún lugar de la noche nos perdimos. Yo sé guiarme por las estrellas, me dijo, y dijo que aquélla debía ser Aldebarán, la del nombre más hermoso. Yo no le dije que Aldebarán no siempre se ve en nuestro cielo, yo la dejé guiarme. Después oímos la música lejana de un acordeón y nos miramos en la oscuridad. Mi canción, gritó ella, y comenzó a silbar aquella czarda inventada que ahora era una especie de tarantela. Me gustaría contarle lo que vimos en el baile: era como la felicidad. Un coche destartalado nos llevó a tumbos hasta la estación. Ahora es cuando menos debemos estar tristes, dijo. Dios mío, necesito una moneda, dijo de pronto. Yo busqué en mis bolsillos pero ella dijo que no; la moneda tenía que ser de ella. Buscaba en su cartera y me dio miedo de que no la encontrara. La encontró, por supuesto. Ahora yo debía colocarla sobre la vía y recogerla cuando el tren se hubiera ido. No debería hacer esto, me dijo, pero siempre te gustaron los fetiches. También me dijo que debería sacarle un pasaje. Se reía de mí: Yo estoy acá, me decía, yo soy yo, no puedo viajar sin pasaje.
Me dijo que no dejara de mirar el tren hasta que terminara de doblar la curva. Me dijo que, aunque yo no pudiera verla en la oscuridad, ella podría verme a mí desde el vagón de cola. Me dijo que la saludara con la mano.
–Pero usted se equivocaba, ella volvió –me oí decir y los dos nos sorprendimos; yo, de estar afirmando algo que en realidad no había quedado muy claro; él, de oír mi voz, como si le costara darse cuenta de que no estaba solo. El hombre con cara de cansancio parecía de veras muy cansado, como si acabara de llegar a este pueblo desde un lugar lejanísimo. Sin embargo, era de acá. Se había ido a Buenos Aires en la adolescencia y cada tanto volvía. Yo lo había visto muchas veces, siempre solo, pero ahora me parece que una vez lo vi también con una mujer. –Porque ustedes volvieron a estar juntos, por lo menos un día.
–Toda la tarde de un día. Y parte de la noche. Hasta el último tren de la noche.
El hombre con cara de cansancio hizo el gesto de apartarse un mechón de pelo de la frente. Un gesto juvenil y anacrónico, ya que debía de hacer años que ese mechón no existía. Tendría más o menos mi edad, quiero decir que se trataba de un hombre mayor, aunque era difícil saberlo con precisión. Como si fuera muy joven y muy viejo al mismo tiempo. Como si un adolescente pudiera tener cincuenta años.
–Lo que no entiendo –dije yo– es dónde está la dificultad. No entiendo qué es lo que hay que entender.
–Justamente. No hay nada que entender, ella misma me lo dijo la última tarde. Hay que creer. Yo tenía que creer simplemente lo que estaba ocurriendo, tomarlo con naturalidad: vivirlo. Como si se me hubiera concedido, o se nos hubiera concedido a los dos, un favor especial. Ese día fue una dádiva, y fue real, y lo real no precisa explicación alguna. Ese sauce a la orilla del agua, por ejemplo. Está ahí, de pronto; está ahí porque de pronto lo iluminó la luna. Yo no sé si estuvo siempre, ahora está. Fulgura, es muy hermoso. Voy y lo toco y siento la corteza húmeda en la mano; ésa es una prueba de su realidad. Pero no hace ninguna falta tocarlo, porque hay otra prueba; y le aclaro que esto ni siquiera lo estoy diciendo yo, es como si lo estuviese diciendo ella. Es extraño que ella dijera cosas así, que las dijera todo el tiempo durante años y que yo no me haya dado cuenta nunca. Ella habría dicho que la prueba de que existe es que es hermoso. Todo lo demás son palabras. Y cuando la luna camine un poco y lo afee, o ya no lo ilumine y desaparezca, bueno: habrá que recordar el minuto de belleza que tuvo para siempre el sauce. La vida real puede ser así, tiene que ser así, y el que no se da cuenta a tiempo es un triste hijo de puta –dijo casi con desinterés, y yo le contesté que no lo seguía del todo, pero que pensaba solucionarlo pidiendo otro whisky. Le ofrecí y volvió a negarse, era la tercera vez que se negaba; le hice una seña al mozo. –Entonces la llamé por teléfono. Una noche fui hasta la Unión Telefónica, pedí Buenos Aires y la llamé a su departamento. Eran como las tres de la mañana y habían pasado cuatro o cinco meses. Ella podía haberse mudado, podía no estar o incluso estar con otro. No se me ocurrió. Era como si entre aquel portazo y esta llamada no hubiera lugar para ninguna otra cosa. Y atendió, tenía la voz un poco extraña pero era su voz, un poco lejana al principio, como si le costara despertarse del todo, como si la insistencia del teléfono la hubiese traído desde muy lejos, desde el fondo del sueño. Le dije todo de corrido, a la hora que salía el tren de Retiro, a la hora que iba a estar esperándola en la estación, lo que pensaba hacer con ella, qué sé yo qué, lo que nunca habíamos hecho y estuvimos a punto de no hacer nunca, lo que hace la gente, caminar juntos por la orilla del agua, ir a un baile con patio de tierra, oír las campanas de la iglesia, pasar por el colegio donde yo había estudiado. A ver si se da cuenta: sabe cuántos años hacía que nos conocíamos, cuántos años habían pasado desde que me sorprendió contra el plátano. Le basta con la palabra años, se lo veo en la cara. Y en todo ese tiempo nunca se me había ocurrido mostrarle el Barrio de las Canaletas ni el camino del puerto, el paso a nivel de juguete por donde cruzaba el ferrocarril chiquito de Dipietri, la Cruz, el lugar donde lo mataron a Marcial Palma. ¿Cómo no se me había ocurrido antes? Qué sé yo, no comprende que ése es justamente el problema. O tal vez el problema es que ella me atendió, y no sólo me atendió y habló por teléfono conmigo, sino que vino. Ella bajó de ese tren... –Y no sólo había bajado de ese tren sino que traía puesto un vestido casi olvidado, un código entre ellos, una señal secreta, y era como si el tiempo no hubiera tocado a la mujer, no el tiempo de esos cuatro o cinco últimos meses, sino el Tiempo, como si la muchacha descalza que había pasado hacía años junto al plátano bajara ahora de ese tren. Vi acercarse por fin al mozo. –Sí, exactamente ésa fue la impresión –dijo el hombre que tenía cara de cansancio–. Pero usted, cómo lo sabe.
Le contesté que él mismo me lo había dicho, varias veces, y le pedí al mozo que me trajera el whisky. Lo que todavía no me había dicho es qué tenía de extraño, qué tenía de extraño que ella viniera a este pueblo, con ése o con cualquier otro vestido. Cuatro o cinco meses no es tanto tiempo. ¿No la había llamado él mismo? ¿No era su mujer?
–Claro que era mi mujer –dijo, y sacó del bolsillo del pantalón un pequeño objeto metálico, lo puso sobre la mesa y se quedó mirándolo. Era una moneda, aunque me costó reconocerla; estaba totalmente deformada y torcida. –Claro que yo mismo la había llamado. –Volvió a guardar la moneda mientras el mozo me llenaba el vaso, y, sin preocuparse del mozo ni de ninguna otra cosa, agregó: –Pero ella estaba muerta.
–Bueno, eso cambia un poco las cosas –dije yo–. Déjeme la botella, por favor.
Ella no era un fantasma. El hombre con cara de cansancio no creía en fantasmas. Ella era real, y la tarde de ese día y las horas de la noche que pasaron juntos en este pueblo fueron reales. Como si se les hubiera concedido vivir, en el presente, un día que debieron vivir en el pasado. Cuando el hombre terminó de hablar, me di cuenta de que no me había dicho, ni yo le había preguntado, algunas cosas importantes. Quizá las ignoraba él mismo. Yo no sabía cómo había muerto la muchacha, ni cuándo. Lo que hubiera sucedido, pudo suceder de cualquier manera y en cualquier momento de aquellos cuatro o cinco meses, acaso accidentalmente y, por qué no, en cualquier lugar del mundo. Cuatro o cinco meses no era tanto tiempo, como había dicho yo, pero bastaban para tramar demasiados desenlaces. El caso es que ella estuvo con él más de la mitad de un día, y muchas personas los vieron juntos, sentados a una mesa de chapa en un baile con piso de tierra, caminando por los astilleros, en la plaza de la iglesia, hablando ella con unos chicos pescadores, corrido él por el perro de un vivero en el que se metió para robar una rosa, rosa que ella se llevó esa noche y él se preguntaba adonde, muchos la vieron y algún chico habló con ella, pero cómo recordarla después si nadie en este pueblo la había visto antes. Cómo saber que era ella y no simplemente una mujer cualquiera, y hasta mucho menos, un vestido, que al fin de cuentas sólo para ellos dos era recordable, una manera de sonreír o de agitar el pelo. Entonces yo pensé en el hotel, en el registro del hotel: allí debía de estar el nombre de los dos. Él me miró sin entender.
–Fuimos a un hotel, naturalmente. Y si eso es lo que quiere saber, me acosté con ella. Era real. Desde el pelo hasta la punta del pie. Bastante más real que usted y que yo. –De pronto se rió, una carcajada súbita y tan franca que me pareció innoble. –Y en el cuarto de al lado también había una pareja de este mundo.
–No le estoy hablando de eso –dije.
–Hace mal, porque tiene mucha importancia. Entre ella y yo, siempre la tuvo. Por eso sé que ella era real. Ni una ilusión ni un sueño ni un fantasma: era ella, y sólo con ella yo podría haberme pasado una hora de mi vida, con la oreja pegada a una taza, tratando de investigar qué pasaba en el cuarto de al lado.
–Ustedes dos tuvieron que anotarse en ese hotel, es lo que trato de decirle. Ella debió dar su nombre, su número de documento.
