Buscar este blog

Mostrando entradas con la etiqueta SEXTO AÑO ALUMNOS PORTAL. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta SEXTO AÑO ALUMNOS PORTAL. Mostrar todas las entradas

miércoles, 12 de octubre de 2011

EVA PERON (COPI)






EVA PERON DE COPI!
*
Este texto corresponde a la versión publicada en 1969 por Christian Bourgois Editeur. Eva Perón fue representada el 2 de marzo de 1970 en el Teatro I`Epée-de-Bois por el Grupo TSE, con puesta en escena de Alfredo Arias, escenografía de Roberto Plate y vestuario de Juan Stoppani, con Facundo Bo, Marucha Bo, Philipe Bruneau, Jean Claude Drouot, Michele Moreti.


**
El motivo por el cual decidí traducir Eva Perón de Copi obedeció, en un principio, a mi interés por incorporar otro texto a un corpus literario más vasto, inscripto en el marco del proyecto “Cuerpo, discurso y poder: a propósito de Eva Perón”, que llevo a cabo como becaria de investigación de la Secretaría de Ciencia y Técnica (CICITCA) de la Universidad Nacional de San Juan, bajo la dirección de la lic. Estela Saint-André.

En un primer momento, el texto traducido tuvo por finalidad formar parte de la bibliografía de consulta personal. La idea de la publicación surgió posteriormente por iniciativa de Carlos Gazzera, quien se mostró interesado en que esta traducción apareciera en Revista TRAMAS, puesto que hasta el momento no ha llegado a nuestras manos una versión en español del original francés.

Creo necesario, entonces, aclarar que esta traducción no pretende ser el resultado del trabajo de un traductor de oficio, métier que de ningún modo me atribuyo. Esto no quita la minuciosidad y la dedicación con las que he intentado realizar la tarea.

Quiero agradecer a Laura Raso por su infinita generosidad intelectual y afectiva, sin su apoyo incondicional este trabajo no hubiese sido posible; así como también a Adriana Collado por sus agudas y sutiles observaciones.

Mi agradecimiento tanto al Director de la Revista TRAMAS, Carlos Gazzera como al Consejo Directivo, Néstor Agüilera, Soledad Boero, Claudio Díaz, Ana García, Andrea Guiu, Silvana Mandolessi, Tania Mastronardi, Carlos Perna, Fernando Piñero, Candelaria de Olmos y Daniela Spósito, quienes confiaron en mi trabajo.

Gabriela Simón
Febrero 1998

Copi
Eva Perón
A Julian Cairol



Evita, su madre. Evita busca un
vestido dentro de una valija.

Evita:
Mierda. ¿Dónde está mi vestido
de presidenta?


Madre:
¿De qué vestido me estás
hablando, querida? Todos tus
vestidos son de presidenta.

Evita:
Vos sabés bien cuál quiero
decir. El de mi retrato oficial. El
más simple, el de las camelias.

Madre:
¡Ah!, ése.

Evita:
¡Dónde mierda habré metido
ese vestido!
Madre:
Lo que tenés que hacer es
ordenar tus cosas. Metés tus vestidos
en cualquier valija, cuando sabés bien
que cada vestido tiene un número
escrito arriba, y que a cada serie de
números le corresponde una valija
diferente.

Evita:
Me cago en los números.

Madre:
¡Y bueno! Ahí tenés el
resultado.

Evita:
La culpa es de la enfermera.
Le dije mil veces que guardara mi
vestido de presidenta en esta valija.
¿Dónde está la enfermera?

Madre:
La enfermera no está. Es
un ser humano. No puede pasarse la
vida ordenando tus vestidos. Esa
pobre chica tiene derecho a quedarse en
su habitación escuchando la radio de
vez en cuando.

Evita:
Che, cerrá esa valija.
Ella abre una segunda valija. La
madre pone lo que estaba adentro
de la primera valija en su lugar.
Madre:
¡Mirá un poco este desorden!
¡Fijáte, acá está tu vestido! ¿No
es este?
Evita:
¿Dónde lo encontraste?
¡Dame!

Madre:
Ahí, en el suelo. Tirás todo
en cualquier parte. Mirá cómo está
de arrugado. Un vestido tan lindo. Te
lo voy a planchar para esta noche.

Evita:
No, me lo voy a poner ahora.
Andá a buscar a los demás.

Madre:
No vayas a despertar al pobre
Perón que tiene migraña, Evita.

Evita:
¿Y qué? Yo tengo cáncer.

Madre:
No empecés de nuevo con
tu historia del cáncer.

Evita, (se viste):
¡Tengo cáncer! ¡Y además estoy
harta de las migrañas de Perón!
Eso se cura con una aspirina,
¡pero un cáncer! ¡Voy a estirar la
pata! Y vos, vos te cagás de risa
de mi desgracia. Todos ustedes
se cagan de risa. Lo único que
esperan es el momento en que
yo reviente para heredarme. Vos
querías conocer el número de mi
caja fuerte en Suiza, ¿eh, vieja zorra?
¡El número de mi caja fuerte no se lo
voy a dar a nadie! ¡Moriré con él!
¡A vos, lo único que te quedará es
mendigar! ¡O hacer la calle como
antes! Andá a despertar a los demás.


Madre:
¡No hablés así a tu madre! ¡No voy
a ir! Dije que no voy, y no voy. Así
vas a aprender a no insultar a tu
madre. Como si yo no fuera a tener
bastantes problemas quedando en
la miseria cuando te mueras.

Evita:
Podés ponerte uno de mis vestidos,
si querés. Pero nada más que por
esta Noche. El de puntilla roja que
me queda bastante grande. Agarrálo.
Tomálo, tenélo, Te lo doy. Podés
usarlo con el chal de felpa dorada.
Voy al baño.

Ella sale.

¡Perón! ¡Ibiza!

La madre se pone el vestido. Ibiza entra.
Perón entra.
Madre:
¿Está mejor de la migraña,
Perón? (Ella se acerca a Ibiza, quien
Le sube el cierre relámpago de la
Espalda) ¿Sabe lo que me dijo? Me
dijo que no nos dará el número de su
caja fuerte en Suiza y que cuando se
muera sólo me quedará hacer la calle.
Es increíble ¿no? ¿Dígame, Ibiza,
usted cree que yo debería hablar de
esto con Perón?
Ibiza:

¿Qué caja fuerte en Suiza?

Madre:

¿Se acuerda cuando ella
fue a Suiza el año pasado?, bueno,
abrió una caja fuerte y puso allí
toda la guita del contrato de la lana
con los portugueses. Parece que
cada caja fuerte tiene un número
escrito arriba. Si uno no conoce
el número de la caja fuerte no
le permiten sacar el dinero. Y ella
no quiere darnos el número de la
caja fuerte.

Ibiza:
¿Entonces?

Madre:
¿Entonces, qué va a ser de mí?

Ibiza:
Usted tendrá una pensión del
Estado.

Madre:
Sí, pero escuche, Ibiza. Sé que
puedo hablar con usted como si
fuera un hijo. Pero, ¿comprende lo
que quiero decir? A Perón lo quiero
como a un hijo, él no va a dejar que
me muera de hambre, estoy segura.
¡Pero usted bien sabe que un golpe
de Estado se hace rápido! Es por
eso que ella puso la plata en Suiza.
Si lo echan (1) a Perón ¿qué va a
ser de mí?

Ibiza:
Usted siempre podrá contar
conmigo.

Madre:
Pero, escuche, si a usted lo
matan, Ibiza, ¿se da cuenta? Eso
puede suceder.

Ibiza:
Pero, si me matan, la matarán
a usted también, ¿no?

Madre:
¿A mí?, ¡no van a animarse
a matar a una vieja!

Ibiza:
Y, usted sabe.

Madre:
Pero... ¡no van a animarse
a matar a la madre de Evita!

Ibiza:
Vamos.

Madre:
No, pero, ¿qué es lo que
está diciendo? ¿Usted cree que
van a matarnos a todos?

Ibiza:
Yo no dije eso, pero...

Madre:
¡Usted se burla de mí! ¿Qué hice
de malo yo? ¿Van a matarme
porque soy su madre?

Ibiza:
Bueno, no se haga problema
por eso. No habrá golpe de Estado.
¿Por qué habría un golpe de Estado?

Madre:
Un golpe de Estado, se hace
rápido, Ibiza. Recuerde, se hace
muy rápido, un golpe de Estado.
Oiga, Perón, yo quisiera hablar
con usted de algo muy urgente.
Se trata de la caja fuerte de Evita
en Suiza. ¿Me escucha?

Voz de Evita:
¡Enfermera! ¡Enfermera!

Ruidos.

Madre:

¿Qué le pasa ahora?


Enfermera, (entra):
¡Ayúdeme! ¡Ella se siente mal!
¡Está descompuesta y no logro
abrir la puerta! ¡Está cerrada
con llave!

La enfermera e Ibiza salen.

Madre:

¡Ay, pobrecita! ¡Qué desgracia,

Perón, qué desgracia!


La enfermera entra, toma su maletín,
saca una jeringa, vuelve a salir.

Madre:

Ah, ¡qué desgracia! ¡Mi pobre

hija! ¡Tengo miedo de verla en ese
estado! Perón, ¿me escucha?

Evita entra, sostenida por Ibiza y la

enfermera.

Ibiza:

Sentáte. ¿Te sentís mejor?


Evita:
¡Suéltenme! ¡Dije que ya estoy
bien! Me podría haber muerto en
el baño que él ni hubiera movido
un dedo. Vive dentro de su migraña,
como encerrado en un capullo.
Todo el mundo se muere, vos sabés,
es algo que puede pasarle a todo el
mundo, también a los Generales de
uniforme. A ver, deme mi valija de
maquillaje. Es algo que puede pasarte
a vos también, y hasta más rápido
que a mí. Las migrañas son más
peligrosas que el cáncer, son telarañas
adentro de la cabeza, las migrañas no
perdonan. El día de mi atentado yo
volaba en el aire llena de sangre y él
en el auto atrás ni se inmutaba, la
mano levantada como una estatua.
Hizo falta que fueran los espectadores
del desfile, los que vinieron a recogerme.
Él ni siquiera salió de su Cadillac. No se
va a calentar por un cáncer, sobre todo
cuando a él le conviene que yo muera.

Madre:
Si hubiera sabido que era para
esto que me hacían volver, me hubiera
quedado en la Costa Azul. ¡Ustedes no
me necesitan para hacer lo que hacen!
¡Es increíble!
Además todos ustedes me tratan como
si yo fuera su esclava, ¡qué horror! Tal
vez sea imbécil, pero estoy sana, yo no
estoy loca. Ella me mete siempre en
historias de locos; ¡es inhumano! ¡Estoy
harta! ¡Sí! ¡Me voy! ¿Me escuchás?
¡Prefiero mendigar! ¡Qué reviente con
su guita!

Ella sale.

Evita:

¿Ella no tiene llave, no?


Ibiza:
No. Estoy seguro.

La madre entra.

Evita:
Usted puede ir a su habitación.

Enfermera:
Sí, señora.

Evita:
Me he vuelto loca para encontrar
mi vestido. ¿Cuántas veces le dije que
guarde mi vestido en esta valija?

Enfermera:
Yo lo guardé en esa
valija, señora.

Evita:
Estaba allí, en el suelo, todo
arrugado. ¡Mire esto!

Enfermera:
Discúlpeme, señora.

Evita:
Vaya, vaya a su habitación.

La enfermera sale.
Evita:

Dale, pasáme la valija de

las joyas.

Madre:
Esa pobre chica había puesto
en su lugar el vestido. Es ella la que
lo tiró al suelo esta mañana. Se
levantó muy temprano para probarse
todos sus vestidos. Yo la seguí, yo
la vi hacerlo. Así que ni siquiera está
enferma. Es otro más de sus golpes
políticos. La conozco bien. ¡Qué sucia!
Y sí, es una cerda.

Ibiza:
¿No puede callarse un poco?

Perón sale.

Madre:

Escuchá, Evita, dame el número de

la caja fuerte. Y si no dejá que me

vaya. ¿Me dejás ir? ¡Vos no me
necesitás!

Evita:
Vos, andá a tu pieza.

Madre:
¡No! ¡No voy a ir!

Ella sale.

Evita:
Voy a hacer un baile.
Ibiza:
¿Qué? ¿Un baile? Che, ¿no
hablás en serio? No te olvidés
que te ponés inyecciones calmantes
desde hace meses, Evita. No estás
bien.

