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lunes, 26 de julio de 2010

Urgente a Terapia con marcha de antorchas.com....




Me llama mi ex para regresar. Mi ex, a quien desfenestré por todos los espacios posibles de ser desfenestrado, y sin embargo existe una duda (¿estaré haciendo bien?) me aferro a la idea de que todo lo que hice en el último tiempo ha estado bien. La crónica de mi semana no ha sido de las mejores, y mientras tanto, un gato negro me mira con sus ojos amarillos. Pienso que varias veces me he perdido en una mirada al punto de creer de sobremanera. Sobrevalorar, sobresaturada, sobreviviendo a un fin de semana en el que mis amigas me terminan diciendo (repitiendo por enésima vez “que-comience-a-cuidarme-de-una-vez-ya-que nadie-lo hará-por-mí). Me siento y escucho la perorata y de repente todo es una nebulosa de palabras sin sentido. “Escucho y obedezco” me gustaría decir. Pero no siento que pueda accionar en nada. Me encuentro tratando de llamar a Juan Manuel, sabiendo que es lo peor que me puede pasar. Pero tengo en claro que él me extraña y que aunque sea lo peor de lo peor, aunque sea de lo más detestable, necesito con toda el alma que alguien me abrace y me diga que me quiere (aunque sea una puta mentira). Para un tipo he sido la mina que le pagaba la falopa, una cosa que tenía un valor de cambio. Para otro tipo he sido la mina que debía esconder por no cumplir con lo necesario con lo que esperaba su familia de “chico bien”. Para otro, he sido la mina con la que se acostó y nunca más volvió a llamar….y yo me derretía por ese racinguista. El último en el haber fue quien sólo me tomó como una salvadora de papas ante problemas económicos. Ninguno de ellos sabe cómo duermo. Ninguno sabe que me despierto dormida, y deambulo por la casa buscando no sé qué. Ninguno sabe que de alguna manera tengo miedo a dormir con la luz apagada porque me muero del asco si alguien me viene a tocar. Nadie sabe que tomo dos tazas de café negro sin azúcar en la mañana, porque siento que si no lo hago me voy a morir. Nadie sabe que guardo los libros en orden alfabético porque no entiendo cómo vivir sin estructuras. Nadie sabe que no agarro la mano porque me empieza a transpirar…y yo no puedo verme así. En plena marcha, con las flores blancas en la mano, comencé a llorar pensando en cómo mierda podría ser capaz de renunciar para cuidar a los demás tal como hizo Eva. Miré alrededor, y vi a una chica apoyada en el pecho de su novio. Él apoyó la cabeza sobre la de ella y la abrazó y luego la miró a los ojos. Cuando la miró, ella le sonrió y él también. Leo me mira y trata de que no siga mirando, entonces me agarra la mano, que me empieza a temblar, y sólo atino a llorar. Lloro en su hombro y se lo lleno de mocos. Lloro sin saber por qué lloro. Lo miro a los ojos, y me limpia las lágrimas y me da un beso en la frente. Le sonrío y me dice lo mucho que me quiere y lo lindos que son los ojos cuando se me hinchan. Yo sé que me lo dice para que no siga llorando. Y sin embargo me ofrece el brazo para caminar. Él sabe que el café es lo único que tomo todo el día, y él toma todo el tiempo mate, y cada vez que salimos por la calle Corrientes para ver libros o al teatro llevamos nuestros termos. Y sería feliz si no supiera que Leo es exactamente igual a mí. Golpeado, descreído y lastimado hasta decir basta. Un día lo vi correr tras una chica desesperado, y mientras yo lo miraba desde dentro de la EG3, él estaba bajo la lluvia, al igual que ella. Y ella se dio media vuelta y caminó por la 9 de Julio. Y él lloró por dentro hasta que en el 5, lloró a mi lado. Hoy a las tres de la mañana le conté lo de mi finde, y me dijo: “Negra, retirate ya”. Y yo lo escuché porque es mi gurú, mi guía. Encima me dice: “Por qué mierda no me lo contaste antes, te iba a evitar la meresunda en la que te metiste” (habla así, como los viejos).
Entonces entiendo lo que es “lo incognoscible”, a veces uno trata de definir a ese otro “en sí”, como tipo caracterial, psicológico o neurótico, independientemente de la relación amorosa. (que es de uno mismo, relación monógama con la nada misma)
Aprisionado en una contradicción: por una parte creo que conozco lo que veo, lo afirmo y realmente hay una parte de mi consciencia que lo cree fehacientemente. Pero por otro lado, existe lo que es el acto ( y no ‘acting’), es la evidencia pura: el otro es impenetrable, inhallable, irreductible (el prefijo i- es ‘ausencia’) el otro es ausencia pura…no puedo abrirlo, remontarme a quién es en realidad (¿cuál de todas las caras es en realidad?) (¿quién es en realidad?) No lo sabré jamás desde dentro…

“No llegar a conocer al otro” no es más que no saber nunca qué es lo que el otro piensa y sabe de mí. El otro jamás verbalizará nada sobre mí, porque no hay nada que predicar sobre aquello que no es importante. Y eso es lo que molesta. Saber que al otro uno no le importa. No puedo descifrarte porque no sé cómo me descifrás….sin embargo, quizás hubo un instante donde alguno dijo que era transparente…y eso también es una falacia. Nadie es transparente frente al otro. Nadie puede ser transparente para el otro, porque sino el otro se desvanece.

