En la antiguedad, antes de que existiera la ciencia, existia el mito. El mito era un lenguaje, sagrado, puesto casi en practica por sacerdotes, sabedores, etc (en realidad, era puesto en acto por aquellos que manejaban el lenguaje, y conocian sus efectos). Si escribo esto, mas que para que seas un destinatario, es justamente para verlo "in situ" y leerlo y recordarme. El mito tiene algo de bueno, que es justamente "totalizador" y "uniko". No se discute, pues su palabra es ley. Como no va a ser mas facil constituirse en mito, en vez de mostrar la realidad? Es decir, quien no penso "reptilicamente" que es momento de tener bebito, de procrear, de usar el útero para 'historia' y no 'histeria'. Quien no penso en que esa frase "vos para mi sos nada" era puramente una falacia. Pero a veces, de muros estamos hechas algunas personas, y justamente esos muros nos permiten seguir y jugar a que "soy mas mito que otra cosa, (soy leyenda, soy unica, soy uniK, soy el falo gigantesco de lo que quiere el otro, y soy lo que no sabe que es). Es facil construir un mito de un padre, hombre whatever que nos de todo antes de pensar "lo real" (que en realidad nos da "la nada" "la ausencia"), porque posta, el que me regalaba postrecitos y coca cola me regalaba objetos porque no podia darme su presencia. Porque la busqueda de hombres que justifiquen el "ser nada" moviliza el tratar, bestialmente, imposiblemente, el intentar volverse "todo" (la mina, la mujer, la madre, la amante, cinturonga, el todo) y que loco que justamente en este momento, en el que peleo contra los estanques, contra la anfibiez, haya "inventado" una pelea imaginaria. Porque es mas fácil ser un "cinco Ruggieri" antes de que, franqueando muros, se den cuenta de que los miedos son terribles, miedo a los truenos, a la lluvia, a deambular porque en la flia "hay que sostener" y en ser "sosten" (no corpinio!) se fue "el hombre" y ahora cae "la madre". Que loco esto!
(gracias por hacerme ver el cielo, y veo que en la luna Europa, hay posibilidades de vida, según lo que dicen en "Científicos")
UN BLÓ QUE QUIERE QUE EL UNIVERSO ESTÉ EN PLENA ARMONÍA CON UNAAAAA.....UNA DEDICATORIA A SER FELIZ A PESAR DE LA MALA VIBRA, UN BLÓ QUE QUIERE QUE LA META, LA TOTE Y PATAFÍSICA SEAN LOS NUEVOS LENGUAJES QUE CONSTRUYEN NUEVOS LUGARESSSS
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sábado, 14 de enero de 2012
miércoles, 9 de noviembre de 2011
MÁS DE KEIRON

"La única y verdadera sabiduría vive lejos de los hombres, en la gran soledad, y solo puede obtenerse mediante el sufrimiento.Únicamente la privación y el sufrimiento abren la mente a todo lo que permanece oculto a los demás." - Joseph Campbell, "El Poder del Mito".
La figura de Quirón nos remonta al arquetipo del sabio y solitario Sanador Herido, un arquetipo que no goza de mucha popularidad en nuestros días, pero que es de crucial importancia para quien tiene como objeto de estudio el Alma Humana.
Mucho se ha dicho y discutido sobre Quirón, tanto entre los astrónomos como entre los astrólogos, pero casi nada se ha difundido sobre su estudio en uno u otro sentido. Muchos son los prejuicios al hablar de este auténtico "patito feo" astronómico, y su figura arquetípica sigue contínuamente desgarrándose entre el bando de los entusiastas y los detractores de este verdadero puente entre lo particular y lo colectivo, entre lo personal y lo transpersonal... Pero vayamos por partes, y comencemos por la historia de su existencia como cuerpo astronómico, para ir acercandonos luego a la figura del sujeto encarnado en el arquetipo y al por qué de la resistencia en su inclusión dentro de la Clinica actual.
En 1951 el norteamericano de origen holandés Gerard Kuiper propuso una singular teoría: Más allá de Plutón, existiría un enorme cinturón formado por incontables objetos de hielo y roca, que rodearía al Sol y a los planetas. Kuiper no se refería a planetas, sino a material sobrante de la formación del Sistema Solar. Con esto trataba de explicar el origen desconocido de los cometas de período corto, aquellos que tardan menos de 200 años en dar una vuelta alrededor del Sol, como el Halley. Desde entonces, los astrónomos comenzaron a especular con la existencia de un hipotético "Cinturón de Kuiper", similar al cinturón de asteroides entre las órbitas de Marte y Júpiter. Sin embargo el tiempo pasaba, y no aparecía evidencia alguna que demostrara la existencia de dichos objetos. Pero el tiempo pasó y pasó, y tras varias décadas de intentos infructuosos la mayoría de los astrónomos comenzó a resignarse: Plutón parecía ser el límite más lejano del Sistema Solar.
En Noviembre 1977, Charles T. Kowal, utilizando el telescopio Schmidt de 1,2 metros del Observatorio de Monte Palomar, descubrió un curioso objeto orbitando entre Saturno y Urano. El objeto fue identificado inicialmente como SMOK ("Slow-Moving Object Kowal", o sea: "Objeto de Movimiento Lento Kowal") y recibió el nombre provisional de 1977 UB; al principio se pensó que podía ser un asteroide. Solo que se encontraba en un lugar donde nunca antes se habían hallado asteroides. ¿Quizás se podría tratar de un cometa? El mismo Kowal sugirió esta hipótesis en 1978. Este supuesto asteroide giraba alrededor del Sol entre las órbitas de Saturno y Urano, lo que lo convertía en el asteroide más lejano conocido hasta entonces, ya que todos los demás giraban entre Marte y Júpiter. Sin embargo una década más tarde, al aproximarse a su perihelio, Quirón comenzó a desarrollar una pequeña cola, similar a las de los cometas. Quedó claro entonces que no era un asteroide común, sino una especie de cometa gigante que, al no recibir suficiente calor del Sol por su lejanía al mismo, no llegaba a desarrollar una cola de importancia. Pero un cometa no puede ser tan grande (es veinticinco veces mayor que el Halley, por ejemplo). Entonces Quirón no es un Cometa, dijeron, y tampoco un Planeta (solo mide unos 300 km de diámetro), y tampoco es un objeto del Cinturón de Kuiper (está dentro de la órbita Plutoniana) ¿Entonces, qué es? Todavía hoy nadie puede explicarlo. De todas formas, y por las dudas, Quirón terminó recibiendo un nombre "definitivo" tanto de cometa como de asteroide: Cometa 95P/Chiron / Planeta menor 2060 Chiron (la "P" se refiere a que sería un cometa de período corto). Su naturaleza "Dual", astronómicamente hablando, nos recuerda a la figura del Centauro del Mito, pero sobre ello hablaremos más adelante. Chiron tiene una órbita alrededor del sol de aproximadamente 50.7 años. El plano de su órbita está muy inclinado respecto del de la eclíptica, hecho que dificultó su avistamiento y localización, y en determinado momento de su camino celeste intercepta, brevemente, la órbita de Saturno. Aún no hay imágenes lo suficientemente claras de su superficie, y se desconoce la naturaleza exacta de su composición química, aunque se lo supone de tipo metálico. No es para nada una prioridad su estudio dentro de la astronomía moderna, y mucho menos objeto de planes en la exploración espacial. Para la ciencia actual es solo algo de lo que no vale la pena ocuparse mucho, un simple trozo de roca en el cielo.
Pues bien, ¿por qué la astrología debería tomar en cuenta a esta "cosa" que ni siquiera es considerado Planeta por los más sesudos astrónomos de la Tierra? Esta es la pregunta que se hacen renombrados astrólogos de hoy en día, y es la principal razón por la cual, tanto ellos como los que siguen su ejemplo, lo pasan por alto a la hora de incluirlo dentro de las estructuras matriciales energéticas que constituyen una Carta Natal. No los culpo, la Astrología Clásica tampoco tomaba en cuenta a Urano, Neptuno y Plutón, arguyendo que solo debían considerarse los Planetas que eran visibles a simple vista... aunque, si miramos el cielo con mucha atención, es posible localizar a Urano. Posee brillo de Sexta magnitud, y al fin y al cabo es visible. ¿Y entonces? Dijeron algunos astrólogos de principio del siglo pasado, y lo incluyeron, lo mismo que a Neptuno y a Plutón, y dieron nacimiento a la Astrología Moderna primero, e incorporando luego los conceptos energéticos de lo Transpersonal y de Inconsciente Colectivo a la hora de considerar la estructura energética del individuo, dieron posterior inicio a lo que llamamos hoy día la Astrología Humanista. A partir de entonces mucho se ha hablado y escrito sobre la representación energética y arquetípica de estos cuerpos celestes trans-saturninos, y de la participación de dichas energías en los procesos evolutivos de la psique, dando como resultado una mayor comprensión de la profundidad del alma humana, incorporando valiosísimas herramientas a la hora de trabajar en la consulta.
Pues bien, estos mismos astrólogos son reacios a la hora de incorporar Quirón en sus cartas ¿Por qué? Bueno, dirán ellos, nosotros solo tomamos en cuenta a los Planetas reconocidos ¡Y Quirón no lo es!. Cierto. O casi, si vamos a los hechos. Porque cualquiera que sepa mínimamente algo de astronomía sabe que Plutón tampoco lo es, y que su catalogación como planeta es más bien emocional, ya que cuando fue descubierto se creyó que sí lo era (en la época del descubrimiento de Plutón había una inusitada avidez por descubrir los planetas "faltantes" de los que hablaba la tradición celeste, y aún hoy hay ojos escrutando el firmamento intentando localizar al evasivo Vulcano, quien orbitaría entre el sol y el pequeño Mercurio). Plutón está catalogado como SMOK, ya que por sus dimensiones (tiene un diámetro de tan solo 2.300 Km.) no entra en la categoría de planeta, y sea quizá el asteroide más grande que hemos visto hasta ahora. Tiene una luna, es cierto, pero muchos otros asteroides también tienen objetos girando a su alrededor. También, al igual que Quirón, tiene una órbita extraña y muy inclinada respecto del plano de la eclíptica. Lo mismo que también intercepta en su recorrido la órbita de un Planeta, Neptuno (el último, si vamos al caso), y durante mucho más tiempo. No obstante tanto la Astrología Moderna como la Humanista, lo consideran Planeta ¿Por qué? ¿Porque pocos años antes de morir en 1997 su descubridor, Clyde Tombaugh, cuando estalló el escándalo sobre el supuesto guardián de los infiernos, al ser interrogado opinaba: "Plutón se ve, se siente y se huele como un planeta... entonces, es un planeta", y confiaban en la intuición del ser humano detrás del investigador científico? No, porque cumple con los requisitos energéticos previstos para su circunstancia (emplazamiento, tránsito y revolución a través del Zodíaco), y que se corresponde con la vivencia de dicho arquetipo dentro de la estructura matricial de la carta natal, hecho que es, por lo demás, indiscutible.