–Nombres, números: lo comprendo. Yo también coleccionaba fetiches y los llamaba lo real. Bueno, no. Ni nombre ni número de documento. Salvo los míos, y la decente acotación: "y señora". Cualquier mujer pudo estar conmigo en ese hotel y con cualquiera habrían anotado lo mismo. Trate de ver las cosas como las veía ella: ese día era posible a condición de no dejar rastros en la realidad, y, sobre todo, a condición de que yo ni siquiera los buscara. Escúcheme, por favor. Antes le dije que ese día fue una dádiva, pero no sé si es cierto. Es muy importante que esto lo entienda bien. ¿Cuándo cree que me enteré de que ella había muerto? ¿Al día siguiente?, ¿una semana después? Entonces yo habría sido dichoso unas horas y ésta sería una historia de fantasmas. Usted tal vez imagina que ella, o algo que yo llamo ella se fue esa noche en el último tren, yo viajé a Buenos Aires y allí, un portero o una vecina intentaron convencerme de que ese día no pudo suceder. No. Yo supe la verdad a media tarde y ella misma me lo dijo. Ya habíamos estado en el Barrio de las Canaletas, ya habíamos reído y hasta discutido, yo había prometido ser tolerante y ella ordenada, yo iba a regalarle libros de astronomía y mapas astrales y ella un gran pipa dinamarquesa, y de pronto yo dije la palabra "cama" y ella se quedó muy seria. Antes pude haber notado algo, su temor cuando quise mostrarle la hermosa zona vieja del cementerio donde vimos las lápidas irlandesas, ciertas distracciones, que se parecían más bien a un olvido absoluto, al rozar cualquier hecho vinculado con nuestro último día en Buenos Aires, alguna fugaz ráfaga de tristeza al pronunciar palabras como mañana. No sé, el caso es que yo dije que ya estaba viejo para tanta caminata y que si quería contar conmigo a la noche debíamos, antes, encontrar una cama, y ella se puso muy seria. Dijo que sí, que íbamos a ir adonde yo quisiera, pero que debía decirme algo. Había pensado no hacerlo, le estaba permitido no hacerlo, pero ahora sentía que era necesario, cualquier otra cosa sería una deslealtad. No te olvides que ésta soy yo, me dijo, no te olvides que me llamaste y que vine, que estoy acá con vos y que vamos a estar juntos muchas horas todavía. Pensé en otro hombre, pensé que era capaz de matarla. No pude hablar porque me puso la mano sobre los labios. Se reía y le brillaban mucho los ojos, y era como verla a través de la lluvia. Me dijo que a veces yo era muy estúpido, me dijo que sabía lo que yo estaba pensando, era muy fácil saberlo, porque los celos les ponen la cara verde a los estúpidos. Me dijo que hay cosas que deben creerse, no entenderse. Intentar entenderlas es peor que matarlas. Me habló del resplandor efímero de la belleza y de su verdad. Me dijo que la perdonara por lo que iba a hacer, y me clavó las uñas en el hueso de la mano hasta dejarme cuatro nítidas rayas de sangre, volvió a decir que era ella, que por eso podía causar dolor y también sentirlo, que era real, y me dijo que estaba muerta y que si en algún momento del largo atardecer que todavía nos quedaba, si en algún minuto de la noche yo llegaba a sentir que esto era triste, y no, como debía serlo, muy hermoso, habríamos perdido para siempre algo que se nos había otorgado, habríamos vuelto a perder nuestro día perdido, nuestra pequeña flor para cortar, y que no olvidara mi promesa de llevarla a un baile con guirnaldas y patio de tierra... Lo demás, usted lo sabe. O lo imagina. Entramos en ese hotel, subimos las escaleras con alegre y deliberado aire furtivo, hicimos el amor. Tuvimos tiempo de jugar a los espiones con la oreja pegada a la pared del tumultuoso cuarto vecino, resoplando y chistándonos para no ser oídos. Ya era de noche cuando le mostré mi colegio. La noche es la hora más propicia de esa casa, sus claustros parecen de otro siglo, los árboles del parque se multiplican y se alargan, los patios inferiores dan vértigo. En algún momento y en algún lugar de la noche nos perdimos. Yo sé guiarme por las estrellas, me dijo, y dijo que aquélla debía ser Aldebarán, la del nombre más hermoso. Yo no le dije que Aldebarán no siempre se ve en nuestro cielo, yo la dejé guiarme. Después oímos la música lejana de un acordeón y nos miramos en la oscuridad. Mi canción, gritó ella, y comenzó a silbar aquella czarda inventada que ahora era una especie de tarantela. Me gustaría contarle lo que vimos en el baile: era como la felicidad. Un coche destartalado nos llevó a tumbos hasta la estación. Ahora es cuando menos debemos estar tristes, dijo. Dios mío, necesito una moneda, dijo de pronto. Yo busqué en mis bolsillos pero ella dijo que no; la moneda tenía que ser de ella. Buscaba en su cartera y me dio miedo de que no la encontrara. La encontró, por supuesto. Ahora yo debía colocarla sobre la vía y recogerla cuando el tren se hubiera ido. No debería hacer esto, me dijo, pero siempre te gustaron los fetiches. También me dijo que debería sacarle un pasaje. Se reía de mí: Yo estoy acá, me decía, yo soy yo, no puedo viajar sin pasaje.
Me dijo que no dejara de mirar el tren hasta que terminara de doblar la curva. Me dijo que, aunque yo no pudiera verla en la oscuridad, ella podría verme a mí desde el vagón de cola. Me dijo que la saludara con la mano.
y un día regresó....
En la antiguedad, antes de que existiera la ciencia, existia el mito. El mito era un lenguaje, sagrado, puesto casi en practica por sacerdotes, sabedores, etc (en realidad, era puesto en acto por aquellos que manejaban el lenguaje, y conocian sus efectos). Si escribo esto, mas que para que seas un destinatario, es justamente para verlo "in situ" y leerlo y recordarme. El mito tiene algo de bueno, que es justamente "totalizador" y "uniko". No se discute, pues su palabra es ley. Como no va a ser mas facil constituirse en mito, en vez de mostrar la realidad? Es decir, quien no penso "reptilicamente" que es momento de tener bebito, de procrear, de usar el útero para 'historia' y no 'histeria'. Quien no penso en que esa frase "vos para mi sos nada" era puramente una falacia. Pero a veces, de muros estamos hechas algunas personas, y justamente esos muros nos permiten seguir y jugar a que "soy mas mito que otra cosa, (soy leyenda, soy unica, soy uniK, soy el falo gigantesco de lo que quiere el otro, y soy lo que no sabe que es). Es facil construir un mito de un padre, hombre whatever que nos de todo antes de pensar "lo real" (que en realidad nos da "la nada" "la ausencia"), porque posta, el que me regalaba postrecitos y coca cola me regalaba objetos porque no podia darme su presencia. Porque la busqueda de hombres que justifiquen el "ser nada" moviliza el tratar, bestialmente, imposiblemente, el intentar volverse "todo" (la mina, la mujer, la madre, la amante, cinturonga, el todo) y que loco que justamente en este momento, en el que peleo contra los estanques, contra la anfibiez, haya "inventado" una pelea imaginaria. Porque es mas fácil ser un "cinco Ruggieri" antes de que, franqueando muros, se den cuenta de que los miedos son terribles, miedo a los truenos, a la lluvia, a deambular porque en la flia "hay que sostener" y en ser "sosten" (no corpinio!) se fue "el hombre" y ahora cae "la madre". Que loco esto!
(gracias por hacerme ver el cielo, y veo que en la luna Europa, hay posibilidades de vida, según lo que dicen en "Científicos")
(gracias por hacerme ver el cielo, y veo que en la luna Europa, hay posibilidades de vida, según lo que dicen en "Científicos")
miércoles, 9 de noviembre de 2011
MÁS DE KEIRON

"La única y verdadera sabiduría vive lejos de los hombres, en la gran soledad, y solo puede obtenerse mediante el sufrimiento.Únicamente la privación y el sufrimiento abren la mente a todo lo que permanece oculto a los demás." - Joseph Campbell, "El Poder del Mito".
La figura de Quirón nos remonta al arquetipo del sabio y solitario Sanador Herido, un arquetipo que no goza de mucha popularidad en nuestros días, pero que es de crucial importancia para quien tiene como objeto de estudio el Alma Humana.
Mucho se ha dicho y discutido sobre Quirón, tanto entre los astrónomos como entre los astrólogos, pero casi nada se ha difundido sobre su estudio en uno u otro sentido. Muchos son los prejuicios al hablar de este auténtico "patito feo" astronómico, y su figura arquetípica sigue contínuamente desgarrándose entre el bando de los entusiastas y los detractores de este verdadero puente entre lo particular y lo colectivo, entre lo personal y lo transpersonal... Pero vayamos por partes, y comencemos por la historia de su existencia como cuerpo astronómico, para ir acercandonos luego a la figura del sujeto encarnado en el arquetipo y al por qué de la resistencia en su inclusión dentro de la Clinica actual.
En 1951 el norteamericano de origen holandés Gerard Kuiper propuso una singular teoría: Más allá de Plutón, existiría un enorme cinturón formado por incontables objetos de hielo y roca, que rodearía al Sol y a los planetas. Kuiper no se refería a planetas, sino a material sobrante de la formación del Sistema Solar. Con esto trataba de explicar el origen desconocido de los cometas de período corto, aquellos que tardan menos de 200 años en dar una vuelta alrededor del Sol, como el Halley. Desde entonces, los astrónomos comenzaron a especular con la existencia de un hipotético "Cinturón de Kuiper", similar al cinturón de asteroides entre las órbitas de Marte y Júpiter. Sin embargo el tiempo pasaba, y no aparecía evidencia alguna que demostrara la existencia de dichos objetos. Pero el tiempo pasó y pasó, y tras varias décadas de intentos infructuosos la mayoría de los astrónomos comenzó a resignarse: Plutón parecía ser el límite más lejano del Sistema Solar.
En Noviembre 1977, Charles T. Kowal, utilizando el telescopio Schmidt de 1,2 metros del Observatorio de Monte Palomar, descubrió un curioso objeto orbitando entre Saturno y Urano. El objeto fue identificado inicialmente como SMOK ("Slow-Moving Object Kowal", o sea: "Objeto de Movimiento Lento Kowal") y recibió el nombre provisional de 1977 UB; al principio se pensó que podía ser un asteroide. Solo que se encontraba en un lugar donde nunca antes se habían hallado asteroides. ¿Quizás se podría tratar de un cometa? El mismo Kowal sugirió esta hipótesis en 1978. Este supuesto asteroide giraba alrededor del Sol entre las órbitas de Saturno y Urano, lo que lo convertía en el asteroide más lejano conocido hasta entonces, ya que todos los demás giraban entre Marte y Júpiter. Sin embargo una década más tarde, al aproximarse a su perihelio, Quirón comenzó a desarrollar una pequeña cola, similar a las de los cometas. Quedó claro entonces que no era un asteroide común, sino una especie de cometa gigante que, al no recibir suficiente calor del Sol por su lejanía al mismo, no llegaba a desarrollar una cola de importancia. Pero un cometa no puede ser tan grande (es veinticinco veces mayor que el Halley, por ejemplo). Entonces Quirón no es un Cometa, dijeron, y tampoco un Planeta (solo mide unos 300 km de diámetro), y tampoco es un objeto del Cinturón de Kuiper (está dentro de la órbita Plutoniana) ¿Entonces, qué es? Todavía hoy nadie puede explicarlo. De todas formas, y por las dudas, Quirón terminó recibiendo un nombre "definitivo" tanto de cometa como de asteroide: Cometa 95P/Chiron / Planeta menor 2060 Chiron (la "P" se refiere a que sería un cometa de período corto). Su naturaleza "Dual", astronómicamente hablando, nos recuerda a la figura del Centauro del Mito, pero sobre ello hablaremos más adelante. Chiron tiene una órbita alrededor del sol de aproximadamente 50.7 años. El plano de su órbita está muy inclinado respecto del de la eclíptica, hecho que dificultó su avistamiento y localización, y en determinado momento de su camino celeste intercepta, brevemente, la órbita de Saturno. Aún no hay imágenes lo suficientemente claras de su superficie, y se desconoce la naturaleza exacta de su composición química, aunque se lo supone de tipo metálico. No es para nada una prioridad su estudio dentro de la astronomía moderna, y mucho menos objeto de planes en la exploración espacial. Para la ciencia actual es solo algo de lo que no vale la pena ocuparse mucho, un simple trozo de roca en el cielo.
