A veces, algunas historias están escritas mucho antes de estar visibles en una hoja blanca. A veces, estas historias nos acompañan a lo largo de nuestra existencia, ya que siempre hubo alguien que nos relató esta historia de la historia que le ocurrió a algún conocido. A veces, simplemente debemos retornar a esas viejas y hastiadas lecturas que realizamos en algún momento importante de nuestras vidas, y en esa “relectura” terminamos encontrando nuevos sentidos, tal como le ocurría a Clarita, porque si voy a contar la historia, la voy a contar tal como ella me la contó mientras tomaba Gancia y lloraba moqueando (toda ella moqueando y yo recuerdo cómo entretenía esa charla antes de irme con los pibes).
Sé que la encontré como uno de esos animales que andan atacando, para no enrollarse en el regazo, y bastó pagarle un par de tragos para que esa mina, que tenía la boca más calenturienta que había visto en mi vida, esa misma mina terminó siendo una pieza más del dominó de mis viernes y sábados. Porque todos sabían que una de mis obsesiones era que mientras más goteaba mi nariz, más escudriñador me volvía de aquellos golpeados. Y no fue difícil, ella ahí, toda retorcida de dolor mientras miraba una servilleta manchada por sus propias mucosidades. Recuerdo que enseguida sentí el dolor sordo de querer metérsela por todos lados, pero también (me pasa hasta el día de hoy) que siento que la piel no me alcanza para abarcar ese momento que se vuelve único e innombrable. Pero, harto de hablar de mí, es de Clarita de quien quiero hablar, es de ella, esa que mientras se sorbía los mocos, era la que lloraba por haber sido “Nada” cuando para mí, era “todo”.
“En ese momento me había cansado de que me cogieran por todos lados. Me había hartado de ser el caramelo chupado por ese, y por una vez en la vida, quería sentir eso que él decía sentir por mí”. Era harto sabido que había sido abusada constantemente y a lo largo de todos esos años que ya estaban haciendo mella en sus ojos (tenía unos ojos desorbitantemente tristes, a los que no les daba crédito por nada de lo que insinuaran, y sin embargo, no podía desistir de las ganas que tenía de que me la chupara….)
“Un día, decidí cruzar la calle sin permiso. Me había cansado de que digitaran mi entrega al gallo mayor, entonces decidí desobedecer. Me puse una musculosa roja y crucé la calle para decirle que estaba perdidamente enamorada de él, que toda esa distancia la entendía porque yo también la sufría”. Y mientras hablaba, los ojos se le nublaban, y ahí fue la primera vez que intenté meterle las manos entre las rodillas, ella se reía a carcajadas, y cerraba las piernas como evitando algo que era imposible. Era imposible no inclinar la ceja, y ver que se estaba empapando de las ganas. Todavía hoy, no sé si fue producto mío, o fueron solamente las ganas de recordar el momento en que le habían roto el alma, como a ella le gustaba exagerar. La cosa era simple, el tipo le había dicho “Vos para mí, sos nada”, y acto seguido, ella cayó en la primera de las que serían las ficciones que me contaría cada vez que me la quisiera garchar. Ella bajó la cabeza y regresó por donde venía, a tomarse un clonazepam y olvidar que alguna vez se atrevió a hablar por fuera de su moralina. Mientras lo contaba, una gota le rodó la mejilla y nunca fue tan hermosa para mí, mientras lloraba por eso. Porque no lloraba por ése, sino “eso”. Ella había creído que era “la nada” por tanto tiempo, que no fue difícil convertirla en Pasifae, hacerla beber todo mi semen y verla llorar mientras a cada embestida ella fruncía el ceño para no ver nada. Tiempo después, cuando la volví a encontrar, estaba en plena plaza Francia. Acunaba un libro que terminó regalándome, y le pregunté por qué había accedido a acostarse conmigo. Para ese momento, yo sentí que había estado tan mal con ella, pobrecita, que de alguna manera quise redimirme de ese rol espantoso de alfa puro. Solo que ella no se daba cuenta, la muy imbécil. Mientras buscaba en sus ojos, ya no había nada de la que una vez había sido. No sentí ganas de tocarla, más bien sentí rechazo. Nos tomamos un vino con Tang y seguí mi camino, y ahí ella me gritó:
“Maxi. Maxi no te vayas”- y ahí sentí que el mundo se paralizaba para mí, ella me diría que después de tantos garches, tantas idas y venidas en su mundo desesperanzado, se había dado cuenta de que era especial, que yo con mis letras y mis canciones desesperadas podría darle ese arrullo que ella necesitaba, y todas las ideas dando vueltas hasta que dijo:
“Sigo siendo nada, todo, unika, mítika, legenda, poco, algo, y todos los pronombres que te puedas imaginar para no nombrarme. Nunca vas a tener la imagen completa de mí.”
UN BLÓ QUE QUIERE QUE EL UNIVERSO ESTÉ EN PLENA ARMONÍA CON UNAAAAA.....UNA DEDICATORIA A SER FELIZ A PESAR DE LA MALA VIBRA, UN BLÓ QUE QUIERE QUE LA META, LA TOTE Y PATAFÍSICA SEAN LOS NUEVOS LENGUAJES QUE CONSTRUYEN NUEVOS LUGARESSSS
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sábado, 14 de enero de 2012
CARPE DIEM (ABELARDO CASTILLO) Y LUEGO EL COMENTARIO DE UNA NOCHE
–A ella le gustaba el mar, andar descalza por la calle, tener hijos, hablaba con los gatos atorrantes, quería conocer el nombre de las constelaciones; pero no sé si es del todo así, no sé si de veras se la estoy describiendo –dijo el hombre que tenía cara de cansancio. Estábamos sentados desde el atardecer junto a una de las ventanas que dan al río, en el Club de Pescadores; ya era casi medianoche y desde hacía una hora él hablaba sin parar. La historia, si se trataba de una historia, parecía difícil de comprender: la había comenzado en distintos puntos tres o cuatro veces, y siempre se interrumpía y volvía atrás y no pasaba del momento en que ella, la muchacha, bajó una tarde de aquel tren. –Se parecía a la noche de las plazas –dijo de pronto, lo dijo con naturalidad; daba la impresión de no sentir pudor por sus palabras. Yo le pregunté si ella, la muchacha, se parecía a las plazas. –Por supuesto –dijo el hombre y se pasó el nacimiento de la palma de la mano por la sien, un gesto raro, como de fatiga o desorientación–. Pero no a las plazas, a la noche de ciertas plazas. O a ciertas noches húmedas, cuando hay esa neblina que no es neblina y los bancos de piedra y el pasto brillan. Hay un verso que habla de esto, del esplendor en la hierba; en realidad no habla de esto ni de nada que tenga que ver con esto, pero quién sabe. De todas maneras no es así, si empiezo así no se lo voy a contar nunca. La verdad es que me tenía harto. Compraba plantitas y las dejaba sobre mi escritorio, doblaba las páginas de los libros, silbaba. No distinguía a Mozart de Bartók, pero ella silbaba, sobre todo a la mañana, carecía por completo de oído musical pero se levantaba silbando, andaba entre los libros, las macetas y los platos de mi departamento de soltero como una Carmelita descalza y, sin darse cuenta, silbaba una melodía extrañísima, imposible, una cosa inexistente que era como una czarda inventada por ella. Tenía, ¿cómo puedo explicárselo bien?, tenía una alegría monstruosa, algo que me hacía mal. Y, como yo también le hacía mal, cualquiera hubiese adivinado que íbamos a terminar juntos, pegados como lapas, y que aquello iba a ser una catástrofe. ¿Sabe cómo la conocí? Ni usted ni nadie puede imaginarse cómo la conocí. Haciendo pis contra un árbol. Yo era el que hacía pis, naturalmente. Medio borracho y contra un plátano de la calle Virrey Meló. Era de madrugada y ella volvía de alguna parte, qué curioso, nunca le pregunté de dónde. Una vez estuve a punto de hacerlo, la última vez, pero me dio miedo. La madrugada del árbol ella llegó sin que yo la oyera caminar, después me di cuenta de que venía descalza, con las sandalias en la mano; pasó a mi lado y, sin mirarme, dijo que el pis es malísimo para las plantitas. En el apuro me mojé todo y, cuando ella entró en su casa, yo, meado y tembloroso, supe que esa mujer era mi maldición y el amor de mi vida. Todo lo que nos va a pasar con una mujer se sabe siempre en el primer minuto. Sin embargo es increíble de qué modo se encadenan las cosas, de qué modo un hombre puede empezar por explicarle a una muchacha que un plátano difícilmente puede ser considerado una plantita, ella simular que no recuerda nada del asunto, decimos señor con alegre ferocidad, como para marcar a fuego la distancia, decir que está apurada o que debe rendir materias, aceptar finalmente un café que dura horas mientras uno se toma cinco ginebras y le cuenta su vida y lo que espera de la vida, pasar de allí, por un laberinto de veredas nocturnas, negativas, hojas doradas, consentimientos y largas escaleras, a meterla por fin en una cama o a ser arrastrado a esa cama por ella, que habrá llegado hasta ahí por otro laberinto personal hecho de otras calles y otros recuerdos, oír que uno es hermoso, y hasta creerlo, decir que ella es todas las mujeres, odiarla, matarla en sueños y verla renacer intacta y descalza entrando en nuestra casa con una abominable maceta de azaleas o comiendo una pastafrola del tamaño de una rueda de carro, para terminar un día diciéndole con odio casi verdadero, con indiferencia casi verdadera, que uno está harto de tanta estupidez y de tanta felicidad de opereta, tratándola de tan puta como cualquier otra. Hasta que una noche cerré con toda mi alma la puerta de su departamento de la calle Meló, y oí, pero como si lo oyera por primera vez, un ruido familiar: la reproducción de Carlos el Hechizado que se había venido abajo, se da cuenta, una mujer a la que le gustaba Carlos el Hechizado. Me quedé un momento del otro lado de la puerta, esperando. No pasó nada. Ella esa vez no volvía a poner el cuadro en su sitio: ni siquiera pude imaginármela, más tarde, ordenando las cosas, silbando su czarda inexistente, la que le borraba del corazón cualquier tristeza. Y supe que yo no iba a volver nunca a esa casa. Después, en mi propio departamento, cuaindo metí una muda de ropa y las cosas de afeitar en un bolso de mano, también sabía, desde hacía horas, que ella tampoco iba a llamarme ni a volver.