Pues bien, ¿por qué entonces la resistencia a incluir a Quirón, siendo que también cumple con los requisitos antes mencionados? ¿Será por una fobia al arquetipo que padecen algunos astrólogos? (Es una pregunta que como profesional me hago respecto de mis colegas) Pero ¿cuál es el arquetipo del que estamos hablando? Vayamos, pues, al Mito...
Caballos corriendo. Caballos corriéndose el uno al otro a través de un bosque umbroso. Ecos de cascos entre la foresta que crecen y furiosamente se entremezclan en el aire y resuenan instinto... Instinto incontenible. Poder animal. Sexo salvaje que estremece la foresta y el bosque, y que finalmente muere en un lejano alarido de espantosa locura.
Cuando nació, su padre jamás lo supo y ni siquiera le importó. Su madre profirió un grito de espanto y lo rechazó apenas ver su monstruosa imagen, razón por la que los Dioses indignados, o apiadándose de ella, la transformaron en un bello Tilo cercano a la cueva en donde dio a luz, y que crece en las sombrías laderas del Monte Pelión, para llevar consuelo y serenidad a los hombres.
Era inmortal e hijo de Dioses. Era hermano del Dios de los Dioses, de Zeus, y un ser dotado de supremo entendimiento que fue Maestro de los Héroes y de los hijos de los otros Dioses. Él fue quien enseñó a Esculapio el Arte Regio de la medicina, el arte de la caza y el manejo de las armas a la mismísima Diosa Artemisa, y que educó las mentes y los espíritus de Hércules, Aquiles, Ayax, Jasón y muchos otros. Él, quien tuvo por padre adoptivo al mismísimo Apolo, crió y educó a muchos como a sus propios hijos. Él, de quien hoy podemos ver su imagen señalándonos con su flecha el rumbo hacia el centro de la galaxia allá, en lo más alto del cielo. Quirón es su nombre, el nombre de aquel que no es hombre, ni caballo, siquiera un Centauro como cualquiera (unas bestias dementes e infernales muy por debajo del hombre y de los propios animales, y no, Quirón no es así). De él voy a hablar, y a contar su historia...
Cronos intenta seducir a la bella ninfa Filira, su sobrina (hija de Océano y Tetis), pero es sistemáticamente rechazado por la muchacha. Cronos, enceguecido por el deseo, la persigue por cielo y tierra. Pero Filira, en su huida, se transforma en yegua (un truco que aprendió de Demeter, madre de los centauros) pero Cronos, quien no tenía un pelo de tonto, se metamorfosea en caballo y la persigue hasta darle alcance. Cuando lo hace, aún ambos manteniendo su forma equina, furiosamente se entregan al acto sexual tras lo cual Cronos escapa y se pierde todo rastro entre la foresta. Filira, embarazada, conociendo la afición que tiene Cronos a devorarse sus propios hijos, decide refugiarse en una cueva del Monte Pelión para dar a luz. El parto fue trabajoso, doloroso, difícil, ya que la contextura física del bebé no era normal: cuerpo y patas de caballo, torso, cabeza y brazos de Dios encarnado (antropomórficos). Su madre, al ver la fealdad de su hijo, lo abandona y huye desesperada implorando a los dioses, quienes la convierten en un árbol de tilo, cárcel preferible al recuerdo del fruto de su instinto no dominado.
Quirón abandonado por sus padres, es adoptado por Apolo y Atenea, imágenes de la razón y del logos, y criado y educado por ellos. Razón por la cual, no se parece en nada su carácter al del resto de los Centauros. Es así que Quirón vive prácticamente en soledad, refugiado en la cueva que lo vio nacer, estudiando diversas artes y desarrollando muchos conocimientos. Fue astrólogo, matemático, experto cazador y maestro de armas, músico, filósofo y sabio de gran renombre. Tal era su valía, que la mayoría de los hijos de los dioses lo tuvieron por maestro y tutor, como así también los grandes héroes. Uno de sus discípulos predilectos fue Heracles (conocido también con el nombre de Hércules), quien es una figura relevante dentro de la historia del propio Quirón, debido a un hecho que sucedió de la siguiente manera: Cuando Heracles iba para Erimanto, en persecución de su cuarto objetivo, la caza del jabalí de Erimanto, (ver: Los Doce Trabajos de Hércules) pasó por las inmediaciones de la ciudad de Fóloe, aquella que habían arrebatado los centauros a los lapitas tras la batalla de revancha por la humillación sufrida en la boda de Pirítoo (los centauros fueron emborrachados con vino a instancia de Ares y su hermana Eride, quienes no habían sido invitados, y terminaron violando a todos los concurrentes tanto hombres como mujeres, tras lo cual se armó tremenda trifulca en donde los centauros llevaron la peor parte), e hizo escala en ella, puesto que el buen centauro Folo quería aprovechar la ocasión para tenerlo de invitado en su morada. Para mejor servirle, Folo le ofreció el vino añejo que el mismo Dionisos había dejado allí hacía tantos y tantos años. El vino se abrió, y de la cántara surgió un incomparable y penetrante aroma. Ese aroma tan fuerte del vino dionisíaco llegó hasta el resto de los centauros y con él el recuerdo imborrable de lo que sucedió en la boda de Pirítoo y Deidamia. Todos se llegaron, en tropel, a la cueva de Folo, a acabar con quien hubiera osado ofender su memoria con el insulto del vino. Nada menos que se encontraron con Heracles y la lección pretendida al ofensor se tornó en una lluvia de golpes y heridas. Uno tras otro, los centauros fueron cayendo a manos de Heracles y pronto comprendieron que la batalla estaba perdida. Corrieron a buscar refugio al lado de Quirón, con tan mala fortuna que llevaron hasta allí a su perseguidor. En efecto, Heracles iba tras los fugitivos, dispuesto a acabar con el máximo número de frustrados atacantes y siguió disparando sus flechas (las cuales estaban envenenadas en la sangre de la Hidra), sin darse cuenta de la presencia del sabio. Un dardo suyo alcanzó a Quirón en una de sus patas (en una rodilla para ser más precisos), y Heracles, compungido, trató de detener sus efectos, pero ya era demasiado tarde, el pobre anciano se retorcía ante el dolor cada vez más agudo de su herida, la que hubiera acabado con la vida de cualquier mortal. Pero el sabio centauro era inmortal, con lo que solo consiguió tener una herida siempre doliente y que jamás sanaría. Debido a este desafortunado acto Quirón se transformó en maestro en el Arte de curar, ya que experimentó con cada cosa que existía tanto en el cielo como en la tierra con el fin de conseguir una cura, y trasladó, más tarde, dicho conocimiento a otro de sus discípulos llamado Asclepio, más conocido como Esculapio (Padre de la ciencia médica, según los Griegos), y también utilizó dichos conocimientos para curar a innumerables personajes de la antigüedad.
Cierto día, este sabio centauro se encontraba paseando y descubrió un terrible espectáculo: Un ser humano se encontraba encadenado a una roca padeciendo un castigo horrible por mandato de los dioses. Su nombre era Prometeo, y por haber desafiado a los dioses y robado el fuego divino para entregarlo a los hombres, fue condenado a permanecer encadenado a la roca mientras durante el día un águila le devoraba el hígado, mientras que por las noches el órgano volvía a crecer... y así la pasaría hasta que otro se ofreciera voluntariamente a ocupar su lugar. Viendo esto, y sensibilizado por el dolor que el pobre humano debía soportar, Quirón se ofreció a cambiar su propia inmortalidad por la vida del condenado. Prometeo fue liberado, y en el momento en que el Centauro se transformó en mortal, y a causa de su mortal herida, Quirón murió. Su hermano Zeus, en gratitud por los muchos servicios que había prestado a los dioses, le devolvió la inmortalidad transformando su cuerpo en estrellas y, desparramándolas por el cielo, creó la constelación del Centauro.
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Hasta aquí, un resumen del mito, el que varía entre varias versiones del mismo, pero que estructuralmente se refieren a lo mismo. Ahora aproximémonos al significado de este arquetipo en la matriz de una carta natal para darnos una idea de su posible estructuración en la psique del individuo.
Quirón representa las cosas que podemos hacer muy bien por los demás, pero que no somos capaces de hacer por nosotros mismos. También indica cualidades que otros perciben muy bien en nosotros, pero que nosotros no reconocemos, pese a lo mucho que podemos necesitarlas.
A través de su situación pueden analizarse tres fundamentales figuras inconscientes o que proyectamos sobre los demás: El herido, El heridor y El sanador o salvador.
Describe las pautas que han quedado sin resolver, actitudes que de forma continuada producen dolor, con cierto riesgo que la persona se obsesione por ideas, creencias o propósitos que oculten su dolor interno, intentando convencer a los demás de esas verdades para poder así convencerse a si misma. Quirón nos exigirá reconocer que estamos heridos como paso previo a la curación, subrayándonos la sabiduría inherente en nuestra propia psique.
Quirón en una carta muestra dónde es probable que realicemos con particular intensidad la búsqueda de nuestro chamán interno, de nuestra fuente interior de sabiduría, de fuerza y de energía, como medios de revelación personal y desintegración progresiva de estructuras arcaicas que limitan el crecimiento.
También puede señalar un ámbito de experiencia donde tengamos una dificultad especial, un bloqueo o una herida, un sector de nuestra vida que no funciona bien. El dolor y la frustración experimentada puede obligarnos a profundizar en nosotros mismos en búsqueda de nuestra sanación; dicho camino puede venir descrito por el signo natal de Quirón. Los planetas en aspecto con Quirón, nos indicarán las posibilidades a interpretar correctamente las energías disponibles que reinan en el tablero de este peculiar juego energético.
Una expresión positiva de Quirón en cualquier emplazamiento nos indica dónde podemos realizar una aportación única e individual al proceso de evolución colectiva.
Quirón estimula el proceso de iniciación de la búsqueda, hacia el desarrollo del individuo sin sus dolores continuos, a través de un renacimiento psicológico y transformando para ello normalmente nuestros conceptos preestablecidos de la realidad. Cuando mayor es el dolor o el bloqueo, mayor será la experiencia Transpersonal que exige para la transmutación de las propias heridas, siendo la muerte el último término representativo de la regeneración exigida. Muerte que se nos exigirá dar en vida a dichos conceptos o actitudes que, pese al dolor que nos causa mantenerlas, nos resistimos a abandonarlas por el falso sentimiento de seguridad que nos aportan.
Quirón nos exige equilibrar nuestro ser materialista, dinámico e impulsivo con la otra parte más religiosa o espiritual.
La posición por casa y signo de Quirón nos señala el tipo de herida que el sujeto puede tener, o el tipo de bloqueo, al tiempo que señala la forma en que dicha persona se 'venda' la herida, la cubre o la tapa emocionalmente para evitar el dolor, el resentimiento, la sensación de impotencia o de estar desprotegido, es decir, aquello que le causa dolor.
"Solo sabe del dolor aquel que lo ha padecido. Solo sabe curar aquel que ha sido herido.
Y solo sabe enseñar, aquel que en su propia carne ha aprendido..."