Pues bien, ¿por qué la astrología debería tomar en cuenta a esta "cosa" que ni siquiera es considerado Planeta por los más sesudos astrónomos de la Tierra? Esta es la pregunta que se hacen renombrados astrólogos de hoy en día, y es la principal razón por la cual, tanto ellos como los que siguen su ejemplo, lo pasan por alto a la hora de incluirlo dentro de las estructuras matriciales energéticas que constituyen una Carta Natal. No los culpo, la Astrología Clásica tampoco tomaba en cuenta a Urano, Neptuno y Plutón, arguyendo que solo debían considerarse los Planetas que eran visibles a simple vista... aunque, si miramos el cielo con mucha atención, es posible localizar a Urano. Posee brillo de Sexta magnitud, y al fin y al cabo es visible. ¿Y entonces? Dijeron algunos astrólogos de principio del siglo pasado, y lo incluyeron, lo mismo que a Neptuno y a Plutón, y dieron nacimiento a la Astrología Moderna primero, e incorporando luego los conceptos energéticos de lo Transpersonal y de Inconsciente Colectivo a la hora de considerar la estructura energética del individuo, dieron posterior inicio a lo que llamamos hoy día la Astrología Humanista. A partir de entonces mucho se ha hablado y escrito sobre la representación energética y arquetípica de estos cuerpos celestes trans-saturninos, y de la participación de dichas energías en los procesos evolutivos de la psique, dando como resultado una mayor comprensión de la profundidad del alma humana, incorporando valiosísimas herramientas a la hora de trabajar en la consulta.
Pues bien, estos mismos astrólogos son reacios a la hora de incorporar Quirón en sus cartas ¿Por qué? Bueno, dirán ellos, nosotros solo tomamos en cuenta a los Planetas reconocidos ¡Y Quirón no lo es!. Cierto. O casi, si vamos a los hechos. Porque cualquiera que sepa mínimamente algo de astronomía sabe que Plutón tampoco lo es, y que su catalogación como planeta es más bien emocional, ya que cuando fue descubierto se creyó que sí lo era (en la época del descubrimiento de Plutón había una inusitada avidez por descubrir los planetas "faltantes" de los que hablaba la tradición celeste, y aún hoy hay ojos escrutando el firmamento intentando localizar al evasivo Vulcano, quien orbitaría entre el sol y el pequeño Mercurio). Plutón está catalogado como SMOK, ya que por sus dimensiones (tiene un diámetro de tan solo 2.300 Km.) no entra en la categoría de planeta, y sea quizá el asteroide más grande que hemos visto hasta ahora. Tiene una luna, es cierto, pero muchos otros asteroides también tienen objetos girando a su alrededor. También, al igual que Quirón, tiene una órbita extraña y muy inclinada respecto del plano de la eclíptica. Lo mismo que también intercepta en su recorrido la órbita de un Planeta, Neptuno (el último, si vamos al caso), y durante mucho más tiempo. No obstante tanto la Astrología Moderna como la Humanista, lo consideran Planeta ¿Por qué? ¿Porque pocos años antes de morir en 1997 su descubridor, Clyde Tombaugh, cuando estalló el escándalo sobre el supuesto guardián de los infiernos, al ser interrogado opinaba: "Plutón se ve, se siente y se huele como un planeta... entonces, es un planeta", y confiaban en la intuición del ser humano detrás del investigador científico? No, porque cumple con los requisitos energéticos previstos para su circunstancia (emplazamiento, tránsito y revolución a través del Zodíaco), y que se corresponde con la vivencia de dicho arquetipo dentro de la estructura matricial de la carta natal, hecho que es, por lo demás, indiscutible.
Pues bien, ¿por qué entonces la resistencia a incluir a Quirón, siendo que también cumple con los requisitos antes mencionados? ¿Será por una fobia al arquetipo que padecen algunos astrólogos? (Es una pregunta que como profesional me hago respecto de mis colegas) Pero ¿cuál es el arquetipo del que estamos hablando? Vayamos, pues, al Mito...
Caballos corriendo. Caballos corriéndose el uno al otro a través de un bosque umbroso. Ecos de cascos entre la foresta que crecen y furiosamente se entremezclan en el aire y resuenan instinto... Instinto incontenible. Poder animal. Sexo salvaje que estremece la foresta y el bosque, y que finalmente muere en un lejano alarido de espantosa locura.
Cuando nació, su padre jamás lo supo y ni siquiera le importó. Su madre profirió un grito de espanto y lo rechazó apenas ver su monstruosa imagen, razón por la que los Dioses indignados, o apiadándose de ella, la transformaron en un bello Tilo cercano a la cueva en donde dio a luz, y que crece en las sombrías laderas del Monte Pelión, para llevar consuelo y serenidad a los hombres.
Era inmortal e hijo de Dioses. Era hermano del Dios de los Dioses, de Zeus, y un ser dotado de supremo entendimiento que fue Maestro de los Héroes y de los hijos de los otros Dioses. Él fue quien enseñó a Esculapio el Arte Regio de la medicina, el arte de la caza y el manejo de las armas a la mismísima Diosa Artemisa, y que educó las mentes y los espíritus de Hércules, Aquiles, Ayax, Jasón y muchos otros. Él, quien tuvo por padre adoptivo al mismísimo Apolo, crió y educó a muchos como a sus propios hijos. Él, de quien hoy podemos ver su imagen señalándonos con su flecha el rumbo hacia el centro de la galaxia allá, en lo más alto del cielo. Quirón es su nombre, el nombre de aquel que no es hombre, ni caballo, siquiera un Centauro como cualquiera (unas bestias dementes e infernales muy por debajo del hombre y de los propios animales, y no, Quirón no es así). De él voy a hablar, y a contar su historia...
Cronos intenta seducir a la bella ninfa Filira, su sobrina (hija de Océano y Tetis), pero es sistemáticamente rechazado por la muchacha. Cronos, enceguecido por el deseo, la persigue por cielo y tierra. Pero Filira, en su huida, se transforma en yegua (un truco que aprendió de Demeter, madre de los centauros) pero Cronos, quien no tenía un pelo de tonto, se metamorfosea en caballo y la persigue hasta darle alcance. Cuando lo hace, aún ambos manteniendo su forma equina, furiosamente se entregan al acto sexual tras lo cual Cronos escapa y se pierde todo rastro entre la foresta. Filira, embarazada, conociendo la afición que tiene Cronos a devorarse sus propios hijos, decide refugiarse en una cueva del Monte Pelión para dar a luz. El parto fue trabajoso, doloroso, difícil, ya que la contextura física del bebé no era normal: cuerpo y patas de caballo, torso, cabeza y brazos de Dios encarnado (antropomórficos). Su madre, al ver la fealdad de su hijo, lo abandona y huye desesperada implorando a los dioses, quienes la convierten en un árbol de tilo, cárcel preferible al recuerdo del fruto de su instinto no dominado.
Quirón abandonado por sus padres, es adoptado por Apolo y Atenea, imágenes de la razón y del logos, y criado y educado por ellos. Razón por la cual, no se parece en nada su carácter al del resto de los Centauros. Es así que Quirón vive prácticamente en soledad, refugiado en la cueva que lo vio nacer, estudiando diversas artes y desarrollando muchos conocimientos. Fue astrólogo, matemático, experto cazador y maestro de armas, músico, filósofo y sabio de gran renombre. Tal era su valía, que la mayoría de los hijos de los dioses lo tuvieron por maestro y tutor, como así también los grandes héroes. Uno de sus discípulos predilectos fue Heracles (conocido también con el nombre de Hércules), quien es una figura relevante dentro de la historia del propio Quirón, debido a un hecho que sucedió de la siguiente manera: Cuando Heracles iba para Erimanto, en persecución de su cuarto objetivo, la caza del jabalí de Erimanto, (ver: Los Doce Trabajos de Hércules) pasó por las inmediaciones de la ciudad de Fóloe, aquella que habían arrebatado los centauros a los lapitas tras la batalla de revancha por la humillación sufrida en la boda de Pirítoo (los centauros fueron emborrachados con vino a instancia de Ares y su hermana Eride, quienes no habían sido invitados, y terminaron violando a todos los concurrentes tanto hombres como mujeres, tras lo cual se armó tremenda trifulca en donde los centauros llevaron la peor parte), e hizo escala en ella, puesto que el buen centauro Folo quería aprovechar la ocasión para tenerlo de invitado en su morada. Para mejor servirle, Folo le ofreció el vino añejo que el mismo Dionisos había dejado allí hacía tantos y tantos años. El vino se abrió, y de la cántara surgió un incomparable y penetrante aroma. Ese aroma tan fuerte del vino dionisíaco llegó hasta el resto de los centauros y con él el recuerdo imborrable de lo que sucedió en la boda de Pirítoo y Deidamia. Todos se llegaron, en tropel, a la cueva de Folo, a acabar con quien hubiera osado ofender su memoria con el insulto del vino. Nada menos que se encontraron con Heracles y la lección pretendida al ofensor se tornó en una lluvia de golpes y heridas. Uno tras otro, los centauros fueron cayendo a manos de Heracles y pronto comprendieron que la batalla estaba perdida. Corrieron a buscar refugio al lado de Quirón, con tan mala fortuna que llevaron hasta allí a su perseguidor. En efecto, Heracles iba tras los fugitivos, dispuesto a acabar con el máximo número de frustrados atacantes y siguió disparando sus flechas (las cuales estaban envenenadas en la sangre de la Hidra), sin darse cuenta de la presencia del sabio. Un dardo suyo alcanzó a Quirón en una de sus patas (en una rodilla para ser más precisos), y Heracles, compungido, trató de detener sus efectos, pero ya era demasiado tarde, el pobre anciano se retorcía ante el dolor cada vez más agudo de su herida, la que hubiera acabado con la vida de cualquier mortal. Pero el sabio centauro era inmortal, con lo que solo consiguió tener una herida siempre doliente y que jamás sanaría. Debido a este desafortunado acto Quirón se transformó en maestro en el Arte de curar, ya que experimentó con cada cosa que existía tanto en el cielo como en la tierra con el fin de conseguir una cura, y trasladó, más tarde, dicho conocimiento a otro de sus discípulos llamado Asclepio, más conocido como Esculapio (Padre de la ciencia médica, según los Griegos), y también utilizó dichos conocimientos para curar a innumerables personajes de la antigüedad.
Cierto día, este sabio centauro se encontraba paseando y descubrió un terrible espectáculo: Un ser humano se encontraba encadenado a una roca padeciendo un castigo horrible por mandato de los dioses. Su nombre era Prometeo, y por haber desafiado a los dioses y robado el fuego divino para entregarlo a los hombres, fue condenado a permanecer encadenado a la roca mientras durante el día un águila le devoraba el hígado, mientras que por las noches el órgano volvía a crecer... y así la pasaría hasta que otro se ofreciera voluntariamente a ocupar su lugar. Viendo esto, y sensibilizado por el dolor que el pobre humano debía soportar, Quirón se ofreció a cambiar su propia inmortalidad por la vida del condenado. Prometeo fue liberado, y en el momento en que el Centauro se transformó en mortal, y a causa de su mortal herida, Quirón murió. Su hermano Zeus, en gratitud por los muchos servicios que había prestado a los dioses, le devolvió la inmortalidad transformando su cuerpo en estrellas y, desparramándolas por el cielo, creó la constelación del Centauro.
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Hasta aquí, un resumen del mito, el que varía entre varias versiones del mismo, pero que estructuralmente se refieren a lo mismo. Ahora aproximémonos al significado de este arquetipo en la matriz de una carta natal para darnos una idea de su posible estructuración en la psique del individuo.
Quirón representa las cosas que podemos hacer muy bien por los demás, pero que no somos capaces de hacer por nosotros mismos. También indica cualidades que otros perciben muy bien en nosotros, pero que nosotros no reconocemos, pese a lo mucho que podemos necesitarlas.
