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lunes, 23 de mayo de 2011

Y PIZARNIK PARA LA NOCHE...




NOCHE

correr no sé donde
aquí o allá
singulares recodos desnudos
basta correr!
trenzas sujetan mi anochecer
de caspa y agua colonia
rosa quemada fósforo de cera
creación sincera en surco capilar
la noche desanuda su bagaje
de blancos y negros
tirar detener su devenir

EL HUIDOR, by Fabio Morabito...






Cada vez que atrapaban al huidor eran las mujeres quienes suspiraban por que recobrara la libertad, aunque no era un hombre hermoso, y él no tardaba en fugarse y se lo volvía a ver trepado en las cornisas peligrosas del centro o en las azoteas suburbanas o colgado en las partes traseras de los tranvías. La gente lo señalaba con la misma excitación con que en otras partes se señalaba a un político importante o una actriz famosa, porque era impresionante verlo doblar las esquinas, esquivar los coches y ganar las aceras profundas.
Su mujer se pasaba la vida remendándole su ropa desgarrada por los tirones de los agentes.
–Un día de estos te va a dar un ataque de tanto correr. Deberías conseguirte un empleo decente como todos.
Pero mientras él conseguía ese empleo, tenían que vivir de las chambritas y otras prendas de bebé que ella tejía para clientes particulares y tiendas de ropa.
En su casa el huidor se movía poco, le gustaba mirar los techos de los edificios vecinos y repasar eternamente los saltos y requiebros necesarios para pasar de un techo a otro. Sobre todo le gustaba sentarse en el único sillón mientras sus hijos jugaban, poner la mente en blanco y “ver” su fuga del día siguiente, adivinar el ritmo, la velocidad y los recortes que iba a tener, sentirla en su cuerpo con su temperatura particular, como una cosa viva.
–Mañana voy a andar por el noroeste –le comunicaba a su mujer, y le daba el nombre de las calles involucradas, pues ella no dejaba de aprovechar esas rutas para encargarle la entrega de unas chambritas.
Aunque a él le desagradaban esos desvíos que echaban a perder la limpidez de sus huidas, durante un tiempo se las arregló para deshacerse de las cajas de cartón en plena fuga, lanzándolas en los balcones y las ventanas abiertas de las clientas, que se sobresaltaban y lo imprecaban. Pero después de varios lanzamientos equivocados se vio obligado a tocar el timbre de las puertas, a entregar el pedido y a despedirse, lo que le hacía perder minutos preciosos. Las clientas, mientras iban por el dinero, aprovechaban para darse una arregladita frente al espejo, ya que algo en la perpetua prisa de ese hombre les tocaba cuerdas hondas.
–¡Cómo asusta usted con sus lanzamientos! El otro día casi me da un ataque. ¿Por qué no descansa un rato y se toma una taza de café?
–Estoy huyendo.
–Pero sólo un ratito.
Se ponían tan pesadas que él prefería sentarse (en la punta de un sofá o de una silla) y les hablaba apresuradamente de cualquier cosa con tal de verse libre para reanudar su fuga, pero ellas ni siquiera lo oían, sólo miraban sus gestos escuetos, su cara casi apagada que le daba un aire entre náufrago y camionero y de pronto lo agarraban de un brazo o de un hombro para besarlo. Él zafábase sin dificultad (en peores se había visto) y con tres o cuatro saltos ganaba las calles o las azoteas, aunque aprendió muy pronto a aprovechar esos acosos como la única manera de abreviar sus visitas y al primer suspiro o mirada lánguida empujaba a las clientas hacia la alcoba para desnudarlas.
–¡No pierde usted un minuto! –gemían, y ya desnudas se movían como locas viendo que él se quedaba casi completamente vestido y con los zapatos puestos.
De encontrarlo en una tienda o en un autobús o en una sala de espera, ni siquiera lo habrían reconocido.
Su cara era tan común que nadie se fijaba en él cuando se estaba quieto o sentado. Adoptaba un aire gris y las miradas resbalaban como sobre un bulto de papas. Una vez, en plena comisaría, rodeado de agentes, logró pasar inadvertido. Pero bastaba que se moviera o caminara unos metros (no se diga si daba un salto), para que todos se fijaran en él y exclamaran: “¡El huidor, ahí va!”
–Tú no mires –ordenaban las madres a sus hijas, pero ellas miraban, no lo perdían de vista hasta verlo doblar la esquina o desaparecer por una ventana abierta y esa noche no podían dormir recordando sus movimientos para esquivar personas, árboles y automóviles.