Desvivirse, debatirse por un objeto impenetrable es religión pura (my pretious, decía Gollum, y lo buscaba hasta que terminó con su propia existencia….) Hacer del otro un enigma insoluble es colocarlo en un lugar de consagración. El otro es aquello que yo he creado. Un monstruo, un ser falaz, y quizás el espejo que muestra lo que soy en realidad. No llegaré jamás a resolver la cuestión que se me plantea, no soy el pobre Edipo que sufre la anagnórisis, desde el principio sé como son las cosas, y las voy velando cada vez más (interesante gerundio, ir velando para ir tapando o velando para ir enterrando?). Ya no me queda más que trastocar mi ignorancia en verdad. No es cierto que cuando uno quiere, más comprende al otro: lo único que se aprende es que el otro no es para conocerlo, su opacidad no es más que una evidencia del juego que hay entre ‘apariencia’ y ‘ser’. Uno puede aparentar ser feliz, servir una taza de café y dar un beso en la mañana, pero sólo es la apariencia de un acto. Entonces me viene la sobreexaltación de que en el fondo siempre fue un desconocido para mí y que lo seguirá siendo siempre. Nada de lo que el otro dice está para ser analizado, ni para ser tomado en serio. Nada de lo que diga el otro es verdad, pero porque el otro no es verdad, sino es una creación que ha salido del deseo de que fuera así. Y si lloré en la marcha de la mano con Leo, (qué loco que se llame Leo) lloré porque no podía pensar en la frase del renunciamiento sin pensar en mi renunciamiento personal. En el momento en que alguien con el cuerpo enfermo, se retira de un campo de batalla porque –de forma honorable- debía hacerlo…porque no podía dejar que su cuerpo le ganara.

Y si en lugar de definir al otro (¿quién es el?) me doy vuelta y me miro a mí misma en el espejo: ¿qué quiero yo en realidad? ¿Qué quiero yo que quiero acceder a conocerte? ¿qué pasaría si decidiera de definirte como una fuerza y no como una persona? ¿y si me situase a mí misma como otra fuerza frente a tu fuerza? Ocurriría esto: el otro se define como aquello que da sufrimiento o placer. Porque en definitiva, ni siquiera es persona. El otro fue la fuerza que me permitió ver que había algo bajo el sol. Pero no es el sol…es a duras penas un solitario juego. Es el discurso monológico de quien no puede decir nada frente a otro. El otro no habla, porque el otro no tiene discurso. El otro es un discurrir frente a las piernas de la gente, no frente a mí. Yo me he vuelto imagen pura.

Allí entonces viene la pregunta dialéctica “¿Por qué?” le pregunto a Leo. Y él que sabe lo que tiene que leer de la pregunta contesta: “porque no. Porque no hay nada del otro lado, y vos bien lo sabés”. Le pregunto de vuelta: “¿Por qué no un poco? Y nuevamente me sonríe, me abraza y me dice… “Porque nadie puede quererte sólo un poco”. Entonces los dos tomamos nuestras antorchas, y seguimos caminando. Yo siento menos frío. Y las manos no me transpiran. Agradezco que Leo esté a mi lado para convidarme Kari-linas.

domingo, 25 de julio de 2010

PERLONGHER....SIEMPRE PERLONGHERRRRRR






Defensa de los homosexuales de Tenochtitlan y Tlatlexlolco

Mientras
los homosexuales se acarician en los baños
viejas arpías hilan largos largos echarpes
en lo alto de las ciudades
coloquian en torno a grandes lavarropas azules
sobre la representación de las tragedias griegas y los principios de la catarsis

mientras que sus maridos los aztecas
cazan en sus oficinas para los sacrificios de la cena
los canarios duermen la siesta de los gusanos.
Cuando
les sea concedido el derecho a la caricia – qué cosas éstas –
saldrán de sus baños subterráneos con humeantes tazas de té entre las manos
en donde proyecten celestes espacios aires istamdos de sofocantes islas tropicales
pobladas de dulces nativos cimarrones devastados tímidos por el inexplicable ataque de los cañones
ingleses, inexplicable!