A través de su situación pueden analizarse tres fundamentales figuras inconscientes o que proyectamos sobre los demás: El herido, El heridor y El sanador o salvador.
Describe las pautas que han quedado sin resolver, actitudes que de forma continuada producen dolor, con cierto riesgo que la persona se obsesione por ideas, creencias o propósitos que oculten su dolor interno, intentando convencer a los demás de esas verdades para poder así convencerse a si misma. Quirón nos exigirá reconocer que estamos heridos como paso previo a la curación, subrayándonos la sabiduría inherente en nuestra propia psique.
Quirón en una carta muestra dónde es probable que realicemos con particular intensidad la búsqueda de nuestro chamán interno, de nuestra fuente interior de sabiduría, de fuerza y de energía, como medios de revelación personal y desintegración progresiva de estructuras arcaicas que limitan el crecimiento.
También puede señalar un ámbito de experiencia donde tengamos una dificultad especial, un bloqueo o una herida, un sector de nuestra vida que no funciona bien. El dolor y la frustración experimentada puede obligarnos a profundizar en nosotros mismos en búsqueda de nuestra sanación; dicho camino puede venir descrito por el signo natal de Quirón. Los planetas en aspecto con Quirón, nos indicarán las posibilidades a interpretar correctamente las energías disponibles que reinan en el tablero de este peculiar juego energético.
Una expresión positiva de Quirón en cualquier emplazamiento nos indica dónde podemos realizar una aportación única e individual al proceso de evolución colectiva.
Quirón estimula el proceso de iniciación de la búsqueda, hacia el desarrollo del individuo sin sus dolores continuos, a través de un renacimiento psicológico y transformando para ello normalmente nuestros conceptos preestablecidos de la realidad. Cuando mayor es el dolor o el bloqueo, mayor será la experiencia Transpersonal que exige para la transmutación de las propias heridas, siendo la muerte el último término representativo de la regeneración exigida. Muerte que se nos exigirá dar en vida a dichos conceptos o actitudes que, pese al dolor que nos causa mantenerlas, nos resistimos a abandonarlas por el falso sentimiento de seguridad que nos aportan.
Quirón nos exige equilibrar nuestro ser materialista, dinámico e impulsivo con la otra parte más religiosa o espiritual.
La posición por casa y signo de Quirón nos señala el tipo de herida que el sujeto puede tener, o el tipo de bloqueo, al tiempo que señala la forma en que dicha persona se 'venda' la herida, la cubre o la tapa emocionalmente para evitar el dolor, el resentimiento, la sensación de impotencia o de estar desprotegido, es decir, aquello que le causa dolor.
"Solo sabe del dolor aquel que lo ha padecido. Solo sabe curar aquel que ha sido herido.
Y solo sabe enseñar, aquel que en su propia carne ha aprendido..."
SAGGITA- SAGGITAE!!!! KEIRÓN UN POROTO!!!

En la mitología griega Quirón o Queirón (en griego antiguo Χείρων Kheírôn, ‘el inferior’ de los hijos de Crono) es un centauro inteligente, sabio y de buen carácter, a diferencia de la mayoría de los de su clase. Era hijo de Crono y de Filira, una hija de Océano, y padre de Ocírroe con la ninfa Cariclo. Quirón vivía en una cueva del monte Pelión, en Tesalia, y fue un gran educador en música, arte, caza, moral, medicina y cirugía, y tutor de los héroes Aquiles, Áyax, Asclepio, Teseo, Jasón, Aristeo, Acteón y Heracles.
Crono, que estaba casado con Rea, se enamoró de Filira. Sin embargo ella lo rechazó y para escapar de su acoso se transformó en yegua. Cuando Crono se enteró, se convirtió a su vez en caballo y consiguió su objetivo; de este amor forzado nació Quirón.
Su fama de médico sabio y prudente corrió por toda Grecia. Quirón conoció a Peleo cuando Acasto, para vengarse de una presunta traición amorosa de éste, le invitó a una cacería durante la cual le robó la espada maravillosa que le había regalado Hefesto y lo abandonó a su suerte entre los centauros. Sin embargo fue salvado por Quirón, que recuperó la espada, profesándose desde entonces una gran amistad entre ambos.
Cuando Peleo se enamoró de Tetis pidió consejo a Quirón para encontrar la forma de seducirla ya que, como todas las nereidas, podía cambiar de forma a su antojo. Quirón le recomendó que una vez que la tocara y la atrapara no la soltase y, así, cuando se volvió calamar, la detuvo de un brazo y no la soltó hasta que regresó a su forma de mujer, con lo cual Peleo pudo tomarla a la fuerza.
Cuando Tetis abandonó a Peleo, éste entregó a Aquiles a Quirón para que lo educara junto con su madre Filira y su esposa, Cariclo, ninfa hija de Apolo. Tetis dejó a Peleo porque éste le recriminó los rituales que hacía sobre Aquiles para dotarlo de inmortalidad, consistentes en quemarlo y luego curar sus quemaduras con ambrosía. Peleo le arrebató a Aquiles sin dar tiempo a que Tetis cubriese con el néctar el talón del niño, y por este motivo entregó a Quirón al niño Aquiles con el talón quemado, así que lo primero que hizo el centauro fue tomar el hueso del talón de Dámiso, un gigante corredor recién fallecido, y con él reemplazar la taba de Aquiles.
Heracles le disparó accidentalmente una flecha envenenada con la sangre de la Hidra en el transcurso de una lucha con los centauros, que huían hacia la morada de Quirón. Éste contrajo una dolorosa herida incurable, que le llevó a ceder su inmortalidad a Prometeo, para poder así morir y escapar del dolor. Fue ascendido al cielo como la constelación Sagitario, localizada en la elíptica del Zodiaco y que se puede ver desde el hemisferio norte, o según otras fuentes Centaurus.
Algunas fuentes especulan con que Quirón fuese originalmente un dios tesalio, posteriormente subsumido en el panteón griego como un centauro.
Se considera también a Quirón como el primer veterinario, ya que usaba sus grandes conocimientos médicos para curar criaturas de todas las especies.
martes, 8 de noviembre de 2011
EL SILENCIO DE LAS SIRENAS -KAFKA-

Existen métodos insuficientes, casi pueriles, que también pueden servir para la salvación. He aquí la prueba:
Para protegerse del canto de las sirenas, Ulises tapó sus oídos con cera y se hizo encadenar al mástil de la nave. Aunque todo el mundo sabía que este recurso era ineficaz, muchos navegantes podían haber hecho lo mismo, excepto aquellos que eran atraídos por las sirenas ya desde lejos. El canto de las sirenas lo traspasaba todo, la pasión de los seducidos habría hecho saltar prisiones más fuertes que mástiles y cadenas. Ulises no pensó en eso, si bien quizá alguna vez, algo había llegado a sus oídos. Se confió por completo en aquel puñado de cera y en el manojo de cadenas. Contento con sus pequeñas estratagemas, navegó en pos de las sirenas con alegría inocente.
Sin embargo, las sirenas poseen un arma mucho más terrible que el canto: su silencio. No sucedió en realidad, pero es probable que alguien se hubiera salvado alguna vez de sus cantos, aunque nunca de su silencio. Ningún sentimiento terreno puede equipararse a la vanidad de haberlas vencido mediante las propias fuerzas.
En efecto, las terribles seductoras no cantaron cuando pasó Ulises; tal vez porque creyeron que a aquel enemigo sólo podía herirlo el silencio, tal vez porque el espectáculo de felicidad en el rostro de Ulises, quien sólo pensaba en ceras y cadenas, les hizo olvidar toda canción.
Ulises (para expresarlo de alguna manera) no oyó el silencio. Estaba convencido de que ellas cantaban y que sólo él estaba a salvo. Fugazmente, vio primero las curvas de sus cuellos, la respiración profunda, los ojos llenos de lágrimas, los labios entreabiertos. Creía que todo era parte de la melodía que fluía sorda en torno de él. El espectáculo comenzó a desvanecerse pronto; las sirenas se esfumaron de su horizonte personal, y precisamente cuando se hallaba más próximo, ya no supo más acerca de ellas.
Y ellas, más hermosas que nunca, se estiraban, se contoneaban. Desplegaban sus húmedas cabelleras al viento, abrían sus garras acariciando la roca. Ya no pretendían seducir, tan sólo querían atrapar por un momento más el fulgor de los grandes ojos de Ulises.
Si las sirenas hubieran tenido conciencia, habrían desaparecido aquel día. Pero ellas permanecieron y Ulises escapó.
La tradición añade un comentario a la historia. Se dice que Ulises era tan astuto, tan ladino, que incluso los dioses del destino eran incapaces de penetrar en su fuero interno. Por más que esto sea inconcebible para la mente humana, tal vez Ulises supo del silencio de las sirenas y tan sólo representó tamaña farsa para ellas y para los dioses, en cierta manera a modo de escudo.
ULISES Y LAS SIRENAS

El mito de Ulises nos ofrece ricos simbolismos espirituales y el pasaje de Ulises y las Sirenas está estrechamente relacionado con la lucha del ser humano en el campo astral.
El canto de las sirenas, representa en la mitología antigua, el poder del espejismo y el hechizo para apartar al hombre de su ruta. Los marineros, al escuchar el seductor canto de estas criaturas marinas, caían en un estado abrumador que les hacía estrellar su navío contra los arrecifes y así naufragar.
Ulises, advertido del peligro de este seductor canto, pide a sus marineros que le aten al mástil del barco, habiendo antes colocado en los oídos de sus marinos tapones de cera que prevengan a estos de escuchar el hechizante llamado. Ulises permanece fijo en su propósito al atravesar la zona de peligro, puede ver y escuchar, y sin embargo no puede moverse ni sus hombres escuchan su pedido de desatarlo en momentos de tribulación y tentación.
Ulises bien podría simbolizar aquí la experiencia del hombre en la cruz fija, la voluntad inconmovible ante los movimientos de la forma. Es de destacar que es Ulises quien pide a sus marinos que le aten, por propia voluntad... aquí los marinos pueden ser asimilados a los elementales inferiores que constituyen la personalidad, sus oídos están sellados a las voces del espejismo, sólo es el Capitan del barco, Ulises quien puede ver y oir, pero se ha aferrado por propia voluntad a la determinación de llegar a destino y atravesar el campo de la bruma y la seducción astral. Hay un fuerte sentido de:
"Como alma trabajo en la luz, y la oscuridad no puede afectarme.
Permanezco en la luz.
Trabajo, y de allí no me muevo"..A pesar de la actitud acechante de las sirenas, de su encantador e hipnótico susurro, Ulises mantiene su mirada hacia delante, está crucificado en su propósito, FIJO, por sobre las aguas. nada impedirá que Ulises llegue a su destino, nada le desviará de su Itaca.
"En La Cruz Fija o del Cristo Crucificado el ser humano ya no responde ciegamente y se convierte, en virtud de la disciplina de las vidas elementarias, en discípulo. Esa intención fija e inamovible trae como consecuencia la crucifixión de la naturaleza inferior y la resurrección a la realidad del alma. Se rebasa gradualmente la libertad que lo condiciona en la cruz mutable para permanecer en la disciplina liberadora de la cruz fija."
domingo, 30 de octubre de 2011
The Strokes - Taken For A Fool
El aspecto es sólo polvo...
El aspecto es sólo polvo,
Debe ser obedecido.
El fuego sólo germina
Sobre fieras hazañas.
El agua de la luna
Aparece muy pronto.
Viento en los árboles
Es una brisa mental.
El espacio en el suelo
Estaba sucio junto al estanque.