Evita:
¿Estoy encerrada aquí desde
cuando? Desde hace diez días, ¿no?
Nadie me ha visto desde hace diez
días. Creen que estoy con un pie en
la tumba, pero yo todavía resisto.

Ibiza:
Y sí, estás con un pie en la
tumba, querida. ¡Resistís cargada
de morfina!

Evita:
Estoy lúcida. Sé que estoy
lúcida. Necesito que me ayudés.

Ibiza:
Vos no podés hacer un baile.
¡Un baile! ¡No tiene goyete!

Evita:
Un baile, no. Una cena para
los íntimos. Invitaré a dos o tres
personas, nada más. Quiero ver
a Fanny.

Ibiza:
Vamos, querida. Nos has pedido
que nos quedemos encerrados con vos
hasta el final. Es el infierno, estoy de
acuerdo, pero era tu idea. ¡Y ahora
querés hacer un baile! ¡O una cena para
los íntimos! Vamos Evita, no seas
cobarde; ya es casi el final. Seguí
torturándonos todo lo que vos querás,
de todas maneras a nosotros nos gusta,
pero no te des en espectáculo, querida.
No estaría bien. Saldremos de aquí con
tu cadáver embalsamado y serás para
siempre la imagen misma de la santidad,
Evita Virgen María. No arruinés tu propio
plan. Quedate tranquila. ¿Te das cuenta
del estado en que estás? ¡Evita...!

Evita:
¡Enfermera! ¡Venga a hacerme las
uñas! Vos vas a invitar al ministro de
agricultura y a su mujer. Vas a invitar a
Fanny y a Jeanine y a su hermano el
senador. Encargá comida para todo el
mundo. ¡Y champagne para Fanny!
Hacelos pasar por el montacargas para
que nadie los vea entrar.

Ibiza:
Perón no va a querer.

Evita:
¡Me importa un carajo! Perón está
en su habitación con su migraña.
Vos tenés la llave ¿no?

La enfermera entra.

Venga a hacerme las uñas.

¿Dónde está mi madre?


Enfermera:
Creo que la señora escucha
el radioteatro de la tarde.

Evita:
¡Mamá! ¡Vení a hacerme
compañía! ¡Dejá tu radio! ¡Entonces,
Andáte! ¿Qué esperás?

Ibiza:
Decíme primero lo que planeás.

Evita:
Lo único que planeo es una
reunión de amigos. Uno se caga de
aburrimiento aquí. ¿Qué hay de
sospechoso en esto? ¿No es cierto
que usted se aburre?

Enfermera:
No, señora. Es mi trabajo.

Evita:
¡Muy bien! Esta noche usted podrá
bailar. Le prestaré uno de mis vestidos.
Yo quiero el rojo granate. El Revlon.
¿Queda?

Enfermera:
Sí, señora.

Evita:
¿O el negro...? ¿Qué le parece?

Enfermera:
Me parece más lindo el granate,
señora.

Evita:
Entonces el granate. Apuráte,
Ibiza.

Madre, (entra):
¿Qué querés ahora?

Evita:
Vení a hacerme compañía, querida
mamá. Ibiza, ¿vas a ir a hacer lo que
te dije?

Madre:
Si va a salir de esta prisión,
tráigame revistas de cine.

Evita:
Habrá un baile, mamá. ¿Querés
invitar a una de tus amiguitas?

Madre:
¿Un baile? ¿De qué baile estás
hablando?

Evita:
Nosotros hacemos un baile.

Madre:
¿Un baile aquí? Te estás muriendo,
¿no vas a hacer un balie?

Evita:
No me estoy muriendo. Tengo
el cuero duro, voy a resistir mucho
tiempo.

Madre:
Entonces, ¿qué hacemos
encerrados aquí?

Evita:
¡Ella querría verme reventar
pronto! Al número de la caja
fuerte, no lo tendrás.

Madre:
Si es todo lo que tenías para
decirme vuelvo a mi habitación,
por favor.

Evita:
¡Quedate acá! ¿Vas a ir Ibiza?

Ibiza:
No, querida. No voy a ir.

Madre:
¿Adónde no quiere ir?

Evita:
A buscar a los invitados.

Madre:
¿Por qué? ¿Después de todo
por qué no podemos invitar gente?
¿Por qué no podemos hacer un baile,
después de todo?

Evita:
Ella quiere aprovechar el baile
para fugarse. De aquí no salís hasta
que yo me muera, de eso podés estar
segura.

Ibiza acaricia la cabeza de Evita.

Evita:

Me estás moviendo, ella no

puede hacerme las uñas.

Ibiza sale. La madre lo sigue, ella

vuelve a entrar.

Madre:

¡Se fue!


Evita:
Sentáte. Pará de moverte.
¿Dónde está Perón?

Madre:
Tenía migraña. Está en su
habitación. Recién me pidió que
bajara la radio. ¿Evita, creés que
es prudente hacer un baile?

Evita:
¿Prudente? Che ¡qué has
aprendido palabras chics desde
que vas a la Costa Azul!

Madre:
Evita, yo no bromeo. ¿Sabés
lo que dicen por la radio?

Evita:
¿Qué dicen por la radio?

Madre:
Hablan de vos todo el tiempo.
Pasan tu vida en folletín y después
anuncian que te estás muriendo. Hay
mucha gente que espera del otro lado
de la puerta.

Evita:
¿Y entonces?

Madre:
Entonces, ¿te parece que se
puede hacer un baile? ¿Y si se dan
cuenta? Es ridículo.

Evita:
Calláte, yo sé lo que hago.
¿Escuchó la radio, usted?

Enfermera:
Sí, señora. Pasan comunicados sobre
su estado de salud. Dicen que usted
está inconsciente y que su señora
madre y el general Perón están junto
a su cama, acompañándola.

Evita:
¡Y sí! ¡Hubiese sido una linda
muerte! ¡Preste atención! ¡Mire lo
que hace!

Enfermera:
¡Discúlpeme, señora!

Evita:
¡Mire mi vestido! ¡Me lo ha
manchado con sangre! ¡Además le dije
el negro y usted me hizo las uñas rojas
como una puta! ¡Váyase! ¡Vaya a su
habitación!

La enfermera sale.

Evita:
Hacéme las uñas, mamá.

Madre:
Soy miope. Y además no
tengo ganas.

Evita:
Cualquiera diría que me adorás.
Y así querés heredarme.

Madre:
Sabés que te amo, Evita. Pero
no veo de qué puede servirte que yo
te ame, o que te haga las uñas. ¡No
empecés de nuevo a enredarme con tus
historias! ¿No podés dormir un poco
o quedarte en tu habitación a escuchar
la radio como los demás? Tenés el
diablo en el culo, Evita.

Evita:
Me voy a morir. No tengo tiempo
para escuchar la radio.

Madre:
Vamos, vamos, dejáte de hablar
pavadas.

Evita:
¡Qué zorra que sos!

Madre:
¡Zorra, yo! ¡Así que soy yo, la
zorra! Te vi llevar y traer las ampollas.
Te seguí dos veces durante la noche y te
vi cambiar las ampollas de medicamento
por no sé qué cosa. Ahora no te hagás
la artista. Yo no sé qué golpe preparás
ni quiero saberlo, eso es asunto tuyo,
pero a mí, a mí no me la hacés.

Evita cachetea a la madre.

Evita:

Che, vieja arrugada, sabés bien

que voy a terminar por darte el número
de la caja fuerte. Así que tené un poco
de paciencia. Dentro de un mes estarás
en Montecarlo para hacerte coger por
los gigolos franceses. Hacéme las uñas.
Dale, hacéme las uñas.

La madre le hace las uñas.

Contáme.

Madre:
¿Qué?

Evita:
Montecarlo y todo eso. Che,
vos sí que la pasás bien. Contá.

Madre:
Hago una vida tranquila.

Evita:
Mentirosa.

Madre:
Es verdad. Prefiero eso. Me
invitan a todos lados, a todos los palacios,
a todos lados. Saben que tengo mucho
dinero, sabés, y además la embajada
me regaló dos grandes autos ingleses.
Pero hago una vida tranquila, me quedo
en casa. Tengo un amante.

Evita:
¿Uno solo?

Madre:
Calláte, Evita.

Evita:
¿Estás enamorada? ¿Estás
Enamorada?

Madre:
Me vas a salir ahora con una
de tus chanchadas.

Evita:
No jugués a las damas conmigo.
Dale, contá.

Madre:
Me voy a casar.

Evita:
¿Con quién?

Madre:
Con alguien. ¿No pensarás que
cuando te mueras voy a volver al dos
ambientes de la calle Tucumán? Sobre
todo teniendo en cuenta que voy a
quedar en la ruina.

Evita:
Contá, dale contá. ¿Con quién?

Madre:
Es un tipo muy bien. Alguien
que se ocupa de los caballos de carrera.

Evita:
¡Qué boluda que sos! ¿Cuánta
guita le prestaste?

Madre:
¿Yo? ¡Nada! ¡Ni un centavo!

Evita:
¡Mentirosa!

Madre:
¿Creés que él se me caga de risa
en la cara?

Evita:
¡Qué boluda! ¿Te has mirado la
jeta en el espejo últimamente? ¿Entonces?
¿Qué pensás? Se caga de risa en tu jeta.
¿Sí o no? ¡Andá, idiota, no servís ni para
hacer la manicura! ¡Andá, abrí el estuche
de las joyas, te voy a dar el número de
la caja fuerte!

Madre:
¿Dónde? ¿Dónde? ¿Dónde?
¿Dónde? ¿Dónde? ¿Dónde?

Evita:
En el fondo, el sobre. Rompélo.
¡Leé! ¿Ves? No hay una caja fuerte,
¡hay diez cajas fuertes por todas partes
del mundo! ¡Por todas partes! ¡Entonces,
no seas bruta! ¡No te casés! ¿Me escuchás?
¡No llorés! ¡Mirá un poco lo que me
hiciste!
¡Me has enchastrado con el esmalte de
uñas hasta los codos! ¡Qué idiota! ¡Andá
a tu habitación, idiota! ¡Andáte, estúpida!
¡Enfermera! ¡Andáte! ¡Llamá a la enfermera!
¡Enfermera! ¡Venga rápido! ¡Despierte a
Perón! ¡Me duele! ¡Necesito una inyección!
¡Enfermera!

La madre sale.

Evita:

¡Qué idiota, Dios mío, pobre

boluda!

La enfermera entra.

Evita:

¿Dónde está Perón?


Enfermera:
Ya viene, señora.

Evita:
Escucháme, ya espicho.
¡Váyase, idiota!

La enfermera sale.

Evita:

Me muero. Creo que va a ser

esta noche. Me duele todo. Tengo

miedo. No es joda. Tengo mucho
miedo.

Ibiza entra.

Ibiza:

¿Cómo estás? ¿No estás bien?

Hice el pedido. Fanny, tres faisanes,
Jeanine, una caja de champagne. ¿Qué
más? Van a pasar por el sótano y van
a subir por el montacargas, a escondidas.
La casa está llena de gente, estacionan
acá permanentemente. Los embajadores
trajeron a sus esposas. Todas ellas tienen
el mismo tailleur, todas. Todos los ministros
tienen la misma corbata. No negra. Azul
marino. Y como siempre, los periodistas
americanos con sus trajes rojos.
Parece que hay también estudiantes
vestidos de negro, pero yo no los he visto,
los han encerrado en el vestíbulo. Ves el
espectáculo. Cuando ellos me ven se callan,
no se animan ni a hacer preguntas, creen
que sucedió hace varios días y que
esperamos que esté embalsamado, disecado,
bien limpio antes de exponerlo.
Parece que durante la noche hubo que
llamar al orden a varios periodistas que
se masturbaban bajo sus sucios
impermeables.

Evita:
No quiero verlos más, ni a Fanny
ni a los otros. Decíles que se vayan.

Ibiza:
Como querás. Tenés tiempo para
decidirte. De todas maneras estarán
aquí sólo media hora.

Evita:
¿Y afuera? ¿En la calle? ¿Qué
hacen?

Ibiza:
¿Afuera? ¿En la calle? No hacen
nada.

Evita:
Siempre es así cuando tienen
miedo. Se esconden en sus madrigueras,
no se mueven. Ya lo sé. Es como el día
en que llegamos, las calles estaban
desiertas. Siempre es así cuando tienen
miedo. Tienen miedo de mi muerte. El
miedo apesta, ¿no?