rostros
en donde la solitaria humedad de los caracoles socialmente oprimidos
ha cultivado tristes flores de afeite
y labrado el sudor desfiladeros de baba en torno a sus pupilas
lluviosas como la conmoción del mar en los acantilados de Escocia
tal vez
-como quien desconoce el placer de los besos en los parques soleados-
quizás
-como quien desconoce el placer de los besos en los parques soleados-
contemplan ásperamente desde sus colchones fermentados de ácidas rancísimas emanaciones
con la indiferencia de las viejas perras sorprendidas en los zaguanes
acostumbradas como están a ver morir a sus hijos ahogados en las ollas de guisado
donde las mujeres de los aztecas resuelven los sacrificios de la cena.
Es demasiado tiempo
porque las Plazas de Toros están repletas
si descubrieran a un marica lo mandarían a las cuadras
donde los grandes campeones no pueden entender –qué cosas éstas-
la proyección de celestes espacios aires istmados de sofocantes islas tropicales
pobladas de dulces nativos cimarrones devastados tímidos por el inexplicable ataque de los cañones
ingleses, inexplicable!
como la proliferación de las agencias matrimoniales y los hoteles alojamiento protegidos por el
Estado
cuyos policías recorren las cerraduras en busca de víctimas expiatorias para los templos
del brazo de sus amantes las princesas rusas
mientras
los homosexuales se acarician en los baños
tienden sus cálidas manos hacia los villancicos de amor de las campiñas sus gordos ojos
sueñan sueñan las islas
bellas extrañas islas inexistentes subjuntivas donde se mimetizan con los plumajes exóticos de
grandes aves lujuriosas injustamente perseguidas
que abandonan durante la noche los zoológicos sitiados las fortalezas
las ciudades sitiadas que defienden los aztecas.

Juventud Peronista Descamisados: Frente Secundario

Juventud Peronista Descamisados: Frente Secundario: "ME ACUSAN DE REBELDE, AGITADOR Y REVOLUCIONARIO. ¿Quiénes somos? Como jóvenes tenemos un deber que cumplir, Nuestra generación, debe or..."

EVITA VIVE,






EVITA VIVE

1.

Conocí a Evita en un hotel del bajo, ¡hace ya tantos años! Yo vivía, bueno, vivía, estaba con un marinero negro que me había levantado yirando por el puerto. Esa noche, recuerdo, era verano, febrero quizás, hacía mucho calor. Yo trabajaba en un bar nocturno, atendiendo la caja hasta las tres de la mañana. Pero esa noche justo me peleé, con la Lelé, ay la Lelé, una marica envidiosa que me quería sacar todos los tipos. Estábamos agarrándonos de las mechas detrás del mostrador y justo apareció el patrón: "Tres días de suspensión, por bochinchera". Qué me importaba, rapidito me volví para la pieza, abro... y me la encuentro a ella, con el negro. Claro, en el primer momento me indigné, además ya venía engranada de pelearme con la otra y casi me le tiro encima sin mirarla siquiera, pero el negro –dulcísimo– me dirigió una mirada toda sensual y me dijo algo así como: "Veníte que para vos también alcanza". Bueno, en realidad, no mentía, con el negro era yo la que abandonaba por cansancio, pero en el primer momento, qué sé yo, los celos, el hogar, la cosa que le dije: "Bueno, está bien, pero ésta ¿quién es?". El negro se mordió un labio porque vio que yo había entrado en la sofocación, y a mí, en esa época, cuando me venía una rabieta era terrible –ahora no tanto, estoy, no sé, más armoniosa–. Pero en ese tiempo era lo que podía decirse una marica mala, de temer. Ella me contestó, mirándome a los ojos (hasta ese momento tenía la cabeza metida entre las piernas del morocho y, claro, estaba en la penumbra, muy bien no la había visto): "¿Cómo? ¿No me conocés? Soy Evita". "¿Evita?"–dije, yo no lo podía creer– . "¿Evita, vos?" –y le prendí la lámpara en la cara. Y era ella nomás, inconfundible con esa piel brillosa, brillosa, y las manchitas del cáncer por abajo, que –la verdad– no le quedaban nada mal. Yo me quedé como muda, pero claro, no era cosa de aparecer como una bruta que se desconcierta ante cualquier visita inesperada. "Evita, querida" –ay, pensaba yo–"¿no querés un poco de cointreau?" (porque yo sabía que a ella le encantaban las bebidas finas). "No te molestes, querida, ahora tenemos otras cosas que hacer, ¿no te parece?" "Ay, pero esperá", le dije yo, "contame de dónde se conocen, por lo menos". "De hace mucho, preciosa, de hace mucho, casi como del África" (después Jimmy me contó que se habían conocido hacía una hora, pero son matices que no hacen a la personalidad de ella. ¡Era tan hermosa!) "¿Querés que te cuente cómo fue?" Yo ansiosa, total igual tenía el encame asegurado: "Sí, sí, ay Evita, ¿no querés un cigarrillo?", pero me quedé con las ganas para siempre de enterarme de esa mentira (o me habrá mentido el negro, nunca lo supe) porque Jimmy se pudrió de tanta charla y dijo: "Bueno, basta", le agarró la cabeza –ese rodete todo deshecho que tenía– y se la puso entre las piernas. La verdad es que no sé si me acuerdo más de ella o de él, bueno, yo soy tan puta, pero de él no voy a hablar hoy, lo único que el negro ese día estaba tan gozoso que me hizo gritar como una puerca, me llenó de chupones, en fin. Después al otro día ella se quedó a desayunar y mientras Jimmy salió a comprar facturas, ella me dijo que era muy feliz, y si no quería acompañarla al Cielo, que estaba lleno de negros y rubios y muchachos así. Yo mucho no se lo creí, porque si fuera cierto, para qué iba a venir a buscarlos nada menos que a la calle Reconquista, no les parece... pero no le dije nada, para qué; le dije que no, que por el momento estaba bien, así, con Jimmy (hoy hubiera dicho "agotar la experienc ia", pero en esa época no se usaba), y que, cualquier cosa, me llamara por teléfono, porque con los marineros, viste, nunca se sabe. Con los generales tampoco, me acuerdo que dijo ella, y estaba un poco triste. Después tomamos la leche y se fue. De recuerdo me dejó un pañuelito, que guardé algunos años: estaba bordado en hilo de oro, pero después alguien, no supe nunca quién, se lo llevó (han pasado tantos, tantos). El pañuelito decía Evita y tenía dibujado un barco. ¿El recuerdo más vivo? Bueno, ella, tenía las uñas largas muy pintadas de verde –que en ese tiempo era un color muy raro para uñas– y se las cortó, se las cortó para que el pedazo inmenso que tenía el marinero me entrara más y más, y ella entretanto le mordía las tetillas y gozaba, así de esa manera era como más gozaba.