La mente sola
Introdujo el hueso.
Sólo mente
La llama tan agradable.
Mente es el mar
Hecho agua concertada.
Viento surge profundo
Del vacío sueño.
Desprovista de espacio
Está la mente en gracia.
1955?
miércoles, 26 de octubre de 2011
verborragias

Una vez hablando de nosotros, el otro me dijo: "una relacion de amistad"; esta palabra me fue desagradable: venia de fuera, dibujando la relacion bajo margenes ilusorios. Uno no desea a su amigo, ni le quiere hacer cosas ni necesita tenerlo para "tocarlo" los amigos no se andan tocando todo el tiempo salvo que estemos frente al tema de los androginos del Banquete de Platon.
A menudo es por el lenguaje que el otro se altera: una palabra diferente y yo escucho zumbar de una manera amenazante todo otro mundo, que es el mundo del otro. Dicen que tengo problemas de interpretacion pero yo creo que en realidad interpreto fielmente los signos. En esto soy Lonrot, leo lo que me dejan para leer, si a mi me dicen "no me acoses" "comprate un perro o buscate un novio" o "estas desubicada llorando por telefono" entonces me doy cuenta de que debo hacer el paso al costado y seguir adelante. Recalcular no es una posibilidad. Mucho menos mirar atras. La persona, el otro se ha vuelto una estatua de sal. Como saliendo de Sodoma y Gomorra corro hacia adelante con la ligereza de quien no arrastra nada, salvo a mi misma. Y alli entonces decido no pestaniar mas, porque si miro para atras, instantaneamente yo quedare petrificada y enroscada en un lenguaje en que la quimica de las palabras opera de una violenta alteracion: el otro fue mantenido largo tiempo en el capullo de mi propio discurso, y cuando da a entender una palabra que no se le escapa, sino que QUIERE EXPRESAR, se que tiene miles de otros lenguajes a los que puede recurrir y sin embargo elige palabras poco felices para lograr el efecto deseado. El arte retorico sabemos que consiste en conmover y deleitar, pero tambien consiste en movilizar. Gracias a esas palabras yo corro con el viento a favor. No soy una computadora que procesa el lenguaje y lo interpreta a "su" manera. Interpreto lo que me dicen que interprete las palabras que me estan pronunciando, pues si alguien dice "Me das pena, sos tan cerrada" entonces la forma de mi respuesta es el sometimiento del otro a un deseo. Se rompe la armonia en el, ya no es a mis ojos un deseo acabado, nombrado, planteado, bien dirigido. Es un deseo naciente: borrar al otro es bloquearlo de la memoria. Ya no es quien fue ni quien dijo ser. La "efervescencia de cabeza" de la que hablo Sartre se hace irrisoria, nunca antes vi a una persona que pueda lanzar tanto por la boca y luego des-hacer el lenguaje por un gesto o una linea. Sonrio y sigo leyendo. Empieza el periodo de cicatrizacion de heridas.
domingo, 23 de octubre de 2011
Cristina 2011: La Fuerza de Él. #CFK2011
DIOSSS!!!!
EL BB NO PARA DE VIBRAR...
EL CORAZÓN NO PARA DE LATIR...
LA SONRISA NO ENTRA EN MI CARA...
LA FUERZA DE ÉL...
LA FUERZA DE ELLA...
UN AMOR DE COMBATIENTES
UN AMOR DE COMPAÑEROS
UN AMOR QUE NO ES MITOLOGÍA SINO PURA REALIDAD
UN AMOR QUE TE DEJA LA FUERZA PARA SEGUIR UN PROYECTO
QUE LLOVERÁN MILES DE FLORES...
Y LLENA UNA PLAZA DE TRÉBOLES DE TRES HOJAS...
Y LA SONRISA QUE NO ENTRA EN MI CARA...
Juana Molina, Rudo Y Cursi
hoy increíblemente siguió de largo
todo para perder la percepción del tiempo
todo para ver sin mirar
des-coloca(da) y busca en la escritura
una des-automatización
escribe tres palabras, y las ordena en tarjetitas
(cómo llenar el tiempo
cómo poder moverse
tratar de salirse de la posición)
pierde el tiempo y llena espacio
para no poner las tres palabras:
ESTUPOR
IMPRUDENTE
COMPLICACION
Juana Molina - No Seas Antipática
y será que no puedo dejar de ser así
(pero estamos en la cuenta regresiva?)
jueves, 20 de octubre de 2011
DESCENSUS AD INFEROS.

Qué es el Viaje del Héroe?
El viaje del héroe es la historia más antigua del mundo. Su estructura básica está entretejida de mitos, cuentos de hadas y leyendas que nos relatan cómo una persona se pone en marcha para dar cumplimiento a la gran tarea, la búsqueda de un tesoro difícil de encontrar. Es la misma historia detrás de todas las historias conocidas, que se ha venido contando hasta el día de hoy en diferentes idiomas y culturas. No ha sido creada ni inventada por nadie, sino que es un mensaje de sabiduría que procede directamente del alma. Podríamos decir que hemos traído este conocimiento con nosotros. Es una historia ejemplar, una parábola del camino que los seres humanos recorremos a lo largo de nuestra vida.
Muchos etnólogos, psicólogos y sociólogos han estudiado este tesoro escondido en nuestros mitos y cuentos de hadas buscando sus raíces. Fue precisamente el psiquitra suizo Carl Jung quien realizó una interpretación muy esclarecedora de este fenómeno en la que nos dice que, los temas comunes a estas tradiciones están conectados con el alma del ser humano. Es decir que no sólo tenemos características externas que nos individualizan, sino que tenemos un universo interior común al que dio en llamar Inconciente colectivo. Este nivel que nos conecta es el de los arquetipos del alma, cuyas imágenes hemos traído con nosostros.
El viaje del héroe es una tradición arquetípica, un conjunto de acciones entretejidas a partir de esas imágenes.
Las mismas cuentan que básicamente a raíz de una pérdida o una misión, el héroe debe llevar a cabo una tarea. Se pone en marcha y, a lo largo del camino, se encuentra con adversarios y con ayudantes o aliados. Logra hacerse con la fórmula mágica y hace frente a su oponente, venciéndolo, aunque es frecuentemente marcado en ese proceso. Una vez que consigue lo que busca, deshaciéndose de sus perseguidores o adversarios, toma el camino de regreso a casa. Finalmente hay una boda y una ascensión al trono.
El sentido del viaje
En este sentido podemos observar que todas las grandes tradiciones, las antiguas literaturas, las mitologías y las religiones han tratado el tema del viaje. El viaje ha forjado héroes y heroínas desde tiempos inmemoriales. Estos viajes han sido considerados como viajes iniciáticos, es decir que acarrean una transformación y un aprendizaje para quien los realiza. La persona es iniciada en el uso de potenciales interirores que no sabía que tenía.
Algunos de ellos han sido realmente famosos en la historia: Gilgamesh, el héroe de la epopeya sumeria, que emprende un viaje en busca de la planta que le dará la inmortalidad. Jasón, que lideró a los argonautas en busca del vellocino de oro. Moisés, quien dirigió el éxodo del pueblo hebreo hacia la tierra prometida. Eneas, que encabezó el exilio depués de la caída de Troya. Odiseo, que emprende un viaje de regreso al hogar, al amor (esposa) y a la familia.
Hay otros héroes como Marco Polo o Colón o Erick el Rojo, quienes fueron en busca de otras tierras. Hay viajes netamente simbólicos como los que hicieron Hércules, el mismo Odiseo o Dante, cuando descendieron al infierno. O como Jonás y Moví Dick, el viaje al vientre de la ballena.
Hay viajeros a través del tiempo y del espacio, o a tiempos y espacios diferentes, como los personajes de Julio Verne, Ray Bradbury o J. R. Tolkien. También viajes como el del protagonista del cuento de Alejo Carpentier "Viaje a la semilla" donde Don Marcial vuelve a su nacimiento.
El Viaje como símbolo
Eduardo Cirlot nos dice. “… desde el punto de vista espiritual, el viaje no es nunca la mera traslación en el espacio, sino la tensión de búsqueda y de cambio que determina el movimiento y la experiencia que se deriva del mismo. En consecuencia estudiar, investigar, buscar, vivir intensamante lo nuevo y profundo son modalidades de viajar o, si se quiere, equivalentes espirituales del viaje. Los héroes son siempre viajeros, es decir, inquietos. El viajar es una imagen de aspiración, dice Jung, del anhelo nunca saciado, que en parte alguna encuentra su objeto. Señala luego que ese objeto es el hallazgo de la madre perdida. Pero el verdadero viaje no es nunca una huida ni un sometimiento, es evolución. Viajar es buscar. Así en general diríamos que el viaje a los infiernos simboliza el descenso al inconciente, la toma de conciencia de todas las posibilidades del ser. En cambio el viaje al interior de la tierra es el retorno al seno de la madre…”.
La función del mito y el rol del héroe
Los mitos se refieren siempre al desarrollo del alma, al pathos que acompaña el viaje del alma heroica mientras viaja desde formas obsoletas de la existencia hacia los nuevos estadios de conciencia.
Los mitos del héroe de cualquier cultura o individuo nos dicen qué atributos son percibidos como lo bueno, lo bello, lo verdadero (ideal platónico) y, por consiguiente, nos enseñan valores deseables culturalmente. Todos estos valores y modelos cambian con el tiempo y la cultura.
Los héroes emergen siempre en épocas de muerte: de la identidad, de las formas sociales, de las religiones ortodoxas, de gobiernos, economías, psicologías, relaciones.
Al contestar el llamado de lo eterno, los héroes descubren el coraje de soportar las gestaciones, crecimientos, y traumas necesarios para un nuevo nacimiento. De manera que en la sociedad ellos sirven como parteras para el continuum de nacimientos necesarios para redimir a la época y a la sociedad en que viven y llevarlos al siguiente nivel de evolución. Establecen los nuevos parámetros y records a alcanzar.
Redefinición del heroísmo
Otro punto importante es que cuando la psique humana necesita evolucionar tiene que dar paso a la integración de la sombra (Jung). Por eso desde el punto de vista iniciático no hay viaje heroico, no hay camino del héroe si no hay encuentro con la sombra, descenso al infierno, confrontación con las fuerzas de la oscuridad.
Dado que la meta del viaje es la totalidad, veremos que cuando hablamos del héroe no sólo nos referimos al guerrero, si no que el héroe sufre un proceso iniciático, es decir de transformación, a lo largo del viaje. Entonces un mismo héroe y, al igual nosotros, puede ser a la vez el huérfano, el vagabundo, el guerrero, el mártir o el mago. Por ejemplo: Odiseo.
Hoy el mundo evoluciona hacia el arquetipo del Mago, un hombre que puede sanarse a sí mismo.
El viaje del héroe es siempre circular, o deberíamos decir, espiral y se produce muchas veces a lo largo de la vida.
Este esquema pone a funcionar las distintas etapas del viaje, considerando que cada una es también un nivel de la conciencia, y por lo tanto un arquetipo que el héroe necesita incorporar, actuar, dominar. Esto mismo puede ser aplicado a las diferentes situaciones de nuestra vida cotidiana. Asimismo cada arquetipo tiene una tarea que desarrollar y vive esa tarea como la meta de su vida.
Cada individuo traza su propio y singular itinerario atravesando estas etapas. Carol Pearson nos dice: “… Los héroes emprenden viajes, enfrentan dragones y descubren el tesoro de su propia identidad….”