Sus fugas eran tan ajustadas al ambiente, incluso daban la sensación de vivificarlo, de iluminarlo y solidificarlo en lo que tuviera de más resbaladizo y anónimo, que por donde él huía, las cosas parecían aliviarse de una vieja torpeza que las ocultaba a las miradas, como si no existieran. Una ventana potenciaba sus cualidades de ventana y parecía renacer como ventana y consagrarse en su modo de ser ventana si él la cruzaba huyendo. Cada huida suya, que evidenciaba lo caduco y torpe de lo que tocaba, también certificaba su consistencia, y su asombroso talento para no detenerse hacía que la ciudad se viera más holgada e igualitaria, y hasta las fachadas, las capas exteriores y los recubrimientos, que sirven para dar aplomo y acabado a las cosas, no conseguían hacer perder de vista los trasfondos, la humilde materia interna, de manera que la gente, cuando hablaba, no se endurecía en ningún punto de vista, no se adhería completamente a ninguna idea y dejaba un amplio resquicio para la duda y lo inefable.
De algún modo el huidor le daba a la gente lo que en otras épocas le había dado el fuego. Escalaba lo que parecía inescalable, penetraba por cualquier abertura, todo le servía de peldaño y de soporte, saltaba sobre los techos de los autos como de un balcón a otro, todo lo nivelaba, todo lo convertía en vehículo o puente hacia otra cosa. Su forma de huir recordaba las llamas y un día que pasó junto a un incendio el jefe de bomberos ordenó desviar un chorro sobre él y gritó: “¡Apaguen eso!”, pero el huidor brincó de un balcón a otro y se escabulló entre los aplausos de todos.
Algunos creyeron entonces que tenía repulsión al agua y que si llegaba a mojarse perdería sus fuerzas y hasta un niño podría atraparlo. Tonterías, pues en la temporada de lluvias no disminuían sus fugas, en todo caso su ardor menguaba un poco, se lo veía desganado, si bien era en esa época, debido a la grisura del clima, cuando pasaba más inadvertido y era capaz de pararse en una esquina sin que nadie reparara en él (quizá porque también bajo la lluvia medio mundo sólo se fija en las puntas de sus zapatos).
Con el tiempo sus huidas se hicieron más rectilíneas, con menos desvíos, como si las opciones y los ramales novedosos escasearan. Era evidente que no quería o no podía repetirse y que hubiera preferido detenerse antes que rehacer cualquiera de sus fugas anteriores. Se iba apagando como un fuego.
La gente recordaba sus huidas espectaculares y esperaba que se repitieran cada vez que lo agarraban, pero algunas eran ya tan imperceptibles que sólo él se daba cuenta de que huía y, con todo, cuando la gente lo tenía cerca, no faltaba quien lo atrapara de un hombro o de la cintura, no tanto por el deseo de entregarlo a las autoridades como para poder contar después que el huidor se había zafado de ellos con su milagrosa destreza.
Algunos pensaron que sólo trasladándolo a otro sitio podría renacer su ímpetu, pero las ciudades interpeladas o bien no entendieron de qué se trataba y se negaron, o bien pusieron condiciones inaceptables: que no entrara en ninguna casa y sus huidas se limitaran a los espacios exteriores, como un elemento meramente decorativo, o que completara sus huidas con clases de gimnasia en algún orfelinato o se alistara en los bomberos para echar una mano en caso necesario.
Él, entre tanto, seguía corriendo, pero era evidente que huía de sí mismo, de su pasado, que tenía que agarrarse de las últimas ramas inéditas, obligado a un trabajo menudo, capilar y sordo. A veces tenía que cruzar interiores, forzar puertas cerradas, violar la intimidad de los otros mientras comían o se bañaban o hacían el amor. Odiaba hacer eso, pues nunca le había gustado causar estropicios, pero la gente, que lo conocía, captaba su sufrimiento y sabía que se estaba apagando.
Hasta que un día de lluvia se desplomó en una esquina después de burlar a dos agentes, no como quien tropieza o se resbala (él nunca tropezaba ni resbalaba), sino como quien carece de argumentos para seguir adelante.
La gente se agolpó para verlo, pero ahora que estaba perfectamente quieto (después se dijo que le había dado el ataque unos cien metros antes y que se desplomó muerto hasta la esquina debido al ímpetu de la carrera), todos sintieron vergüenza de estarlo mirando. Estaban tan acostumbrados a verlo huir, a reconocerlo sólo de sesgo y en plena fuga, que ahora que podían mirarlo de cerca y sin empacho, descubriendo cuán anodina era su cara, dudaron de que se tratara de él.
Pero no había chatez en la inexpresividad de su rostro, sino alivio, como si en tantos años de remontarse de barrio en barrio, repasando una calle tras otra, lamiendo cada esquina, muro y ventana, no hubiera hecho más que ensayar los gestos, las fantasías y los impulsos de todos; como si a fuerza de huir hubiera quedado libre de cualquier rasgo propio y cualquier adiposidad personal, hasta volverse un mero compendio o resumen de los otros.
Su cara parecía la suma de todas las caras, y esa grisura infinita de su rostro, ahora que esperaban la ambulancia que viniera a llevárselo, hacía que las miradas de todos resbalaran de su cara al cemento mojado de la acera con cuya grisura formaba una perfecta prolongación, diluyéndose más y más en ella, como si ni siquiera de muerto pudiera abandonarlo su maestría para fugarse.