2.

Estábamos en la casa donde nos juntábamos para quemar, y el tipo que traía la droga ese día se apareció con una mujer de unos 38 años, rubia, un poco con aires de estar muy reventada, recargada de maquillaje, con rodete... Yo le veía cara conocida y supongo que los otros también, pero era un poco bobo, andaba con Jaime que se estaba picando con Instilasa y yo le tenía la goma, se lo comenté en voz baja y él me dijo algo así como: "cortála loco sabés que sí". Con los ojos en blanco, parecía hacerlo de modo impersonal. Nos sentamos todos en el piso y ella empezó a sacar joints y joints, el flaco de la droga le metía la mano por las tetas y ella se retorcía como una víbora. Después quiso que la picaran en el cuello, los dos se revolcaban por el piso y los demás mirábamos. Jaime apenas me daba un beso largo, muy suave, para eso sí que era genial, porque dos pendejos repálidos se rayaron totalmente entre lo gay y la vieja y se fueron. Pero estaban los blues en la puerta y a los cinco minutos se aparecieron todos con el subcomisario inclusive, chau loco, acá perdimos, menos mal que no había ningún menor porque Jaime había cumplido los 18 la semana pasada, pero igual loco, le habíamos pedido el rouge a Evita y estábamos casi todos pintados como puertas tipo Alice Cooper. Los azules entraron muy decididos, el comi adelante y los agentes atrás, el flaco que andaba con un bolsón lleno de pot le dijo: "Un momento, sargento" pero el cana le dio un empujón brutal, entonces ella, que era la única mujer, se acomodó el bretel de la solera y se alzó: "Pero pedazo de animal, ¿cómo vas a llevar presa a Evita?" El ofiche pálido, los dos agentes sacaron las pistolas, pero el comi les hizo un gesto que se volvieran a la puerta y se quedaran en el molde. "No, que oigan, que oigan todos –dijo la yegua– , ahora me querés meter en cana cuando hace 22 años, sí, o 23, yo misma te llevé la bicicleta a tu casa para el pibe, y vos eras un pobre conscripto de la cana, pelotudo, y si no me querés creer, si te querés hacer el que no te acordás, yo sé lo que son las pruebas". (Chau, fue un delirio increíble, le rasgó la camisa al cana a la altura del hombro y le descubrió una verruga roja gorda como una frutilla y se la empezó a chupar, el taquero se revolvía como una puta, y los otros dos que estaban en la puerta fichando primero se cagaban de risa, pero después se empezaron a llenar de pavor porque se dieron cuenta de que sí, que la mina era Evita). Yo aproveché para chuparle la pija a Jaime delante de los canas que no sabían qué hacer, ni dónde meterse: de pronto el flaco del trafic entró en el circo y se puso a gritar: "Compañeros, compañeros, quieren llevar presa a Evita" por el pasillo. La gente de las otras piezas empezó a asomarse para verla, y una vieja salió gritando: "Evita, Evita vino desde el cielo". La cosa es que los canas se las tomaron, largaron a los dos pendejos que encima se hacían muy los chetos, y ella se fue caminando muy tranquila con el flaco, diciéndole a la gente que estaba en el patio primero y después en la puerta: "Grasitas, grasitas míos, Evita lo vigila todo, Evita va a volver por este barrio y por todos los barrios para que no les hagan nada a sus descamisados". Chau loco, hasta los viejos lloraban, algunos se le querían acercar, pero ella les decía: "Ahora debo irme, debo volver al cielo" decía Evita. Nosotros nos quedamos quemando un poco más y ya nos íbamos, entonces algunas tipas nos hicieron pasar a las habitaciones para que les contáramos –las mismas que hasta hacía una hora nos habían hecho una guerra que no podía ser–. Jaime y yo les hicimos toda una historieta: ella decía que había que drogarse porque se era muy infeliz, y chau, loco, si te quedabas down era imbancable. Claro, la gente no nos entendía, pero como no estábamos haciendo laburo de base sino sólo public relations para tener un lugar no pálido donde tripear, no nos importaba. Estábamos relocos y las viejas déle coparse con el llanto, nosotros les pedimos que ese bajón de anfeta lo cortaran, sí, total, Evita iba a volver: había ido a hacer un rescate y ya venía, ella quería repartirle un lote de marihuana a cada pobre para que todos los humildes andaran superbien, y nadie se comiera una pálida más, loco, ni un bife.