El crecimiento como una espiral ascendente
Carol Pearson ilustra la típica progresión del héroe como el cono de una espiral tridimensional, en la que es posible avanzar aunque muchas veces nos movamos en círculos hacia atrás. Cada etapa tiene su propia lección para impartirnos, y nos reencontramos con situaciones que nos revierten a etapas previas, de modo que podamos aprender y rever las lecciones en nuevos niveles de complejidad intelectual y emocional y con mayor sutileza. (Numerológicamente cada 9 años atravesamos por el mismo estadio).
La virtud que el mago suma a todos ellos es la habilidad para reconocer y recibir la abundancia del universo. A medida que el ciclo se expande, el Mago adquiere lo que el huérfano añora: el retorno al edén perdido, primero en el nivel personal y después en el cósmico. Pero en lugar de experimentar la abundancia desde una posición dependiente e infantil, el mago entra al jardín basándose en el principio de interdependencia con los demás, con la Naturaleza, con Dios. Así, la última lección que aprende el héroe es la de la felicidad. Como Magos los héroes aprenden que nada esencial se pierde. La necesidad de emprender el viaje es innata a nuestra especie.
Para realizar este viaje el héroe lleva a cabo un proceso de transformación donde va muriendo a determinados estadios para nacer a otros. A este proceso lo llamamos iniciático porque el héroe o heroína va siendo iniciado en disciplinas y conocimientos o potencias o uso de las propias potencialidades de su psique. Este modelo es arquetípico y común en la mayoría de las culturas.
Culturas y tradiciones religiosas de todo el planeta cuentan entre sus relatos más sagrados con la descripción de hombres, héroes y dioses que desafían el peligro y deciden adentrarse en los horribles dominios de la muerte. A la luz de la antropología, su aventura constituye un auténtico viaje iniciático de cuyo éxito depende la obtención de dones y poderes especiales o, incluso, una ansiada resurrección.
Hades, Kur, Duat, Gehenna, Infierno… El temible lugar al que viajan las almas de los difuntos tras la muerte ha ido cambiando de nombre a lo largo de la Historia, pero en todas las culturas y épocas su simple mención ha despertado un temor indescriptible. Pero a pesar del miedo atávico que infundían los dominios de la muerte –o precisamente por eso mismo–, los relatos mitológicos, religiosos y literarios de todo el planeta coinciden en presentarnos una larga lista de personajes (héroes, dioses o “simples” mortales) que osaron descender a las profundidades infernales, se enfrentaron a innumerables y terribles peligros y regresaron victoriosos (en su mayoría) al plano terrenal. Este descenso a los infiernos se conoce como catábasis (y el posterior ascenso anábasis), y suele estar relacionado con un mensaje religioso y mítico de resurrección.
CIRCE, DE JULIO CORTÁZAR

And one kiss I had of her mouth, as I took the apple from her hand. But while I bit it, my brain whirled and my foot stumbled; and I felt my crashing fall through the tangled boughs beneath her feet, and saw the dead white faces that welcomed me in the pit.
Dante Gabriel Rossetti
The Orchard-Pit
Porque ya no ha de importarle, pero esa vez le dolió la coincidencia de los chismes entrecortados, la cara servil de Madre Celeste contándole a tía Bebé la incrédula desazón en el gesto de su padre. Primero fue la de la casa de altos, su manera vacuna de girar despacio la cabeza, rumiando las palabras con delicia de bolo vegetal. Y también la chica de la farmacia -“no porque yo lo crea, pero si fuese verdad, ¡qué horrible!”- y hasta don Emilio, siempre discreto como sus lápices y sus libretas de hule. Todos hablaban de Delia Mañara con un resto de pudor, nada seguros de que pudiera ser así, pero en Mario se abría paso a puerta limpia un aire de rabia subiéndole a la cara. Odió de improviso a su familia con un ineficaz estallido de independencia. No los había querido nunca, sólo la sangre y el miedo a estar solo lo ataban a su madre y a los hermanos. Con los vecinos fue directo y brutal; a don Emilio lo puteó de arriba abajo la primera vez que se repitieron los comentarios. A la de la casa de altos le negó el saludo como si eso pudiera afligirla. Y cuando volvía del trabajo entraba ostensiblemente para saludar a los Mañara y acercarse -a veces con caramelos o un libro- a la muchacha que había matado a sus dos novios.
Yo me acuerdo mal de Delia, pero era fina y rubia, demasiado lenta en sus gestos (yo tenía doce años, el tiempo y las cosas son lentas entonces) y usaba vestidos claros con faldas de vuelo libre. Mario creyó un tiempo que la gracia de Delia y sus vestidos apoyaban el odio de la gente. Se lo dijo a Madre Celeste: "La odian porque no es chusma como ustedes, como yo mismo", y ni parpadeó cuando su madre hizo ademán de cruzarle la cara con una toalla. Después de eso fue la ruptura manifiesta; lo dejaban solo, le lavaban la ropa como por favor, los domingos se iban a Palermo o de picnic sin siquiera avisarle. Entonces Mario se acercaba a la ventana de Delia y le tiraba una piedrita. A veces ella salía, a veces la escuchaba reírse adentro, un poco malvadamente y sin darle esperanzas.
Vino la pelea Firpo-Dempsey y en cada casa se lloró y hubo indignaciones brutales, seguidas de una humillada melancolía casi colonial. Los Mañara se mudaron a cuatro cuadras y eso hace mucho en Almagro, de manera que otros vecinos empezaron a tratar a Delia, las familias de Victoria y Castro Barros se olvidaron del caso y Mario siguió viéndola dos veces por semana cuando volvía del banco. Era ya verano y Delia quería salir a veces, iban juntos a las confiterías de Rivadavia o a sentarse en Plaza Once. Mario cumplió diecinueve años, Delia vio llegar sin fiestas -todavía estaba de negro- los veintidós.
Los Mañara encontraban injustificado el luto por un novio, hasta Mario hubiera preferido un dolor sólo por dentro. Era penoso presenciar la sonrisa velada de Delia cuando se ponía el sombrero ante el espejo, tan rubia sobre el luto. Se dejaba adorar vagamente por Mario y los Mañara, se dejaba pasear y comprar cosas, volver con la última luz y recibir los domingos por la tarde. A veces salía sola hasta el antiguo barrio, donde Héctor la había festejado. Madre Celeste la vio pasar una tarde y cerró con ostensible desprecio las persianas. Un gato seguía a Delia, no se sabía si era cariño o dominación, le andaban cerca sin que ella los mirara. Mario notó una vez que un perro se apartaba cuando Delia iba a acariciarlo. Ella lo llamó (era en el Once, de tarde) y el perro vino manso, tal vez contento, hasta sus dedos. La madre decía que Delia había jugado con arañas cuando chiquita. Todos se asombraban, hasta Mario que les tenía poco miedo. Y las mariposas venían a su pelo -Mario vio dos en una sola tarde, en San Isidro-, pero Delia las ahuyentaba con un gesto liviano. Héctor le había regalado un conejo blanco, que murió pronto, antes que Héctor. Pero Héctor se tiró en Puerto Nuevo, un domingo de madrugada. Fue entonces cuando Mario oyó los primeros chismes. La muerte de Rolo Médicis no había interesado a nadie desde que medio mundo se muere de un síncope. Cuando Héctor se suicidó los vecinos vieron demasiadas coincidencias, en Mario renacía la cara servil de Madre Celeste contándole a tía Bebé, la incrédula desazón en el gesto de su padre. Para colmo fractura del cráneo, porque Rolo cayó de una pieza al salir del zaguán de los Mañara, y aunque ya estaba muerto, el golpe brutal contra el escalón fue otro feo detalle. Delia se había quedado adentro, raro que no se despidieran en la misma puerta, pero de todos modos estaba cerca de él y fue la primera en gritar. En cambio Héctor murió solo, en una noche de helada blanca, a las cinco horas de haber salido de casa de Delia como todos los sábados.
Yo me acuerdo mal de Mario, pero dicen que hacía linda pareja con Delia. Aunque ella estaba todavía con el luto por Héctor (nunca se puso luto por Rolo, vaya a saber el capricho), aceptaba la compañía de Mario para pasear por Almagro o ir al cine. Hasta ese entonces Mario se había sentido fuera de Delia, de su vida, hasta de la casa. Era siempre una "visita", y entre nosotros la palabra tiene un sentido exacto y divisorio. Cuando la tomaba del brazo para cruzar la calle, o al subir la escalera de la estación Medrano, miraba a veces su mano apretada contra la seda negra del vestido de Delia. Medía ese blanco sobre negro, esa distancia. Pero Delia se acercaría cuando volviera al gris, a los claros sombreros para el domingo de mañana.
Ahora que los chismes no eran un artificio absoluto, lo miserable para Mario estaba en que anexaban episodios indiferentes para darles un sentido. Mucha gente muere en Buenos Aires de ataques cardíacos o asfixia por inmersión. Muchos conejos languidecen y mueren en las casas, en los patios. Muchos perros rehúyen o aceptan las caricias. Las pocas líneas que Héctor dejó a su madre, los sollozos que la de la casa de altos dijo haber oído en el zaguán de los Mañara la noche en que murió Rolo (pero antes del golpe), el rostro de Delia los primeros días... La gente pone tanta inteligencia en esas cosas, y cómo de tantos nudos agregándose nace al final el trozo de tapiz -Mario vería a veces el tapiz, con asco, con terror, cuando el insomnio entraba en su piecita para ganarle la noche.
“Perdóname mi muerte, es imposible que entiendas, pero perdóname, mamá.” Un papelito arrancado al borde de Crítica, apretado con una piedra al lado del saco que quedó como un mojón para el primer marinero de la madrugada. Hasta esa noche había sido tan feliz, claro que lo habían visto raro las últimas semanas; no raro, mejor distraído, mirando el aire como si viera cosas. Igual que si tratara de escribir algo en el aire, descifrar un enigma. Todos los muchachos del café Rubí estaban de acuerdo. Mientras que Rolo no, le falló el corazón de golpe, Rolo era un muchacho solo y tranquilo, con plata y un Chevrolet doble faetón, de manera que pocos lo habían confrontado en ese tiempo final. En los zaguanes las cosas resuenan tanto, la de la casa de altos sostuvo días y días que el llanto de Rolo había sido como un alarido sofocado, un grito entre las manos que quieren ahogarlo y lo van cortando en pedazos. Y casi enseguida el golpe atroz de la cabeza contra el escalón, la carrera de Delia clamando, el revuelo ya inútil.
Sin darse cuenta, Mario juntaba pedazos de episodios, se descubría urdiendo explicaciones paralelas al ataque de los vecinos. Nunca preguntó a Delia, esperaba vagamente algo de ella. A veces pensaba si Delia sabría exactamente lo que se murmuraba. Hasta los Mañara eran raros, con su manera de aludir a Rolo y a Héctor sin violencia, como si estuviesen de viaje. Delia callaba protegida por ese acuerdo precavido e incondicional. Cuando Mario se agregó, discreto como ellos, los tres cubrieron a Delia con una sombra fina y constante, casi transparente los martes o los jueves, más palpable y solícita de sábado a lunes. Delia recobraba ahora una menuda vivacidad episódica, un día tocó el piano, otra vez jugó al ludo; era más dulce con Mario, lo hacía sentarse cerca de la ventana de la sala y le explicaba proyectos de costura o de bordado. Nunca le decía nada de los postres o los bombones, a Mario le extrañaba, pero lo atribuía a delicadeza, a miedo de aburrirlo. Los Mañara alababan los licores de Delia; una noche quisieron servirle una copita, pero Delia dijo con brusquedad que eran licores para mujeres y que había volcado casi todas las botellas. "A Héctor...", empezó plañidera su madre, y no dijo más por no apenar a Mario. Después se dieron cuenta de que a Mario no lo molestaba la evocación de los novios. No volvieron a hablar de licores hasta que Delia recobró la animación y quiso probar recetas nuevas. Mario se acordaba de esa tarde porque acababan de ascenderlo, y lo primero que hizo fue comprarle bombones a Delia. Los Mañara picoteaban pacientemente la galena del aparatito con teléfonos, y lo hicieron quedarse un rato en el comedor para que escuchara cantar a Rosita Quiroga. Luego él les dijo lo del ascenso, y que le traía bombones a Delia.