SAGGITA- SAGGITAE!!!! KEIRÓN UN POROTO!!!

En la mitología griega Quirón o Queirón (en griego antiguo Χείρων Kheírôn, ‘el inferior’ de los hijos de Crono) es un centauro inteligente, sabio y de buen carácter, a diferencia de la mayoría de los de su clase. Era hijo de Crono y de Filira, una hija de Océano, y padre de Ocírroe con la ninfa Cariclo. Quirón vivía en una cueva del monte Pelión, en Tesalia, y fue un gran educador en música, arte, caza, moral, medicina y cirugía, y tutor de los héroes Aquiles, Áyax, Asclepio, Teseo, Jasón, Aristeo, Acteón y Heracles.
Crono, que estaba casado con Rea, se enamoró de Filira. Sin embargo ella lo rechazó y para escapar de su acoso se transformó en yegua. Cuando Crono se enteró, se convirtió a su vez en caballo y consiguió su objetivo; de este amor forzado nació Quirón.
Su fama de médico sabio y prudente corrió por toda Grecia. Quirón conoció a Peleo cuando Acasto, para vengarse de una presunta traición amorosa de éste, le invitó a una cacería durante la cual le robó la espada maravillosa que le había regalado Hefesto y lo abandonó a su suerte entre los centauros. Sin embargo fue salvado por Quirón, que recuperó la espada, profesándose desde entonces una gran amistad entre ambos.
Cuando Peleo se enamoró de Tetis pidió consejo a Quirón para encontrar la forma de seducirla ya que, como todas las nereidas, podía cambiar de forma a su antojo. Quirón le recomendó que una vez que la tocara y la atrapara no la soltase y, así, cuando se volvió calamar, la detuvo de un brazo y no la soltó hasta que regresó a su forma de mujer, con lo cual Peleo pudo tomarla a la fuerza.
Cuando Tetis abandonó a Peleo, éste entregó a Aquiles a Quirón para que lo educara junto con su madre Filira y su esposa, Cariclo, ninfa hija de Apolo. Tetis dejó a Peleo porque éste le recriminó los rituales que hacía sobre Aquiles para dotarlo de inmortalidad, consistentes en quemarlo y luego curar sus quemaduras con ambrosía. Peleo le arrebató a Aquiles sin dar tiempo a que Tetis cubriese con el néctar el talón del niño, y por este motivo entregó a Quirón al niño Aquiles con el talón quemado, así que lo primero que hizo el centauro fue tomar el hueso del talón de Dámiso, un gigante corredor recién fallecido, y con él reemplazar la taba de Aquiles.
Heracles le disparó accidentalmente una flecha envenenada con la sangre de la Hidra en el transcurso de una lucha con los centauros, que huían hacia la morada de Quirón. Éste contrajo una dolorosa herida incurable, que le llevó a ceder su inmortalidad a Prometeo, para poder así morir y escapar del dolor. Fue ascendido al cielo como la constelación Sagitario, localizada en la elíptica del Zodiaco y que se puede ver desde el hemisferio norte, o según otras fuentes Centaurus.
Algunas fuentes especulan con que Quirón fuese originalmente un dios tesalio, posteriormente subsumido en el panteón griego como un centauro.
Se considera también a Quirón como el primer veterinario, ya que usaba sus grandes conocimientos médicos para curar criaturas de todas las especies.
martes, 8 de noviembre de 2011
EL SILENCIO DE LAS SIRENAS -KAFKA-

Existen métodos insuficientes, casi pueriles, que también pueden servir para la salvación. He aquí la prueba:
Para protegerse del canto de las sirenas, Ulises tapó sus oídos con cera y se hizo encadenar al mástil de la nave. Aunque todo el mundo sabía que este recurso era ineficaz, muchos navegantes podían haber hecho lo mismo, excepto aquellos que eran atraídos por las sirenas ya desde lejos. El canto de las sirenas lo traspasaba todo, la pasión de los seducidos habría hecho saltar prisiones más fuertes que mástiles y cadenas. Ulises no pensó en eso, si bien quizá alguna vez, algo había llegado a sus oídos. Se confió por completo en aquel puñado de cera y en el manojo de cadenas. Contento con sus pequeñas estratagemas, navegó en pos de las sirenas con alegría inocente.
Sin embargo, las sirenas poseen un arma mucho más terrible que el canto: su silencio. No sucedió en realidad, pero es probable que alguien se hubiera salvado alguna vez de sus cantos, aunque nunca de su silencio. Ningún sentimiento terreno puede equipararse a la vanidad de haberlas vencido mediante las propias fuerzas.
En efecto, las terribles seductoras no cantaron cuando pasó Ulises; tal vez porque creyeron que a aquel enemigo sólo podía herirlo el silencio, tal vez porque el espectáculo de felicidad en el rostro de Ulises, quien sólo pensaba en ceras y cadenas, les hizo olvidar toda canción.
Ulises (para expresarlo de alguna manera) no oyó el silencio. Estaba convencido de que ellas cantaban y que sólo él estaba a salvo. Fugazmente, vio primero las curvas de sus cuellos, la respiración profunda, los ojos llenos de lágrimas, los labios entreabiertos. Creía que todo era parte de la melodía que fluía sorda en torno de él. El espectáculo comenzó a desvanecerse pronto; las sirenas se esfumaron de su horizonte personal, y precisamente cuando se hallaba más próximo, ya no supo más acerca de ellas.
Y ellas, más hermosas que nunca, se estiraban, se contoneaban. Desplegaban sus húmedas cabelleras al viento, abrían sus garras acariciando la roca. Ya no pretendían seducir, tan sólo querían atrapar por un momento más el fulgor de los grandes ojos de Ulises.
Si las sirenas hubieran tenido conciencia, habrían desaparecido aquel día. Pero ellas permanecieron y Ulises escapó.
La tradición añade un comentario a la historia. Se dice que Ulises era tan astuto, tan ladino, que incluso los dioses del destino eran incapaces de penetrar en su fuero interno. Por más que esto sea inconcebible para la mente humana, tal vez Ulises supo del silencio de las sirenas y tan sólo representó tamaña farsa para ellas y para los dioses, en cierta manera a modo de escudo.
ULISES Y LAS SIRENAS

El mito de Ulises nos ofrece ricos simbolismos espirituales y el pasaje de Ulises y las Sirenas está estrechamente relacionado con la lucha del ser humano en el campo astral.
El canto de las sirenas, representa en la mitología antigua, el poder del espejismo y el hechizo para apartar al hombre de su ruta. Los marineros, al escuchar el seductor canto de estas criaturas marinas, caían en un estado abrumador que les hacía estrellar su navío contra los arrecifes y así naufragar.
Ulises, advertido del peligro de este seductor canto, pide a sus marineros que le aten al mástil del barco, habiendo antes colocado en los oídos de sus marinos tapones de cera que prevengan a estos de escuchar el hechizante llamado. Ulises permanece fijo en su propósito al atravesar la zona de peligro, puede ver y escuchar, y sin embargo no puede moverse ni sus hombres escuchan su pedido de desatarlo en momentos de tribulación y tentación.
Ulises bien podría simbolizar aquí la experiencia del hombre en la cruz fija, la voluntad inconmovible ante los movimientos de la forma. Es de destacar que es Ulises quien pide a sus marinos que le aten, por propia voluntad... aquí los marinos pueden ser asimilados a los elementales inferiores que constituyen la personalidad, sus oídos están sellados a las voces del espejismo, sólo es el Capitan del barco, Ulises quien puede ver y oir, pero se ha aferrado por propia voluntad a la determinación de llegar a destino y atravesar el campo de la bruma y la seducción astral. Hay un fuerte sentido de:
"Como alma trabajo en la luz, y la oscuridad no puede afectarme.
Permanezco en la luz.
Trabajo, y de allí no me muevo"..A pesar de la actitud acechante de las sirenas, de su encantador e hipnótico susurro, Ulises mantiene su mirada hacia delante, está crucificado en su propósito, FIJO, por sobre las aguas. nada impedirá que Ulises llegue a su destino, nada le desviará de su Itaca.
"En La Cruz Fija o del Cristo Crucificado el ser humano ya no responde ciegamente y se convierte, en virtud de la disciplina de las vidas elementarias, en discípulo. Esa intención fija e inamovible trae como consecuencia la crucifixión de la naturaleza inferior y la resurrección a la realidad del alma. Se rebasa gradualmente la libertad que lo condiciona en la cruz mutable para permanecer en la disciplina liberadora de la cruz fija."
martes, 18 de octubre de 2011
LA SOMBRA, JUNG

En el proceso de individuación de la psicología de Carl Gustav Jung se tiende hacia el centro superior de la psique, es decir, al Sí-Mismo, y para ello el Yo, nuestra conciencia o consciencia, va ampliando su autoconocimiento e integrando los diversos arquetipos que configurarán su personalidad total.
El primer arquetipo que debe ser integrado es lo que Jung denominó con el nombre de sombra. Esto supone comenzar conscientemente el proceso de individuación reconociendo y vivenciando los contenidos de nuestro inconsciente personal. Percibir la sombra es como mirarse en un espejo que nos muestra los recovecos de nuestro inconsciente personal, y, por lo tanto, aceptar la sombra es aceptar el "ser inferior" que habita en nuestro interior.
La sombra que todavía no ha sido integrada en la conciencia origina multitud de proyecciones. La sombra proyectada es la causante de la gran mayoría de los actos cotidianos en los que la intercomunicación es obstruida por "ruidos" psíquicos. Acusamos a los demás de defectos que anidan en nuestro interior y que no nos gusta reconocerlos como tales:
"Cuando un individuo hace un intento para ver su sombra, se da cuenta (y a veces se avergüenza) de cualidades e impulsos que niega en sí mismo, pero que puede ver claramente en otras personas, cosas tales como egotismo, pereza mental y sensiblería; fantasías, planes e intrigas irreales; negligencia y cobardía; apetíto desordenado de dinero y posesiones..."
La sombra, además de este tipo de omisiones presenta también una faceta que se manifiesta en actos reflejos impulsivos :
"Antes de que se tenga tiempo de pensarlo, el comentario avieso estalla, surge el plan, se realiza la dicisión errónea, y nos enfrentamos con resultados que jamás pretendimos o deseamos conscientemente".
La sombra impulsa al ser humano al contagio colectivo", a la psicología de masas y a las actuaciones del hombre-masa :
"Cuando un hombre está sólo, por ejemplo, se siente relativamente bien; pero tan pronto como "los otros" hacen cosas oscuras, primitivas, comienza a temer que si no se une a ellos le considerarán tonto. Así es que deja paso a impulsos que, realmente, no le pertenecen. Es particularmente en contacto con la gente del mismo sexo cuando una persona se tambalea entre su propia sombra y la de los demás. Aunque si vemos la sombra en una persona del sexo opuesto, generalmente nos molesta mucho menos y estamos más dispuestos a perdonar".