Ibiza:
Sí.

Evita:
Mierda, mierda, mierda. Lástima
que yo no esté ahí. Habría sabido como
manejarme. Si al menos yo hubiera
estado ahí, habría dado un discurso desde
el balcón. ¡Qué lastima! Hubiera sido
grandioso, mi más bello discurso. ¡Qué
fiesta me perdí, mierda! Estarían todos
eufóricos, estarían todos ahí, en racimos
de millares para aclamarme como locos.
Les habría otorgado la jubilación a los
cincuenta años y el aborto gratuito. ¡Les
hubiera dado todo, todo, todo! ¡Qué
lástima, mierda! Yo creía que iba a estar
muerta hace una semana.

Ibiza:
No se podía prever.

Evita:
¡Mierda! ¡Mierda! ¡Mierda! Esto
dura demasiado tiempo. Tendría que
haberme muerto a más tardar mañana.
Me imagino que no vas a comenzar la
campaña electoral justo después de mis
funerales ¿no? ¡Qué cagada de
enfermedad! Ni siquiera podemos estar
seguros de que esto terminará pronto.
Y la televisión americana, ¿están allí?

Ibiza:
Sí.

Evita:
¿Y los embalsamadores? ¿Vos
estás seguro que es el mejor? Me
dijiste que es el mismo que embalsamó
a Stalin. Pero es un español. ¿Estás
seguro que no deberíamos haber
contratado más bien a un americano?

Ibiza:
No. Es el mejor del mundo.

Evita:
¿Y las lámparas? ¿Mi idea
de poner crespón alrededor de los
focos?

Ibiza:
Todo está previsto. No pensés
más en eso.

Evita:
No, por supuesto. Me pondré a
pensar en las amapolas de Córdoba.
Pero escuchen bien, aunque me cago
en el resto, yo quiero estar en la CGT
y no en cualquier lugar, en el gran
anfiteatro. ¡Y quiero quedarme siempre
allí! ¡No quiero estar en un mausoleo!
¿Me escuchaste bien? Lo dije muy
clarito en el mensaje que debe ser
difundido antes de las elecciones. ¡Si
ustedes me ponen en otra parte les
hago cagar las elecciones!

Ibiza:
Vas a estar en la CGT.

Evita:
Y mis vestidos alrededor. ¡Todo
lo que hay adentro de las valijas lo
quiero en las vitrinas a mi alrededor!
¡Y todas mis joyas! Y cada año para
mi aniversario ustedes agregarán otras.
Ya elegí los brillantes en Cartier; creo
que hasta están pagos. Mierda, siento
que reviento. Llamen a la enfermera.
Estoy mal.

Ibiza:
Vení a descansar.

Él la ayuda a salir.

Evita:

No. Quiero quedarme acá. No

quiero morir en una cama.

Ibiza:
Vos no te vas a morir todavía.
Vení, vení.

La enfermera entra, toma su estuche,
vuelve a salir. Ibiza entra. La madre
entra.

Madre:

¿Está mal?


Ibiza:
Tiene cáncer.

Madre:
Dios mío.

Ella sale.

Ibiza:

A la vieja no hay que perderla

de vista. No le vas a ver más el pelo,
ella va a tener mucho miedo de
quedarse en la Argentina. Es capaz
de vender sus memorias a Life, hay
que hacerla vigilar. Después de su
muerte, yo me iré de aquí. Después
de las elecciones, por supuesto. Me
iré a vivir a Cuba, o a España. Vos
me vas a dar guita. Yo no descuidé
nada, hice bien mi trabajo. ¿Sabés
que ella cambia las ampollas de morfina
por ampollas de agua destilada?


Perón:
Calláte.

Ibiza:
Que yo hable o me calle, no
cambia nada. Sin el cáncer ella hubiera
tomado el poder. Y yo la hubiera
seguido, lo sabés bien. Vos estás
cansado, ella no. Es por eso que me
voy. Vení conmigo, si querés. De
todas maneras vos estás demasiado
cansado para quedarte.

Madre (entra):
¿De qué hablaban ustedes?
Perdí mis anteojos. Mala
suerte. Usted no me ha traído mis
revistas, ¿no? Yo estaba segura.
Dígame, Perón. Ya que Eva está en
su habitación aprovecho para decirle
lo que quería. Yo hice como que
venía a buscar mis anteojos porque
ella me vigila. Dejó la puerta de su
habitación abierta para ver si yo
salía. Le dije que venía a buscar mis
anteojos. Diga, Perón ¿me escucha?
Yo voy a regresar a Europa. Perón,
¿usted me va a dejar?

Perón:
Sí.

Madre:
Ya sabía, gracias. Usted sabe
todo lo que Eva habla. No sé
absolutamente nada de lo que ella
pudo contarle de mí, pero usted ve,
por ejemplo, que me trata siempre
como si yo fuera una mujer de la calle,
ve, ¡pero eso no es cierto! Le gusta
hacer creer a la gente que yo soy
cualquier cosa y no es cierto. Hice todo
lo posible para criarla como se debe,
sólo Dios sabe lo que hice. Sé que lo
aburro pero déjeme terminar, Perón.
No soy una sentimental, ¿entiende? No
voy a dejar de vivir porque ella se
muera, no es justo. Pero ella ha dejado
una imagen de mí como si yo fuera
lo peor de lo peor y no es cierto, Perón.
Usted no puede imaginarse todo lo
que yo hice para criarla. A los quince
años ella tomó la calle, y yo ¿qué
le iba a hacer? ¿Usted sabe los esfuerzos
que hice para criarla? ¡La mandé a las
mejores escuelas! Sólo vivía para ella,
Perón, créame. Cuando ella nació yo
no sabía ni siquiera hablar el español,
no sabía más que el indio (2). Entonces,
ve todo lo que hice por ella.

Ibiza:
Usted es shakespeariana, sí,
sí.

Madre:
Sé que lo aburro, Perón.
Discúlpeme. (Mirando a Ibiza) Y usted,
yo no hablaba con usted, así que me
parece ridículo que se me cague de
risa en la cara. Todavía está drogado,
¡eso se nota!

Enfermera (entra):
Señora, señora, su hija
la llama.

Madre:
¿Vió? ¡Ella me espía!

La madre sale. La enfermera sale.

Voz de Evita:

¡No quiero! ¡No quiero!

¡No quiero! ¡No! ¡No quiero!

¡Suéltenme!


Ibiza:
Si me dan ganas de salir a pasear
por Buenos Aires en la noche, puedo
hacerlo, no me reconocen nunca, tengo
un rostro neutro. Me di cuenta que tomo
siempre el mismo ómnibus para volver.
Al principio pensaba que miraba la
ciudad, la gente: me decía a mí mismo
que yo observaba lo que pasaba. Pensaba
que ésa era la razón por la cual yo salía.
Me detengo siempre en el bar del Ciervo,
tomo siempre un cognac en la barra,
cuando llueve dejo mi impermeable en
la entrada... Recuerdo un día que fuimos
a nadar con Eva, hace seis o siete años.
Hicimos un rodeo para pasar por la cima
de la colina. Queríamos saber si podíamos
ver el horizonte como una circunferencia
alrededor de nosotros, desde la cima de
la colina. Pero no llegamos, hacía
demasiado calor, entonces nos volvimos.
Compramos un recuerdo de Córdoba al
costado de la ruta, creo que era un
caleidoscopio. ¿Sabés que has estado
muerto? ¿Sabés que pasaste dos años
encerrado en tu escritorio completamente
muerto, con un negro que te espantaba
las moscas con un abanico? ¿Sabés al
menos cuándo es que moriste, en qué
momento?

Perón:
No compramos un caleidoscopio.
No compramos nada. Eva quería comprar
una muñeca vestida con traje típico de
Córdoba pero el indio que las vendía no
quiso aceptar que le pagáramos en
dólares. Tengo una memoria excelente.

Madre (entra):
¡Otra vez perdí mis anteojos!
¿Dónde pude haberlos dejado? ¿Dónde
habré dejado mis anteojos? Se me
habrán caído por ahí. ¿Estarán por allá
esos benditos anteojos? Ibiza... pssst...
Ibiza... Evita está muy mal, usted no se
imagina en la bajeza en la que ha caído.
Creo que hay que llamar a los médicos.
¿Pero dónde habré puesto mis anteojos?
No quiero que Perón me escuche porque
se preocupará. ¿Me escucha? ¿Sabe lo
que ha hecho? Se encerró en el placard y
no quiere salir más. Dice que yo quiero
apuñalarla. Y antes de eso quiso golpear
a la enfermera con una estatuilla. Se ha
vuelto loca. ¿Sabe lo que hizo? Dibujó
todas las paredes de la habitación con
su lápiz de labios. Hizo dibujos obscenos.
Escribió por todas partes “Perón al
Cadalso”, “Perón traidor”, “Eva traidora”,
“Eva boluda”, y cosas como éstas. ¡Ay!
Ibiza, tengo ganas de llorar. Hay que
llamar a los médicos.

Ibiza:
Los médicos no pueden hacer
nada.

Madre:
¿Pero si la operaran? ¿No sería
mejor, si la operaran?

Ibiza:
No.

Madre:
Dios mío. ¿Sabe lo que dijo?
Póngase a pensar, Perón, no se enoje,
póngase a pensar, seré breve. Ya me
voy. Sólo tengo que hablar un asunto
con Ibiza. ¿Ibiza, usted sabe lo que ella
dice? Contó que tuvo un hijo y que lo
ahorcó con la cadena del baño. ¿Será
cierto?

Ibiza:
Por supuesto que no. Está
delirando.
Madre:
Sí, pero a mí esas cosas me dan
miedo. ¿Se da cuanta? ¡Verla en ese
estado! ¿Una presidenta de la República
en semejante estado? ¡Qué desgracia,
cuando pienso en su pasado! ¡Qué
desgracia, Ibiza, qué desgracia!

Ella sale.

Perón:
Es cierto que hacía mucho calor.
Pinchamos una rueda a la altura de Río
Segundo y no teníamos rueda de auxilio.
Nosotros dos fuimos a pie hasta la primera
bomba de nafta, a tres kilómetros de allí,
y Eva se quedó esperándonos en el auto.
Cuando volvimos, la encontramos dormida
bajo la sombra de un álamo, a unos
cincuenta metros del coche. Había un
perro echado al lado de ella que nos siguió
hasta el auto. Vos querías que llevarte el
perro pero lo dejamos, estaba sarnoso.
Cuando pasamos nuevamente a la altura
del álamo, encontramos al Indio que
vendía las muñecas. Acababa de instalarse
ahí con una especie de puesto de feria
lleno de muñecas y no de caleidoscopios,
como creés recordar. Yo tengo una
memoria excelente para los detalles. Nos
dijo que el perro era suyo. Él vivía solo
con el perro en un rancho desde que su
mujer y sus hijos se fueron a la ciudad.
Le dimos un par de anteojos negros, era
la primera vez en su vida que él
veía unos.

Evita, la madre y la enfermera

entran.

Evita:

¿Perón? ¿Ibiza? ¡Me muero!

¡Me muero esta noche! ¡Suélteme,
idiota! ¿Fanny está aquí? Nos quedamos
todos juntos. Perón está envenenándome.
Puso veneno en mis inyecciones,
¡cobarde! ¡Suélteme! ¡Y vos sos su
cómplice! ¡Era eso mi cáncer! ¡Siempre
supe que era eso! Quisieron operarme
por mi cáncer de matriz, por mi cáncer
de garganta, por mi cáncer de pelos,
por mi cancer de cerebro, por mi cáncer
de culo. ¡Porque yo los jodo en su
boludez de gobierno! ¡Cuando esté
muerta me va a sacar para los desfiles!
¡Cobarde! ¡Él va a gobernar sobre mi
cadáver! ¡Cobarde! ¡Van a gozar sobre
mi cadáver! ¡Cobarde! ¡Cobarde!
¡Suélteme! ¡Cobarde!

Ibiza sostiene a Evita mientras que

la enfermera le pone una inyección.
Perón sale.

Madre:

¿Por qué se va? ¿No ve que

ella está enferma? ¡No es su culpa!

Ibiza:
Cállese, idiota.

Madre:
Pero yo soy su madre, ¿no?

Ibiza:
¡Cállese!

Evita:
Cerdo, sucio de mierda, de puta,
de imbécil, de burdel, de marica.