–Pero usted se equivocaba, ella volvió –me oí decir y los dos nos sorprendimos; yo, de estar afirmando algo que en realidad no había quedado muy claro; él, de oír mi voz, como si le costara darse cuenta de que no estaba solo. El hombre con cara de cansancio parecía de veras muy cansado, como si acabara de llegar a este pueblo desde un lugar lejanísimo. Sin embargo, era de acá. Se había ido a Buenos Aires en la adolescencia y cada tanto volvía. Yo lo había visto muchas veces, siempre solo, pero ahora me parece que una vez lo vi también con una mujer. –Porque ustedes volvieron a estar juntos, por lo menos un día.
–Toda la tarde de un día. Y parte de la noche. Hasta el último tren de la noche.
El hombre con cara de cansancio hizo el gesto de apartarse un mechón de pelo de la frente. Un gesto juvenil y anacrónico, ya que debía de hacer años que ese mechón no existía. Tendría más o menos mi edad, quiero decir que se trataba de un hombre mayor, aunque era difícil saberlo con precisión. Como si fuera muy joven y muy viejo al mismo tiempo. Como si un adolescente pudiera tener cincuenta años.
–Lo que no entiendo –dije yo– es dónde está la dificultad. No entiendo qué es lo que hay que entender.
–Justamente. No hay nada que entender, ella misma me lo dijo la última tarde. Hay que creer. Yo tenía que creer simplemente lo que estaba ocurriendo, tomarlo con naturalidad: vivirlo. Como si se me hubiera concedido, o se nos hubiera concedido a los dos, un favor especial. Ese día fue una dádiva, y fue real, y lo real no precisa explicación alguna. Ese sauce a la orilla del agua, por ejemplo. Está ahí, de pronto; está ahí porque de pronto lo iluminó la luna. Yo no sé si estuvo siempre, ahora está. Fulgura, es muy hermoso. Voy y lo toco y siento la corteza húmeda en la mano; ésa es una prueba de su realidad. Pero no hace ninguna falta tocarlo, porque hay otra prueba; y le aclaro que esto ni siquiera lo estoy diciendo yo, es como si lo estuviese diciendo ella. Es extraño que ella dijera cosas así, que las dijera todo el tiempo durante años y que yo no me haya dado cuenta nunca. Ella habría dicho que la prueba de que existe es que es hermoso. Todo lo demás son palabras. Y cuando la luna camine un poco y lo afee, o ya no lo ilumine y desaparezca, bueno: habrá que recordar el minuto de belleza que tuvo para siempre el sauce. La vida real puede ser así, tiene que ser así, y el que no se da cuenta a tiempo es un triste hijo de puta –dijo casi con desinterés, y yo le contesté que no lo seguía del todo, pero que pensaba solucionarlo pidiendo otro whisky. Le ofrecí y volvió a negarse, era la tercera vez que se negaba; le hice una seña al mozo. –Entonces la llamé por teléfono. Una noche fui hasta la Unión Telefónica, pedí Buenos Aires y la llamé a su departamento. Eran como las tres de la mañana y habían pasado cuatro o cinco meses. Ella podía haberse mudado, podía no estar o incluso estar con otro. No se me ocurrió. Era como si entre aquel portazo y esta llamada no hubiera lugar para ninguna otra cosa. Y atendió, tenía la voz un poco extraña pero era su voz, un poco lejana al principio, como si le costara despertarse del todo, como si la insistencia del teléfono la hubiese traído desde muy lejos, desde el fondo del sueño. Le dije todo de corrido, a la hora que salía el tren de Retiro, a la hora que iba a estar esperándola en la estación, lo que pensaba hacer con ella, qué sé yo qué, lo que nunca habíamos hecho y estuvimos a punto de no hacer nunca, lo que hace la gente, caminar juntos por la orilla del agua, ir a un baile con patio de tierra, oír las campanas de la iglesia, pasar por el colegio donde yo había estudiado. A ver si se da cuenta: sabe cuántos años hacía que nos conocíamos, cuántos años habían pasado desde que me sorprendió contra el plátano. Le basta con la palabra años, se lo veo en la cara. Y en todo ese tiempo nunca se me había ocurrido mostrarle el Barrio de las Canaletas ni el camino del puerto, el paso a nivel de juguete por donde cruzaba el ferrocarril chiquito de Dipietri, la Cruz, el lugar donde lo mataron a Marcial Palma. ¿Cómo no se me había ocurrido antes? Qué sé yo, no comprende que ése es justamente el problema. O tal vez el problema es que ella me atendió, y no sólo me atendió y habló por teléfono conmigo, sino que vino. Ella bajó de ese tren... –Y no sólo había bajado de ese tren sino que traía puesto un vestido casi olvidado, un código entre ellos, una señal secreta, y era como si el tiempo no hubiera tocado a la mujer, no el tiempo de esos cuatro o cinco últimos meses, sino el Tiempo, como si la muchacha descalza que había pasado hacía años junto al plátano bajara ahora de ese tren. Vi acercarse por fin al mozo. –Sí, exactamente ésa fue la impresión –dijo el hombre que tenía cara de cansancio–. Pero usted, cómo lo sabe.
Le contesté que él mismo me lo había dicho, varias veces, y le pedí al mozo que me trajera el whisky. Lo que todavía no me había dicho es qué tenía de extraño, qué tenía de extraño que ella viniera a este pueblo, con ése o con cualquier otro vestido. Cuatro o cinco meses no es tanto tiempo. ¿No la había llamado él mismo? ¿No era su mujer?
–Claro que era mi mujer –dijo, y sacó del bolsillo del pantalón un pequeño objeto metálico, lo puso sobre la mesa y se quedó mirándolo. Era una moneda, aunque me costó reconocerla; estaba totalmente deformada y torcida. –Claro que yo mismo la había llamado. –Volvió a guardar la moneda mientras el mozo me llenaba el vaso, y, sin preocuparse del mozo ni de ninguna otra cosa, agregó: –Pero ella estaba muerta.
–Bueno, eso cambia un poco las cosas –dije yo–. Déjeme la botella, por favor.
Ella no era un fantasma. El hombre con cara de cansancio no creía en fantasmas. Ella era real, y la tarde de ese día y las horas de la noche que pasaron juntos en este pueblo fueron reales. Como si se les hubiera concedido vivir, en el presente, un día que debieron vivir en el pasado. Cuando el hombre terminó de hablar, me di cuenta de que no me había dicho, ni yo le había preguntado, algunas cosas importantes. Quizá las ignoraba él mismo. Yo no sabía cómo había muerto la muchacha, ni cuándo. Lo que hubiera sucedido, pudo suceder de cualquier manera y en cualquier momento de aquellos cuatro o cinco meses, acaso accidentalmente y, por qué no, en cualquier lugar del mundo. Cuatro o cinco meses no era tanto tiempo, como había dicho yo, pero bastaban para tramar demasiados desenlaces. El caso es que ella estuvo con él más de la mitad de un día, y muchas personas los vieron juntos, sentados a una mesa de chapa en un baile con piso de tierra, caminando por los astilleros, en la plaza de la iglesia, hablando ella con unos chicos pescadores, corrido él por el perro de un vivero en el que se metió para robar una rosa, rosa que ella se llevó esa noche y él se preguntaba adonde, muchos la vieron y algún chico habló con ella, pero cómo recordarla después si nadie en este pueblo la había visto antes. Cómo saber que era ella y no simplemente una mujer cualquiera, y hasta mucho menos, un vestido, que al fin de cuentas sólo para ellos dos era recordable, una manera de sonreír o de agitar el pelo. Entonces yo pensé en el hotel, en el registro del hotel: allí debía de estar el nombre de los dos. Él me miró sin entender.