3.

Si te digo dónde la vi la primera vez, te mentiría. No me debe haber causado ninguna impresión especial, la flaca era una flaca entre las tantas que iban al depto de Viamonte, todas amigas de un marica joven que las tenía ahí, medio en bolas, para que a los guachos se nos parara pronto. La cosa es que todos –y todas– sabían dónde podían encontrarnos, en el snack de Independencia y Entre Ríos. Allí el putito Alex nos mandaba, cada vez que podía, viejos y viejas, que nos adornaban con un par de palos, así después a él le hacíamos gratis el favor y no le andábamos afanando el grabador o las pilchas. De ésa me acuerdo por cómo se acercó, en un Carabela negro manejado por un mariconcito rubio, que yo ya me lo había garchado una vez en el Rosemarie. Con las pibas estábamos haciendo pinta junto al puesto de flores, así que me llamó aparte y me dijo: "Tengo una mina para vos, está en el coche." La cosa era conmigo, nomás. Subí.
"Me llamo Evita, ¿y vos?" "Chiche", le contesté. "Seguro que no sos un travesti, preciosura. A ver, ¿Evita qué?". "Eva Duarte", me dijo "y por favor, no seas insolente o te bajás". "¿Bajarme?, ¿bajárseme a mí?", le susurré en la oreja mientras me acariciaba el bulto. "Dejáme tocarte la conchita, a ver si es cierto". ¡Hubieras visto cómo se excitaba cuando le metí el dedo bajo la trusa!
Así que fuimos al hotel de ella; el putito quiso ver mientras me duchaba y ella se tiraba en la cama. También, con el pedazo que tengo, hacen cola para mirarlo nomás. Ella era una puta ladina, la chupaba como los dioses. Con tres polvachos la dejé hecha y guardé el cuarto para el marica, que, la verdad, se lo merecía. La mina era una mujer, mujer. Tenía una voz cascada, sensual, como de locutora. Me pidió que volviera, si precisaba algo. Le contesté no, gracias. En la pieza había como un olor a muerta que no me gustó nada. Cuando se descuidó abrí un estuche y le afané un collar. Para mí que el puto Francis se dio cuenta, pero no dijo nada. Cuando me lo terminé de garchar me dijo, con la boca chorreando leche: "Todos los machos del país te envidiarían, chiquito; te acabás de coger a Eva". Ni dos días habían pasado cuando llego a casa y me encuentro a la vieja llorando en la cocina, rodeada por dos canas de civil. "Desgraciado –me gritó–. ¿Cómo pudiste robar el collar de Evita?"
La joya estaba sobre la mesa. No la había podido reducir porque, según el Sosa, era demasiado valiosa para comprarla él y no me quería estafar. Los de Coordina no me preguntaron nada: me dieron una paliza brutal y me advirtieron que si contaba algo de lo del collar me reventaban. De esa esquina y del depto de los trolos los vagos nos borramos. Por eso los nombres que doy acá son todos falsos.