DE ANALIZAR EL CUENTO, SE PODRIA PENSAR EN QUE QUIEN HUYE Y ESCAPA ES EL PROPIO DESEO. POR RAZONES QUIMÉRICAS, VEO UN ROSTRO QUE SE REPITE EN MILES DE ROSTROS. SON LOS OJOS Y LAS MIRADAS DE NUESTRA GENERACIÓN, TAN CANDENTE Y TAN ORGULLOSA DE LA SOLEDAD ETERNA COMO BANDERA, TAN EGOCÉNTRICA QUE HACE DE LA IMPOSIBILIDAD DE CONECTARSE CON EL OTRO, UNA PLATAFORMA POLÍTICA. EN UNA ERA DE AMORES DESARTICULADOS Y DE ENCUENTROS FORTUITOS, DONDE HOY ESTAMOS Y MAÑANA NO ESTAMOS, DONDE EN DEFINITIVA EL CARTEL DE NEÓN DE NUESTRAS FRENTES DICE: "AQUÍ SE RIFA LINDO MOMENTO", ENTONCES PIENSO QUE LA METÁFORA DE LAS RELACIONES ESTÁ EN EL HUIDOR. ÉL ES TODO AQUELLO QUE UNO PROYECTA, VACÍO EN SÍ MISMO, NO ES MAS QUE UN HAZ DE INSATISFACCIONES PROPIAS QUE DEBEN SER LLENADAS CON CADA ESCAPE. ESCAPAR ES SU DESTINO, ASÍ COMO LA BÚSQUEDA DE LOS SIGNIFICANTES LO ES PARA CUALQUIER PELAFUSTAN DE COPETIN.
A MI AMIGA DEL ALMA SYLVIA, QUIEN BUSCA LA RESPUESTA EN LA CABALA, EN EL HOROSCOPO MAYA, CELTA Y DE CUANTA CULTURA HAYA, LE DIGO QUE NO PUEDEN SOSTENER UN DISCURSO, PORQUE SON TAN VACÍOS Y PROBLEMATIZADOS QUE NO PODRÍAN SOSTENER LO QUE SIENTEN NI PIENSAN. EL HUIDOR SOLO SIENTE QUE CON CADA HUIDA SUYA, ALGO SE TENSABA EN OTRO LUGAR.