–Fuimos a un hotel, naturalmente. Y si eso es lo que quiere saber, me acosté con ella. Era real. Desde el pelo hasta la punta del pie. Bastante más real que usted y que yo. –De pronto se rió, una carcajada súbita y tan franca que me pareció innoble. –Y en el cuarto de al lado también había una pareja de este mundo.
–No le estoy hablando de eso –dije.
–Hace mal, porque tiene mucha importancia. Entre ella y yo, siempre la tuvo. Por eso sé que ella era real. Ni una ilusión ni un sueño ni un fantasma: era ella, y sólo con ella yo podría haberme pasado una hora de mi vida, con la oreja pegada a una taza, tratando de investigar qué pasaba en el cuarto de al lado.
–Ustedes dos tuvieron que anotarse en ese hotel, es lo que trato de decirle. Ella debió dar su nombre, su número de documento.
–Nombres, números: lo comprendo. Yo también coleccionaba fetiches y los llamaba lo real. Bueno, no. Ni nombre ni número de documento. Salvo los míos, y la decente acotación: "y señora". Cualquier mujer pudo estar conmigo en ese hotel y con cualquiera habrían anotado lo mismo. Trate de ver las cosas como las veía ella: ese día era posible a condición de no dejar rastros en la realidad, y, sobre todo, a condición de que yo ni siquiera los buscara. Escúcheme, por favor. Antes le dije que ese día fue una dádiva, pero no sé si es cierto. Es muy importante que esto lo entienda bien. ¿Cuándo cree que me enteré de que ella había muerto? ¿Al día siguiente?, ¿una semana después? Entonces yo habría sido dichoso unas horas y ésta sería una historia de fantasmas. Usted tal vez imagina que ella, o algo que yo llamo ella se fue esa noche en el último tren, yo viajé a Buenos Aires y allí, un portero o una vecina intentaron convencerme de que ese día no pudo suceder. No. Yo supe la verdad a media tarde y ella misma me lo dijo. Ya habíamos estado en el Barrio de las Canaletas, ya habíamos reído y hasta discutido, yo había prometido ser tolerante y ella ordenada, yo iba a regalarle libros de astronomía y mapas astrales y ella un gran pipa dinamarquesa, y de pronto yo dije la palabra "cama" y ella se quedó muy seria. Antes pude haber notado algo, su temor cuando quise mostrarle la hermosa zona vieja del cementerio donde vimos las lápidas irlandesas, ciertas distracciones, que se parecían más bien a un olvido absoluto, al rozar cualquier hecho vinculado con nuestro último día en Buenos Aires, alguna fugaz ráfaga de tristeza al pronunciar palabras como mañana. No sé, el caso es que yo dije que ya estaba viejo para tanta caminata y que si quería contar conmigo a la noche debíamos, antes, encontrar una cama, y ella se puso muy seria. Dijo que sí, que íbamos a ir adonde yo quisiera, pero que debía decirme algo. Había pensado no hacerlo, le estaba permitido no hacerlo, pero ahora sentía que era necesario, cualquier otra cosa sería una deslealtad. No te olvides que ésta soy yo, me dijo, no te olvides que me llamaste y que vine, que estoy acá con vos y que vamos a estar juntos muchas horas todavía. Pensé en otro hombre, pensé que era capaz de matarla. No pude hablar porque me puso la mano sobre los labios. Se reía y le brillaban mucho los ojos, y era como verla a través de la lluvia. Me dijo que a veces yo era muy estúpido, me dijo que sabía lo que yo estaba pensando, era muy fácil saberlo, porque los celos les ponen la cara verde a los estúpidos. Me dijo que hay cosas que deben creerse, no entenderse. Intentar entenderlas es peor que matarlas. Me habló del resplandor efímero de la belleza y de su verdad. Me dijo que la perdonara por lo que iba a hacer, y me clavó las uñas en el hueso de la mano hasta dejarme cuatro nítidas rayas de sangre, volvió a decir que era ella, que por eso podía causar dolor y también sentirlo, que era real, y me dijo que estaba muerta y que si en algún momento del largo atardecer que todavía nos quedaba, si en algún minuto de la noche yo llegaba a sentir que esto era triste, y no, como debía serlo, muy hermoso, habríamos perdido para siempre algo que se nos había otorgado, habríamos vuelto a perder nuestro día perdido, nuestra pequeña flor para cortar, y que no olvidara mi promesa de llevarla a un baile con guirnaldas y patio de tierra... Lo demás, usted lo sabe. O lo imagina. Entramos en ese hotel, subimos las escaleras con alegre y deliberado aire furtivo, hicimos el amor. Tuvimos tiempo de jugar a los espiones con la oreja pegada a la pared del tumultuoso cuarto vecino, resoplando y chistándonos para no ser oídos. Ya era de noche cuando le mostré mi colegio. La noche es la hora más propicia de esa casa, sus claustros parecen de otro siglo, los árboles del parque se multiplican y se alargan, los patios inferiores dan vértigo. En algún momento y en algún lugar de la noche nos perdimos. Yo sé guiarme por las estrellas, me dijo, y dijo que aquélla debía ser Aldebarán, la del nombre más hermoso. Yo no le dije que Aldebarán no siempre se ve en nuestro cielo, yo la dejé guiarme. Después oímos la música lejana de un acordeón y nos miramos en la oscuridad. Mi canción, gritó ella, y comenzó a silbar aquella czarda inventada que ahora era una especie de tarantela. Me gustaría contarle lo que vimos en el baile: era como la felicidad. Un coche destartalado nos llevó a tumbos hasta la estación. Ahora es cuando menos debemos estar tristes, dijo. Dios mío, necesito una moneda, dijo de pronto. Yo busqué en mis bolsillos pero ella dijo que no; la moneda tenía que ser de ella. Buscaba en su cartera y me dio miedo de que no la encontrara. La encontró, por supuesto. Ahora yo debía colocarla sobre la vía y recogerla cuando el tren se hubiera ido. No debería hacer esto, me dijo, pero siempre te gustaron los fetiches. También me dijo que debería sacarle un pasaje. Se reía de mí: Yo estoy acá, me decía, yo soy yo, no puedo viajar sin pasaje.
Me dijo que no dejara de mirar el tren hasta que terminara de doblar la curva. Me dijo que, aunque yo no pudiera verla en la oscuridad, ella podría verme a mí desde el vagón de cola. Me dijo que la saludara con la mano.
–Pero usted se equivocaba, ella volvió –me oí decir y los dos nos sorprendimos; yo, de estar afirmando algo que en realidad no había quedado muy claro; él, de oír mi voz, como si le costara darse cuenta de que no estaba solo. El hombre con cara de cansancio parecía de veras muy cansado, como si acabara de llegar a este pueblo desde un lugar lejanísimo. Sin embargo, era de acá. Se había ido a Buenos Aires en la adolescencia y cada tanto volvía. Yo lo había visto muchas veces, siempre solo, pero ahora me parece que una vez lo vi también con una mujer. –Porque ustedes volvieron a estar juntos, por lo menos un día.
–Toda la tarde de un día. Y parte de la noche. Hasta el último tren de la noche.
El hombre con cara de cansancio hizo el gesto de apartarse un mechón de pelo de la frente. Un gesto juvenil y anacrónico, ya que debía de hacer años que ese mechón no existía. Tendría más o menos mi edad, quiero decir que se trataba de un hombre mayor, aunque era difícil saberlo con precisión. Como si fuera muy joven y muy viejo al mismo tiempo. Como si un adolescente pudiera tener cincuenta años.
–Lo que no entiendo –dije yo– es dónde está la dificultad. No entiendo qué es lo que hay que entender.