miércoles, 21 de julio de 2010

AMIGOS, KAR-AJO



No me es nada fácil hablar de cuestiones de la amistad. Según los guaraos, mencionados en “Memorias del Fuego” de Galeano, se dice al amigo ‘mi otro corazón’. No siempre las palabras alcanza para decir aquello que el corazón, siente. No siempre alcanzan las palabras para nombrar ‘eso’ que se vuelve innombrable. ¿Con qué palabras podría mencionar entonces a Ivana, cuando siendo chiquitas, teniendo doce años comprábamos la revista “Conocer y Saber” (que actualmente se llama ‘Conozca más’ y ya no se vende porque es mejor comprar Papparazzi!) y soñábamos con viajar a lugares remotos, de donde las civilizaciones habrían surgido, para quizás (algún día) entender qué nos hacía humanas. ¡Cómo no hablar de ella que, un día, lloramos bajo un árbol cuando Rodrigo, -su primer amor- le rompió el corazón en séptimo grado. Yo lloré por camaradería, pero ella lloraba tanto, que el pelo también parecía lagrimear.

Tener trece años y verla el primer día de clases. Saber que esa persona iba a acompañarme en las situaciones más fuertes de mi vida: mi primer día de clases en secundaria, mi primer noche en Retro, y mi primer quince. Ella, mi par, mi compañera de emociones, la única que me ve sin maquillaje cuando me desgarro llorando en su casa. En su terraza tomando sol, o en su balcón, o ahora en su nuevo hogar. La conocí cuando ella me dice al segundo día “el nombre que recuerdo es el tuyo: Karina” y ella es Silvina. Preocupada ante mi primer novio, y la que me enseñó a delinearme los ojos. Ella, la que sufrió conmigo cuando vi a ese novio con otra chica. Ella, también viendo al suyo. Unidas por la constante y contínua especulación sobre “Qué habría pasado si…” y ambas pensando en que nuestro destino pudo estar cruzando el Atlántico en España. Unidas por una amistad sincera, sin remordimientos que nos podemos decir las cosas y callarnos aún más, porque nos conocemos de siempre. Nos conocemos con la inocencia de las que fuimos, y con la realidad en que nos hemos vuelto. Laburante, sentimental. Con el corazón dispuesto a asistir en una cirugía, pero con las lágrimas de quien comprende que su trabajo está en estar frente a la vida y la muerte, y por momentos la miro y ella putea diciendo que nada es justo, y que esa vida no tenía que apagarse. Ella, la que cuando murió mi viejo no tuvo que decirme nada, sólo me miró y se dio cuenta de que ella tomaría el brazo de mi vieja en el cortejo, mientras yo llevaba el cajón. Mi amiga Silvina, quien tiene un corazón más grande que su sonrisa, y acompañé a ponerse su primer piercing que casi se desmaya. Es la que me bancó en las peores situaciones, llorando en su casa cuando me separé de Juan Manuel. Y cuando de repente, me doy cuenta de que vuelvo a tropezar con personas-a-las-que-debería-evitar. Silvina, eterna creyente, persona que da lo que tiene, sin importar nada. La que realmente se juega por y para todos los que quiere, y por momentos llora en su hogar porque las galletitas quedaron donde las dejó en la mañana. (no estuvo bueno hacerte eso, ya lo sé).

Hay que querer a la gente, tal como se nos presentan, darle oportunidades y eso fue exactamente lo inverso a cuando conocí a Soledad. Mi amiga fiel. Nos unía el barrio, nos unía ser clase proletaria, nos unía ser minas de fierro, nos unían tantas cosas (y sin embargo no nos soportábamos). Eso del amalgama no existía, y la metáfora de las POXITAS funcionó, porque Romina, (la ausente en este día) nos juntó, nos unió, y nos enseñó cuántas cosas teníamos en común (desde armar fasos como caramelos, hasta tomar cerveza bajo una parra creyendo que eso era la gloria). Maratones de cine, y de Sex & The City. Más de un chico en común. Y todo eso que hubiese generado la peor de las relaciones. Pero el 29 de septiembre de 2001, una noticia que nunca quisiera escuchar (pero la dijeron por teléfono: tu amiga, Romina, se murió en un incendio) y yo no tenía lágrimas para llorar (como nunca tuve). Entonces ahí fue que me di cuenta de que no debía llorar (la recurrencia es terrible) y me tomé un Kalmalín. Mi viejo me llevó a buscarla, y cuando caminé hacia Rodó la miré como nunca la miré antes: y la vi vulnerable, pequeña, llorando sin poder parar, y yo lo único que pude hacer fue darle mi hombro para llorar. Soledad y Yo. Yo y la Soledad. Un dúo que nos juntábamos para brindar por ella y por tratar de entender por qué el Destino se había ensañado con que perdiéramos a una de nosotras (a ese otro corazón). Soledad y yo, nos convertimos en Cástor y Polux, los héroes dioscuros. Ellos, gemelos de corazón y de inteligencia, para no separarse en la muerte, decidieron pedirle a los dioses que nunca los separaran. Ellos soportaron la condena de que cuando un hermano estuviera en el cielo, el otro estuviera en el infierno, y así lidiamos con los duelos las dos. Pequeña y pelirroja. Con una capacidad bestial para tomar cerveza. Gran cocinera y puteadora al mango. Un carnero capaz de decir las groserías más terribles, e instantáneamente llenar sus ojos de lágrimas y abrazarme con todas sus fuerzas diciéndome lo mucho que me quiere ( y ella lo dice, lo dice en voz alta, lo grita aunque me muera de la vergüenza) y ella llora y yo trato de ser fuerte y dura para no llorar. Ella llora y se ríe enseguida, y ambas volvemos a ser felices. La única con poder para cachetearme, gritarme y decirme que me salga de los embrollos en los que me meto. Siempre diciéndome que no debo acercarme a cosas ni personas negativas. Laburante como pocas, la que disfruta de relajarse en su terraza y a la casa donde terminé llorando el 14 de febrero, día de los enamorados, llorando a cuatro manos, rodeada de seis parejas que estaban felices por sus viajes mientras yo lloraba a cincuenta manos por cuatro días antes haber cortado con toda una etapa y todo un ser. Una mesa llena, y yo en una cabecera digna como una reina (rea) descendí por las escaleras caracol. Ella me siguió y en la cocina, me abrazó como sólo ella puede hacerlo sin que la expulse.