La sombra se personifica, por tanto, en personas del mismo sexo, tanto en sueños como en los mitos y manifestaciones artísticas. Suele personificarse como una persona primitiva inferior, "como alguien que tiene cualidades desagradables o que nos molesta"
La sombra es también la causante de muchísimos conflictos políticos, sociales y religiosos; la agitación política por ejemplo, está llena de proyecciones de la sombra en el enemigo o el traidor :
"La agitación política en todos los países está llena de proyecciones, en gran parte parecidas a las cotilleos de vecindad entre grupos pequeños e individuos. Las proyecciones de todo tipo oscurecen nuestra visión respecto al prójimo, destruyen su objetividad, y de ese modo destruyen también toda posibilidad de auténticas relaciones humanas".
La represión que nuestra "función superior" (la función psicológica más imperante en nuestro Yo consciente de las cuatro posibles: intuir, pensar, sentir y percibir) y nuestra tipología psicológica (introvertido o extravertido) lleva a cabo con todo aquello que no se ajusta a ellas origina un incremento de energía psíquica en la sombra, con lo cual ésta se torna más negativa. La misión de ser humano es integrar este "hermano oscuro" y dejar de creer que somos mejores que los demás, siendo conveniente no intentar reprimir totalmente la sombra.
La sombra personifica al inconsciente personal pero también es una componente arquetípica ya que todos los seres humanos portan consigo una sombra, un "aspecto sombrío" que actua mediante la proyección de contenidos del inconsciente personal. Estas proyecciones conforman un comportamiento arquetípico que configura a la sombra como un fenómeno colectivo. Además la sombra, como arquetipo, se encuentra vinculada al mal; por ello, el aspecto colectivo de la sombra ha sido personificado en las figuras de los demonios, brujas y brujos, Satán, Mefistófeles, cábiros, faunos, etc.
Pero la sombra es algo consustancial al individuo, ya que la propia naturaleza del mundo implica que exista luz y exista oscuridad. La fuerza de la sombra no sólo actúa negativamente sino también positivamente :
"La sombra no sólo consiste en tendencias moralmente desechable sino que muestra también una serie de cualidades buenas, a saber: instintos normales, reacciones adecuadas, percepciones fieles a la realidad, impulsos creadores, etc".
Por ello, la integración de la sombra es un auténtico conflicto moral pues la confrontación con la sombra supone tener "conciencia crítica despiadada del propio ser" :
"Que la sombra se convierta en nuestro amigo o en nuestro enemigo depende en gran parte de nosotros mismos... La sombra no es siempre, y necesariamente, un contrincante. De hecho es exactamente igual a cualquier ser humano con el cual tenemos que entendernos, a veces cediendo, a veces resistiendo, a veces mostrando amor, según lo requiera la situación. La sombra se hace hostil sólo cuando es desdeñada o mal comprendida " .
"Si la figura de la sombra contiene valiosas fuerzas, y fuerzas vitales, tienen que ser asimiladas a experiencias efectivas y no reprimidas. Corresponde al Yo renunciar a su orgullo y fatuidad y vivir conforme a algo que parece oscuro, pero que, en realidad, puede no serlo. Esto ha de requerir un sacrificio tan heroico como la conquista de la pasión pero en sentido opuesto" .
El conflicto surge debido a que, en principio, ignora el Yo si un impulso de la sombra es positivo o negativo. Este es uno de los problemas más conflictivos del proceso de individuación en esta primera fase del camino de la integración de los arquetipos y de la búsqueda del Sí-Mismo. "El reconocimiento de la sombra predispone a la modestia y hasta al temor a la esencia insondable del ser humano" . Con el reconocimiento de la nombra el individuo comienza, consecuentemente, a relacionarse con los demás de otra forma :
"Todavía hoy debemos tener sumo cuidado para no proyectar nuestra propia sombra de un modo harto vergonzoso, y estamos como inundados por ilusiones proyectadas. Al representarse a una persona suficientemente valiente como para desprenderse por entero de toda proyección piénsase en un individuo consciente de poseer una sombra considerable. Tal hombre se ha cargado de nuevos problemas y conflictos; se ha convertido en tarea seria para sí mismo, dado que no puede decir ya que son los otros quienes hacen tal o cual cosa, ni que son ellos los culpables, y que hay que combatirlos. Vive en la "casa del autoconocimiento, de la concentración íntima. Sea cual fuera la cosa que ande mal en el mundo,este hombre sabe que igual ocurre también dentro de él mismo y si aprende solo a "componérselas" con su sombra habrá hecho en verdad algo para el mundo. Habrá logrado entonces dar respuesta a una ínfima parte, al menos, de los enormes problemas que se plantean en el presente, buena parte de los cuales oponen tantas dificultades en razón de hallarse como envenenados por las mutuas proyecciones. ¿Y podrá ver claramente quien no se ve a sí mismo ni aquellas oscuridades que, inconscientemente, está transfiriendo en todas sus acciones?
La cita es larga pero sustancial. Se precisa una decisión moral considerable para confrontarse, reconocerse, admitir e integrar a la sombra con el Yo. El mismo Jung advierte que "vivir consigo mismo requiere una serie de virtudes cristianas que cada uno debe aplicar a la propia persona, o sea, paciencia, amor, fe, esperanza y humildad" . La tolerancia es, pues, una virtud que primero debe aplicarse uno consigo mismo y después con los demás.
Por todo lo comentado se deduce que el encuentro con la sombra coincide en muchas personas con la concienciación del tipo de función pricológica y actitud tipológica al que pertenece ya que las funciones indiferenciadas y la actitud psicológica reprimida conforman parte de nuestra.sombra. Su desarrollo, por tanto, va ligado al Yo y actua de forma complementaria o compensatoria con respecto a la conciencia mientras no se es consciente de dicha sombra .
LA SOMBRA, DE HANS CHRISTIAN ANDERSEN

En los países cálidos, ¡allí sí que calienta el sol! La gente llega a parecer de caoba; tanto, que en los países tórridos se convierten en negros. Y precisamente a los países cálidos fue adonde marchó un sabio de los países fríos, creyendo que en ellos podía vagabundear, como hacía en su tierra, aunque pronto se acostumbró a lo contrario. Él y toda la gente sensata debían quedarse puertas adentro. Celosías y puertas se mantenían cerradas el día entero; parecía como si toda la casa durmiese o que no hubiera nadie en ella. Además, la callejuela con altas casas donde vivía estaba construida de tal forma que el sol no se movía de ella de la mañana a la noche; era, en realidad, algo inaguantable. Al sabio de los países fríos, que era joven e inteligente, le pareció que vivía en un horno candente, y le afectó tanto, que empezó a adelgazar. Incluso su sombra menguó y se hizo más pequeña que en su país; el sol también la debilitaba. Tanto uno como otra no comenzaban a vivir hasta la noche, cuando el sol se había puesto.
Era digno de verse. En cuanto entraba luz en el cuarto, la sombra se estiraba por toda la pared, incluso hasta el techo, tenía que hacerlo para recuperar su fuerza. El sabio salía al balcón, para desperezarse, y así que las estrellas asomaban en el maravilloso aire puro, era para él como volver a vivir. En todos los balcones de la calle -y en los países cálidos todos los huecos tienen balcones- había gente asomada, porque uno tiene que respirar, por muy acostumbrado que se esté a ser de caoba. Había gran animación, arriba y abajo. Los zapateros, los sastres, todo el mundo estaba en la calle, fuera estaban las mesas y las sillas, y brillaban las luces -sí, más de mil había encendidas-. Uno hablaba y otro cantaba, y la gente paseaba y rodaban los coches, los asnos pasaban -¡tilín, tilín, tilín!- sonando los cascabeles. Había entierros y cantos fúnebres, los chicos disparaban cohetes y las campanas volteaban -sí, había una vida tremenda en la calle-. Sólo la casa frente a la del sabio extranjero estaba en silencio completo. Y, sin embargo, alguien vivía en ella, porque había flores en el balcón que crecían espléndidamente al calor del sol, para lo que necesitaban ser regadas -luego, alguien debía haber allí. La puerta del balcón aparecía también abierta por la tarde, pero el interior estaba en sombra, por lo menos en la habitación delantera. De dentro llegaba sonido de música. Al sabio extranjero le pareció extraordinaria la música, pero bien podía ser pura imaginación suya, porque todo lo encontraba extraordinario en los países cálidos -excepto lo referente al sol-. Su casero dijo que no sabía quién había alquilado la casa, no se veía a nadie, y en cuanto a la música se refería, creía que era horriblemente aburrida.
-Es como si alguien tratase de ensayar una pieza que no puede dominar, siempre la misma. «¡Pues lo tengo que sacar!», dice, pero no lo consigue por mucho que toque.
Una noche el extranjero despertó; dormía con la puerta del balcón abierta. La cortina se levantó con el viento, y le pareció que venía una luz fantástica del balcón de enfrente. Todas las flores resplandecían como llamas de los colores más espléndidos y en medio de las flores se encontraba una esbelta, atractiva doncella, que parecía también resplandecer. De tal forma lo deslumbró, que abrió los ojos desmesuradamente y se despertó del todo. De un salto estuvo en el suelo, muy despacio se acercó a la cortina pero la doncella había desaparecido, el resplandor se había apagado; las flores no brillaban, pero seguían siendo tan bonitas como siempre; la puerta estaba entornada y de las profundidades venía una música tan suave y encantadora, que inspiraba los más dulces pensamientos. Era, sin embargo, como cosa de magia -y ¿quién vivía allí? ¿Dónde estaba la verdadera entrada? Todo el piso bajo era una tienda tras otra y no era posible que la gente pasara por ellas.
Una noche el extranjero estaba sentado en su balcón, con una luz encendida en el cuarto a espaldas suyas, por lo que, como es natural, su sombra estaba en la pared de enfrente. Sí, allí estaba sentada exactamente enfrente entre las flores del balcón, y cuando el extranjero se movía, también se movía la sombra, porque así es como hacen las sombras.
-Parece como si mi sombra fuese el único ser vivo que se viera enfrente -dijo el sabio-. Con qué delicadeza se sienta entre las flores. La puerta está entreabierta, ¡si la sombra fuese tan lista como para entrar, mirar en torno suyo y venir después a contarme lo que hubiera visto! Sí, haz algo útil -dijo en broma-. ¡Vamos entra! ¡Vamos, ahora!
Y le hizo gestos con la cabeza a la sombra, y la sombra le correspondió:
-¡Anda, pero no te pierdas!
Y el extranjero se levantó, y su sombra allá en el balcón de enfrente se levantó también; y el extranjero se volvió y la sombra se volvió también; si por acaso alguien hubiera estado observando, hubiera visto claramente que la sombra se colaba por la puerta entornada en la casa de enfrente, al tiempo que el extranjero entraba en su cuarto y corría la larga cortina tras de sí.
A la mañana siguiente salió el sabio a tomar café y leer los periódicos.
-¿Qué pasa? -dijo, cuando salió al sol-. ¡Me he quedado sin sombra! Se marchó anoche de verdad y no ha vuelto aún. ¡Qué fastidio!