-Hiciste mal en comprar eso, pero andá, lleváselos, está en la sala. -Y lo miraron salir y se miraron hasta que Mañara se sacó los teléfonos como si se quitara una corona de laurel, y la señora suspiró desviando los ojos. De pronto los dos parecían desdichados, perdidos. Con un gesto turbio Mañara levantó la palanquita de la galena.
Delia se quedó mirando la caja y no hizo mucho caso de los bombones, pero cuando estaba comiendo el segundo, de menta con una crestita de nuez, le dijo a Mario que sabía hacer bombones. Parecía excusarse por no haberle confiado antes tantas cosas, empezó a describir con agilidad la manera de hacer los bombones, el relleno y los baños de chocolate o moka. Su mejor receta eran unos bombones a la naranja rellenos de licor, con una aguja perforó uno de los que le traía Mario para mostrarle cómo se los manipulaba; Mario veía sus dedos demasiado blancos contra el bombón, mirándola explicar le parecía un cirujano pausando un delicado tiempo quirúrgico. El bombón como una menuda laucha entre los dedos de Delia, una cosa diminuta pero viva que la aguja laceraba. Mario sintió un raro malestar, una dulzura de abominable repugnancia. “Tire ese bombón”, hubiera querido decirle. “Tírelo lejos, no vaya a llevárselo a la boca, porque está vivo, es un ratón vivo.” Después le volvió la alegría del ascenso, oyó a Delia repetir la receta del licor de té, del licor de rosa... Hundió los dedos en la caja y comió dos, tres bombones seguidos. Delia se sonreía como burlándose. Él se imaginaba cosas, y fue temerosamente feliz. “El tercer novio”, pensó raramente. “Decirle así: su tercer novio, pero vivo.”
Ahora ya es más difícil hablar de esto, está mezclado con otras historias que uno agrega a base de olvidos menores, de falsedades mínimas que tejen y tejen por detrás de los recuerdos; parece que él iba más seguido a lo de Mañara, la vuelta a la vida de Delia lo ceñía a sus gustos y a sus caprichos, hasta los Mañara le pidieron con algún recelo que alentara a Delia, y él compraba las sustancias para los licores, los filtros y embudos que ella recibía con una grave satisfacción en la que Mario sospechaba un poco de amor, por lo menos algún olvido de los muertos.
Los domingos se quedaba de sobremesa con los suyos, y Madre Celeste se lo agradecía sin sonreír, pero dándole lo mejor del postre y el café muy caliente. Por fin habían cesado los chismes, al menos no se hablaba de Delia en su presencia. Quién sabe si los bofetones al más chico de los Camiletti o el agrio encresparse frente a Madre Celeste entraban en eso; Mario llegó a creer que habían recapacitado, que absolvían a Delia y hasta la consideraban de nuevo. Nunca habló de su casa en lo de Mañara, ni mencionó a su amiga en las sobremesas del domingo. Empezaba a creer posible esa doble vida a cuatro cuadras una de otra; la esquina de Rivadavia y Castro Barros era el puente necesario y eficaz. Hasta tuvo esperanza de que el futuro acercara las casas, las gentes, sordo al paso incomprensible que sentía -a veces, a solas- como íntimamente ajeno y oscuro.
Otras gentes no iban a ver a los Mañara. Asombraba un poco esa ausencia de parientes o de amigos. Mario no tenía necesidad de inventarse un toque especial de timbre, todos sabían que era él. En diciembre, con un calor húmedo y dulce, Delia logró el licor de naranja concentrado, lo bebieron felices un atardecer de tormenta. Los Mañara no quisieron probarlo, seguros de que les haría mal. Delia no se ofendió, pero estaba como transfigurada mientras Mario sorbía apreciativo el dedalito violáceo lleno de luz naranja, de olor quemante. "Me va a hacer morir de calor, pero está delicioso", dijo una o dos veces. Delia, que hablaba poco cuando estaba contenta, observó: "Lo hice para vos". Los Mañara la miraban como queriendo leerle la receta, la alquimia minuciosa de quince días de trabajo.
A Rolo le habían gustado los licores de Delia, Mario lo supo por unas palabras de Mañara dichas al pasar cuando Delia no estaba: “Ella le hizo muchas bebidas. Pero Rolo tenía miedo por el corazón. El alcohol es malo para el corazón.” Tener un novio tan delicado, Mario comprendía ahora la liberación que asomaba en los gestos, en la manera de tocar el piano de Delia. Estuvo por preguntarle a los Mañara qué le gustaba a Héctor, si también Delia le hacía licores o postres a Héctor. Pensó en los bombones que Delia volvía a ensayar y que se alineaban para secarse en una repisa de la antecocina. Algo le decía a Mario que Delia iba a conseguir cosas maravillosas con los bombones. Después de pedir muchas veces, obtuvo que ella le hiciera probar uno. Ya se iba cuando Delia le trajo una muestra blanca y liviana en un platito de alpaca. Mientras lo saboreaba -algo apenas amargo, con un asomo de menta y nuez moscada mezclándose raramente-, Delia tenía los ojos bajos y el aire modesto. Se negó a aceptar los elogios, no era más que un ensayo y aún estaba lejos de lo que se proponía. Pero a la visita siguiente -también de noche, ya en la sombra de la despedida junto al piano- le permitió probar otro ensayo. Había que cerrar los ojos para adivinar el sabor, y Mario obediente cerró los ojos y adivinó un sabor a mandarina, levísimo, viniendo desde lo más hondo del chocolate. Sus dientes desmenuzaban trocitos crocantes, no alcanzó a sentir su sabor y era sólo la sensación agradable de encontrar un apoyo entre esa pulpa dulce y esquiva.
Delia estaba contenta del resultado, dijo a Mario que su descripción del sabor se acercaba a lo que había esperado. Todavía faltaban ensayos, había cosas sutiles por equilibrar. Los Mañara le dijeron a Mario que Delia no había vuelto a sentarse al piano, que se pasaba las horas preparando los licores, los bombones. No lo decían con reproche, pero tampoco estaban contentos; Mario adivinó que los gastos de Delia los afligían. Entonces pidió a Delia en secreto una lista de las esencias y sustancias necesarias. Ella hizo algo que nunca antes, le pasó los brazos por el cuello y lo besó en la mejilla. Su boca olía despacito a menta. Mario cerró los ojos llevado por la necesidad de sentir el perfume y el sabor desde debajo de los párpados. Y el beso volvió, más duro y quejándose.
No supo si le había devuelto el beso, tal vez se quedó quieto y pasivo, catador de Delia en la penumbra de la sala. Ella tocó el piano, como casi nunca ahora, y le pidió que volviera al otro día. Nunca habían hablado con esa voz, nunca se habían callado así. Los Mañara sospecharon algo, porque vinieron agitando los periódicos y con noticias de un aviador perdido en el Atlántico. Eran días en que muchos aviadores se quedaban a mitad del Atlántico. Alguien encendió la luz y Delia se apartó enojada del piano, a Mario le pareció un instante que su gesto ante la luz tenía algo de la fuga enceguecida del ciempiés, una loca carrera por las paredes. Abría y cerraba las manos, en el vano de la puerta, y después volvió como avergonzada, mirando de reojo a los Mañara; los miraba de reojo y se sonreía.
Sin sorpresa, casi como una confirmación, midió Mario esa noche la fragilidad de la paz de Delia, el peso persistente de la doble muerte. Rolo, vaya y pase; Héctor era ya el desborde, el trizado que desnuda un espejo. De Delia quedaban las manías delicadas, la manipulación de esencias y animales, su contacto con cosas simples y oscuras, la cercanía de las mariposas y los gatos, el aura de su respiración a medias en la muerte. Se prometió una caridad sin límites, una cura de años en habitaciones claras y parques alejados del recuerdo; tal vez sin casarse con Delia, simplemente prolongando este amor tranquilo hasta que ella no viese más una tercera muerte andando a su lado, otro novio, el que sigue para morir.
Creyó que los Mañara iban a alegrarse cuando él empezara a traerle los extractos a Delia; en cambio se enfurruñaron y se replegaron hoscos, sin comentarios, aunque terminaban transando y yéndose, sobre todo cuando venía la hora de las pruebas, siempre en la sala y casi de noche, y había que cerrar los ojos y definir -con cuántas vacilaciones a veces por la sutilidad de la materia- el sabor de un trocito de pulpa nueva, pequeño milagro en el plato de alpaca.
A cambio de esas atenciones, Mario obtenía de Delia una promesa de ir juntos al cine o pasear por Palermo. En los Mañara advertía gratitud y complicidad cada vez que venía a buscarla el sábado de tarde o la mañana del domingo. Como si prefiriesen quedarse solos en la casa para oír radio o jugar a las cartas. Pero también sospechó una repugnancia de Delia a irse de la casa cuando quedaban los viejos. Aunque no estaba triste junto a Mario, las pocas veces que salieron con los Mañara se alegró más, entonces se divertía de veras en la Exposición Rural, quería pastillas y aceptaba juguetes que a la vuelta miraba con fijeza, estudiándolos hasta cansarse. El aire puro le hacía bien, Mario le vio una tez más clara y un andar decidido. Lástima esa vuelta vespertina al laboratorio, el ensimismamiento interminable con la balanza o las tenacillas. Ahora los bombones la absorbían al punto de dejar los licores; ahora pocas veces daba a probar sus hallazgos. A los Mañara nunca; Mario sospechaba sin razones que los Mañara hubieran rehusado probar sabores nuevos; preferían los caramelos comunes y si Delia dejaba una caja sobre la mesa, sin invitarlos pero como invitándolos, ellos escogían las formas simples, las de antes, y hasta cortaban los bombones para examinar el relleno. A Mario lo divertía el sordo descontento de Delia junto al piano, su aire falsamente distraído. Guardaba para él las novedades, a último momento venía de la cocina con el platito de alpaca; una vez se hizo tarde tocando el piano y Delia dejó que la acompañara hasta la cocina para buscar unos bombones nuevos. Cuando encendió la luz, Mario vio el gato dormido en su rincón y las cucarachas que huían por las baldosas. Se acordó de la cocina de su casa, Madre Celeste desparramando polvo amarillo en los zócalos. Aquella noche los bombones tenían gusto a moka y un dejo raramente salado (en lo más lejano del sabor), como si al final del gusto se escondiera una lágrima; era idiota pensar en eso, en el resto de las lágrimas caídas la noche de Rolo en el zaguán.
-El pez de color está tan triste -dijo Delia, mostrándole el bocal con piedritas y falsas vegetaciones. Un pececillo rosa translúcido dormitaba con un acompasado movimiento de la boca. Su ojo frío miraba a Mario como una perla viva. Mario pensó en el ojo salado como una lágrima que resbalaría entre los dientes al mascarlo.