–Justamente. No hay nada que entender, ella misma me lo dijo la última tarde. Hay que creer. Yo tenía que creer simplemente lo que estaba ocurriendo, tomarlo con naturalidad: vivirlo. Como si se me hubiera concedido, o se nos hubiera concedido a los dos, un favor especial. Ese día fue una dádiva, y fue real, y lo real no precisa explicación alguna. Ese sauce a la orilla del agua, por ejemplo. Está ahí, de pronto; está ahí porque de pronto lo iluminó la luna. Yo no sé si estuvo siempre, ahora está. Fulgura, es muy hermoso. Voy y lo toco y siento la corteza húmeda en la mano; ésa es una prueba de su realidad. Pero no hace ninguna falta tocarlo, porque hay otra prueba; y le aclaro que esto ni siquiera lo estoy diciendo yo, es como si lo estuviese diciendo ella. Es extraño que ella dijera cosas así, que las dijera todo el tiempo durante años y que yo no me haya dado cuenta nunca. Ella habría dicho que la prueba de que existe es que es hermoso. Todo lo demás son palabras. Y cuando la luna camine un poco y lo afee, o ya no lo ilumine y desaparezca, bueno: habrá que recordar el minuto de belleza que tuvo para siempre el sauce. La vida real puede ser así, tiene que ser así, y el que no se da cuenta a tiempo es un triste hijo de puta –dijo casi con desinterés, y yo le contesté que no lo seguía del todo, pero que pensaba solucionarlo pidiendo otro whisky. Le ofrecí y volvió a negarse, era la tercera vez que se negaba; le hice una seña al mozo. –Entonces la llamé por teléfono. Una noche fui hasta la Unión Telefónica, pedí Buenos Aires y la llamé a su departamento. Eran como las tres de la mañana y habían pasado cuatro o cinco meses. Ella podía haberse mudado, podía no estar o incluso estar con otro. No se me ocurrió. Era como si entre aquel portazo y esta llamada no hubiera lugar para ninguna otra cosa. Y atendió, tenía la voz un poco extraña pero era su voz, un poco lejana al principio, como si le costara despertarse del todo, como si la insistencia del teléfono la hubiese traído desde muy lejos, desde el fondo del sueño. Le dije todo de corrido, a la hora que salía el tren de Retiro, a la hora que iba a estar esperándola en la estación, lo que pensaba hacer con ella, qué sé yo qué, lo que nunca habíamos hecho y estuvimos a punto de no hacer nunca, lo que hace la gente, caminar juntos por la orilla del agua, ir a un baile con patio de tierra, oír las campanas de la iglesia, pasar por el colegio donde yo había estudiado. A ver si se da cuenta: sabe cuántos años hacía que nos conocíamos, cuántos años habían pasado desde que me sorprendió contra el plátano. Le basta con la palabra años, se lo veo en la cara. Y en todo ese tiempo nunca se me había ocurrido mostrarle el Barrio de las Canaletas ni el camino del puerto, el paso a nivel de juguete por donde cruzaba el ferrocarril chiquito de Dipietri, la Cruz, el lugar donde lo mataron a Marcial Palma. ¿Cómo no se me había ocurrido antes? Qué sé yo, no comprende que ése es justamente el problema. O tal vez el problema es que ella me atendió, y no sólo me atendió y habló por teléfono conmigo, sino que vino. Ella bajó de ese tren... –Y no sólo había bajado de ese tren sino que traía puesto un vestido casi olvidado, un código entre ellos, una señal secreta, y era como si el tiempo no hubiera tocado a la mujer, no el tiempo de esos cuatro o cinco últimos meses, sino el Tiempo, como si la muchacha descalza que había pasado hacía años junto al plátano bajara ahora de ese tren. Vi acercarse por fin al mozo. –Sí, exactamente ésa fue la impresión –dijo el hombre que tenía cara de cansancio–. Pero usted, cómo lo sabe.
Le contesté que él mismo me lo había dicho, varias veces, y le pedí al mozo que me trajera el whisky. Lo que todavía no me había dicho es qué tenía de extraño, qué tenía de extraño que ella viniera a este pueblo, con ése o con cualquier otro vestido. Cuatro o cinco meses no es tanto tiempo. ¿No la había llamado él mismo? ¿No era su mujer?
–Claro que era mi mujer –dijo, y sacó del bolsillo del pantalón un pequeño objeto metálico, lo puso sobre la mesa y se quedó mirándolo. Era una moneda, aunque me costó reconocerla; estaba totalmente deformada y torcida. –Claro que yo mismo la había llamado. –Volvió a guardar la moneda mientras el mozo me llenaba el vaso, y, sin preocuparse del mozo ni de ninguna otra cosa, agregó: –Pero ella estaba muerta.
–Bueno, eso cambia un poco las cosas –dije yo–. Déjeme la botella, por favor.
Ella no era un fantasma. El hombre con cara de cansancio no creía en fantasmas. Ella era real, y la tarde de ese día y las horas de la noche que pasaron juntos en este pueblo fueron reales. Como si se les hubiera concedido vivir, en el presente, un día que debieron vivir en el pasado. Cuando el hombre terminó de hablar, me di cuenta de que no me había dicho, ni yo le había preguntado, algunas cosas importantes. Quizá las ignoraba él mismo. Yo no sabía cómo había muerto la muchacha, ni cuándo. Lo que hubiera sucedido, pudo suceder de cualquier manera y en cualquier momento de aquellos cuatro o cinco meses, acaso accidentalmente y, por qué no, en cualquier lugar del mundo. Cuatro o cinco meses no era tanto tiempo, como había dicho yo, pero bastaban para tramar demasiados desenlaces. El caso es que ella estuvo con él más de la mitad de un día, y muchas personas los vieron juntos, sentados a una mesa de chapa en un baile con piso de tierra, caminando por los astilleros, en la plaza de la iglesia, hablando ella con unos chicos pescadores, corrido él por el perro de un vivero en el que se metió para robar una rosa, rosa que ella se llevó esa noche y él se preguntaba adonde, muchos la vieron y algún chico habló con ella, pero cómo recordarla después si nadie en este pueblo la había visto antes. Cómo saber que era ella y no simplemente una mujer cualquiera, y hasta mucho menos, un vestido, que al fin de cuentas sólo para ellos dos era recordable, una manera de sonreír o de agitar el pelo. Entonces yo pensé en el hotel, en el registro del hotel: allí debía de estar el nombre de los dos. Él me miró sin entender.
–Fuimos a un hotel, naturalmente. Y si eso es lo que quiere saber, me acosté con ella. Era real. Desde el pelo hasta la punta del pie. Bastante más real que usted y que yo. –De pronto se rió, una carcajada súbita y tan franca que me pareció innoble. –Y en el cuarto de al lado también había una pareja de este mundo.
–No le estoy hablando de eso –dije.
–Hace mal, porque tiene mucha importancia. Entre ella y yo, siempre la tuvo. Por eso sé que ella era real. Ni una ilusión ni un sueño ni un fantasma: era ella, y sólo con ella yo podría haberme pasado una hora de mi vida, con la oreja pegada a una taza, tratando de investigar qué pasaba en el cuarto de al lado.
–Ustedes dos tuvieron que anotarse en ese hotel, es lo que trato de decirle. Ella debió dar su nombre, su número de documento.