Y eso lo enojó, no tanto porque la sombra se hubiera ido, sino porque sabía la existencia de una historia sobre el hombre sin sombra, conocida por todos en su patria allá en los países fríos, y en cuanto el sabio regresara y contase la suya, dirían que la había copiado, y eso no le hacía maldita gracia. Por tanto, no diría una palabra, lo cual estaba muy bien pensado.
Por la noche salió de nuevo al balcón. Había colocado la luz detrás de sí, en la debida posición, porque sabía que la sombra gusta de tener siempre a su dueño por pantalla, pero no pudo atraerla. Se encogió, se estiró, pero no había sombra alguna que volviera. Dijo:
-¡Ejem! ¡Ejem! -pero sin resultado.
Era un fastidio, pero en los países cálidos todo crece tan rápidamente que al cabo de ocho días observó, con gran satisfacción, que le crecía una sombra de las piernas cuando salía el sol -quizá la raíz había quedado dentro-. A las tres semanas, tenía una sombra de considerables dimensiones que, cuando regresó a su patria en los países nórdicos, creció más y más durante el viaje, hasta que al final era tan larga y tan grande que la mitad hubiera bastado.
De esta forma regresó el sabio a su casa y escribió libros sobre cuanto había de verdadero en el mundo, lo que había de bueno y de hermoso, y pasaron días y pasaron años; pasaron muchos años.
Una noche estaba sentado en su cuarto cuando llamaron muy quedamente a la puerta.
-¡Adelante! -contestó, pero nadie entró. Así es que fue a abrir y vio ante él a un hombre tan sumamente delgado que quedó atónito. Por lo demás, el hombre iba espléndidamente vestido, debía ser una persona distinguida.
-¿Con quién tengo el honor de hablar? -preguntó el sabio.
-¡Ah!, ya pensé que no me reconocería -dijo el hombre elegante-. Me he hecho tan corpóreo que hasta tengo carne y ropas. Seguro que nunca había pensado usted en verme en tal prosperidad. ¿No reconoce usted a su vieja sombra? No creía usted que volvería, ¿verdad? Me ha ido espléndidamente desde que estuve con usted. ¡He sido, en todos los sentidos, muy afortunado! Si tuviera que rescatar mi libertad, podría hacerlo -y repiqueteó un manojo de preciosos dijes que colgaban del reloj y pasó la mano por la gruesa cadena de oro que llevaba al cuello. ¡Huy!, todos los dedos fulguraron con anillos de diamantes, todos auténticos.
-No, no puedo hacerme idea de lo que significa esto -dijo el sabio.
-Ya, no es nada corriente -dijo la sombra-, pero usted tampoco es nada corriente y yo, bien sabe usted, desde que era así de chiquito he seguido sus huellas. En cuanto usted descubrió que yo estaba a punto para ir solo por el mundo, seguí mi camino. Me encuentro en una situación excepcionalmente afortunada, pero me ha acometido cierto deseo de volverlo a ver antes de que usted muera -porque usted ha de morir-. También me gustaría visitar este país, porque la patria siempre tira. Veo que tiene usted otra sombra. ¿Le debo algo a ella, o bien a usted? Hágame el favor de decírmelo.
-¡Bueno! ¿Pero eres tú? -dijo el sabio- ¡Es extraordinario! ¡Nunca habría creído que la vieja sombra de uno pudiera regresar como persona!
-Dígame cuánto le debo -dijo la sombra-, porque no me gustaría deberle nada.
-¿Cómo puedes hablar así? -dijo el sabio-. ¿De qué deuda hablas? No me debes nada. Me alegra extraordinariamente tu suerte. Siéntate, querido amigo, y cuéntame cómo te ha ido y lo que viste en la casa de enfrente, allá en los países cálidos.
-Sí que le contaré -dijo la sombra, y se sentó-, pero antes me tiene usted que prometer que no ha de decirle a nadie en la ciudad, caso de que nos encontremos, que yo he sido su sombra. Pienso casarme; puedo de sobra mantener una familia.
-¡Estate tranquilo! -dijo el sabio-. No le diré a nadie quién eres en realidad. Ésta es mi mano. ¡Palabra de hombre!
-¡Palabra de sombra! -dijo la sombra, que era lo que le correspondía decir.
Era, por otra parte, de veras notable lo humana que se había vuelto la sombra. Vestía del más riguroso negro y el paño más selecto, botas de charol y sombrero que podía cerrarse, hasta quedar reducido a corona y alas -sin hablar de lo ya mencionado: dijes, cadenas de oro y anillos de diamantes. Ya lo creo: la sombra iba extraordinariamente bien vestida, y era precisamente esto la que la hacía tan humana.
-Ahora voy a contarle -dijo la sombra, y plantó sus botas de charol lo más fuerte que pudo sobre el brazo de la nueva sombra del sabio, que yacía como un perro faldero a sus pies. Y esto lo hizo bien por orgullo, bien con la intención de que se le quedase pegada. Y la sombra del suelo permaneció quieta y en silencio, resuelta a no perder detalle; deseaba, sobre todo, enterarse de cómo puede uno manumitirse y llegar a convertirse en su propio señor.
-¿Sabe usted quién vivía en la casa de enfrente? -dijo la sombra-. ¡La más bella de todas, la Poesía! Estuve allí tres semanas y su efecto ha sido como si hubiera vivido tres mil años y hubiera leído cuanto se ha cantado y se ha escrito. Lo digo y es cierto. ¡Lo he visto todo y lo sé todo!
-¡La Poesía! -gritó el sabio-. Sí, sí, vive con frecuencia en las grandes ciudades, en soledad. ¡La Poesía! ¡Sí la vi tan sólo un instante, pero el sueño pesaba en mis ojos! Estaba en el balcón y brillaba como brilla la aurora boreal. ¡Cuenta, cuenta! Estabas en el balcón, entraste por la puerta, ¿y después?
-Me encontré en la antesala -dijo la sombra-. Lo que usted siempre veía era la antesala. No había luz alguna, sólo una especie de crepúsculo, pero las puertas daban unas a otras en una larga serie de salas y salones; y estaba tan iluminado, que la luz me hubiera matado de haber ido directamente ante la doncella; pero fui prudente, y tomé tiempo -como debe hacerse.
-¿Y entonces qué viste? -preguntó el sabio.
-Lo vi todo, y se lo contaré, pero... no es orgullo por mi parte; pero... como ser libre que soy y con los conocimientos que tengo, para no hablar de mi buena posición, mis excelentes relaciones... , desearía que me llamase de usted.
-¡Dispense usted! -dijo el sabio-. Son los viejos hábitos los que más cuesta abandonar. Tiene usted toda la razón y lo tendré presente. Pero cuénteme ahora lo que vio.
-¡Todo! -dijo la sombra-. Lo vi todo y lo sé todo.
-¿Qué aspecto tenían los cuartos interiores? -preguntó el sabio-. ¿Eran como el fresco bosque? ¿Eran como un templo? ¿Eran los cuartos como el cielo estrellado, cuando se está en las altas montañas?
-¡Todo estaba allí! -dijo la sombra-. No entré hasta el final, me quedé en el cuarto delantero, a media luz, pero era un puesto excelente, ¡lo vi todo y lo supe todo! He estado en la corte de la Poesía, en la antesala.
-¿Pero qué es lo que vio? ¿Estaban en el gran salón todos los dioses de la Antigüedad? ¿Luchaban allí los viejos héroes? ¿Jugaban niños encantadores y contaban sus sueños?
-Le digo que estuve allí y debe comprender que vi todo lo que había que ver. Si usted hubiera estado allí, no se habría convertido en ser humano, pero yo sí. Y además aprendí a conocer lo íntimo de mi naturaleza, lo congénito, el parentesco que tengo con la Poesía. Sí, cuando estaba con usted no pensaba en ello, pero siempre, sabe usted, al salir y al ponerse el sol, me hacía extrañamente largo; a la luz de la luna me recortaba casi con mayor precisión que usted. Yo no entendía entonces mi naturaleza, en la antesala se me reveló. Me volví ser humano. Al salir había completado mi madurez, pero usted ya no estaba en los países cálidos. Me avergoncé como hombre de ir como iba, necesitaba botas, trajes, todo este barniz humano, que hace reconocible al hombre. Me refugié -sí, puedo decírselo, usted no lo contará en ningún libro-, me refugié en las faldas de una vendedora de pasteles, bajo ellas me escondí; la mujer no tenía idea de lo que ocultaba. No salí hasta que llegó la noche; corrí por la calle a la luz de la luna. Me estiré sobre la pared -¡qué deliciosas cosquillas produce en la espalda! Corrí arriba y abajo, curioseé por las ventanas más altas, tanto en el salón como en la buhardilla. Miré donde nadie puede mirar, y vi lo que ningún otro ve, lo que nadie debe ver. Si bien se considera, éste es un cochino mundo. No querría ser hombre, si no fuera porque está bien considerado el serlo. Vi las cosas más inimaginables en las mujeres, los hombres, los padres y los encantadores e incomparables niños; vi -dijo la sombra- lo que ningún hombre debe conocer, pero lo que todos se perecerían por saber: lo malo del prójimo. Si hubiera publicado un periódico, ¡lo que se hubiera leído! Pero yo escribía directamente a la persona en cuestión y se producía el pánico en todas las ciudades adonde iba. Llegaron a tenerme terror y grandísima consideración. Los profesores me nombraron profesor, los sastres me hacían trajes nuevos -no me faltaba de nada. El tesorero del reino acuñaba monedas para mí y las mujeres decían que yo era muy guapo -y así llegué a ser el hombre que soy. Y ahora me despido. Ésta es mi tarjeta. Vivo en la acera del sol y estoy siempre en casa cuando llueve.
Y la sombra se marchó.
-¡Qué extraordinario! -dijo el sabio.
Pasó tiempo y tiempo y la sombra volvió.
-¿Cómo le va? -preguntó.
-¡Ay! -dijo el sabio-. Escribo acerca de lo verdadero, lo bueno y lo bello, pero nadie se interesa por mi obra. Estoy desesperado, porque son cosas a las que concedo gran importancia.
-Pues a mí no me ocurre igual -dijo la sombra-. Yo, mientras, engordando, que es lo que hemos de procurar. Usted no entiende el mundo y terminará por caer enfermo. Tiene que viajar. Me iré de viaje este verano. Venga conmigo. Me gustaría llevar un compañero. ¿Quiere usted venir conmigo, como mi sombra? Será para mí un gran placer el llevarle, ¡le pago el viaje!
-¡Qué disparate! -dijo el sabio.
-¡Según como se mire! -dijo la sombra-. El viajar le sentará de maravilla. Si consiente usted en ser mi sombra, todo correrá de mi cuenta.
-¡Esto ya es el colmo! -protestó el sabio.
-Pero así va el mundo -dijo la sombra-, y así seguirá -y se marchó.
Las cosas no le iban nada bien al sabio, la pena y la preocupación seguían haciendo presa en él, y sus opiniones sobre lo verdadero, lo bueno y lo bello interesaban tanto al público como las rosas a una vaca -hasta que al final cayó enfermo de consideración.
-¡Parece usted totalmente una sombra! -le decía la gente, y esto le produjo un escalofrío, porque le hizo pensar en ella.