Enfermera:
Cálmese, basta, por favor.
¿No es cierto que así está mejor?

Evita:
No me deje sola. Tengo
miedo.

Enfermera:
Hace mucho frío aquí. ¿No
siente un poco de frío? Ella
debe tener frío.

La madre se pone a buscar un chal

dentro de una valija, le cubre los
hombros.

Enfermera:

¿Está mejor así?


Madre:
Ibiza, ¿qué pasa aquí? Le ruego,
dígame la verdad. Le juro que
no se lo diré a nadie. Ibiza, ¿no será
que usted está matando a mi hija?

Ibiza:
¿Pero no se da cuanta que
ella se está muriendo de cáncer,
idiota?

Madre:
Dios mío, nunca pude entender
nada de lo que ella hace. Dios mío,
déjenla morir rápido.

Ibiza:
Cállese, idiota.

Madre:
No me voy a callar porque yo la
quiero. Porque ustedes, ninguno de
ustedes la ama. Pero yo sí la amo.
¿Entiende? ¡Usted no tiene derecho a
tratarme de idiota! Evita, Eva, ¿me
escuchás, mi amor?

Enfermera:
Déjela, señora. Ella no se
siente bien. No puede hablarle.

Madre:
Usted no tiene derecho a
tratarme de idiota. Si ella ha llegado a
esto, es su culpa Ibiza, no la mía.

Ibiza:
Si sigue hablando, le voy a
partir la jeta.

Madre:
Cuando Evita era pequeña,
me esperaba en casa con flores,
¡todos los días! ¿Usted puede decir
lo mismo? ¡Ella era pura! ¡Es su
culpa si ahora está así! Cuando yo
iba a la fábrica, porque yo trabajaba
en la fábrica, ella hacía las tareas de
la casa, me hacía de comer y me
esperaba con flores. Siempre me
abrazaba y decía “sí mamá, sí mamá”
a todos mis caprichos.

Ibiza (golpea a la madre): ¡Váyase!
¡Váyase! ¡Váyase!

La empuja para salir y sale con

ella.

Madre:

¡Cerdo! ¡Cerdo! ¡Cerdo!


Ibiza vuelve a entrar. La madre

vuelve a entrar y se queda escondida
detrás de una valija.

Evita:
La historia de las uñas, lo
hice a propósito. El color de las
uñas.

Enfermera:
Sí, señora. No es nada.

Evita:
Tiene que perdonarme.
¿Puedo tutearla?

Enfermera:
Sí, señora.

Evita:
Me ayudará a morir como una
buena partera. Es por eso que
la quiero. ¿Sabe hacer parir?

Enfermera:
Sí, señora. Sí sé.

Evita:
Tuteáme. Es por eso que yo
la he detestado todo el tiempo.
Hubiera querido arreglarme sola,
pero no tengo más fuerzas. Entonces
me vas a ayudar como una partera.
¿Cuántos años tenés?

Enfermera:
Veintiséis, señora.

Evita:
¿Veintiséis años? No tenés
que conformarte con ser enfermera.
¡Qué idea ser enfermera! Le vas a
pedir plata a Perón, prometéme.
¿Vivís sola?

Enfermera:
No, señora. Vivo con
mi padre. Es muy viejito.

Evita:
Mejor. Hay que vivir sola,
sabés. Yo espero a una amiga para
el baile, Fanny. Es Fanny Morelli,
la diputada. La conozco desde
siempre. Jugábamos en la misma
plaza, hemos hecho los mismos
cabarets, incluso fuimos a la misma
escuela, ves. Pero durante años
no pude soportarla, me daba miedo.
Es así, lo que sentía era superior
a mí, no podía hacer nada contra
eso, ella me daba miedo, y
después... yo cambié en cierto
modo ¿ves? ¿Entendés? Llega un
momento en el que yo era la más
fuerte, yo hacía todo, todo lo
que quería, entonces... entonces,
en ese punto, es natural, se vuelve
a amar a la gente del comienzo,
es natural, aunque ellos se hayan
vuelto monstruosos. Es así. La
hice nombrar diputada. Así nomás,
por placer, para probar que yo era
yo. Es así, no doy más. Me daba
placer verla vestida como yo, a
mi lado, como un mono, en la
tribuna oficial. Pobre Fanny. A
ver, cuénteme algo.

Enfermera:
¿Qué cosa, señora?

Evita:
Cualquier cosa. Un recuerdo.
Para compararlo con un recuerdo
mío, eso me haría quererla.

Enfermera:
No sé qué le puedo contar,
señora. Tengo una vida
muy común.

Evita:
Tuteáme. ¿Tenés un amante?

Enfermera:
No, señora. Pero me gusta
mucho alguien. Sin embargo
no vamos a casarnos, aunque ya
me haya entregado a él. Somos
demasiado independientes, los
dos, a pesar de que tenemos el
mismo oficio.

Evita:
¿Sabes lo que vas a hacer? Te
vas a poner uno de mis vestidos
para el baile de esta noche. Buscá
en las valijas. El que prefieras.

Madre:
Dejála tranquila, Evita. Le
hacés dar miedo.

Ibiza:
¡Váyase, idiota! ¡Váyase a
su pieza!

Él sale.

Evita:
¿Qué pensaba usted de mí,
antes de venir aquí?

Enfermera:
Yo la admiraba mucho,
señora.

Evita:
¿Y ahora no?

Enfermera:
Sí, señora. La sigo
admirando.

Evita:
¿Tu padre es peronista?

Enfermera:
Sí, señora. Mi madre también
era peronista. Me afiliaron
al partido el día que cumplí
dieciocho años. Pero mi madre
murió.

Evita:
¿Murió?

Enfermera:
Hace dos años.

Evita:
Mis cajas fuertes, ¡no es
cierto! ¡Vos no tendrás ni un
centavo! ¡Quédese conmigo, ellos
sólo esperan el momento en que
yo reviente para heredarme! Son
todos unos funebreros.

Madre:
¡Evita... ¡

Evita:
¡Andáte! ¡Andáte, basura!
Échela. ¡Andá a escuchar la radio
a ver si me muero! ¡Basura! (A la
enfermera) Ponéte un vestido,
andá ponéte un vestido.

Enfermera:
Pero... un vestido, señora.
¿Por qué? No vale la pena
que me cambie, señora.

Evita:
Para darme el gusto. Vas a
ver qué lindo que es. Buscá en la
valija grande, allí. El vestido
blanco. Ahí está la peluca que va
con el vestido en una bolsa de
plástico. Buscá, ahí.

Perón e Ibiza entran en ese

momento.

Enfermera:

¿Éste, señora?


Evita:
¿Lo encontraste? Es lindo,
¿no?

Enfermera:
Sí, señora, es muy
lindo.

Evita:
Es el más lindo. Es el que usé
para cenar con Franco, y también
para ver al Papa. Me lo ponía siempre
con el visón blanco. ¿Lo querés?
Agarrálo. Tomá también el visón.
Podés tenerlos. Te los regalo,
guardálos. Es mi vestido más caro,
y mi visón más caro. Guardátelos.
No me agradezcás, de todas maneras
me voy a morir. Acercáte. Acercáte.
Esos dos están todavía allí. ¿Qué
quieren? ¿Será que no me muero
lo bastante rápido? No tienen más
que matarme, ¡no se molesten!

Madre:
Evita, ¡no digás semejantes
barbaridades!

Evita:
Y vos, ¡tu caja fuerte en Suiza
la vas a tener pero en el culo! ¡Está
vacía, tu caja fuerte! ¡Podés correr
después! Vos, ponéte tu vestido.
¡Ponéte tu vestido! Funebrero, sé
muy bien lo que vas a hacer cuando
no me tengás más aquí para vigilarte.
Les vas a regalar todo el petróleo a
los americanos para comprarte
portaaviones. Andá a esconderte
debajo de la cama, cobarde, maricón.
Yo siempre viví sola, puedo morir
sin vos. ¡La comedia termino!
¡Impotente! ¡Ponéte tu vestido!

Enfermera:
¿Pero?

Evita:
¡Ponételo! ¡Nos vamos a
divertir las dos con Fanny y los
demás! A éstos los vamos a encerrar
en sus habitaciones, que escuchen
un poco la radio.

Ibiza:
Póngase el vestido, m´hija.

La enfermera se cambia el vestido

ayudada por la madre.

Perón:
Eva, quisiera que me escuchés
un momento. Yo no me presentaré
para las elecciones. Abandono el
poder.

Evita:
Dejá de decir boludeces. ¿Por
qué?

Perón:
Porque ya no siento más ningún
sufrimiento. No sufro ni siquiera
por tu muerte. Estoy vacío. Hace
mucho tiempo que vos sufrís en
mi lugar, y eso me permitía
gobernar. Cuando vos no estés
más aquí, no habrá más nadie en
el poder. Aunque yo me haya
secado como un viejo puedo
comprender esto.

Evita:
Pará de decir boludeces. Ya se
te va a pasar en unos días. Pará
de decir boludeces, cretino; hay
que esperar. Ya va a pasar.

Evita:
Mostráme. ¡Te queda muy bien!

Perón sale.

Enfermera:
Yo soy bastante más alta...

Evita:
No, no. Acercáte. Date vuelta.
Te queda bien, te queda mejor
que a mí. Es cierto. ¿Mamá,
puedo pedirte que hagás algo
por mí?

Madre:
¿Qué?

Evita:
Andá a tu habitación.

Madre:
¿Vos no me querés, Evita?

Evita:
Yo no tengo nada en contra
tuya. ¿Qué querés decir?

Madre:
Quiero decir que me rechazás,
lo sé. Pero hay muchas cosas
que no fueron por mi culpa. A mí
también hay que comprenderme.

Evita:
¿No te he dado siempre toda la
guita que querías?

Madre:
Sí.

Evita:
Entonces, andá a tu habitación.

Madre:
Vos me rechazás porque creés
que yo no sufro al ver que te estás
muriendo. Pero sufro mucho. Me
duele mucho, Evita. Cuando tuviste
difteria lloré durante una semana.
Vos no te acordás porque eras muy
chiquita. Sos lo único que amo en
el mundo. La caja fuerte, el número
que me diste, ¿era verdad o fue
una broma?

Evita:
Es verdad, boluda. Andá a tu
habitación.

Madre:
Gracias, Eva.

Ella sale.

Evita:
Ayudáme a levantarme. Tengo las
piernas entumecidas. ¡Ay! ¿Qué es
lo que quería decir? Dejá que me
apoye en vos, con ese vestido es
como si me apoyara en mí misma,
vos sabés, así me da menos
vergüenza estar en semejante estado.
Mirá mi anillo. ¿Te gusta? Es una
esmeralda corazón de cotorra.
Tomá, te lo regalo. Tomá.

Enfermera:
Gracias, señora. Es muy lindo.

Evita:
Me lo regalaron durante un viaje
a las Indias, yo había ido allí
para firmar contratos.

Enfermera:
Es realmente magnífico, señora.

Evita:
Te gustan las joyas, ¿no? Tomá
esto también. Y el collar. Tomá,
tomá no me agradezcás. A mí
ya no me sirven más. Con esto
te armarás un pequeño ajuar.
Te gusta la guita, ¿no? ¿Sabés
lo que vas a hacer, cuando yo me
muera? Vas a ir a vivir con mi
mamá a Europa. Ella tiene
casas, autos, todo lo que hace
falta. Podés hacerte pasar por
su hija y conseguirte un marido.
¿Sos virgen?

Enfermera:
No, señora.

Evita:
Mucho mejor. Es muy linda la
vida, ¿sabés? No hay que
conformarse con ser enfermera.
Esperá, mierda, me muero.
Ayudáme a sentarme. Quedáte
aquí. Quedáte aquí. Quedáte
aquí. ¿No tenés frío? ¿Querés
ponerte mi visón?

Enfermera:
No, señora.

Evita:
¡Que harta que estoy! ¿Ibiza,
estás acá?

Ibiza:
Sí.

Evita:
¿Me tenés miedo?

Enfermera:
No, señora. No le tengo miedo.

Evita:
¿Ibiza? Estoy harta, mi viejo.
¿Está todo listo? No me refiero
a los funerales sino al ambiente,
¿el clima está listo?

Ibiza:
Está listo.

Evita:
Ya me lo olía. Entonces es el
fin. ¡Qué harta que estoy de
este cáncer, mierda, qué mala
jugada! El cáncer es tu culpa.
O culpa de Perón, culpa de
ustedes dos, pero no la mía.