–Nombres, números: lo comprendo. Yo también coleccionaba fetiches y los llamaba lo real. Bueno, no. Ni nombre ni número de documento. Salvo los míos, y la decente acotación: "y señora". Cualquier mujer pudo estar conmigo en ese hotel y con cualquiera habrían anotado lo mismo. Trate de ver las cosas como las veía ella: ese día era posible a condición de no dejar rastros en la realidad, y, sobre todo, a condición de que yo ni siquiera los buscara. Escúcheme, por favor. Antes le dije que ese día fue una dádiva, pero no sé si es cierto. Es muy importante que esto lo entienda bien. ¿Cuándo cree que me enteré de que ella había muerto? ¿Al día siguiente?, ¿una semana después? Entonces yo habría sido dichoso unas horas y ésta sería una historia de fantasmas. Usted tal vez imagina que ella, o algo que yo llamo ella se fue esa noche en el último tren, yo viajé a Buenos Aires y allí, un portero o una vecina intentaron convencerme de que ese día no pudo suceder. No. Yo supe la verdad a media tarde y ella misma me lo dijo. Ya habíamos estado en el Barrio de las Canaletas, ya habíamos reído y hasta discutido, yo había prometido ser tolerante y ella ordenada, yo iba a regalarle libros de astronomía y mapas astrales y ella un gran pipa dinamarquesa, y de pronto yo dije la palabra "cama" y ella se quedó muy seria. Antes pude haber notado algo, su temor cuando quise mostrarle la hermosa zona vieja del cementerio donde vimos las lápidas irlandesas, ciertas distracciones, que se parecían más bien a un olvido absoluto, al rozar cualquier hecho vinculado con nuestro último día en Buenos Aires, alguna fugaz ráfaga de tristeza al pronunciar palabras como mañana. No sé, el caso es que yo dije que ya estaba viejo para tanta caminata y que si quería contar conmigo a la noche debíamos, antes, encontrar una cama, y ella se puso muy seria. Dijo que sí, que íbamos a ir adonde yo quisiera, pero que debía decirme algo. Había pensado no hacerlo, le estaba permitido no hacerlo, pero ahora sentía que era necesario, cualquier otra cosa sería una deslealtad. No te olvides que ésta soy yo, me dijo, no te olvides que me llamaste y que vine, que estoy acá con vos y que vamos a estar juntos muchas horas todavía. Pensé en otro hombre, pensé que era capaz de matarla. No pude hablar porque me puso la mano sobre los labios. Se reía y le brillaban mucho los ojos, y era como verla a través de la lluvia. Me dijo que a veces yo era muy estúpido, me dijo que sabía lo que yo estaba pensando, era muy fácil saberlo, porque los celos les ponen la cara verde a los estúpidos. Me dijo que hay cosas que deben creerse, no entenderse. Intentar entenderlas es peor que matarlas. Me habló del resplandor efímero de la belleza y de su verdad. Me dijo que la perdonara por lo que iba a hacer, y me clavó las uñas en el hueso de la mano hasta dejarme cuatro nítidas rayas de sangre, volvió a decir que era ella, que por eso podía causar dolor y también sentirlo, que era real, y me dijo que estaba muerta y que si en algún momento del largo atardecer que todavía nos quedaba, si en algún minuto de la noche yo llegaba a sentir que esto era triste, y no, como debía serlo, muy hermoso, habríamos perdido para siempre algo que se nos había otorgado, habríamos vuelto a perder nuestro día perdido, nuestra pequeña flor para cortar, y que no olvidara mi promesa de llevarla a un baile con guirnaldas y patio de tierra... Lo demás, usted lo sabe. O lo imagina. Entramos en ese hotel, subimos las escaleras con alegre y deliberado aire furtivo, hicimos el amor. Tuvimos tiempo de jugar a los espiones con la oreja pegada a la pared del tumultuoso cuarto vecino, resoplando y chistándonos para no ser oídos. Ya era de noche cuando le mostré mi colegio. La noche es la hora más propicia de esa casa, sus claustros parecen de otro siglo, los árboles del parque se multiplican y se alargan, los patios inferiores dan vértigo. En algún momento y en algún lugar de la noche nos perdimos. Yo sé guiarme por las estrellas, me dijo, y dijo que aquélla debía ser Aldebarán, la del nombre más hermoso. Yo no le dije que Aldebarán no siempre se ve en nuestro cielo, yo la dejé guiarme. Después oímos la música lejana de un acordeón y nos miramos en la oscuridad. Mi canción, gritó ella, y comenzó a silbar aquella czarda inventada que ahora era una especie de tarantela. Me gustaría contarle lo que vimos en el baile: era como la felicidad. Un coche destartalado nos llevó a tumbos hasta la estación. Ahora es cuando menos debemos estar tristes, dijo. Dios mío, necesito una moneda, dijo de pronto. Yo busqué en mis bolsillos pero ella dijo que no; la moneda tenía que ser de ella. Buscaba en su cartera y me dio miedo de que no la encontrara. La encontró, por supuesto. Ahora yo debía colocarla sobre la vía y recogerla cuando el tren se hubiera ido. No debería hacer esto, me dijo, pero siempre te gustaron los fetiches. También me dijo que debería sacarle un pasaje. Se reía de mí: Yo estoy acá, me decía, yo soy yo, no puedo viajar sin pasaje.
Me dijo que no dejara de mirar el tren hasta que terminara de doblar la curva. Me dijo que, aunque yo no pudiera verla en la oscuridad, ella podría verme a mí desde el vagón de cola. Me dijo que la saludara con la mano.
miércoles, 12 de octubre de 2011
HUMO(RE)S
Había una vez un médico griego que decía que la culpa de todo la tienen los humores. La teoría de los cuatro humores o humorismo, fue una teoría acerca del cuerpo humano adoptada por los filósofos y físicos de las antiguas civilizaciones griega y romana. Desde Hipócrates, la teoría humoral fue el punto de vista más común del funcionamiento del cuerpo humano entre los «físicos» (médicos) europeos hasta la llegada de la medicina moderna a mediados del siglo XIX.
En esencia, esta teoría mantiene que el cuerpo humano está lleno de cuatro sustancias básicas, llamadas humores (líquidos), cuyo equilibrio indica el estado de salud de la persona. Así, todas las enfermedades y discapacidades resultarían de un exceso o un déficit de alguno de estos cuatro humores. Estos fueron identificados como bilis negra, bilis, flema y sangre. Tanto griegos y romanos como el resto de posteriores sociedades de Europa occidental que adoptaron y adaptaron la filosofía médica clásica, consideraban cada uno de los cuatro humores aumentaba o disminuía en función de la dieta y la actividad de cada individuo. Cuando un paciente sufría de superávit o desequilibrio de líquidos, entonces su personalidad y su salud se veían afectadas.
Teofrasto y otros elaboraron una relación entre los humores y el carácter de las personas. Así, aquellos individuos con mucha sangre eran sociables, aquellos con mucha flema eran calmados, aquellos con mucha bilis eran coléricos, y aquellos con mucha bilis negra eran melancólicos. La idea de la personalidad humana basada en humores fue una base para las comedias de Menandro y, más tarde, las de Plauto.
Por otro lado, debido a que mucha gente pensaba que existía una cantidad finita de humores en el organismo, era común la creencia de que la pérdida de fluidos era una forma de muerte.
Según esta teoría tengo todos los humores mezclados....

soy COLERIK Y MELANCOLIK HISTERIK Y ESTRAMBÓTIK
NECESITO HUMO
ME VUELVO HUMO,
PRENDO UN PUCHO
En esencia, esta teoría mantiene que el cuerpo humano está lleno de cuatro sustancias básicas, llamadas humores (líquidos), cuyo equilibrio indica el estado de salud de la persona. Así, todas las enfermedades y discapacidades resultarían de un exceso o un déficit de alguno de estos cuatro humores. Estos fueron identificados como bilis negra, bilis, flema y sangre. Tanto griegos y romanos como el resto de posteriores sociedades de Europa occidental que adoptaron y adaptaron la filosofía médica clásica, consideraban cada uno de los cuatro humores aumentaba o disminuía en función de la dieta y la actividad de cada individuo. Cuando un paciente sufría de superávit o desequilibrio de líquidos, entonces su personalidad y su salud se veían afectadas.
Teofrasto y otros elaboraron una relación entre los humores y el carácter de las personas. Así, aquellos individuos con mucha sangre eran sociables, aquellos con mucha flema eran calmados, aquellos con mucha bilis eran coléricos, y aquellos con mucha bilis negra eran melancólicos. La idea de la personalidad humana basada en humores fue una base para las comedias de Menandro y, más tarde, las de Plauto.
Por otro lado, debido a que mucha gente pensaba que existía una cantidad finita de humores en el organismo, era común la creencia de que la pérdida de fluidos era una forma de muerte.
Según esta teoría tengo todos los humores mezclados....
soy COLERIK Y MELANCOLIK HISTERIK Y ESTRAMBÓTIK
NECESITO HUMO
ME VUELVO HUMO,
PRENDO UN PUCHO
YOIKA

YO SOY AGRESIVA/
CUANDO TE PONES NERVIOSO SOY AGRESIBA
SOY MALA
SOY PELEADORA
SOY CERRADA
SOY LA NADA/
(y una palma en mi cara)
SOY LA MORALEJA DE LA FABULA
ESCORPIÓN Y RANA
SOY LA QUE RECLAMA/
CLAMA CLAMA CLAMA CLAMA
Y SOY UNA VOZ
PERO NO SOY VOS
SOY LA VOS SILENCIADA
LA VOZ SILENCIADA
LA VOS SILICIADA
LA QUE ES NADA
SOY IMPOSIBLE
PORQUE NO ESTOY
NO SOY CREIBLE
PORQUE NO SOY
NO SOY AMABLE
(porque no amo)
PERO SOY YO
SOY MIEDOSA
(le tengo miedo a la oscuridad)
SOY SOBERBIA
(no sea cosa que se den cuenta que no soy inteligente)
SOY POCO AGRACIADA
(las hadas madrinas no me dieron belleza, ni armonía, ni linda voz)
SOY LLORONA
(Y me encierro en los baños a llorar)
SOY PROFESORA
(actúo de ello)
SOY NÉMESIS
(la historia de las grandes venganzas)
SOY UN CEREBRO
SOY VENAS
SOY PIEL
PERO LAMENTO SER CORAZON
(porque sin corazón sería lo que todos quieren)
SOY MALA
SOY AGRESIVA
SOY RIDICULA
SOY FEA
SOY TRISTE
SOY PREDICATIVOS
SOY LAGRIMAS Y MOCOS Y AHOGOS Y RESPIROS
SOY TODO ESO
Y ENTONCES ME MIRO EN EL ESPEJO Y DIGO
"TAN MALO NO ES SER YO"
jueves, 4 de agosto de 2011
CHANCHADAS!!!