-Lo que debe hacer es tomar las aguas -dijo la sombra, que vino de visita-. No hay nada igual. Lo llevaré conmigo, por el aquel de nuestra vieja amistad. Yo pago el viaje y usted se encarga de llevar un diario con lo que me resultará el camino más divertido. Quiero ir a un balneario, mi barba no crece como debiera -eso es también una enfermedad- y una barba es algo indispensable. Sea razonable y acepte la invitación, viajaremos como amigos, por supuesto.
Y así viajaron; la sombra hacía de señor y el señor hacía de sombra. Fueron juntos en coche, a caballo, a pie -al lado uno de otro, delante o detrás, según la posición del sol. La sombra sabía ponerse siempre en el lugar del señor, mientras el sabio no prestaba atención a semejante cosa. Tenía un corazón excelente y era sumamente cortés y afectuoso, así que un día le dijo a la sombra:
-Puesto que nos hemos convertido en compañeros de viaje y, además, hemos crecido juntos desde la infancia, ¿por qué no nos tuteamos? Sería más íntimo.
-En eso que dice -contestó la sombra, que ahora era el verdadero señor- hay mucha franqueza y buena intención, por lo que seré igualmente bienintencionado y franco. Usted, como sabio que es, sabe sin duda lo especial que es la naturaleza. Hay quien no aguanta el roce del papel gris, lo pone enfermo. A otros se les pasa todo el cuerpo si se rasca un clavo contra un vidrio. Lo mismo siento yo cuando lo oigo tutearme, es como si me empujasen de nuevo a mi primer empleo con usted. No se trata de orgullo, sino, como verá, de una sensación. Pero si no puedo permitirle que me trate de tú, con mucho gusto lo tutearé a usted, como fórmula de compromiso.
Y así la sombra tuteó a su antiguo señor.
-¡Qué absurdo -pensó éste- que yo le hable de usted y él me tutee! -pero no tuvo más remedio que aguantarlo.
Al fin llegaron a un balneario, donde había muchos extranjeros, y entre ellos una encantadora princesa que padecía la enfermedad de tener una vista agudísima, lo que era en extremo alarmante.
Al instante observó que el recién llegado era por completo diferente a los otros.
-Dicen que ha venido para hacer crecer su barba, pero yo veo la verdadera causa- no tiene sombra.
Llena de curiosidad, entabló inmediatamente conversación con el caballero extranjero durante el paseo. Como princesa que era, no se andaba con muchos miramientos, por lo que le dijo:
-A usted lo que le ocurre es que no tiene sombra.
-Vuestra Alteza Real debe haber mejorado notablemente -dijo la sombra-. Sé que su dolencia consiste en que ve demasiado bien, pero debe haber desaparecido; está curada. Precisamente yo tengo una sombra muy extraña. ¿No ha visto a la persona que siempre me acompaña? Otros tienen una sombra vulgar, pero yo detesto lo corriente. Igual que se viste al criado con librea de mejor paño que el que uno usa, he ataviado a mi sombra como si fuese una persona. Vea que hasta le he proporcionado una sombra. Es muy costoso, pero me gusta tener algo excepcional.
-¿Cómo? ¿Será posible que me haya curado de verdad? -pensó la Princesa-. ¡Este balneario es único! El agua tiene en nuestros días propiedades asombrosas. Pero no me marcho, porque ahora comienza a estar esto divertido. El extranjero me gusta extraordinariamente. Con tal de que no le crezca la barba y se marche.
Por la noche, en el gran salón, bailaron la princesa y la sombra. Ella era ligera, pero más aún lo era él. Nunca había tenido la Princesa pareja semejante. Ella le dijo qué país era el suyo y él lo conocía. Lo había visitado, en ocasión en que ella estaba ausente. Había curioseado por las ventanas aquí y allá y visto de todo, por lo que pudo contestar a la Princesa y hacer alusiones que la dejaron estupefacta.
-Debe ser el hombre más sabio del mundo -pensó, tal era su admiración por lo que sabía.
Y cuando bailaron de nuevo, la Princesa quedó enamoradísima, de lo que la sombra se dio cuenta, porque ella lo atravesaba con su mirada. A esto siguió otro baile y ella estuvo a punto de decírselo, pero mantuvo su serenidad y pensó en su país y en su reino, y en las muchas personas sobre las que reinaría.
-Es un sabio -se dijo-, lo cual es cosa buena. Y baila espléndidamente, lo cual es también bueno. Pero me pregunto si tendrá conocimientos profundos, y eso es también importante. Intentaré examinarlo.
Y entonces comenzó poco a poco a hacerle las más difíciles preguntas, que ni ella misma hubiera podido contestar; y la sombra puso una cara sumamente extraña.
-¡No sabe usted la respuesta! -dijo la Princesa.
-Lo aprendí de párvulo -dijo la sombra-. Creo que hasta mi sombra, allí junto a la puerta, sabrá contestar.
-¡Su sombra! -dijo la Princesa-. Sería en verdad extraordinario.
-Bueno, no digo que lo sepa -dijo la sombra-, pero creo que sí. Me ha seguido y oído durante tantos años, que creo que sí. Pero Vuestra Alteza Real permitirá que le advierta que pone tanto empeño en hacerse pasar por una persona, que para tenerle de buen humor -y debe estarlo para contestar bien- ha de ser tratado precisamente como una persona.
-Me complacerá hacerlo -dijo la Princesa.
Y se acercó al sabio que estaba junto a la puerta y habló con él del sol y de la luna, de unos y de otros, y él contestó con todo acierto y cordura.
-¿Cómo será este hombre, cuando tiene una sombra tan sabia? -pensó ella-. Será una auténtica bendición para mi pueblo y mi reino, si lo elijo como esposo.
Y ambos estuvieron de acuerdo, la Princesa y la sombra, pero nadie debía saberlo antes de que ella regresase a su reino.
-¡Nadie, ni siquiera mi sombra! -dijo la sombra, y tenía sus particulares razones para ello.
Tras esto, fueron al país donde reinaba la Princesa, una vez que había ella regresado.
-Escucha, amigo mío -dijo la sombra al sabio-. He llegado a ser cuan afortunado y poderoso puede ser un hombre. Ahora haré algo extraordinario por ti. Vivirás siempre conmigo en Palacio, irás conmigo en mi carroza real y tendrás cien mil escudos al año. Pero permitirás que todos te llamen sombra; no deberás decir nunca que fuiste hombre, y una vez al año, cuando me siente al sol en el balcón para mostrarme al pueblo, tendrás que tenderte a mis pies, como debe hacerlo una sombra. Has de saber que me caso con la Princesa. Esta noche será la boda.
-¡No, eso es monstruoso! -dijo el sabio-. ¡No quiero, no lo haré! ¡Sería defraudar al país y a la Princesa! ¡Lo diré todo! Que yo soy el hombre y tú la sombra. ¡Que apenas eres un disfraz!
-No lo creerá nadie -dijo la sombra-. ¡Sé razonable o llamo a la guardia!
-¡Iré a ver a la Princesa! -dijo el sabio.
-Pero yo iré primero -dijo la sombra-, y tú irás al calabozo.
Y así fue, porque los centinelas lo obedecieron al saber que iba a casarse con la Princesa.
-¡Estás temblando! -dijo la Princesa, cuando la sombra fue a visitarla-. ¿Ha ocurrido algo? No irás a ponerte enfermo esta noche, en que vamos a casarnos.
-Me ha sucedido la cosa más terrible que pueda ocurrir -dijo la sombra-. ¡Imagínate -claro, una pobre cabeza de sombra como ésa es incapaz de resistir mucho-; imagínate, mi sombra se ha vuelto loca, cree que ella es el hombre y que yo -imagínate, si puedes-, que yo soy su sombra!
-¡Qué horror! -dijo la Princesa-. ¿Lo habrán encerrado, supongo?
-Sí. Me temo que nunca recupere la razón.
-¡Pobre sombra! -dijo la Princesa-. Qué desdicha para él. Sería una verdadera obra de caridad liberarlo de la mezquina vida que lleva y cuando pienso en ello, creo que se hace preciso el quitársela con toda discreción.
-Resulta cruel -dijo la sombra- porque era un buen sirviente -y pareció dar un suspiro.
-¡Qué nobles sentimientos! -dijo la Princesa.
Por la noche, toda la ciudad estaba iluminada y los cañones hicieron ¡pum! y los soldados presentaron armas. ¡Qué boda aquélla! La Princesa y la sombra se asomaron al balcón para mostrarse y recibir una vez más las aclamaciones.
El sabio no se enteró de nada, porque le habían quitado la vida.
lunes, 10 de octubre de 2011
SOBRE EL CANTO XXI DE LA DIVINA COMEDIA
Todos los hombres por naturaleza desean saber.
Aristóteles
El canto XXVI del Infiermo,, corresponde a la descripción de la octava fosa del octavo círculo, en el que se encuentran los SOBERBIOS, convertidos en llamas, Dentro de este canto, se introduce por boca de Ulises, quien arde en una misma llama con Diomedes, el bastante misterioso relato de la muerte del héroe griego; enigmático sobre todo en tanto que no encontramos ninguna referencia en la mitología clásica de tal muerte.
El relato sitúa a Ulises en su “odisea” de regreso al hogar, tras la Guerra de Troya. Nos dice Ulises que tras años de ausencia del hogar y tras pasar infinidad de desventuras y penurias, “ni siquiera el amor, que así sujeta, / a un hijo, a un padre anciano y a una esposa / tan fiel cual mi Penélope discreta, / pudo apagar en mí la sed rabiosa / de hacerme, recorriendo el mundo, experto / en el vicio y la virtud: la humana cosa”. De tal modo, con una única nave superviviente, Ulises, famoso por su elocuencia, consiguió convencer a los pocos compañeros de viaje que aún le quedaban para continuar la aventura hacia los confines del mundo.
Tradicionalmente es por ese “mal consejo” por lo que se asume la situación de Ulises en la octava fosa del octavo círculo del infierno. De tal modo, el relato se vería como una simple digresión ilustrativa de carácter moralizante.
En principio, el propósito de Ulises de continuar su viaje en pos del conocimiento y la sabiduría parece ser descrita como una tarea noble:
“Pues de la vida que os reserva el hado / es tan pobre y escaso el remanente, / no queráis renunciar a la experiencia / de ir tras el sol a la región sin gente. / Considera estirpe y ascendencia: / nacisteis no para vivir cual brutos, / sino para adquirir virtud y ciencia”.
Deseoso de conocimiento (de “adquirir virtud y ciencia”), Ulises emprende su arriesgado viaje, como también lo hizo Dante e incluso Eneas, según nos cuenta Virgilio. El viaje representa ante todo el medio a través del cual todo héroe se pone a prueba a sí mismo; supone un punto de inflexión en la vida, en tanto que es metáfora del camino que nos lleva de las tinieblas a la luz (es precisamente “en la mitad del camino de su vida” cuando Dante comienza el viaje que le llevará de la confusa “selva oscura” al Paraíso); un viaje, el de la existencia humana misma, a través del cual todo individuo se hace a sí mismo. No obstante, siendo el viaje el elemento común entre Dante y Ulises, así como a todos los hombres, el autor hará que el periplo del héroe heleno acabe en catástrofe.