BIENAVENTURADOS LOS QUE CREEN SIN VER, DE ELLOS ES EL REINO DE LOS CIELOS.
BIENAVENTURADOS LOS QUE CREEN EN LA PALABRA DE OTRO, SIN DARSE CUENTA DE QUE EL OTRO ES UN CANALLA QUE LO UNICO QUE TIENE COMO MONEDA ES LA POSIBILIDA DE CAMOUFLARSE DE ACUERDO CON LA NECESIDAD DEL OTRO..
BIENAVENTURADOS LOS QUE NOS SENTIMOS TOCADOS POR EL HUIDOR, POR ESE HALO FUGAZ, PORQUE GRACIAS A ESE TAÑIDO DE GUITARRA, ENTENDEMOS LO FELICES QUE SOMOS DE TENER RAICES...

miércoles, 18 de mayo de 2011

lunes, 16 de mayo de 2011

Ismael Serrano - Sucede Que A Veces




Sucede que a veces la vida mata y el invierno

saca su revólver, te encañona en las costillas,

te aterran los álbumes de fotos y el espejo,

huele a pino el coche y el mar a gasolina.

LEER "LILA Y FLAG" Y NO MORIR EN EL INTENTO




Me vi pasear por diferentes casas con la novelita en la mochila. En una de esas casas, no pasé de las primeras tres páginas (claro está, que nadie leería una novela de "amor" en la casa del Cuco para que se te destornille de la risa).

En otra de las casas, cual Ricitos de (ja) oro, traté de pasar las páginas, pero no podía concentrarme. Era la referencia a la caída de Troya, lo que me asustaba tanto pero tanto. Ya se me hundió el Titanic como para encima, aguantar que Troya cecidit.

Por último, en un arranque el domingo pasado, decidí tomar la novelita, y hacer como si nunca antes la hubiera abierto. La novela era nueva, y era toda para leer y reescribir como si fuera una tabula rasa. Nada estaba dicho, porque todo había sido dicho anteriormente, y lo ideal es dejarse fluir.

Debo reconocer que odio las novelas románticas. Las odio en el invierno porque me recuerdan que mi culto a la soltería pende de un hilo, y basta que haya una oleada de frío para que instantáneamente se me congelen los pies y me deshaga de tapujos para dormir apretujada con alguien que me caliente la espalda. Odio las novelas románticas en las que los protagonistas son como Oliveira y la Maga, donde justamente está todo tan perfectamente "(a)sentido" que huyen de las palabras como si fueran flagelos que vienen a terminar con un orden. Cada año releo "Rayuela" y es automático, un momento en que me siento decepcionada, me siento Oliveira buscando más allá. Cuando fui joven y gozaba del amor sin mezquindades ni egoísmos, creía que sólo el amor más puro como el de la Maga era el que salvaba a un hombre de los ríos metafísicos de su propio dolor. Por suerte crecí, y me di cuenta de que algún día terminaría como Talita en medio de un puente de maderas, con un pseudo amigo amenazador, y un amor real - y ella toda ella bamboleándose del mareo, sin poder avanzar o retroceder. Pero claro, era ser Talita, la que alumbra la entrada (y salida) de ORACIO HOLIVEIRA cuando decidía salirse o volver a entrar en un orden. Y cuando estoy más pintora soy Etienne y a veces, me enamoro como Babs de la boca de alguien, y me embriago con vodka barato y lloro igual, sentada gritando al aire "Indooolennnteeeeee".

Lila y Flag es una novela rara. De seguro me explaye más en el escrito que tengo que entregar (otra vez el 'tengo que', unido a lo volitivo, al deseo). No deseaba leer esa novela, más bien mi ánimo no quería leer una ficción. Será que me he acostumbrado tanto a las ficciones que de entrada ya no las tolero. Ellos se conocen por azar, en sí el aparece según el narrador "como caído del cielo para salvarla", y en definitiva ella lo termina salvando a él, ya que en "el último momento de su vida, Sugus, recordaría las manos de Zsuzsa, y querría volver a ellas". Frases innecesarias de esta novela. Pero lo más triste es que de las miles de citas que encontré, las que marqué, y escribí en manuscrito para regalar a alguien, ahora están dentro de otro libro, listas para ser olvidadas, como si hubiera sido demasiado regalo, que las palabras de algo tan lindo (y no por eso placentero) yo se las entregara a la infamia pura. Entonces decido no quedarme con esas palabras yo. Tampoco se las doy a alguien en particular. Las escribo y las regalo en general. No las voy a escribir para que alguien diga "que lindo", las voy a escribir para sacármelas de la cabeza, para olvidármelas como si fuese un exorcismo. Porque juro que no estaba lista para leer Lila y Flag...