REITERO LA IMAGEN DE LOS ÚLTIMOS SEIS DÍAS, UN CIGARRILLO QUE SE ESTÁ APAGANDO Y ES USADO COMO LUMBRE PARA PRENDER OTRO. EL PROBLEMA DE LA MUDANZA Y VER QUE KRATOS ESTÁ CADA VEZ MÁS INQUIETO, Y MI NEGATIVA A CASTRARLO. NO VOY A CASTRARLO DE NINGUNA MANERA, PERO EL GATO TAMPOCO SE VA CON GATAS, ENTONCES DEDUZCO QUE ES GAY...
EL PERRO CON CARITA APLASTADA ES CARÍSIMO. NO PUEDE UNO ANDAR PENSANDO EN QUE QUIERE UN PERRITO CON CARA MEZCLADA CON BATMAN (MURCIÉLAGO) Y EL GUASÓN, SOLO PORQUE ES PETICITO Y ROLLIZO...
ME AGARRA LA FOBIA CON EL LORO, PORQUE TENGO MIEDO DE CONTAGIARME LA CITACOSIS. PERO LA PROPAGANDA MALDITA DE "NEXTEL" ME GENERA LA NECESIDAD URGENTE DE IRME A POMPEYA A TRAERME UN VERDE LORO A QUIEN LE QUIERO PONER DE NOMBRE "CELESTINO DESCALZO". Y TRANQUILAMENTE IMAGINO MIS TARDES HABLANDO CON UN LORO...
PERO EL PROBLEMA ES QUE ME LLEGA UN NUEVO MAIL. YA TENGO CINCO COLECCIONADOS. NO ENTIENDO EN QUÉ MOMENTO ACCEDÍ A INFORMARME SOBRE UN CRIADERO DE CERDOS VIETNAMITAS (CHANCHITOS COMO "BABE" EL DE LA PELÍCULA).
JURO QUE NO ES PORQUE ESSSSSTRAÑE A MI EX.
JURO QUE NO ES PORQUE ME SIENTA IDENTIFICADA AL CHIQUERO.
JURO QUE NO ES PORQUE TENGA LA LIGERA SENSACIÓN DE QUE TENDRÍA AL CHANCHO ESE CON UNA CORREA CAMINANDO POR ALBERDI...
JURO QUE NO ENTIENDO POR QUÉ ESTARÍA DISPUESTA A PAGAR SETECIENTOS PESOS POR UN CHANCHO BEBÉ CON MANCHAS NEGRAS Y QUE RESPONDA AL NOMBRE DE "TIRESIAS".
CHANCHO LIMPIO, NO ENGORDA...
CHANCHADAS DE LAS QUE NO ME VOY A ACORDAR
Y LOS CHANCHOS EN LA BALANZA QUE DAN IDEAS
Y EL CHANCHO EN EL FREEZER QUE ME ASUSTABA DE CHICA
Y MI PAPA MATABA CHANCHOS COMO SI NADA
Y BABE EL CERDITO VALIENTE
Y LOS TRES CHANCHITOS Y EL PRINCIPIO DE REALIDAD
Y MEJOR SIGO CON KRATOS, QUE AUNQUE ES INSOPORTABLE, SE DEJA PASEAR CON LA CORREA DE TACHAS...
miércoles, 17 de noviembre de 2010
La Odisea - Pelicula - Parte 7
Extrañamente, todavía puedo recordarlo. Tenía nueve años, en casa de la Tía Chiqui, la hermana de mi papá. Una de las Torrisi. Ella miraba (y mira) películas y lee mucho. Gran biblioteca tiene La Chiqui. “Loca como vos”, diría mi padre. Era de tarde, y entonces en la tele de ella vi por primera vez “La Odisea”. Kirk Douglas (con “K”) personificaba a Ulises, y tenía los ojos más azules que vi en el mundo y el hoyito en la pera. Era maravilloso. Y yo me creí que en la vida real, existiría un hombre así, que navegara por todos los mares del mundo, que viajara por todos los lugares (como hacía mi papá) y que sólo le interesara regresar a su patria, a su Itaca y a su esposa Penélope. Claro que en ese momento, sólo tenía siete años y creía que las cosas eran tal y como las veía…mi papá era mi Ulises, lo que me convertía a mí en Telémaco y lo que convertía a la infeliz de mi madre en la tarada de Penélope. La Chiqui, quedó tan fascinada con la peli, que de repente en una rifa, adquirió un siamés, con los ojos tan azules que parecían los de Kirk. Y entonces le puso Ulises nomás al gato. Ulises era de esos felinos que tienen toda la astucia, se comía las empanadas crudas, peor no la masa, sino que la abandonaba y se comía todo el relleno. Cuando mi tía vino a Pizarro, Ulises cruzaba el patio y venía más de una vez a dormir a mi cama. Inquieto, y silencioso…había sido secuestrado en más de una oportunidad para ser utilizado cual semental. Cuando estaba en celo, volvía golpeadísimo, pero feliz, hasta que en una vuelta cayó sin un colmillo.
De pequeña, imaginaba que así se llamaría mi hijo “imaginario”. Y ese nombre le iba a poner creando a un pequeño monstruo mentirosito y encima con deseos de desarraigo constante. Un digno Torrisi.
Cursa Griego I. Época del profesorado. Novio Juan Manuel era el oficial. Deseo era el hincha de Racing, llamado Gastón “Racing Ston(es)”. Salía de cursar tratando de comprender lo que era el tiempo aoristos y toda la voz media. Mientras tanto, leíamos la Odisea, e interesantemente se estaba estrenando una peli de los hermanos Cohen “¿Dónde estás hermano?”, una remake de la Odisea. Pero ambientada en EEUU y en los cincuenta aproximadamente, con una belleza de ojos grandes odiseicos encarnados por George Clooney. Recuerda haber ido a ver la peli, y no entenderla por momentos. Pero recuerda también terminar de cursar para ir a tomar cerveza en la esquina y verse con Gastón, antes de que apareciera el legal. La ley. Mientras leía no podía creer lo impresionante que era ese texto. Había algo que me atraía y me desagradaba tanto de Odiseo. Era cuestión del nombre que encerraba la raíz de la palabra “odioso” por ser odioso y odiado.
COMPLEJO DE ULISES
El complejo de Ulises lo manifiesta aquella persona, ya sea hombre o mujer, que teniendo un vínculo afectivo con otra, que generalmente es la relación socialmente reconocida, mantiene con una segunda persona otra relación afectiva más o menos secreta, pero siempre rechazando formar un vínculo comprometido con ella, por mucho que ella lo quiera y espere, o sea, que "como Ulises" nunca llega a dejar la primera relación, "su Penélope".
Ulises es un personaje mitológico, rey de Ítaca, protagonista de la Odisea. El tema central lo constituye su regreso, pues es Ítaca de donde Ulises partió para ir a participar en la guerra de Troya. Y al regresar, va pasando por variedad de aventuras que retrasan su regreso. Entre estas aventuras destacan las que vive con mujeres, tales como Calipso, Circe y Nausicaa, quienes, enamoradas de Ulises, quieren retenerle en contra de su voluntad. Mientras tanto, su paciente y fiel esposa Penélope le espera en Ítaca, aguardando su regreso y rechazando a los pretendientes que quieren conquistarla para hacerse con el trono del rey de Ítaca. Pero lo que Ulises auténticamente quería, aunque se entretuviese con mujeres que encontraba por el camino, era regresar a Ítaca con su amada Penélope.
ANALISIS DEL COMPLEJO
Análogamente al Ulises de la Odisea, en el mundo real, en el caso socialmente más claro, la persona que manifiesta el complejo de Ulises es alguien que, si es hombre (aunque también puede ser mujer), tiene pareja o incluso está casado. Pero sea cual sea el caso, la persona que permanece edípicamente "aferrada" a su pareja, va además manteniendo relaciones afectivas con otra u otras personas, pero sin llegar nunca al punto de dejar a su pareja (que manifiesta complementariamente el complejo de Penélope), sino que, al contrario, siempre acaba volviendo a ésta.
El complejo de Ulises es una variante del complejo de Edipo, es decir, que subyace en él una fijación edípica a la figura cuidadora de sexo contrario de la infancia, que en la vida adulta pasa a concretarse transferencialmente en una persona con quien se ha establecido o tenido un vínculo afectivo, aunque no es necesario que se trate de un vínculo socialmente reconocido e incluso puede ser que no vivan juntos. Así, también puede tratarse de la novia, de la ex-esposa o de la ex-novia a la que se sigue aún vinculado (sin completar el duelo y por tanto la separación), de una mujer de la que se está enamorado (sabiéndolo ella o no), de una mujer imaginaria idealizada o, en el caso más obviamente edípico, de la madre (puede que todavía viva con ella). Pero desde luego, sea cual sea el caso, se trata de un vínculo edípico. Y la tercera persona es una víctima del drama edípico, aunque ella también tiene sus propios asuntos no resueltos que le llevan a enganchar en tan frustrante relación, sin obtener lo que quiere.