Siendo el deseo “adquirir virtud y ciencia” lo que mueve a Ulises, hemos de preguntarnos por qué Dante le castiga explícitamente, cuando es precisamente también tal deseo de conocimiento lo que guía al autor a través del Infierno, Purgatorio y Paraíso. Jorge Luis Borges nos recuerda muy acertadamente otra similitud entre ambos viajeros:
"La razón íntima supone también en este caso la consideración de Dante como autor. Aunque el relato del insensato viaje de Ulises a los confines del mundo no está suficientemente motivado por las leyes compositivas del poema, su inclusión, acaso innecesaria, fue para Dan-te inevitable: en la aventura final de Odiseo encontró, según Borges, una proyección de su propia aventura poética, tan “ardua”, “arriesgada” y “fatal” como la del héroe homérico."
¿Por qué la insensata empresa de Ulises finaliza trágicamente mientras que la también insensata de Dante culmina con éxito? La respuesta habremos de buscarla en la diferente forma de ambos de satisfacer ese deseo de sabiduría que, según Aristóteles, todos los hombres por naturaleza padecemos[7]. Siguiendo de nuevo a Borges encontraremos la clave cuando nos dice:
“Dante se juzga indigno de visitar los tres ultramundos (io non enea, io non Paolo sono), y Virgilio declara la misión que le ha encomendado Beatriz”[8].
Borges nos sitúa de tal modo en el canto II del Infierno, en el que Dante expone sus vacilaciones antes de emprender su viaje, ante las que su guía Virgilio le recuerda que para ello tiene el beneplácito de instancias superiores, encarnadas en su amada Beatriz. De tal modo, muy legítimamente podemos interpretar que es el amor de Beatriz quien consiente, y guía, la aventura dantesca. En su particular odisea, Ulises, sin embargo, no cuenta con su “Beatriz” en su exploración de los confines del mundo; Penélope, siempre fiel amante, quedó en Ítaca, pero el amor de Ulises por ella no fue lo suficientemente poderoso como para hacerle regresar al hogar y abortar tal “insensata” empresa.
La poesía, cultivada por Homero (precisamente narrador de las aventuras de Odiseo-Ulises) y también por Dante, es una de las formas de esta sabiduría. Pero el paralelismo no alcanza sólo este plano formal; también en la sabiduría arcaica se hace necesaria la intervención de instancias divinas (superiores a la acción finita y limitada del hombre) como camino hacia la verdad. Pensemos en casos tan paradigmáticos (sobre los que sería interesante incidir con mayor profundidad, aunque tal tarea nos llevaría a lugares alejados de nuestro inicial propósito), como los rituales iniciáticos greigos, por ejemplo los eleusinos, en los que actúa una revelación de carácter místico-religiosa en forma de visión y comprensión súbita (epopteica y no dialógica-racional); los rituales curativos en los templos de Asclepio, en los que era la intervención misma del dios sobre los enfermos durante en sueño la que propiciaba la sanación; o el más que famoso Oráculo de Delfos, en el que la acción combinada de Apolo y Dionisos propiciaban el acceso de los hombres a la verdad, de suyo divina. Incluso en la poesía épica, también reveladora de grandes verdades, era necesaria la acción de las Musas, hijas de la diosa Memoria, haciendo del poeta mero trasmisor pasivo de la sabiduría de los dioses.
Ante este ideal de conocimiento, Ulises representa la desmesura del hombre: la autoafirmación de sí mismo y de sus capacidades racionales como suficientes para alcanzar las cotas más altas del conocimiento. Y este orgulloso ideal de conocimiento es el que pretende criticar Dante con la inclusión del relato sobre la muerte de Ulises, quien en el fondo esta siendo juzgado no tanto por mal consejero, sino por su desmesura, por su hybris que le ha llevado a despreciar el aviso de un Dios de “no ir más allá” (el non plus ultra que inscribió Hércules al situar con sus dos columnas el límite del conocimiento humano).
“Dante juzga a Ulises no sólo como mal consejero sino como titán, ya que Ulises no hizo caso a la prohibición de no pasar más allá de las columnas de Hércules y naufraga, al chocar su nave contra la montaña del purgatorio y así muere en la versión dantesca. Ulises fue castigado por ir a lo desconocido. En la mentalidad medieval, era ser tentado y no acatar la prohibición, como lo cita el mismo Dante, cruzar las barreras de occidente el non plus ultra, como inscripción de las columnas de Hércules atraería la muerte”.
Ulises es así condenado por su arrogancia. Como los fundadores de la bíblica Babel, quienes se unieron para construir su torre con el fin de alcanzar la verdad sin ayuda de Dios, Ulises será implacablemente castigado por su desmesura; por pretender ir más allá de lo divino, ignorando su limitada condición en tanto que ser mortal, finito, de carne y hueso.
No obstante, no creemos que se límite a esa llamada de atención la lección moral del canto XXVI del Infierno. Yendo más lejos, desde nuestra pretensión de conectar el ideal de sabiduría arcaico con el discurso de Dante, creemos que Ulises, además del orgullo y la desmesura que amenazan siempre con corromper al hombre, representa la imagen del nuevo hombre moderno; un hombre en su condición de ciudadano, habitante bien de la polis democrática griega, bien de los nuevos burgos del medioevo.
Armado de su sola razón, Ulises convence a los suyos para adentrarse en lo desconocido. Desobedeciendo la prescripción divina, reta a los propios dioses, pero fracasa por olvidarse de contar con ellos. Desde luego que en todo intento de alcanzar la sabiduría hay un riesgo inherente, y el fracaso siempre es una posibilidad real: así como Apolo desvelaba sus secretos a través de enigmas que debían ser correctamente resueltos, y así como Dios pone siempre a prueba a todos aquellos que, a través de la fe, pretenden un acercamiento a la verdad, cualquier movimiento hacia el conocimiento implica siempre un riesgo ineludible.
El fracaso de Ulises se define así ante todo como un fracaso en su intento de ser divino (de ser un Héroe como Aquiles: de ser casi-dios); un fracaso al intentar conocer lo que para los mortales es por definición imposible de alcanzar por sí mismos.
Es en este tercer nivel en el que se justifica plenamente la estigmatización de Ulises como mal consejero; por encima de su deseo de conocimiento, fue un egoísta, pero convincente, orador. Sin preocuparle los intereses de su propia tripulación, empleó verdaderos argumentos (llamando la atención sobre la esencia del hombre que, por naturaleza, desea saber y ha nacido “para adquirir virtud y ciencia”) aunque para fines deshonestos. Es desde esta mala fe como es comprensible y justificado a ojos de Dante la inclusión de Ulises en la octava bolsa del octavo círculo del Infierno; el horrible castigo al que el autor somete a todo un modelo de astucia de la antigüedad se explica no tanto por su deseo de sabiduría, deseo que todos los hombres, incluido el propio Dante, sufrimos, sino por las consecuencias morales que la satisfacción de tal deseo desencadenó. De no ser por la dimensión ética que siempre acompaña a la sabiduría, tal vez el destino de Ulises hubiese sido el Limbo.
(texto extraído de La sabiduría y la dimensión ética en la Divina Comedia)
Aristóteles
El canto XXVI del Infiermo,, corresponde a la descripción de la octava fosa del octavo círculo, en el que se encuentran los SOBERBIOS, convertidos en llamas, Dentro de este canto, se introduce por boca de Ulises, quien arde en una misma llama con Diomedes, el bastante misterioso relato de la muerte del héroe griego; enigmático sobre todo en tanto que no encontramos ninguna referencia en la mitología clásica de tal muerte.
El relato sitúa a Ulises en su “odisea” de regreso al hogar, tras la Guerra de Troya. Nos dice Ulises que tras años de ausencia del hogar y tras pasar infinidad de desventuras y penurias, “ni siquiera el amor, que así sujeta, / a un hijo, a un padre anciano y a una esposa / tan fiel cual mi Penélope discreta, / pudo apagar en mí la sed rabiosa / de hacerme, recorriendo el mundo, experto / en el vicio y la virtud: la humana cosa”. De tal modo, con una única nave superviviente, Ulises, famoso por su elocuencia, consiguió convencer a los pocos compañeros de viaje que aún le quedaban para continuar la aventura hacia los confines del mundo.
Tradicionalmente es por ese “mal consejo” por lo que se asume la situación de Ulises en la octava fosa del octavo círculo del infierno. De tal modo, el relato se vería como una simple digresión ilustrativa de carácter moralizante.
En principio, el propósito de Ulises de continuar su viaje en pos del conocimiento y la sabiduría parece ser descrita como una tarea noble:
“Pues de la vida que os reserva el hado / es tan pobre y escaso el remanente, / no queráis renunciar a la experiencia / de ir tras el sol a la región sin gente. / Considera estirpe y ascendencia: / nacisteis no para vivir cual brutos, / sino para adquirir virtud y ciencia”.
Deseoso de conocimiento (de “adquirir virtud y ciencia”), Ulises emprende su arriesgado viaje, como también lo hizo Dante e incluso Eneas, según nos cuenta Virgilio. El viaje representa ante todo el medio a través del cual todo héroe se pone a prueba a sí mismo; supone un punto de inflexión en la vida, en tanto que es metáfora del camino que nos lleva de las tinieblas a la luz (es precisamente “en la mitad del camino de su vida” cuando Dante comienza el viaje que le llevará de la confusa “selva oscura” al Paraíso); un viaje, el de la existencia humana misma, a través del cual todo individuo se hace a sí mismo. No obstante, siendo el viaje el elemento común entre Dante y Ulises, así como a todos los hombres, el autor hará que el periplo del héroe heleno acabe en catástrofe.
Siendo el deseo “adquirir virtud y ciencia” lo que mueve a Ulises, hemos de preguntarnos por qué Dante le castiga explícitamente, cuando es precisamente también tal deseo de conocimiento lo que guía al autor a través del Infierno, Purgatorio y Paraíso. Jorge Luis Borges nos recuerda muy acertadamente otra similitud entre ambos viajeros:
"La razón íntima supone también en este caso la consideración de Dante como autor. Aunque el relato del insensato viaje de Ulises a los confines del mundo no está suficientemente motivado por las leyes compositivas del poema, su inclusión, acaso innecesaria, fue para Dan-te inevitable: en la aventura final de Odiseo encontró, según Borges, una proyección de su propia aventura poética, tan “ardua”, “arriesgada” y “fatal” como la del héroe homérico."
¿Por qué la insensata empresa de Ulises finaliza trágicamente mientras que la también insensata de Dante culmina con éxito? La respuesta habremos de buscarla en la diferente forma de ambos de satisfacer ese deseo de sabiduría que, según Aristóteles, todos los hombres por naturaleza padecemos[7]. Siguiendo de nuevo a Borges encontraremos la clave cuando nos dice:
“Dante se juzga indigno de visitar los tres ultramundos (io non enea, io non Paolo sono), y Virgilio declara la misión que le ha encomendado Beatriz”[8].