Ibiza:
¿Qué querés decir?

Evita:
Ustedes me dejaron caer
completamente sola hasta el
fondo del cáncer. Son unos
canallas. Me volví loca y estaba
sola. Ustedes me ven morir
como vaca en el matadero.
Dejáme hacer, yo quiero estar
con vos, no tengás miedo. Me
volví loca, loca como aquella
vez que hice regalar un auto
de carrera a cada puta y ustedes
me dejaron hacerlo. Loca. Y ni
vos ni él me dijeron nunca que
pare. Hasta mi muerte, hasta la
puesta en escena de mi muerte,
tuve que hacerla completamente
sola. Sola. Cuando yo iba a las
villas y repartía bolsas de billetes
dejaba allí todo, mis joyas y mi
auto y hasta el vestido que llevaba
puesto y volvía como una loca
completamente desnuda, en taxi,
sacando el culo por la ventanilla,
ustedes me dejaron hacerlo. Como
si yo ya estuviera muerta, como
si no fuera más que el recuerdo
de una muerta. Es todo lo que
quería decir, mi viejo. Sos muy
bella, ¿sabés? Tenés un pelo
hermoso... Pero no deberías
teñírtelo, eso es malo para el
cabello a la larga, ¿sabés? Dejáte
hacer, mi amor, dejáte hacer.
Dame, Ibiza.

Ibiza:
Dejáme hacer.

Evita:
No, esperá. Esperá... No tengas
miedo, mi amor, no tengas miedo,
mi amor... quedáte así... acá. ¿Te
gusta, eh?, acá... acá... acá... es el
fin, estoy lista.

Ibiza apuñala a la enfermera

ayudado por Evita.

Evita:
Dios mío, qué largo que fue.
¿Fanny espera todavía en el
sótano? Voy a bajar sola. Todas
estas inyecciones me enfermaron.
Estoy muerta. ¿Mamá...?
¡Mamá! Vení aquí.

Voz de la madre:
¡Dejáme tranquila! ¡Dejáme
tranquila! ¿Me oís? Yo no quiero
ver nada.

Evita:
¡Vení a decirme adiós, vieja
zorra!

Voz de la madre:
¡Reventá, cerda! ¡Hija de puta!
¡Moríte!

Evita:
Andá a buscarme la capa de la
enfermera. No puedo correr el
riesgo de ser reconocida. Y su
cofia. Traé también su cofia.

Ibiza sale. Vuelve a entrar con

la capa y la cofia.

Evita:
¿Creés que debería llevarme los
diamantes? No, que sean
expuestos. De todas maneras, no
me los pondré más. O tal vez sí,
los llevaré para Fanny, eso le
gustará. Vos te quedás ¿no? Sí,
yo sabía que vos te ibas a quedar.
A él, cuidálo, es un débil. Hay
que sostenerlo todo el tiempo.
Dame la capa, por favor. El
cáncer fue idea tuya. No sé como
explicarlo, pero estoy segura de
que fue tu idea. A mí no se me
hubiera ocurrido inventar
semejante enfermedad. ¿Entendés?
No entendés. Mala suerte. ¿Dónde
está tu cofia? (Perón entra) ¿No
entendés? Como cuando éramos
pequeños e íbamos a comprar
Cinzano para mamá a lo de un
almecenero que era tuerto, creo
¿te acordás? Él me hacia pasar a
la trastienda y me tocaba, ¿te
acordás?, y luego nos repartíamos
el dinero del Cinzano. Llegó al
extremo de algo atroz, ese tipo,
algo atroz, atroz. No me tocó
nunca. Lo único que hacía era
hablarme. No sé por qué te decía
que él me tocaba; él me contaba
su vida y poco a poco me volví
como él, entendés, no puedo más.
Es así, no puedo más. ¿Nunca más
volviste a pasar por esa calle?
Me pregunto si él está todavía
ahí.

Ibiza:
¿El almacenero? No está más.

Evita:
Estaba segura. ¿Murió?

Ibiza:
No sé.

Evita:
Estoy segura de que murió. Sabés,
creo que voy a dejar los diamantes.
Prefiero que sean expuestos.

Evita sale. Ibiza acuesta el cuerpo

de la enfermera sobre una valija,
Le pone una peluca. Ibiza sale.
Entran: periodistas, ministros,
monjas, mirones, fotógrafos,
embajadoras, los niños cantores
de la cruz patagónica, milagreros,
cosmetólogos, embalsamadores,
eclesiásticos, estudiantes,
sindicalistas, hijas de la revolución
peronista, enfermeras llevando
cirios y coronas de flores
artificiales.

Perón:
Eva Perón se ha apagado. Decreto
una semana de duelo nacional al
término de la cual tendrán lugar
sus funerales. Sus restos descansarán
en la Confederación General de los
Trabajadores; ésta ha sido su voluntad.
señores, rueguen para que su alma
descanse en la paz del Señor. Aquélla
a quien llamamos la madre de los
humildes, la que sacrificó su vida
para aliviar la desgracia de los
desheredados de la tierra, aquélla
que nos ayudó con su clarividencia
y con su fuerza de carácter en los
momentos más difíciles que
nosotros –nuestra patria y nosotros
mismos— hemos atravesado,
aquélla que fue nuestra compañera
por voluntad de Dios, nuestra
compañera infatigable en todos
los instantes de nuestra ardua tarea
a la cabeza de la patria, Eva Perón,
fue golpeada por la más atroz de
las enfermedades. Para nosotros,
que la acompañamos con nuestro
amor durante el largo calvario
hasta su muerte, nos será difícil,
nos será imposible no rebelarnos,
en nuestro fuero íntimo, contra
esta injusticia del destino. Sí,
Evita es irreemplazable. ¿Quién,
como ella, sabría inmolar su
vida y su generosidad de mujer
por la causa obrera, del campesino,
del oprimido? Hombres y mujeres
de mi patria, tratemos de interpretar,
una vez más, la voluntad divina.
Eva Perón no ha muerto, está más
viva que nunca. Hasta hoy la hemos
amado, a partir de hoy adoraremos
a Evita. Su imagen será multiplicada
hasta el infinito en pinturas y
estatuas para que su recuerdo
permanezca vivo en cada escuela,
en cada lugar de trabajo, en cada
hogar. Desde lo alto de su pedestal,
la fuerza invencible de su destino
ejemplar nos dará coraje, más que
nunca, para continuar la tarea, la
dura tarea a la cual hemos dedicado
nuestras vidas: condenar la riqueza
injusta, dar pan al pobre, construir
una sociedad nueva en la que
cada hombre y cada mujer
encontrarán su felicidad en el
trabajo y en el amor a la patria.
Eva Perón, señores, ¡está más viva
que nunca!

Perón sale. La madre pasa sostenida

por personas que la abanican y la
fotografían.

Madre:
Dios mío. Dios mío. Dios mío. Dios
mío. Dios mío. Dios mío. Dios mío.
Dios mío. Dios mío. Dios mío. Dios
mío.


Fin.


Copi



NOTAS

(1)
Entre los posibles significados del verbo francés “chasser” encontramos por una parte, “echar”; por otra parte, “cazar”. Consideramos que el texto puede traducirse y, por lo tanto interpretarse, atendiendo a los diferentes matices y significados, que una u otra de las acepciones señaladas, implican. A nuestro juicio, también podría traducirse: “Si lo pescan a Perón...”, usando “pescar” en lugar de “cazar” por ser de uso más frecuente en nuestra lengua. De todas formas la ocurrencia del verbo en el texto instala la ambigüedad, en tanto efecto de sentido. (Nota del Traductor)

(2)

Más allá del efecto irónico que produce la palabra “Indien” (indio) en este contexto, consideramos pertinente hacer una aclaración de tipo informativa. “Indien” puede relacionarse, entre otras cosas, con el pueblo donde nació la madre de Eva y, por supuesto, Eva, es decir, Los Toldos, un pueblo de la provincia de Buenos Aires. El lugar se llama así a causa de los indios y sus tolderías. Cuenta la escritora Alicia Dujovne Ortiz en su biografía sobre Eva Perón que Eva tuvo contacto con los indios los cuales “vivían a medio camino entre la estancia La Unión, propiedad de su padre Juan Duarte y el pueblo, Los Toldos”. Los indios “eran carreteros y trabajaban para Juan Duarte. (...) Se llamaban Coliqueo. Su presencia en la provincia de Buenos Aires no era nada corriente (...) los Coliqueo eran mapuches originales de Chile. Se habían instalado en la región en 1862. Su cacique, Ignacio Coliqueo, se había enrolado con su tribu en el ejército del general Urquiza que venció al tirano Rosas (...) Así que después de ayudar a derrocar a Rosas, lo Coliqueo fundaron un pueblo, destruido dos veces por otras tribus iguales, pero rosistas, en el sitio que habría de llamarse Los Toldos.” (Ver Dujovne Ortiz, Alicia. Eva Perón. La Biografía. Bs. As., Aguilar, 1995, pp. 16-17.) (Nota del Traductor)

EL NIÑO PROLETARIO (OSVALDO LAMBORGHINI)






El niño proletario

Desde que empieza a dar sus primeros pasos en la vida, el niño proletario sufre las consecuencias de pertenecer a la clase explotada. Nace en una pieza que se cae a pedazos, generalmente con una inmensa herencia alcohólica en la sangre. Mientras la autora de sus días lo echa al mundo, asistida por una curandera vieja y reviciosa, el padre, el autor, entre vómitos que apagan los gemidos lícitos de la parturienta, se emborracha con un vino más denso que la mugre de su miseria.
Me congratulo por eso de no ser obrero, de no haber nacido en un hogar proletario.
El padre borracho y siempre al borde de la desocupación, le pega a su niño con una cadena de pegar, y cuando le habla es sólo para inculcarle ideas asesinas. Desde niño el niño proletario trabaja, saltando de tranvía en tranvía para vender sus periódicos. En la escuela, que nunca termina, es diariamente humillado por sus compañeros ricos. En su hogar, ese antro repulsivo, asiste a la prostitución de su madre, que se deja trincar por los comerciantes del barrio para conservar el fiado.
En mi escuela teníamos a uno, a un niño proletario.
Stroppani era su nombre, pero la maestra de inferior se lo había cambiado por el de ¡Estropeado! A rodillazos llevaba a la Dirección a ¡Estropeado! cada vez que, filtrado por el hambre, ¡Estropeado! no acertaba a entender sus explicaciones. Nosotros nos divertíamos en grande.
Evidentemente, la sociedad burguesa, se complace en torturar al nino proletario, esa baba, esa larva criada en medio de la idiotez y del terror.
Con el correr de los años el niño proletario se convierte en hombre proletario y vale menos que una cosa. Contrae sífilis y, enseguida que la contrae, siente el irresistible impulso de casarse para perpetuar la enfermedad a través de las generaciones. Como la única herencia que puede dejar es la de sus chancros jamás se abstiene de dejarla. Hace cuantas veces puede la bestia de dos espaldas con su esposa ilícita, y así, gracias a una alquimia que aún no puedo llegar a entender (o que tal vez nunca llegaré a entender), su semen se convierte en venéreos niños proletarios. De esa manera se cierra el círculo, exasperadamente se completa.