* Viejo poema de amor

El heno
olía al amor
del cielo por la tierra.
Eras el dolor de mis costillas
que afligían
los carros aún por descargar.

Los muertos
ocupaban el umbral
con la vista tras ellos.
Eras la casa
la bujía bajo el ciruelo
y mi eternidad


(ya arrancamos llorando!)

*Los sueños son de lo más viejo que existe en el mundo
(y mis sueños se hacen pesadillas, como el que me despertó hoy, el de la Venus infinita)

* Sólo ese río en ese momento puede curar sus heridas, disolver la espada y hacer que se desvanezca el dedo en el cielo. Nosotras, las mujeres, ríos de dolor y sosiego.
(ellos nadan en ríos metafísicos, buscando siempre, yendo más allá del Norte, como dijo MB, si es que tienen norte, y de repente, una es un río, caudal de lágrimas que ya no pueden ser contenidas. Y la frase "es necesario un océano para olvidar" de repente tiene sentido, por más cursi que sea, porque hay que alejarse con ríos, lagos, mares y océanos, para volver a vivir)

* ella le cambió la vida con un libro: un diccionario que explicaba el origen de las palabras. (él) no dejó de leerlo en los próximos treinta años y nunca se olvidaba de lo que aprendía. Llegó a ser una pasión. Abría las palabras como si fueran ostras para encontrar su verdadero significado. A través de las palabras escuchaba el pasado y lo que él creía que era la verdad. Emigrar, del latín emigrare, mudar de casam expatriarse...y ella sabía exactamente lo que quería. Clement, grande, tranquilo, firme, sería el ÁRBOL de su vida: se posaría en él. Y se posó.
(lo peor de esa cita, es el punto de regalarle las palabras a alguien. Siempre creí que el acto de amor más grande era regalar palabras. Me acuerdo de Sherezade que regalaba palabras para sobrevivir noche tras noche. También Eva Luna obsequiaba palabras, y a veces las vendía porque era lo único que le quedaba. Regalar palabras para que alguien encuentre un horizonte discursivo. Obsequiarlas así, puras, y que el otro las amolde, las desarme, las vuelva a combinar para regalarlas y así crear un sinfín de diálogos, monólogos, soliloquios, fluir de palabras...y yo creí que era ideal regalarlas...)

me olvidaba, pensar en que él era el árbol de su vida. Mi mamá decía que había encontrado en mi papá la fuerza de un roble, cuando se conocieron. Entonces, yo, chiquita, le pedía a mi papá que colocara su brazo para que yo pudiera colgarme. Muchos años después de esa historia, ya los pies debían ser retorcidos para no tocar el suelo, era la forma de ver la fuerza de mi papá. Buscar mi roble, pino, higuera o lapacho ya es algo que me aburrió por completo. O será que ya no hay fuerza en ninguno...

* la gente miente para sentirse menos sola. Esa es la función de las mentiras: te hacen compañía...tal vez algo de lo que se inventa podría llegar a ser verdad. Nunca lo olvides. Hay muy poca gente en el mundo que sabe lo que hace. Se cuentan historias y se las cuentan a otros para no quedarse solos.

(en la ficción de las relaciones, cuantas veces creamos esas mentiras para no estar solos. Cuantas veces hacemos estragos con nuestra cabeza al punto de creernos eso que estamos viviendo. Y eso en un libro es 'pacto de lectura'. Pero, qué pasa cuando se violan los pactos, cuando se cortan los puentes y en definitiva, uno vive la vida para la ficción. ¿Hasta cuándo puede uno soportar, sostener? ¿Hasta que te llega el cachetazo de realidad diciéndote "Hasta acá llegaste, nena"?)

y la última frase, la frase que siempre digo con otras palabras, la frase que mis amigas dicen, "bolú, leí esa frase y me acordé de vos"

*"No hay ninguna posibilidad de volver atrás, poli, ni la más remota. El secreto que no sabía usted a los doce es que las cosas se pueden destruir, pero no se pueden reparar. Nunca."