El NEGRO. El que llamo a cualquier hora de la noche para decirle que estoy triste, que estoy contenta, para que me diga donde está y yo salir corriendo a tomarme un vino y hablar de la vida, del amor, del desamor ( y todo eso tras una atmósfera de peronismo y de literatura popular…el payaso triste como yo, el Joker Burlón a quien hartan las funciones cada dos por tres y se toma el palo) y entonces lo extraño hasta que me duele la panza y lo tengo que llamar para saber si esta bien….entonces me dice “NEGRA TROLA” y yo soy felizzzzz al contestarle “FEO DE ROSTRO” y lo miro a esos ojos oscuros, y sólo puedo reírme y reírnos los dos y pensar que estaría lindo ver una de Leonardo Favio….
Tejada, un reparo en mi vida. Un techo donde cobijarme y donde estar. Pidiendo mimos, pidiendo cariño, caigo en que ella siempre estuvo ahí. Sólo que yo nunca pude ver más allá de lo que entraba en mi nariz. Ella, radiante, reina, bailarina. No sabe lo afortunada que es de tener una vida hermosa, pues ella crea el arte. Ella es arte. Pues uno es lo que hace. Es una artista. Glamorosa con su animal print. Creyente del amor…sueña con la felicidad. Y la felicidad es ella, y sus ojos gigantes y su Anatomía de Grace y su baile saltarín. Con su pelazo, y toda esa buena vibra, esa energía que tiene para salir, para insistirme en que salga de mi estanque mental. Ella la que sueña y la que debería mirar su mano para darse cuenta de que todo lo que desea, está en la palma de su mano…ella son las manos, la que comparte su cama y la que antes de dormir me dice que piense en lo más lindo para que en mis sueños se aparezcan las imágenes. Una amiga, un oído, un baile, una palabra de aliento, y constantes llamados y mensajes para tratar de estar mejor.

Conejo Duracell. El que está todo el tiempo haciendo cosas. Quien mientras está dormido, come chocolinas sin abrir los ojos. El que puede escuchar y ver(me) con los ojos de quien sabe en qué nos hemos metido. Me acompaña en las previas de baile y canto. Rápido en las palabras, pero más en los gestos. El que me lee y me critica, y se pelea con Torrisi (quien nunca escribiría con los ojos llenos de lágrimas). Quizás sea el de la tarotista, el amor de mayo, (ja, las fechas coincidieron) y el amor fuera justamente, el divague de hablar constantemente de amores desencontrados (él tiene mucho agua, y encima debe hacerse cargo de sus ascendentes), mi colaborador, y mi testigo. Mi espía sin saberlo, que me pone un rostro y pienso si realmente está bien lo que voy a hacer. Quien trata de cuidar un poco la fragilidad que hay (que tratamos de no mostrar) y alguien tan especial, que con poquito tiempo, me encariñé de verdad…y le digo “NO, A GORDA”, “SÍ, A MOROCHA” Puedo retarlo y puedo comentar la tele con él. Puedo hablar de los videos romantiqueros y él los toca con su guitarra. Querible de todas las formas posibles. Y el que me aconseja que el arma es la pluma y la palabra, pero que comience por los hechos.