En ocasiones, el complejo de Ulises es vivido a la vez por los dos miembros de una pareja o matrimonio, justificado en una aparente madurez personal que los dos creen poseer - pero que no poseen - y que les justifica para poder practicar el ser una pareja liberal o el practicar el poliamor, o sea, el amar a más de una persona a la vez. ¿Será así mi Ulises?
domingo, 12 de septiembre de 2010
LOS HERMANOS GRIMM PRESENTAN: EL PRÍNCIPE SAPO...

Hace mucho tiempo, los malvados magos, no tenían nada mejor que hacer que enseñar a los jóvenes príncipes aquellas asignaturas útiles para gobernar un reino, que ninguno de ellos tenía ganas de aprender, por lo que, se estableció la costumbre de que si no aprobaban las matemáticas, éstos, los convertían en rana hasta que recitasen la tabla del 7 ó los besase una doncella casadera. A los reyes no les quedó más remedio que decretar que la doncella que desencantase a un príncipe se casaría con éste, ya que, no tenían ninguna fe en que sus hijos pudiesen multiplicar por 7 siendo ranas, cuando no habían podido hacerlo siendo príncipes. De manera que, durante las vacaciones de verano, las doncellas casaderas iban por ahí, como locas, besando ranas y convirtiéndose en princesas herederas. El mago Panchín estaba más que harto de uno de sus alumnos, pues éste, a pesar de ser muy listo, se pasaba las clases en las nubes. Sólo pensaba en divertirse y gastar bromas pesadas a todo el mundo, menos a los reyes claro. Así que lo suspendió y decidió darle una lección cambiando el encantamiento. Primero lo convertiría en un sapo asqueroso, en vez de en una bonita rana y solo dejaría de ser un sapo si recitaba todas las tablas de multiplicar, o si una princesa lo pateaba. Pero claro, la costumbre mandaba besar, y las doncellas casaderas tenían muy buenos modales y no andaban por ahí pateando. De esta manera el pobre estaba harto de que lo besasen, estaba harto de ser un sapo y de comer moscas y no había manera de conseguir que las delicadas damiselas lo pateasen. Intentó recordar las tablas de multiplicar pero no lograba pasar más allá de la tabla del 5. Al final, desesperado, decidió marcharse lejos del reino de su padre, por ver si conseguía encontrar un rincón tranquilo donde ninguna doncella hubiese escuchado el Bando Real, o donde pudiese meditar sobre la multiplicación. Cansado de vagar sin éxito, y de recibir besos a diestro y siniestro decidió quedarse a vivir en un pozo abandonado, donde no lo molestarían. Ya había conseguido llegar a la tabla del 8 cuando una tarde, ¡Pum!, le cae una pelota en la cabeza, y oye una dulce voz que le dice:. -Sapito guapo, sapito bueno, dame mi pelota por favor. Era una princesa vecina, muy hermosa y bastante malcriada, que siempre conseguía que su padre el rey le consintiese todos sus caprichos. Pero su belleza unida a la dulzura de su voz y sus modales pícaros, cautivaron al príncipe, el cual se enamoró al instante. -¿Qué me darás a cambio de tu pelota?, le pregunta el príncipe sapo. -Lo que tu quieras, le contesta ella. -Bien, has de invitarme a pasar una temporada contigo, darme de comer de tu plato, arroparme por las noches y contarme una historia antes de dormirme. Prométeme que cuidarás de mí como de un hermano. -Te lo prometo, todo lo que tu quieras, pero ahora dame mi pelota, que me esperan, he de terminar de jugar antes de volver a casa. -Toma tu pelota, te espero, has de llevarme a tu casa, no lo olvides. -Que no lo olvido, que luego vuelvo. Así que la princesa volvió con sus amigas y a su juego decidida a no llevar a ningún sitio a ningún sapo asqueroso. Por la noche, cuando el rey y su familia estaban cenando, vino el jefe de la guardia a informar al rey que en la puerta había un sapo que afirmaba estar invitado por la princesa a pasar una temporada en palacio. -Hazlo pasar -ordenó el rey- Señor sapo, ¿qué se le ofrece a estas horas?, como ve intentamos comenzar a cenar. -Vuestra hija señor, me prometió hospedaje durante una temporada, darme de comer de su plato, arroparme por las noches, contarme una historia antes de dormir y que me cuidaría como a un hermano, si le devolvía una pelota que cayó a mi pozo mientras jugaba. El rey mirando a la princesa le dijo: -Y bien, ¿qué tienes que decir a esto jovencita? Ella se puso como un tomate, pero con su voz más zalamera, dio mil y una razones por las que no estaba obligada a cumplir con su palabra. -Un rey solo tiene una palabra, y tu has de aprender a comportarte como una futura reina. Si tanto asco te daba no haberle dado tu palabra, eres capaz de cualquier cosa para salirte con la tuya y has de aprender que hay que respetar a los demás, cumplirás tu palabra, y además estas castigada por ser tan grosera y haber hecho llorar a tu madre, la reina, del disgusto. -Disculpe usted señor sapo, ahora me doy cuenta de que la hemos mimado demasiado, pero le prometo que ella va a cumplir su palabra, o se pasará la vida castigada. Ella, ¡qué remedio!, le va dando trocitos de su comida, mientras piensa como librarse de él sin que su padre la castigue. Y a la hora de irse a dormir descubre que sus padres han ordenado que pongan la cama de juguete en su misma habitación, y después de darle las buenas noches, la dejan con ese sapo asqueroso, el cual le dice: -Ahora arrópame y cuéntame un bonito cuento, hermanita. Y ella se acuerda de que por culpa de ese sapo la han castigado y no podrá salir a jugar por mucho tiempo, que ese sapo se comió todo lo rico, y le dejo todas las verduras para ella, que se zampó todo el pastel de manzanas, y cuando quiso pedir más su madre le riñó por golosa. Que por su culpa, su padre, que siempre le consentía todo se había enfadado con ella, y se había puesto muy triste su madre, que hasta había llorado. -Te estoy esperando, vamos o se lo diré a tu padre. Y a ella le da una rabieta y se pone a chillarle, que se vaya, que le deje en paz, que le da mucho asco, que es muy feo. -Y el sapo le decía: se lo diré a tu padre, se lo diré a tu padre. Así que la princesa le pegó una patada, y el sapo salió volando con camita y todo. Corriendo acudieron los reyes y los guardias a la habitación a ver que era aquél escándalo. Y descubrieron que el sapo se había convertido en un apuesto príncipe que le prometía a todos saberse al día siguiente todas las tablas de multiplicar.
miércoles, 25 de agosto de 2010
realidades...irrealidades...puntos de vista...
Desde el inicio se ve la vacilación del narrador.
Desde el inicio se ve la imposibilidad de narrar (Lingua Sed Torpet, diría Catulo)
Siempre sorprendida ante la imposibilidad de la reproducción de la línea argumental del texto, no puedo concebir cómo logra plasmar la misma incertidumbre desde un artificio en lo formal. La puesta en abismo aparece desde lo temporal. La foto no es la foto ahora, no es fija en el relato (nunca lo fue…). La foto propone una segunda interpretación. Divagues por la hora y por ver esta peli del orto. Y caigo con que la traducción siempre es una doble lectura. Entonces, miro la peli y pienso si realmente Adriano, es Adriano. Recuerdo cuando tuve en mis manos “Memorias de Adriano” (parece allá lejos y hace tiempo, y no lo pude terminar…) y que cuando lo leía pensaba en lo genial que es el trabajo de traducir. Recuerdos que vienen y me veo de vuelta como diez años atrás tratando de hacer paralelamente las dos cosas…siempre el doble, siempre las dos manzanas, las realidades que se multiplicaban ad infinitum, porque de la estructura binaria se hacían…infinitas. Entonces me vienen a la mente ¿qué es la creación? ¿Se puede representar la realidad? Ok Ok Michel saca una foto y para él ESA es la realidad, terrible no? La realidad no es lo que existe, sino es lo que uno percibe. La forma que tenemos de percibir la realidad, es con velos, con figuras, tropos, metáforas, metonimias, oxímorons (o es), zeugmas y todas las hipérboles que nos exageran toooda esa pelota que es la realidad. Pero el arte es díscolo, es desobediente y ya pierde la noción de si se puede representar la realidad. Y si son así las cosas, entonces ¿Se puede representar la realidad? ¿Qué cosa media entre el arte y la vida? Llámese arte a toda manifestación de la creación que tiene un sujeto.