¡Estropeado!, con su pantaloncito sostenido por un solo tirador de trapo y los periódicos bajo el brazo, venía sin vernos caminando hacia nosotros, tres niños burgueses: Esteban, Gustavo, yo.
La execración de los obreros también nosotros la llevamos en la sangre.
Gustavo adelantó la rueda de su bicicleta azul y así ocupó toda la vereda. ¡Estropeado! hubo de parar y nos miró con ojos azorados, inquiriendo con la mirada a qué nueva humillación debía someterse. Nosotros tampoco lo sabíamos aún pero empezamos por incendiarle los periódicos y arrancarle las monedas ganadas del fondo destrozado de sus bolsillos. ¡Estropeado! nos miraba inquiriendo con la cara blanca de terror
oh por ese color blanco de terror en las caras odiadas, en las fachas obreras más odiadas, por verlo aparecer sin desaparición nosotros hubiéramos donado nuestros palacios multicolores, la atmósfera que nos envolvía de dorado color.
A empujones y patadas zambullimos a ¡Estropeado! en el fondo de una zanja de agua escasa. Chapoteaba de bruces ahí, con la cara manchada de barro, y. Nuestro delirio iba en aumento. La cara de Gustavo aparecía contraída por un espasmo de agónico placer. Esteban alcanzó un pedazo cortante de vidrio triangular. Los tres nos zambullimos en la zanja. Gustavo, con el brazo que le terminaba en un vidrio triangular en alto, se aproximó a ¡Estropeado!, y lo miró. Yo me aferraba a mis testículos por miedo a mi propio placer, temeroso de mi propio ululante, agónico placer. Gustavo le tajeó la cara al niño proletario de arriba hacia abajo y después ahondó lateralmente los labios de la herida. Esteban y yo ululábamos. Gustavo se sostenía el brazo del vidrio con la otra mano para aumentar la fuerza de la incisión.
No desfallecer, Gustavo, no desfallecer.
Nosotros quisiéramos morir así, cuando el goce y la venganza se penetran y llegan a su culminación.
Porque el goce llama al goce, llama a la venganza, llama a la culminación.
Porque Gustavo parecía, al sol, exhibir una espada espejeante con destellos que también a nosotros venían a herirnos en los ojos y en los órganos del goce.
Porque el goce ya estaba decretado ahí, por decreto, en ese pantaloncito sostenido por un solo tirador de trapo gris, mugriento y desflecado.
Esteban se lo arrancó y quedaron al aire las nalgas sin calzoncillos, amargamente desnutridas del niño proletario. El goce estaba ahí, ya decretado, y Esteban, Esteban de un solo manotazo, arrancó el sucio tirador. Pero fue Gustavo quien se le echó encima primero, el primero que arremetió contra el cuerpiño de ¡Estropeado!, Gustavo, quien nos lideraría luego en la edad madura, todos estos años de fracasada, estropeada pasión: él primero, clavó primero el vidrio triangular donde empezaba la raya del trasero de ¡Estropeado! y prolongó el tajo natural. Salió la sangre esparcida hacia arriba y hacia abajo, iluminada por el sol, y el agujero del ano quedó húmedo sin esfuerzo como para facilitar el acto que preparábamos. Y fue Gustavo, Gustavo el que lo traspasó primero con su falo, enorme para su edad, demasiado filoso para el amor.
Esteban y yo nos conteníamos ásperamente, con las gargantas bloqueadas por un silencio de ansiedad, desesperación. Esteban y yo. Con los falos enardecidos en las manos esperábamos y esperábamos, mientras Gustavo daba brincos que taladraban a ¡Estropeado! y ¡Estropeado! no podía gritar, ni siquiera gritar, porque su boca era firmernente hundida en el barro por la mano fuerte militari de Gustavo.
A Esteban se le contrajo el estómago a raíz de la ansiedad y luego de la arcada desalojó algo del estómago, algo que cayó a mis pies. Era un espléndido conjunto de objetos brillantes, ricamente ornamentados, espejeantes al sol. Me agaché, lo incorporé a mi estómago, y Esteban entendió mi hermanación. Se arrojó a mis brazos y yo me bajé los pantalones. Por el ano desocupé. Desalojé una masa luminosa que enceguecía con el sol. Esteban la comió y a sus brazos hermanados me arrojé.
Mientras tanto ¡Estropeado! se ahogaba en el barro, con su ano opaco rasgado por el falo de Gustavo, quien por fin tuvo su goce con un alarido. La inocencia del justiciero placer.
Esteban y yo nos precipitamos sobre el inmundo cuerpo abandonado. Esteban le enterró el falo, recóndito, fecal, y yo le horadé un pie con un punzón a través de la suela de soga de alpargata. Pero no me contentaba tristemente con eso. Le corté uno a uno los dedos mugrientos de los pies, malolientes de los pies, que ya de nada irían a servirle. Nunca más correteos, correteos y saltos de tranvía en tranvía, tranvías amarillos.
Promediaba mi turno pero yo no quería penetrarlo por el ano.
—Yo quiero succión —crují.
Esteban se afanaba en los últimos jadeos. Yo esperaba que Esteban terminara, que la cara de ¡Estropeado! se desuniera del barro para que ¡Estropeado! me lamiera el falo, pero debía entretener la espera, armarme en la tardanza. Entonces todas las cosas que le hice, en la tarde de sol menguante, azul, con el punzón. Le abrí un canal de doble labio en la pierna izquierda hasta que el hueso despreciable y atorrante quedó al desnudo. Era un hueso blanco como todos los demás, pero sus huesos no eran huesos semejantes. Le rebané la mano y vi otro hueso, crispados los nódulosfalanges aferrados, clavados en el barro, mientras Esteban agonizaba a punto de gozar. Con mi corbata roja hice un ensayo en el coello del niño proletario. Cuatro tirones rápidos, dolorosos, sin todavía el prístino argénteo fin de muerte. Todavía escabullirse literalmente en la tardanza.
Gustavo pedía a gritos por su parte un fino pañuelo de batista. Quería limpiarse la arremolinada materia fecal conque ¡Estropeado! le ensuciara la punta rósea hiriente de su falo. Parece que ¡Estropeado! se cagó. Era enorme y agresivo entre paréntesis el falo de Gustavo. Con entera independencia y solo se movía, así, y así, cabezadas y embestidas. Tensaba para colmo los labios delgados de su boca como si ya mismo y sin tardanza fuera a aullar. Y el sol se ponía, el sol que se ponía, ponía. Nos iluminaban los últimos rayos en la rompiente tarde azul. Cada cosa que se rompe y adentro que se rompe y afuera que se rompe, adentro y afuera, adentro y afuera, entra y sale que se rompe, lívido Gustavo miraba el sol que se moría y reclamaba aquel pañuelo de batista, bordado y maternal. Yo le di para calmarlo mi pañuelo de batista donde el rostro de mi madre augusta estaba bordado, rodeado por una esplendente aureola como de fingidos rayos, en tanto que tantas veces sequé mis lágrimas en ese mismo pañuelo, y sobre él volqué, años después, mi primera y trémula eyaculación.
Porque la venganza llama al goce y el goce a la venganza pero no en cualquier vagina y es preferible que en ninguna. Con mi pañuelo de batista en la mano Gustavo se limpió su punta agresiva y así me lo devolvió rojo sangre y marrón. Mi lengua lo limpió en un segundo, hasta devolverle al paño la cara augusta, el retrato con un collar de perlas en el cuello, eh. Con un collar en el cuello. Justo ahí.
Descansaba Esteban mirando el aire después de gozar y era mi turno. Yo me acerqué a la forma de ¡Estropeado! medio sepultada en el barro y la di vuelta con el pie. En la cara brillaba el tajo obra del vidrio triangular. El ombligo de raquítico lucía lívido azulado. Tenía los brazos y las piernas encogidos, como si ahora y todavía, después de la derrota, intentara protegerse del asalto. Reflejo que no pudo tener en su momento condenado por la clase. Con el punzón le alargué el ombligo de otro tajo. Manó la sangre entre los dedos de sus manos. En el estilo más feroz el punzón le vació los ojos con dos y sólo dos golpes exactos. Me felicitó Gustavo y Esteban abandonó el gesto de contemplar el vidrio esférico del sol para felicitar. Me agaché. Conecté el falo a la boca respirante de ¡Estropeado! Con los cinco dedos de la mano imité la forma de la fusta. A fustazos le arranqué tiras de la piel de la cara a ¡Estropeado! y le impartí la parca orden:
—Habrás de lamerlo. Succión—
¡Estropeado! se puso a lamerlo. Con escasas fuerzas, como si temiera hacerme daño, aumentándome el placer.
A otra cosa. La verdad nunca una muerte logró afectarme. Los que dije querer y que murieron, y si es que alguna vez lo dije, incluso camaradas, al irse me regalaron un claro sentimiento de liberación. Era un espacio en blanco aquel que se extendía para mi crujir.
Era un espacio en blanco.
Era un espacio en blanco.
Era un espacio en blanco.
Pero también vendrá por mí. Mi muerte será otro parto solitario del que ni sé siquiera si conservo memoria.
Desde la torre fría y de vidrio . De sde donde he con templado después el trabajo de los jornaleros tendiendo las vías del nuevo ferrocarril. Desde la torre erigida como si yo alguna vez pudiera estar erecto. Los cuerpos se aplanaban con paciencia sobre las labores de encargo. La muerte plana, aplanada, que me dejaba vacío y crispado. Yo soy aquel que ayer nomás decía y eso es lo que digo. La exasperación no me abandonó nunca y mi estilo lo confirma letra por letra.
Desde este ángulo de agonía la muerte de un niño proletario es un hecho perfectamente lógico y natural. Es un hecho perfecto.
Los despojos de ¡Estropeado! ya no daban para más. Mi mano los palpaba mientras él me lamía el falo. Con los ojos entrecerrados y a punto de gozar yo comprobaba, con una sola recorrida de mi mano, que todo estaba herido ya con exhaustiva precisión. Se ocultaba el sol, le negaba sus rayos a todo un hemisferio y la tarde moría. Descargué mi puño martillo sobre la cabeza achatada de animal de ¡Estropeado!: él me lamía el falo. Impacientes Gustavo y Esteban querían que aquello culminara para de una buena vez por todas: Ejecutar el acto. Empuñé mechones del pelo de ¡Estropeado! y le sacudí la cabeza para acelerar el goce. No podía salir de ahí para entrar al otro acto. Le metí en la boca el punzón para sentir el frío del metal junto a la punta del falo. Hasta que de puro estremecimiento pude gozar. Entonces dejé que se posara sobre el barro la cabeza achatada de animal.
—Ahora hay que ahorcarlo rápido —dijo Gustavo.
—Con un alambre —dijo Estebanñ en la calle de tierra don de empieza el barrio precario de los desocupados.
—Y adiós Stroppani ¡vamos! —dije yo.
Remontamos el cuerpo flojo del niño proletario hasta el lugar indicado. Nos proveímos de un alambre. Gustavo lo ahorcó bajo la luna, joyesca, tirando de los extremos del alambre. La lengua quedó colgante de la boca como en todo caso de estrangulación.

LA FIESTA DEL MONSTRUO (BORGES Y BIOY)