NO SE PUEDE VOLVER ATRÁS EN EL TIEMPO. POR MÁS QUE UNO LO DESEE CON EL ALMA, CON EL CORAZÓN, JURO QUE DESEARÍA HACER UN DELETEO Y UN DESTELLO EN MI CEREBRO QUE ME HAGA OLVIDAR TODO LO FEO QUE PASÓ EN ESTE TIEMPO. LAS COSAS SE PUEDEN DESTRUIR, LAS PERSONAS, LAS RELACIONES, LAS REALIDADES SE PUEDEN DESTRUIR TANTO PERO TANTO, QUE NO HAY FORMA DE QUE SE PUEDAN VOLVER A REPARAR, POR MÁS ESFUERZO, POXITAS, SUSTANCIAS, PALABRAS, ALITAS, ACTOS, CHOCOLATES, LÁGRIMAS, PROMESAS, PACTOS, JURAMENTOS Y TODAAAAA LA SARTA DE COSAS QUE UNO HACE PARA NO ASUMIR QUE ALGO ESTÁ PERDIDO. Y ES EN ESE MOMENTO DONDE ESTALLA LA KATARATA Y CAE EN QUE ASUMIR RIESGOS ES TAMBIEN ASUMIR PÉRDIDAS, Y EN LAS PÉRDIDAS Y EN LAS CAÍDAS ES DONDE UNO ESTA SOLO. AMISTADES QUE TE HACEN PERDER EL NORTE, CANTOS DE SIRENAS QUE TE LLEVAN A LA PÉRDIDA, ILUSIONES DE PERSONAS QUE PARECEN MOSTRARTE LA REALIDAD-PERFECTAMENTE-ORGANIZADA-DONDE-SOLO-FALTAS-VOS Y ESOS QUE TE NECESITAN COMO FALO PARA SOSTENER SUS FICCIONES. Y DE REPENTE, EL HOMBRO NO TE DA PARA MAS (YO NO ENTIENDO COMO ÉL PODIA SOSTENER TANTO, CON LA FUERZA DE UN ROBLE) Y YA NO ME MIENTO PORQUE TENGA FRÍO, NI PORQUE EXTRAÑO, NI PORQUE QUIERA NI UN POQUITO.

domingo, 15 de mayo de 2011

Io e Caterina (con Alberto Sordi, 1980) - Io non sono un oggetto



INCREÍBLEMENTE ENCONTRÉ LA VERSIÓN FEMENINA DE FRANKENSTEIN, ÑACA ÑACAAAA


KATERINA NON E UN OGGETTO
KATERINA NON E UN OGGETTO
KATERINA NON E UN OGGETTO
KATERINA NON E UN OGGETTO
KATERINA NON E UN OGGETTO
KATERINA NON E UN OGGETTO



(DICEN QUE POR REPETICION LAS COSAS QUEDAN)

"LAS MADRES" DE FABIO MORABITO




Empezaba a principios de junio, a veces, a veces después. Como sea, no era nada agradable estar jugando en casa de un amigo y de pronto, un segundo después de que él se hubiera marchado al baño o a la cocina por un vaso de agua, ver salir del cuarto de al lado a su madre toda desnuda y disponible. Había que enfrentársele sin ayuda de nadie, pues casi siempre la madre se encerraba con uno en la habitación asegurando la puerta con el pasador. Nos habían enseñado a golpear a las madres en el pecho, en la cabeza y en el bajo vientre, pero había madres robustas, otras flexibles como venados y otras gordas que trataban de aplastarlo a uno hasta que se rindiera y se prestara a sus caprichos.

Caer en poder de una madre significaba quedar apresado en sus garras todo el mes de junio. Del atardecer en adelante había que tener cuidado con las que seguían apostadas sobre los árboles. De ordinario andaban desnudas encaramadas en algún tronco, con los senos hinchados, y los niños se divertían lanzándoles objetos filosos con sus resorteras. Si alguna mostraba la intención de bajar, la gente se retiraba hacia la acera de enfrente y desde ahí observaba el descenso de la madre, que invariablemente tenía heridas y cortaduras en todo el cuerpo a causa del continuo restregamiento con la corteza.