-Hay que renovarle más seguido el agua -propuso.
-Es inútil, está viejo y enfermo. Mañana se va a morir.
A él le sonó el anuncio como un retorno a lo peor, a la Delia atormentada del luto y los primeros tiempos. Todavía tan cerca de aquello, del peldaño y el muelle, con fotos de Héctor apareciendo de golpe entre los pares de medias o las enaguas de verano. Y una flor seca -del velorio de Rolo- sujeta sobre una estampa en la hoja del ropero.
Antes de irse le pidió que se casara con él en el otoño. Delia no dijo nada, se puso a mirar el suelo como si buscara una hormiga en la sala. Nunca habían hablado de eso. Delia parecía querer habituarse y pensar antes de contestarle. Después lo miró brillantemente, irguiéndose de golpe. Estaba hermosa, le temblaba un poco la boca. Hizo un gesto como para abrir una puertecita en el aire, un ademán casi mágico.
-Entonces sos mi novio -dijo-. Qué distinto me parecés, qué cambiado.
Madre Celeste oyó sin hablar la noticia, puso a un lado la plancha y en todo el día no se movió de su cuarto, adonde entraban de a uno los hermanos para salir con caras largas y vasitos de Hesperidina. Mario se fue a ver fútbol y por la noche llevó rosas a Delia. Los Mañara lo esperaban en la sala, lo abrazaron y le dijeron cosas, hubo que destapar una botella de oporto y comer masas. Ahora el tratamiento era íntimo y a la vez más lejano. Perdían la simplicidad de amigos para mirarse con los ojos del pariente, del que lo sabe todo desde la primera infancia. Mario besó a Delia, besó a mamá Mañara y al abrazar fuerte a su futuro suegro hubiera querido decirle que confiaran en él, nuevo soporte del hogar, pero no le venían las palabras. Se notaba que también los Mañara hubieran querido decirle algo y no se animaban. Agitando los periódicos volvieron a su cuarto y Mario se quedó con Delia y el piano, con Delia y la llamada de amor indio.
Una o dos veces, durante esas semanas de noviazgo, estuvo a un paso de citar a papá Mañara fuera de la casa para hablarle de los anónimos. Después lo creyó inútilmente cruel porque nada podía hacerse contra esos miserables que lo hostigaban. El peor vino un sábado a mediodía en un sobre azul, Mario se quedó mirando la fotografía de Héctor en Última Hora y los párrafos subrayados con tinta azul. "Sólo una honda desesperación pudo arrastrarlo al suicidio, según declaraciones de los familiares". Pensó raramente que los familiares de Héctor no habían aparecido más por lo de Mañara. Quizá fueron alguna vez en los primeros días. Se acordaba ahora del pez de color, los Mañara habían dicho que era regalo de la madre de Héctor. Pez de color muerto el día anunciado por Delia. Sólo una honda desesperación pudo arrastrarlo. Quemó el sobre, el recorte, hizo un recuento de sospechosos y se propuso franquearse con Delia, salvarla en sí mismo de los hilos de baba, del rezumar intolerable de esos rumores. A los cinco días (no había hablado con Delia ni con los Mañara), vino el segundo. En la cartulina celeste había primero una estrellita (no se sabía por qué) y después: "Yo que usted tendría cuidado con el escalón de la cancel". Del sobre salió un perfume vago a jabón de almendra. Mario pensó si la de la casa de altos usaría jabón de almendra, hasta tuvo el torpe valor de revisar la cómoda de Madre Celeste y de su hermana. También quemó este anónimo, tampoco le dijo nada a Delia. Era en diciembre, con el calor de esos diciembres del veintitantos, ahora iba después de cenar a lo de Delia y hablaban paseándose por el jardincito de atrás o dando vuelta a la manzana. Con el calor comían menos bombones, no que Delia renunciara a sus ensayos, pero traía pocas muestras a la sala, prefería guardarlos en cajas antiguas, protegidos en moldecitos, con un fino césped de papel verde claro por encima. Mario la notó inquieta, como alerta. A veces miraba hacia atrás en las esquinas, y la noche que hizo un gesto de rechazo al llegar al buzón de Medrano y Rivadavia, Mario comprendió que también a ella la estaban torturando desde lejos; que compartían sin decirlo un mismo hostigamiento.
Se encontró con papá Mañara en el Munich de Cangallo y Pueyrredón, lo colmó de cerveza y papas fritas sin arrancarlo de una vigilante modorra, como si desconfiara de la cita. Mario le dijo riendo que no iba a pedirle plata, sin rodeos le habló de los anónimos, la nerviosidad de Delia, el buzón de Medrano y Rivadavia.
-Ya sé que apenas nos casemos se acabarán estas infamias. Pero necesito que ustedes me ayuden, que la protejan. Una cosa así puede hacerle daño. Es tan delicada, tan sensible.
-Vos querés decir que se puede volver loca, ¿no es cierto?
-Bueno, no es eso. Pero si recibe anónimos como yo y se los calla, y eso se va juntando...
-Vos no la conocés a Delia. Los anónimos se los pasa... quiero decir que no le hacen mella. Es más dura de lo que te pensás.
-Pero mire que está como sobresaltada, que algo la trabaja -atinó a decir indefenso Mario.
-No es por eso, sabés. -Bebía su cerveza como para que le tapara la voz. -Antes fue igual, yo la conozco bien.
-¿Antes de qué?
-Antes de que se le murieran, zonzo. Pagá que estoy apurado.
Quiso protestar, pero papá Mañara estaba ya andando hacia la puerta. Le hizo un gesto vago de despedida y se fue para el Once con la cabeza gacha. Mario no se animó a seguirlo, ni siquiera pensar mucho lo que acababa de oír. Ahora estaba otra vez solo como al principio, frente a Madre Celeste, la de la casa de altos y los Mañara. Hasta los Mañara.
Delia sospechaba algo porque lo recibió distinta, casi parlanchina y sonsacadora. Tal vez los Mañara habían hablado del encuentro en el Munich. Mario esperó que tocara el tema para ayudarla a salir de ese silencio, pero ella prefería Rose Marie y un poco de Schumann, los tangos de Pacho con un compás cortado y entrador, hasta que los Mañara llegaron con galletitas y málaga y encendieron todas las luces. Se habló de Pola Negri, de un crimen en Liniers, del eclipse parcial y la descompostura del gato. Delia creía que el gato estaba empachado de pelos y apoyaba un tratamiento de aceite de castor. Los Mañara le daban la razón sin opinar, pero no parecían convencidos. Se acordaron de un veterinario amigo, de unas hojas amargas. Optaban por dejarlo solo en el jardincito, que él mismo eligiera los pastos curativos. Pero Delia dijo que el gato se moriría; tal vez el aceite le prolongara la vida un poco más. Oyeron a un diariero en la esquina y los Mañara corrieron juntos a comprar Última Hora. A una muda consulta de Delia fue Mario a apagar las luces de la sala. Quedó la lámpara en la mesa del rincón, manchando de amarillo viejo la carpeta de bordados futuristas. En torno del piano había una luz velada.
Mario preguntó por la ropa de Delia, si trabajaba en su ajuar, si marzo era mejor que mayo para el casamiento. Esperaba un instante de valor para mencionar los anónimos, un resto de miedo a equivocarse lo detenía cada vez. Delia estaba junto a él en el sofá verde oscuro, su ropa celeste la recortaba débilmente en la penumbra. Una vez que quiso besarla, la sintió contraerse poco a poco.
-Mamá va a volver a despedirse. Esperá que se vayan a la cama...
Afuera se oía a los Mañara, el crujir del diario, su diálogo continuo. No tenían sueño esa noche, las once y media y seguían charlando. Delia volvió al piano, como obstinándose tocaba largos valses criollos con da capo al fine una vez y otra, escalas y adornos un poco cursis, pero que a Mario le encantaban, y siguió en el piano hasta que los Mañara vinieron a decirles buenas noches, y que no se quedaran mucho rato, ahora que él era de la familia tenía que velar más que nunca por Delia y cuidar que no trasnochara. Cuando se fueron, como a disgusto, pero rendidos de sueño, el calor entraba a bocanadas por la puerta del zaguán y la ventana de la sala. Mario quiso un vaso de agua fresca y fue a la cocina, aunque Delia quería servírselo y se molestó un poco. Cuando estuvo de vuelta vio a Delia en la ventana, mirando la calle vacía por donde antes en noches iguales se iban Rolo y Héctor. Algo de luna se acostaba ya en el piso cerca de Delia, en el plato de alpaca que Delia guardaba en la mano como otra pequeña luna. No había querido pedirle a Mario que probara delante de los Mañara, él tenía que comprender cómo la cansaban los reproches de los Mañara, siempre encontraban que era abusar de la bondad de Mario pedirle que probara los nuevos bombones -claro que si no tenía ganas, pero nadie le merecía más confianza, los Mañara eran incapaces de apreciar un sabor distinto. Le ofrecía el bombón como suplicando, pero Mario comprendió el deseo que poblaba su voz, ahora lo abarcaba con una claridad que no venía de la luna, ni siquiera de Delia. Puso el vaso de agua sobre el piano (no había bebido en la cocina) y sostuvo con dos dedos el bombón, con Delia a su lado esperando el veredicto, anhelosa la respiración, como si todo dependiera de eso, sin hablar pero urgiéndolo con el gesto, los ojos crecidos -o era la sombra de la sala-, oscilando apenas el cuerpo al jadear, porque ahora era casi un jadeo cuando Mario acercó el bombón a la boca, iba a morder, bajaba la mano y Delia gemía como si en medio de un placer infinito se sintiera de pronto frustrada. Con la mano libre apretó apenas los flancos del bombón, pero no lo miraba, tenía los ojos en Delia y la cara de yeso, un pierrot repugnante en la penumbra. Los dedos se separaban, dividiendo el bombón. La luna cayó de plano en la masa blanquecina de la cucaracha, el cuerpo desnudo de su revestimiento coriáceo, y alrededor, mezclados con la menta y el mazapán, los trocitos de patas y alas, el polvillo del caparacho triturado.
Cuando le tiró los pedazos a la cara, Delia se tapó los ojos y empezó a sollozar, jadeando en un hipo que la ahogaba, cada vez más agudo el llanto, como la noche de Rolo; entonces los dedos de Mario se cerraron en su garganta como para protegerla de ese horror que le subía del pecho, un borborigmo de lloro y quejido, con risas quebradas por retorcimientos, pero él quería solamente que se callara y apretaba para que solamente se callara; la de la casa de altos estaría ya escuchando con miedo y delicia, de modo que había que callarla a toda costa. A su espalda, desde la cocina donde había encontrado al gato con las astillas clavadas en los ojos, todavía arrastrándose para morir dentro de la casa, oía la respiración de los Mañara levantados, escondiéndose en el comedor para espiarlos, estaba seguro de que los Mañara habían oído y estaban ahí contra la puerta, en la sombra del comedor, oyendo cómo él hacía callar a Delia. Aflojó el apretón y la dejó resbalar hasta el sofá, convulsa y negra, pero viva. Oía jadear a los Mañara, le dieron lástima por tantas cosas, por Delia misma, por dejársela otra vez y viva. Igual que Héctor y Rolo, se iba y se las dejaba. Tuvo mucha lástima de los Mañara, que habían estado ahí agazapados y esperando que él -por fin alguno- hiciera callar a Delia que lloraba, hiciera cesar por fin el llanto de Delia.
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