La que se fue. La que traiciona todo lo que teníamos proyectado. La que usó el tópico ‘carpe diem’ mientras nosotras no nos dábamos cuenta de que se estaba despidiendo. La que iba a ir a Italia con su amor, pero conoció a otro amor y se quedó. Divina y arregladísima. Un día, un pajero en Plaza Serrano la trató de trola y le pasó una botella de Champagne (baratísimo) por la espalda, para ostentar a sus amigos cuán fácil era…ella ingenua (boluda, y crédula) y cómo yo, le puse una trompada a ese engendro por atreverse a tratar de esa manera a alguien tan importante. Romina, si hubiera sabido que te ibas a ir, con la fugacidad del fuego sordo, habría hecho las cosas que me pedías: desde ponerme polleras, vestirme como una dama, y no tomar cerveza del pico. Habría usado botas con polleras cortas (estarías orgullosa de verme como persona). Fuiste la persona que con más alegría bailaba brasilero y adorabas a Gilda. Lloraste por su muerte terriblemente, y decías que era triste que alguien pudiera morir tan joven en un accidente. Triste coincidencia del Azar o Destino, pienso que estás y que te reté por ir a comprar la pastilla del día después, enojada por tu falta de desatino y de consciencia. Y no veías nada, porque creías que algún día un príncipe te rescataría de todo lo que era tu existencia. Tres Mosqueteros. La Trinidad en una cofradía. Las lágrimas que no pueden brotar…y es ella de vuelta. Es Sole llamando, porque está en una tanguería a una cuadra de la Plaza Almagro. Y la escucho llorar nuevamente, como aquella vez. Y desearía tomarme un taxi si no fuera porque pienso, que efectivamente un amigo, es ese otro corazón. Que se toma una cerveza bajo la parra, o que lee la Cosmopolitan para ver si esa persona es el amor real. Quien piensa que tenemos treinta años y que lo mejor esta por venir. El que le tiene miedo a la letra pequeña y sin embargo…y quien extraño con locura. El que me contesta ‘Te Amo’ por teléfono, cuando hago el envío masivo, porque es lo que necesito…y es el mismo que en una fiesta me saca a bailar rock porque sabe que somos divinos y los mejores amigos que puedan compartir un Tempranillo. El que está feliz con su estrella que le calienta los pies y es feliz realmente, porque tal como me dijo, “soy un privilegiado, trabajo de lo que me gusta y la música es mi hobby” y feliz saca un acorde de Ale Sanz sin darse cuenta de que es tan especial como buena gente. Quien ahora llama es Silvina, preocupada por dos días en los que no le rendí parte de qué-estoy-haciendo- y son casi la una y no puedo explicar qué hice ni donde estuve. Pero lo que sí sé…es que yo soy un poquito gracias a lo que ud me han dejado ser. Brillo porque tengo amigos soporte que realmente me hacen pensar en que el tiempo es tan juguetón, que te pone gente de frente para ver cómo reaccionás. Y si las palabras no fueron las más académicas, fueron las que salieron de una cabecita con poca materia gris, pero con mucho para decir (y mucha vergüenza de decirlo en la cara).

Los quiero, los amo, los extraño, los necesito, y les agradezco estar….

martes, 13 de julio de 2010

TESEO ( Y YO QUE ME CANSÉ DE LOS HÉROES)


Teseo, que acababa de matar al Minotauro, se disponía a salir del Laberinto siguiendo el hilo que había desovillado cuando oyó pasos y se volvió. Era Ariadna, que venía por el corredor reovillando su hilo.

- Querido- le dijo Ariadna, simulando que no estaba enterada del amorío con la otra, simulando que no advertía el desesperado gesto de “¿Y ahora qué?” de Teseo-, aquí tienes el hilo todo ovilladito otra vez.

Mito-ariadna-laberinto

DEL NOSTOI "DESEANTE DE VOLVER A UN LUGAR FAMILIAR.."


Hablar de los dolores del alma no es nada fácil porque implica comprometerse en esa partecita que uno no sabe si realmente existe. Hablar del alma, ja! (Ni Platón pudo definir qué diablos era eso...¡TE AMO CON EL ALMA!, expresan algunos, y díganme, ¿Dónde se encuentra ESE AMOR? Para no comenzar con digresiones, podemos pensar que Usted suele sentir lo que otros llaman nostalgia. Uno siempre, siempre trata de reír y estar alegre, pero a veces – que le vamos a hacer- le agarra eso de la nostalgia, animal ofendido. Y entonces es como un dolor muy poco inteligente que le va avanzando sin ton ni son por el cuerpo y que no oprime allí donde debería oprimir un dolor cualquiera. Como esos dolores de los que ni vale la pena hablar, los que todo el mundo sufre: la falta de amor o el dolor de cabeza o las tripas de estopa. Cosa de todos y de todos los días. Ya tan acosumbrados estamos a que el dolor nos termine de arruinar esa mañana que parecía tan perfecta. Lo que mata es lo otro: la añoranza de aquello que nunca llegará tan siquiera a dejarse entrever, a sugerirse. Sobre todo en esos momentos en los que uno espera, el golpe de gracia...