Era ahí, en los árboles de la calle, donde las madres pasaban la mayor parte del tiempo gimiendo de deseo y sacudiendo las ramas.

Al atardecer casi todas descendían y se ovillaban en algún zaguán para pasar la noche y los hijos aprovechaban esos momentos para curarles las heridas, llevarles alimentos y cubrirlas con una frazada. Muchas despertaban más tarde y se ponían a deambular sin objeto, o con el único objeto que las mantenía vivas, que era el de ser poseídas, percutidas y arañadas. Se volvían más resentidas y astutas, corrían sin hacer ruido y organizaban pequeñas celadas.

Era frecuente oír al amanecer, proveniente de algún terreno baldío o de un edificio en construcción, los jadeos de las madres que sometían a sus presas.

Uno podía acercarse con toda tranquilidad porque una madre que ya tenía su presa no representaba ningún peligro. La víctima (un oficinista, un obrero), atenazada entre los grandes muslos, se retorcía como se retuerce un gusano en el pico de un pájaro. La madre hacía con él lo que quería durante todo junio.

Las madres que aún no capturaban a sus presas pendían de los árboles húmedos y goteantes, al acecho. Sus vientres estaban acuosos y reblandecidos y cuando alguna caía de un árbol se oía un tenue ¡paf! y a continuación se la veía encaramarse otra vez en el árbol sin el menor rasguño. A veces se dejaban caer a propósito para aplacar su fiebre, y ahí en el suelo, blandas y calientes sobre el asfalto de la acera, parecían desechos dejados por la resaca del mar.

Ese completo abandono encendía a los hombres, que se estremecían al verlas.

Unirse a una madre en ese estado era verdaderamente tocar el fondo de lo vulgar y ruin, y a las madres les bastaba una mirada para reconocer a los que habían caído en otros años. ¡Sabían cómo tratarlos! Les ordenaban que reptaran hasta sus pies y ellos obedecían lastimosamente a la vista de todos sin poder contenerse. Un seco golpe de talón en la nuca o en el cuello era toda la recompensa que recibían esos desgraciados.

Las madres trepaban también por las bardas, por los balcones, por las vigas de los edificios en construcción, y los empleados del municipio les repartían el agua y la comida en grandes recipientes que dejaban en el suelo. Descendían hambrientas, empujándose y arañándose para ganar los mejores lugares. De inmediato, desde las ventanas de los edificios cercanos, los niños sacaban sus resorteras y las bombardeaban con piedritas o pequeños trozos de vidrio, hiriéndolas sin piedad mientras ellas aullaban de rabia.

A fines de junio las madres se iban apagando y resecando y poco a poco, una tras otra, se dejaban arrastrar a sus hogares. La ciudad entraba en un estado de recogimiento eclesiástico. En las casas, los hijos y los maridos lavaban lentamente a las madres, limpiaban sus heridas y vigilaban su sueño, que a veces se prolongaba cuatro o cinco días seguidos. Todos caminaban respetuosamente de puntas para no despertarlas, las habitaciones permanecían en penumbra para que descansaran lo mejor posible y hasta los animales domésticos guardaban una compostura insólita. Las oficinas y las fábricas trabajaban al mínimo para permitir el cuidado más esmerado de las madres y casi nadie salía para algo que no fuera ir a comprar provisiones y medicamentos.

Cuando despertaban las madres, repuestas de sus heridas, el olor penetrante de su frenesí se había esfumado de la ciudad. Se las volvía a ver trajinando en los balcones, unas en bata y otras ya vestidas para bajar al mandado. Ahí estaban otra vez sacudiendo las sábanas y regando las plantas o gritando alguna advertencia a sus hijos que se marchaban a la escuela. Las chimeneas de las fábricas volvían a echar humo a toda su capacidad, los tranvías chirriaban en las curvas y la gente discutía y se peleaba al menor roce. Hasta los perros callejeros iban con más ánimo a sus asuntos. El estruendo acostumbrado llenaba la mañana y nadie parecía acordarse del desorden y la angustia de los días pasados. Nadie comentaba nada. Sólo en los árboles en los que habían morado las madres, húmedas y furiosas, ahora pendían, maduros, los grandes frutos del verano