La fiesta del monstruo
H. Bustos Domecq

Aquí empieza su aflición

Hilario Ascasubi
La Refalosa-
.
.
.
Te prevengo, Nelly, que fue una jornada cívica en forma. Yo, en mi condición de pie plano, y de propenso a que se me ataje el resuello por el pescuezo corto y la panza hipopótama, tuve un serio oponente en la fatiga, máxime calculando que la noche antes yo pensaba acostarme con las gallinas, cosa de no quedar como un crosta en la performance del feriado. Mi plan era sume y reste: apersonarme a las veinte y treinta en el Comité; a las veintiuna caer como un soponcio en la cama jaula, para dar curso, con el Colt como un bulto bajo la almohada, al Gran Sueño del Siglo, y estar en pie al primer cacareo, cuando pasaran a recolectarme los del camión. Pero decime una cosa ¿vos no creés que la suerte es como la lotería, que se encarniza favoreciendo a los otros? En el propio puentecito de tablas, frente a la caminera, casi aprendo a nadar en agua abombada con la sorpresa de correr al encuentro del amigo Diente de Leche, que es uno de esos puntos que uno se encuentra de vez en cuando. Ni bien le vi su cara de presupuestívoro, palpité que él también iba al Comité y, ya en tren de mandarnos un enfoque del panorama del día, entramos a hablar de la distribución de bufosos para el magno desfile, y de un ruso que ni llovido del cielo, que los abonaba como fierro viejo en Berazategui. Mientras formábamos en la cola, pugnamos por decirnos al vesre que una vez en posesión del arma de fuego nos daríamos traslado a Berazategui aunque a cada uno lo portara el otro a babucha, y allí, luego de empastarnos el bajo vientre con escarola, en base al producido de las armas, sacaríamos, ante el asombro general del empleado de turno ¡dos boletos de vuelta para Tolosa! Pero fue como si habláramos en inglés, porque Diente no pescaba ni un chiquito, ni yo tampoco, y los compañeros de fila prestaban su servicio de intérprete, que casi me perforan el tímpano, y se pasaban el Faber cachuzo para anotar la dirección del ruso. Felizmente, el señor Marforio, que es más flaco que la ranura de la máquina de monedita, es un amigo de ésos que mientras usted lo confunde con un montículo de caspa, está pulsando los más delicados resortes del alma del popolino, y así no es gracia que nos frenara en seco la manganeta, postergando la distribución para el día mismo del acto, con pretexto de una demora del Departamento de Policía en la remesa de las armas. Antes de hora y media de plantón, en una cola que ni para comprar kerosene, recibimos de propios labios del señor Pizzurno, orden de despejar al trote, que la cumplimos con cada viva entusiasta que no alcanzaron a cortar enteramente los escobazos rabiosos de ese tullido que hace las veces de portero en el Comité.A una distancia prudencial, la barra se rehizo. Loiácono e puso a hablar que ni la radio de la vecina. La vaina de esos cabezones con labia es que a uno le calientan el mate y después el tipo ?vulgo el abajo firmante- no sabe para dónde agarrar y me lo tienen jugando al tresiete en el almacén de Bernárdez, que vos a lo mejor te amargás con la ilusión que anduve de farra y la triste verdad fue que me pelaron hasta el último votacén, si el consuelo de cantar la nápola, tan siquiera una vuelta.
(Tranquila Nelly, que el guardaguja se cansó de morfarte con la visual y ahora se retira, como un bacán en la zorra. Dejale a tu pato Donald que te dé otro pellizco en el cogotito).
Cuando por fin me enrosqué en la cucha, yo registraba tal cansancio en los pieses que al inmediato capté que el sueñito reparador ya era de los míos. No contaba con ese contrincante que es el más sano patriotismo. No pensaba más que en el Monstruo y al otro día lo vería sonreírse y hablar como el gran laburante argentino que es. Te prometo que vine tan excitado que al rato me estorbaba la cubija para respirar como un ballenato. Reciencito a la hora de la perrera concilié el sueño, que resultó tan cansador como no dormir, aunque soñé primero con una tarde, cuando era pibe, que la finada mi madre me llevó a una quinta. Creeme, Nelly, que yo nunca había vuelto a pensar en esa tarde, pero en el sueño comprendí que era la más feliz de mi vida, y eso que no recuerdo nada sino un agua con hojas reflejadas y un perro muy blanco y muy manso, que yo le acariciaba el Lomuto; por suerte salí de esas purretadas y soñé con los modernos temarios que están en el marcador: el Monstruo me había nombrado su mascota y, algo después, su Gran Perro Bonzo. Desperté y, para haber soñado tanto destropósito, había dormido cinco minutos. Resolví cortar por lo sano: me di una friega con el trapo de la cocina, guardé todos los callordas en el calzado Fray Mocho, me enredé que ni un pulpo entre las mangas y las piernas de la combinación mameluco-, vestí la corbatita de lana con dibujos animados que me regalaste el Día del Colectivero y salí sudando grasa porque algún cascarudo habrá transitado por la vía pública y lo tomé por el camión. A cada falsa alarma que pudiera, o no, tomarse por el camión, yo salía como taponazo al trote gimnástico, salvando las sesenta varas que hay desde el tercer patio a la puerta de calle. Con entusiasmo juvenil entonaba la marcha que es nuestra bandera, pero a las doce menos diez, vine afónico y ya no me tiraban con todo los magnates del primer patio. A las trece y veinte llegó el camión, que se había adelantado a la hora y cuando los compañeros de cruzada tuvieron el alegrón de verme, que ni me había desayunado con el pan del loro de la señora encargada, todos votaban por dejarme, con el pretexto que viajaban en un camión carnicero y no en una grúa. Me les enganché como acoplado y me dijeron que si les prometía no dar a luz antes de llegar a Espeleta, me portarían en mi condición de fardo, pero al fin se dejaron convencer y medio me izaron. Tomó furia como una golondrina el camión de la juventud y antes de media cuadra paró en seco frente del Comité. Salió un tape canoso, que era un gusto cómo nos baqueteaba y, antes que nos pudieran facilitar, con toda consideración, el libro de quejas, ya estábamos traspirando en un brete, que ni si tuviéramos las nucas de queso Mascarpone. A bufoso por barba fue la distribución alfabética; compenetrate, Nelly; a cada revólver le tocaba uno de nosotros. Sin el mínimo margen prudencial para hacer cola frente al Caballeros, o tan siquiera para someter a la subasta un arma en buen uso, nos guardaba el tape en el camión del que ya no nos evadiríamos sin una tarjetita de recomendación para el camionero.
A la voz de ¡aura y se fue! Nos tuvieron hora y media al rayo del sol, a la vista por suerte, de nuestra querida Tolosa, que en cuanto el botón salía a correrlos, los pibes nos tenían a hondazo limpio, como si en cada uno de nosotros apreciaran menos el compatriota desinteresado que el pajarito para la polenta. Al promediar la primera hora, reinaba en el camión esa tirantez que es la base de toda reunión social pero después la merza me puso de buen humor con la pregunta si me había anotado para el concurso de la Reina Victoria, una indirecta vos sabés, a esta panza bombo, que siempre dicen que tendría que ser de vidrio para que yo me divisara aunque sea un poquito, los basamentos horma 44. Yo estaba tan afónico que parecía adornado con el bozal, pero a la hora y minutos de tragar tierra, medio recuperé esta lengüita de Campana y, hombro a hombro con los compañeros de brecha, no quise restar mi concurso a la masa coral que despachaba a todo pulmón la marchita del Monstruo, y ensayé hasta medio berrido que más bien salió francamente un hipo, que si no abro el paragüita que dejé en casa, ando en canoa con cada salivazo que usted me confunde con Vito Dumas, el Navegante Solitario. Por fin arrancamos y entonces sí que corrió el aire, que era como tomarse el baño en la olla de la sopa, y uno almorzaba un sangüiche de chorizo, otro su arrolladito de salame, otro su panetún, otro su media botella de Vascolet y el de más allá la milanesa fría, pero más bien todo eso vino a suceder ora vuelta, cuando fuimos a la Ensenada, pero como yo no concurrí, más gano si no hablo. No me cansaba de pensar que toda esa muchachada moderna y sana pensaba en todo como yo, porque hasta el más abúlico oye las emisiones en cadena, quieras que no. Todos éramos argentinos, todos de corta edad, todos del Sur y nos precipitábamos al encuentro de nuestros hermanos gemelos que, en camiones idénticos procedían de Fiorito y Villa Domínico, de Ciudadela, de Villa Luro, de La Paternal, aunque por Villa Crespo pulula el ruso y yo digo que más vale la pena acusar su domicilio legal en Tolosa Norte.
¡Qué entusiasmo partidario te perdiste, Nelly! En cada foco de población muerto de hambre se nos quería colar una verdadera avalancha que la tenía emberretinada el más puro idealismo, pero el capo de nuestra carrada, Garfunkel, sabía repeler como corresponde a ese fabarutaje sin abuela, máxime si te metés en el coco que entre tanto mascalzone patentado bien se podía emboscar un quintacolumna como luz, de esos que antes que usted dea la vuelta del mundo en ochenta días me lo convencen que es un crosta y el Monstruo un instrumento de la Compañía de Teléfono. No te digo niente de más de un cagastume que se acogía a esas purgas para darse de baja en el confusionismo y repatriarse a casita lo más liviano; pero embromate y confesá que de dos chichipíos el uno nace descalzo y el otro con patín de munición, porque vuelta que yo creía descolgarme del carro era patada del señor Garfunkel que me restituía al seno de los valientes. En las primeras etapas los locales nos recibían con entusiasmo francamente contagioso, pero el señor Garfunkel, que no es de los que portan la piojosa puro adorno, le tenía prohibido al camionero sujetar la velocidad, no fuera algún avivato a ensayar la fuga relámpago. Otro gallo nos cantó en Quilmes, donde el crostaje tuvo permiso para desentumecer los callos plantales, pero ¿quién, tan lejos del pago iba a apartarse del grupo? Hasta ese momentazo, dijera el propio Zoppi o su mamá, todo marchó como un dibujo, pero el nerviosismo cundió entre la merza cuando el trompa, vulgo Garfunkel, nos puso blandos al tacto con la imposición de deponer en cada paredón el nombre del Monstruo, para ganar de nuevo el vehículo, a velocidad de purgante, no fuera algún cabreira a cabrearse y a venir calveira pegándonos. Cuando sonó la hora de la prueba empuñé el bufoso y bajé resuelto a todo, Nelly, anche a venderlo por menos de tres pessolanos. Pero ni un solo cliente asomó el hocico y me di el gusto de garabatear en la tapia unas letras frangollo, que si invierto un minuto más, el camión me da el esquinazo y se lo traga el horizonte rumbo al civismo, a la aglomeración, a la fratellanza, a la fiesta del Monstruo. Como para aglomeración estaba el camión cuando volví hecho un queso con camiseta, con la lengua de afuera. Se había sentado en la retranca y estaba tan quieto que sólo le faltaba el marco artístico para ser una foto. A Dios gracias formaba entre los nuestros el gangoso Tabacman, más conocido como Tornillo sin Fin, que es el empedernido de la mecánica, y a la media hora de buscarle el motor y de tomarse toda la Bilz de mi segundo estómago de camello, que así yo pugno que le digan siempre a mi cantimplora, se mandó con toda franqueza su ?a mí que me registren?, porque el Fargo a las claras le resultaba una firme ilegible.

Bien me parece tener leído en uno de esos quioscos fetentes que no hay mal que por bien no venga, y así Tata Dios nos facilitó una bicicleta olvidada en contra de una quinta de verdura, que a mi ver el bicicletista estaba en proceso de recauchutaje, porque no asomó la fosa nasal cuando el propio Garfunkel le calentó el asiento con la culata. De ahí arrancó como si hubiera olido todo un cuadrito de escarola, que más bien parecía que el propio Zoppi o su mamá le hubiera munido el upite de un petardo Fu-Man-Chú. No faltó quien se aflojara la faja para reírse al verlo pedalear tan garufiento, pero a las cuatro cuadras de pisarles los talones lo perdieron de vista, causa que el peatón, aunque se habilite las manos con el calzado Pecus, no suele mantener su laurel de invicto frente a Don Bicicleta. El entusiasmo de la conciencia en marcha hizo que en menos tiempo del que vos, gordeta, invertís en dejar el mostrador sin factura, el hombre se despistara en el horizonte, para mí que rumbo a la cucha, a Tolosa.Tu chanchito te va a ser confidencial, Nelly: quien más, quien menos ya pedaleaba con la comezón del gran Spiantujen, pero como yo no dejo siempre de recalcar en las horas que el luchador viene enervado y se aglomeran los más negros pronósticos, despunta el delantero fenómeno que marca goal; para la patria, para el Monstruo; para nuestra merza en franca descomposición, el camionero. Ese patriota que le sacó el sombrero se corrió como patinada y paró en seco al más avivato del grupo en fuga. Le aplicó súbito un mensaje que al día siguiente, por los chichones, todos me confundían con la yegua tubiana del panadero. Desde el suelo me mandé cada hurra que los vecinos se incrustaban el pulgar en el tímpano. De mientras, el camionero nos puso en fila india a los patriotas, que si alguno quería desapartarse, el de atrás tenía carta blanca para atribuirle cada patada en el culantro que todavía me duele sentarme. Calculate, Nelly, qué tarro el último de la fila ¡nadie le shoteaba la retaguardia! Era, cuándo no, el camionero, que nos arrió como a concentración de pie planos hasta la zona, que no trepido en caracterizar como de la órbita de Don Bosco, vale, de Wilde. Ahí la casualidad quiso que el destino nos pusiera al alcance de un ónibus rumbo al descanso de hacienda de La Negra, que ni llovido por Baigorri. El camionero, que se lo tenía bien remanyado al guarda-conductor, causa de haber sido los dos ?en los tiempos heroicos del Zoológico popular de Villa Domínico- mitades de un mismo camello, le suplicó a ese catalán de que nos portara. Antes que se pudiera mandar su Suba Zubizarreta de práctica, ya todos engrosamos el contingente de los que llenábamos el vehículo, riéndonos hasta enseñar las vegetaciones, del puntaje senza potencia, que, por razón de quedar cola, no alcanzó a incrustarse en el vehículo, quedando como quien dice ?vía libre? para volver, sin tanta mala sangre, a Tolosa. Te exagero, Nelly, que íbamos como en onibus, que sudábamos propio como sardinas, que si vos te mandás el vistazo, el señoras de Berazategui te viene chico. ¡Las historietas de regular interés que se dieron curso! No te digo niente de la olorosa que cantó por lo bajo el tano Potasman, a la misma vista de Sarandí y de aquí lo aplaudo como un cuadrumano a Tornillo sin Fin que en buena ley vino a ganar su medallón de Vero Desopilante, obligándome bajo amenaza de tincazo en los quimbos, a abrir la boca y cerrar los ojos: broma que aprovechó sin un desmayo para enllenarme las entremuelas con la pelusa y los demás producidos de los fundillos. Pero hasta las perdices cansan y cuando ya no sabíamos lo que hacer, un veterano me pasó la cortaplumita y la empuñamos todos a uno para más bien dejar como colador el cuero de los asientos. Para despistar, todos nos reíamos de mí; en después no faltó uno de esos vivancos que saltan como pulgas y vienen incrustados en el asfáltico, cosa de evacuarse del carromato antes que el guarda-conductor sorprendiera los desperfectos. El primero que aterrizó fue Simón Tabacman que quedó propio ñato con el culazo; muy luego Fideo Zoppi o su mamá; de último, aunque reviente de la rabia, Rabasco; acto continuo, Spatola; doppo, el vasco Speciale. En el itnerinato, Monpurgo se prestó por lo bajo al gran rejunte de papeles y bolsas de papel, idea fija de acopiar elemento para una fogarata en forma que hiciera pasto de las llamas al Broackway, propósito de escamotear a un severo examen la marca que dejó el cortaplumita. Pirosanto, que es un gangoso sin abuela, de esos que en el bolsillo portan menos pelusa que fósforos, se dispersó en el primer viraje, para evitar el préstamo de Rancherita, no sin comprometer la fuga, eso sí, con un cigarrillo Volcán que me sonsacó de la boca. Yo, sin ánimo de ostentación y para darme un poco de corte, estaba ya frunciendo la jeta para debatir la primera pitada cuando el Pirosanto, de un saque, capturó el cigarrillo, y Morpurgo, como quien me dora la píldora, acogió el fósforo que ya me doraba los sabañones y metió fuego al papelamen. Sin tan siquiera sacarse el rancho, el funyi o la galera, Morpurgo se largó a la calle, pero yo panza y todo, lo madrugué y me tiré un rato antes y así pude brindarle un colchón, que amortiguó el impacto y cuasi me desfonda la busarda con los noventa kilos que acusa. Sandié, cuando me descalcé de esta boca los tamanguses hasta la rodilla de Manolo Morpurgo, l´ónibus ardía en el horizonte, mismo como el spiedo de Perosio, y el guarda-conductor-propietario, lloraba dele que dele ese capital que se le volvía humo negro. La barra, siendo más, se reía, pronta, lo juro por el Monstruo, a darse a la fuga si se irritaba el ciervo. Tornillo, que es el bufo tamaño mole, se le ocurrió un chiste que al escucharlo vos con la boca abierta vendrás de gelatina con la risa. Atenti, Nelly. Desemporcate las orejas, que ahí va. Uno, dos, tres y PUM. Dijo ?pero no te me vuelvas a distraer con el spiantaja que le guiñás el ojo- que el ónibus ardía mismo como el spiedo de Perosio. Ja, ja, ja.