Entonces vienen en forma arrebatadora todas las teorías literarias del montón. Todas esas cartografías de las escuelas literarias. (“Las ideas le organizan la curiosidad”, dice Karina ante Torrisi) (Torrisi contesta que las ideas fueron emociones latentes, allí que fueron disparadores y hoy son obra). Releo el cuento y caigo con que la voz narrativa era eso que se independizó, eso que de repente adquiere un propio tono y como un Golem se separa de su autor, de su creador…(y el narrador dice que está muerto..que está muerto). Entonces pienso que toda creación conlleva un duelo. El duelo de que la representación nunca es completa: algo muere, algo queda allí (allí donde??, allí cuando??? ). En el “Retrato Oval” de Poe, un pintor quiere retratar la vida misma y termina pidiendo a su amada que sea su modelo. Con la audacia de su pintura, con la ‘vida misma’ hecha arte, ignora que ella cada vez más rápidamente se deshace de su existencia. En “Las babas del diablo” el mismo artista: fotógrafo y traductor (doble nacionalidad, se expresa en su nombre, doble trabajo) es la víctima de su obra. Él ha cedido su lugar para que su ‘arte’ (sea escritura, sea fotografía, sea “la obra”) hable por sí mismo. Todo creador sueña con hacer algo vivo. (Megalomanías.com) Quien hace una escultura quiere que ‘sea real’ (QUE SEA REAL?). Quien pinta un cuadro quiere que sea fiel a la realidad (FIEL A LA REALIDAD?). El creador se vacía, muere, adolece para que su creación tenga sentido. Entonces podríamos decir que el empeño de Michel es patético, y bastante insano (aparte de insensato) porque de repente no se da cuenta de su lugar de artista es el del desobediente y peligroso. Pues cualquiera que termine de leer este cuento siente la incomodidad de que algo no se puede aprehender. Pero el narrador termina cayendo en pos de su obra misma. Miro Blow Up de Antonioni…recuerdo esa peli y veo un detalle que antes no vi. La escena final. Y la idea de que la realidad es un pacto (terrible). Porque eso quiere decir que es una convención, los mimos aceptan y lo invitan a “Michel” a que el juegue con la ‘realidad’. Michel acepta. Acepta, porque abandona la cámara, el saber objetivo y acepta para abrirse al mundo LUDIKO que le presentan, y LEGITIMA la realidad de ellos. Hay tantas realidades como jugadores de tenis, qué loco para una noche de estupidez y de ‘loqueesesloqueyopercibo’ (entonces, si no hay nadie que lo perciba NO EXISTE!). Tres ideas para el ensayo.
Desde el inicio se ve la imposibilidad de narrar (Lingua Sed Torpet, diría Catulo)
Siempre sorprendida ante la imposibilidad de la reproducción de la línea argumental del texto, no puedo concebir cómo logra plasmar la misma incertidumbre desde un artificio en lo formal. La puesta en abismo aparece desde lo temporal. La foto no es la foto ahora, no es fija en el relato (nunca lo fue…). La foto propone una segunda interpretación. Divagues por la hora y por ver esta peli del orto. Y caigo con que la traducción siempre es una doble lectura. Entonces, miro la peli y pienso si realmente Adriano, es Adriano. Recuerdo cuando tuve en mis manos “Memorias de Adriano” (parece allá lejos y hace tiempo, y no lo pude terminar…) y que cuando lo leía pensaba en lo genial que es el trabajo de traducir. Recuerdos que vienen y me veo de vuelta como diez años atrás tratando de hacer paralelamente las dos cosas…siempre el doble, siempre las dos manzanas, las realidades que se multiplicaban ad infinitum, porque de la estructura binaria se hacían…infinitas. Entonces me vienen a la mente ¿qué es la creación? ¿Se puede representar la realidad? Ok Ok Michel saca una foto y para él ESA es la realidad, terrible no? La realidad no es lo que existe, sino es lo que uno percibe. La forma que tenemos de percibir la realidad, es con velos, con figuras, tropos, metáforas, metonimias, oxímorons (o es), zeugmas y todas las hipérboles que nos exageran toooda esa pelota que es la realidad. Pero el arte es díscolo, es desobediente y ya pierde la noción de si se puede representar la realidad. Y si son así las cosas, entonces ¿Se puede representar la realidad? ¿Qué cosa media entre el arte y la vida? Llámese arte a toda manifestación de la creación que tiene un sujeto.
Entonces vienen en forma arrebatadora todas las teorías literarias del montón. Todas esas cartografías de las escuelas literarias. (“Las ideas le organizan la curiosidad”, dice Karina ante Torrisi) (Torrisi contesta que las ideas fueron emociones latentes, allí que fueron disparadores y hoy son obra). Releo el cuento y caigo con que la voz narrativa era eso que se independizó, eso que de repente adquiere un propio tono y como un Golem se separa de su autor, de su creador…(y el narrador dice que está muerto..que está muerto). Entonces pienso que toda creación conlleva un duelo. El duelo de que la representación nunca es completa: algo muere, algo queda allí (allí donde??, allí cuando??? ). En el “Retrato Oval” de Poe, un pintor quiere retratar la vida misma y termina pidiendo a su amada que sea su modelo. Con la audacia de su pintura, con la ‘vida misma’ hecha arte, ignora que ella cada vez más rápidamente se deshace de su existencia. En “Las babas del diablo” el mismo artista: fotógrafo y traductor (doble nacionalidad, se expresa en su nombre, doble trabajo) es la víctima de su obra. Él ha cedido su lugar para que su ‘arte’ (sea escritura, sea fotografía, sea “la obra”) hable por sí mismo. Todo creador sueña con hacer algo vivo. (Megalomanías.com) Quien hace una escultura quiere que ‘sea real’ (QUE SEA REAL?). Quien pinta un cuadro quiere que sea fiel a la realidad (FIEL A LA REALIDAD?). El creador se vacía, muere, adolece para que su creación tenga sentido. Entonces podríamos decir que el empeño de Michel es patético, y bastante insano (aparte de insensato) porque de repente no se da cuenta de su lugar de artista es el del desobediente y peligroso. Pues cualquiera que termine de leer este cuento siente la incomodidad de que algo no se puede aprehender. Pero el narrador termina cayendo en pos de su obra misma. Miro Blow Up de Antonioni…recuerdo esa peli y veo un detalle que antes no vi. La escena final. Y la idea de que la realidad es un pacto (terrible). Porque eso quiere decir que es una convención, los mimos aceptan y lo invitan a “Michel” a que el juegue con la ‘realidad’. Michel acepta. Acepta, porque abandona la cámara, el saber objetivo y acepta para abrirse al mundo LUDIKO que le presentan, y LEGITIMA la realidad de ellos. Hay tantas realidades como jugadores de tenis, qué loco para una noche de estupidez y de ‘loqueesesloqueyopercibo’ (entonces, si no hay nadie que lo perciba NO EXISTE!). Tres ideas para el ensayo.
jueves, 19 de agosto de 2010
LOS SUEÑOS... YO-LANDA (YO, LA DE LA TIERRA)

(en la boca de la noche)
El médico mira
dentro de mis ojos
me hace abrir la boca
Le cuento sueños
cruzaba una piscina con un niño al cuello
A veces me asalta
un hambre de miedo
devoro todo lo que encuentro a mi lado
El médico escucha
latir mi corazón
Asiente
con mucha seriedad
consulta un libro
encima de su escritorio
Estoy perdida
-Ya había mirado dentro de mis ojos-
Entonces
le cuento otro sueño
No todo mi corazón te ama
sólo la parte que está enferma
miércoles, 11 de agosto de 2010
Ausencia de Amor

Cómo será pregunto.
Cómo será tocarte a mi costado.
Ando de loco por el aire
que ando que no ando.
Cómo será acostarme
en tu país de pechos tan lejano.
Ando de pobrecristo a tu recuerdo
clavado, reclavado.
Será ya como sea.
Tal vez me estalle el cuerpo todo lo que he esperado.
Me comerás entonces dulcemente
pedazo por pedazo.
Seré lo que debiera.
Tu pie. Tu mano.
domingo, 8 de agosto de 2010
Turf - Yo no me quiero casar (video oficial) HD
No tengo tiempo para saber si hay un amor ideal,
a mi cualquiera me viene bien como me voy a negar,
que aburrido debe ser tener solo una mujer nunca me podira casar.
No conozco a nadie que no haya terminado mal.
Si el hombre no aparece la gente se enloquece y
empieza a destrozar el lugar se queman las cortinas
empiezan las corridas y el tiempo no parece pasar.
Libertad, frenesi do-re-mi-fa-sol-la-si eso es el amor
para mi y no conozco a nadie que me haya hecho sentir asi.
yo soy asi naci para cantar y se feliz no puedo
estar sin ver pasar las olas sobre el mar.
Ya no estoy ya me fui ya parti de aqui.
yo soy asi...
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