Yo estaba lo más campante, pero la procesión iba por dentro. Vos, que cada parola que se me cae de los molares, la grabás en los sesos con el formón, tal vez hagas memoria del camionero, que fue medio camello con el del ónibus. Si me entendés, la fija que ese cachascán se mandaría cada alianza con el lacrimógeno para punir nuestra fea conducta estaba en la cabeza de los más linces. Pero no temás por tu conejito querido: el camionero se mandó un enfoque sereno y adivinó que el otro, sin ónibus, ya no era un oligarca que vale la pena romperse todo. Se sonrió como el gran bonachón que es; repartió, para mantener la disciplina, algún rodillazo amistoso (aquí tenés el diente que me saltó y se lo compré después para recuerdo) y ¡cierren filas y paso redoblado, marrr!¡Lo que es la adhesión! La gallarda columna se infiltraba en las lagunas anegadizas, cuando no en las montañas de basura, que acusan el acceso a la Capital, sin más defección que una tercera parte, grosso modo, del aglutinado inicial que zarpó de Tolosa. Algún inveterado se había propasado a medio encender su cigarrillo Salutaris, claro está, Nelly, que con el visto bueno del camionero. Qué cuadro para ponerlo en colores: portaba el estandarte, Spátola, con la camiseta de toda confianza sobre la demás ropa de lana; lo seguían de cuatro en fondo, Tornillo, etc.
Serían recién las diecinueve de la tarde cuando al fin llegamos a la Avenida Mitre. Morpurgo se rió todo de pensar que ya estábamos en Avellaneda. También se reían los bacanes, que a riesgo de caer de los balcones, vehículos y demás bañaderas, se reían de vernos de a pie, sin el menor rodado. Felizmente Babuglia en todo piensa y en la otra banda del Riachuelo se estaban herrumbrando unos camiones e nacionalidad canadiense, que el Instituto, siempre attenti, adquirió en calidad de rompecabezas de la Sección Demoliciones del ejército americano. Trepamos con el mono a uno caki y entonando el ?Adiós, que me voy llorando? esperamos que un loco del Ente Autónomo, fiscalizado por Tornillo Sin Fin, activara la instalación del motor. Suerte que Rabasco, a pesar de esa cara de fundillo, tenía cuña con un guardia del Monopolio y, previo pago de boletos, completamos un bondi eléctrico, que metía más ruido que un solo gaita. El bondi ?talán, talán- agarró p?al Centro; iba superbo como una madre joven que, soto la mirada del babo, porta en la panza las modernas generaciones que mañana reclamarán su lugar en las grandes meriendas de la vida... En su seno, con un tobillo en el estribo y otro sin domicilio legal, iba tu payaso querido, iba yo. Dijera un observador que el bondi cantaba; hendía el aire impulsado por el canto; los cantores éramos nosotros. Poco antes de la calle Belgrano la velocidad paró en seco desde unos veinticuatro minutos; yo traspiraba para comprender, y anche la gran turba como hormiga de más y más automotores, que no dejaba que nuestro medio de locomoción diera materialmente un paso.
El camionero rechinó con la consigna ¡Abajo chichipíos! y ya nos bajamos en el cruce de Tacuarí y Belgrano. A las dos o tres cuadras de caminarla, se planteó sobre tablas la interrogante: el garguero estaba reseco y pedía líquido. El Emporio y Despacho de Bebidas Puga y Gallach ofrecía un principio de solución. Pero te quiero ver, escopeta: ¿cómo abonábamos? En ese vericueto, el camionero se nos vino a manifestar como todo un expeditivo. A la vista y paciencia de un perro dogo, que terminó por verlo al revés, me tiró cada zancadilla delante de la merza hilarante, que me encasqueté una rejilla como sombrero hasta el masute, y del chaleco se rodó la chirola que yo había rejuntado para no hacer tan triste papel cuando cundiera el carrito de la ricotta. La chirola engrosó la bolsa común y el camionero, satisfecho mi asunto, pasó a atender a Souza, que es la mano derecha de Gouveia, el de los pegotes Pereyra ?sabés- que vez pasada se impusieron también como la Tapioca Científica. Souza, que vive para el Pegote, ews cobrador del mismo, y así no es gracia que dado vuelta pusiera en circulación tantos biglietes de hasta cero cincuenta que no habrá visto tantos juntos ni el Loco Calcamonía, que marchó preso cuando aplicaba la pintura mondongo a su primer bigliete. Los de Souza, por lo demás, no eran falsos y abonaron, contantes y sonantes, el importe neto de las Chissottis, que salimos como el que puso seca la mamajuana. Bo, cuando cacha la guitarra, se cree Gardel. Es más, se cree Gotuso. Es más, se cree Garófalo. Es más, se cree Giganti-Tomassoni. Guitarra, propio no había en ese local, pero a Bo le dio con “Adiós Pampa Mía” y todos lo coreamos y la columna juvenil era un solo grito. Cada uno, malgrado su corta edad, cantaba lo que le pedía el cuerpo, hasta que vino a distraernos un sinagoga que mandaba respeto con la barba. A ese le perdonamos la vida, pero no se escurrió tan fácil otro de formato menor, más manuable, más práctico, de manejo más ágil. Era un miserable cuatro ojos, sin la musculatura del deportivo. El pelo era colorado, los libros bajo el brazo y de estudio. Se registró como un distraído que cuasi se lleva por delante a nuestro abanderado, Spátola. Bonfirraro, que es el chinche de los detalles, dijo que él no iba a tolerar que un impune desacatara el estandarte y foto del Monstruo. Ahí nomás lo chumbó al Nene Tonelada, de apelativo Cagnazzo, para que procediera. Tonelada, que siempre es el mismo, me soltó cada oreja, que la tenía enrollada como el cartucho de los manises y, cosa de caerle simpático a Bonfirraro, le dijo al rusovita que mostrara un cachito más de respeto a la opinión ajena, señor, y saludara a la figura del Monstruo. El otro contestó con el despropósito que él también tenía su opinión. El Nene, que las explicaciones lo cansan, lo arrempujó con una mano que si el carnicero la ve, se acabó la escasez de la carnasa y el bife de chorizo. Lo rempujó a un terreno baldío, de esos que en el día menos pensado levantan una playa de estacionamiento y el punto vino a quedar contra los nueve pisos de una pared senza finestra ni ventana. De mientras los traseros nos presionaban con la comezón de observar y los de fila cero quedamos como sangüche de salame entre esos locos que pugnaban por una visión panorámica y el pobre quimicointas acorralado que, vaya usted a saber, se irritaba. Tonelada, atento al peligro, reculó para atrás y todos nos abrimos como abanico dejando al descubierto una cancha del tamaño de un semicírculo, pero sin orificio de salida, porque de muro a muro estaba la merza. Todos bramábamos como el pabellón de los osos y nos rechinaban los dientes, pero el camionero, que no se le escapa un pelo en la sopa, palpitó que más o menos de uno estaba por mandar in mente su plan de evasión. Chiflido va, chiflido viene, nos puso sobre la pista de un montón aparente de cascote, que se brindaba al observador. Te recordarás que esa tarde el termómetro marcaba una temperatura de sopa y no me vas a discutir que un porcentaje nos sacamos el saco. Lo pusimos de guardarropa al pibe Saulino, que así no pudo participar en el apedreo. El primer cascotazo lo acertó, de puro tarro, Tabacman, y le desparramó las encías, y la sangre era un chorro negro. Yo me calenté con la sangre y le arrimé otro viaje con un cascote que le aplasté una oreja y ya perdí la cuenta de los impactos, porque el bombardeo era masivo. Fue desopilante; el jude se puso de rodillas y miró al cielo y rezó como ausente en su media lengua. Cuando sonaron las campanas de Monserrat se cayó, porque estaba muerto. Nosotros nos desfogamos un rato más, con pedradas que ya no le dolían. Te lo juro, Nelly, pusimos el cadáver hecho una lástima. Luego Morpurgo, para que los muchachos se rieran, me hizo clavar la cortapluma en lo que hacía las veces de cara.
Después del ejercicio que acalora me puse el saco, maniobra de evitar un resfrío, que por la parte baja te representa cero treinta en Genioles. El pescuezo lo añudé en la bufanda que vos zurciste con tus dedos de hada y acondicioné las orejas sotto el chambergolino, pero la gran sorpresa del día la vino a detentar Pirosanto, con la ponenda de meterle fuego al rejunta piedras, previa realización en remate de anteojos y vestuario. El remate no fue suceso. Los anteojos andaban misturados con la viscosidad de los ojos y el ambo era un engrudo con la sangre. También los libros resultaron un clavo, por saturación de restos orgánicos. La suerte fue que el camionero (que resultó ser Graffiacane), pudo rescatarse su reloj del sistema Roskopf sobre diecisiete rubíes, y Bonfirraro se encargó de una cartera Fabricant, con hasta nueve pesos con veinte y una instantánea de una señorita profesora de piano, y el otario Rabasco se tuvo que contentar con un estuche Bausch para lentes y la lapicera fuente Plumex, para no decir nada del anillo de la antigua casa Poplavsky.Presto, fordeta, quedó relegado al olvido ese episodio callejero. Banderas de Boitano que tremolan, toques de clarín que vigoran, doquier la masa popular, formidavel. En la Plaza de Mayo nos arengó la gran descarga eléctrica que se firma doctor Marcelo N. Frogman. Nos puso en forma para lo que vino después: la palabra del Monstruo. Estas orejas la escucharon, gordeta, mismo como todo el país, porque el discurso se transmite en cadena.




Pujato, 24 de noviembre de 1947.