Borges nos sitúa de tal modo en el canto II del Infierno, en el que Dante expone sus vacilaciones antes de emprender su viaje, ante las que su guía Virgilio le recuerda que para ello tiene el beneplácito de instancias superiores, encarnadas en su amada Beatriz. De tal modo, muy legítimamente podemos interpretar que es el amor de Beatriz quien consiente, y guía, la aventura dantesca. En su particular odisea, Ulises, sin embargo, no cuenta con su “Beatriz” en su exploración de los confines del mundo; Penélope, siempre fiel amante, quedó en Ítaca, pero el amor de Ulises por ella no fue lo suficientemente poderoso como para hacerle regresar al hogar y abortar tal “insensata” empresa.
La poesía, cultivada por Homero (precisamente narrador de las aventuras de Odiseo-Ulises) y también por Dante, es una de las formas de esta sabiduría. Pero el paralelismo no alcanza sólo este plano formal; también en la sabiduría arcaica se hace necesaria la intervención de instancias divinas (superiores a la acción finita y limitada del hombre) como camino hacia la verdad. Pensemos en casos tan paradigmáticos (sobre los que sería interesante incidir con mayor profundidad, aunque tal tarea nos llevaría a lugares alejados de nuestro inicial propósito), como los rituales iniciáticos greigos, por ejemplo los eleusinos, en los que actúa una revelación de carácter místico-religiosa en forma de visión y comprensión súbita (epopteica y no dialógica-racional); los rituales curativos en los templos de Asclepio, en los que era la intervención misma del dios sobre los enfermos durante en sueño la que propiciaba la sanación; o el más que famoso Oráculo de Delfos, en el que la acción combinada de Apolo y Dionisos propiciaban el acceso de los hombres a la verdad, de suyo divina. Incluso en la poesía épica, también reveladora de grandes verdades, era necesaria la acción de las Musas, hijas de la diosa Memoria, haciendo del poeta mero trasmisor pasivo de la sabiduría de los dioses.
Ante este ideal de conocimiento, Ulises representa la desmesura del hombre: la autoafirmación de sí mismo y de sus capacidades racionales como suficientes para alcanzar las cotas más altas del conocimiento. Y este orgulloso ideal de conocimiento es el que pretende criticar Dante con la inclusión del relato sobre la muerte de Ulises, quien en el fondo esta siendo juzgado no tanto por mal consejero, sino por su desmesura, por su hybris que le ha llevado a despreciar el aviso de un Dios de “no ir más allá” (el non plus ultra que inscribió Hércules al situar con sus dos columnas el límite del conocimiento humano).
“Dante juzga a Ulises no sólo como mal consejero sino como titán, ya que Ulises no hizo caso a la prohibición de no pasar más allá de las columnas de Hércules y naufraga, al chocar su nave contra la montaña del purgatorio y así muere en la versión dantesca. Ulises fue castigado por ir a lo desconocido. En la mentalidad medieval, era ser tentado y no acatar la prohibición, como lo cita el mismo Dante, cruzar las barreras de occidente el non plus ultra, como inscripción de las columnas de Hércules atraería la muerte”.
Ulises es así condenado por su arrogancia. Como los fundadores de la bíblica Babel, quienes se unieron para construir su torre con el fin de alcanzar la verdad sin ayuda de Dios, Ulises será implacablemente castigado por su desmesura; por pretender ir más allá de lo divino, ignorando su limitada condición en tanto que ser mortal, finito, de carne y hueso.
No obstante, no creemos que se límite a esa llamada de atención la lección moral del canto XXVI del Infierno. Yendo más lejos, desde nuestra pretensión de conectar el ideal de sabiduría arcaico con el discurso de Dante, creemos que Ulises, además del orgullo y la desmesura que amenazan siempre con corromper al hombre, representa la imagen del nuevo hombre moderno; un hombre en su condición de ciudadano, habitante bien de la polis democrática griega, bien de los nuevos burgos del medioevo.
Armado de su sola razón, Ulises convence a los suyos para adentrarse en lo desconocido. Desobedeciendo la prescripción divina, reta a los propios dioses, pero fracasa por olvidarse de contar con ellos. Desde luego que en todo intento de alcanzar la sabiduría hay un riesgo inherente, y el fracaso siempre es una posibilidad real: así como Apolo desvelaba sus secretos a través de enigmas que debían ser correctamente resueltos, y así como Dios pone siempre a prueba a todos aquellos que, a través de la fe, pretenden un acercamiento a la verdad, cualquier movimiento hacia el conocimiento implica siempre un riesgo ineludible.
El fracaso de Ulises se define así ante todo como un fracaso en su intento de ser divino (de ser un Héroe como Aquiles: de ser casi-dios); un fracaso al intentar conocer lo que para los mortales es por definición imposible de alcanzar por sí mismos.
Es en este tercer nivel en el que se justifica plenamente la estigmatización de Ulises como mal consejero; por encima de su deseo de conocimiento, fue un egoísta, pero convincente, orador. Sin preocuparle los intereses de su propia tripulación, empleó verdaderos argumentos (llamando la atención sobre la esencia del hombre que, por naturaleza, desea saber y ha nacido “para adquirir virtud y ciencia”) aunque para fines deshonestos. Es desde esta mala fe como es comprensible y justificado a ojos de Dante la inclusión de Ulises en la octava bolsa del octavo círculo del Infierno; el horrible castigo al que el autor somete a todo un modelo de astucia de la antigüedad se explica no tanto por su deseo de sabiduría, deseo que todos los hombres, incluido el propio Dante, sufrimos, sino por las consecuencias morales que la satisfacción de tal deseo desencadenó. De no ser por la dimensión ética que siempre acompaña a la sabiduría, tal vez el destino de Ulises hubiese sido el Limbo.
(texto extraído de La sabiduría y la dimensión ética en la Divina Comedia)
EL CIRCULO DE LOS SOBERBIOS Y FALSARIOS

Y mi Conductor, que me vio tan absorto
me dijo: Dentro del fuego están los espíritus;
cada uno vestido de la llama que lo abrasa.
Maestro mío, respondí, al oírte
estoy ahora más cierto; pera había ya notado
que así era, y estaba por decirte:
¿Quién está en aquel fuego que se divide
arriba, que parece surgida de la pira
donde fue metido Eteocles con su hermano?
Respondióme: Allí adentro se castiga
a Ulises y a Diomedes, y así juntos
a la venganza van como a la ira;
y dentro de su llama se llora
el engaño del caballo que fue puerta
de la cual salió de los Romanos la noble estirpe.
Llórase dentro el artimaña por la cual, muerta,
Deidamia aún se lamenta de Aquiles,
y por el Paladio se sufre duelo.
Si adentro de aquella flámula pueden
hablar, dije yo, Maestro, mucho te ruego
y te suplico, así que el ruego valga mil,
que la ocasión de esperar no me niegues
a que la llama encornada hasta aquí se llegue;
¡Mira cómo a ella me arroja el deseo!
Y él a mí: Tu súplica es digna
de mucha loa, y así por ello la acepto;
pero haz que se contenga tu lengua.
Deja que hable yo, que he comprendido
lo que quieres; que ellos te serían esquivos
porque son griegos, tal vez por tu jerga.
Luego que la llama llegó a nosotros
cuando juzgó mi Conductor oportuno,
de esta forma oí que les hablaba:
¡Oh vosotros que sois dos dentro de un fuego!
Si amerité de vosotros cuando era vivo,
si amerité de vosotros bastante o poco
cuando en el mundo escribí mi alto verso,
no prosigáis; mas que uno de vosotros diga
donde, por su valía, perdido de muerte quedó.
El cuerno mayor de la llama antigua
comenzó a sacudirse murmurando,
a la manera de la que un viento fatiga;
y con la cresta aquí y allá meneando
como haría una lengua que hablara,
lanzó afuera la voz y dijo: Cuando
me alejé de Circe, que me retuvo
más de un año preso en Gaeta,
antes que así Eneas la nombrara,
ni la dulzura del hijo, ni la piedad
del viejo padre, ni el debido amor
que debía a Penélope hacer dichosa,
vencer pudieron dentro de mí el ardor
que tuve de hacerme del mundo experto
y de los vicios humanos y de su valor;
antes, me lancé por el alto mar abierto
con sólo un barco y con aquellos compañeros
pocos, de los que no fui abandonado.
De costa en costa vi al final los límites de España,
hasta el Marruecos, y la isla de los Sardos,
y las otras que aquel mar en torno baña.
Yo y mis compañeros éramos viejos y tardos
cuando llegamos a aquella fosa estrecha
donde Hércules marcó sus dos resguardos
para que el hombre más allá no se meta;
a la derecha mano dejé Sevilla,
de la otra ya había dejado Ceuta.
“¡Oh hermanos”, dije, “que por cien mil
peligros habéis llegado a occidente,
de esta tan pequeña vigilia
de nuestro sentidos remanente
no queráis negaros la experiencia,
siguiendo al Sol, hacia el mundo sin gente.
Considerad vuestra simiente:
hechos no fuisteis para vivir como brutos,
sino para perseguir virtud y conocimiento”.
Mis compañeros tornáronse tan ansiosos,
con esta mi breve arenga, de seguir camino,
que apenas podría con esfuerzo contenerlos;
y, vuelta nuestra popa a la mañana,
de los remos hicimos alas para el loco vuelo,
avanzando siempre por el lado izquierdo.
Todas las estrellas ya del otro polo
veía la noche, y el nuestro tan abajo,
que no asomaba fuera del marino suelo.
Cinco veces encendida y tantas apagadas
pasó la luz por debajo de la Luna,
luego que entrados fuimos en aquel gran paso,
cuando apareció una montaña, bruna
en la distancia, y parecióme tan alta
como no había visto nunca una.
Nos alegramos, aunque enseguida volvióse llanto,
porque de la nueva tierra un torbellino nació
que golpeó al leño en su primer lado.
Tres vueltas nos hizo girar con toda el agua;
y en la cuarta se alzó la popa en alto,
como a Otro plugo, y la proa se fue abajo,
y al fin el mar sobre nosotros volvió a cerrarse.
martes, 27 de septiembre de 2011
EL GÉNERO FANTÁSTICO (TODOROV)
El género literario de lo fantástico corresponde a un tipo de narración particular, que suele confundirse con otros géneros vecinos, como la ciencia-ficción o el terror. De hecho, la palabra "fantástico" se ha utilizado en contextos tan variados, que ha perdido gran parte de su significado intrínseco. Abundan las antologías de textos fantásticos, tanto en Europa como en América, y se han multiplicado las publicaciones y los congresos dedicados al género.
Pero lejos de progresar hacia una definición funcional de la narración fantástica, las diversas tendencias críticas que han examinado este fenómeno literario, no han sino complicado el asunto, y resulta prácticamente imposible sintetizar estos análisis, muchas veces contradictorios, para llegar a una visión adecuada del género fantástico.
Uno de los ejemplos más representativos de estas exageraciones críticas se encuentra en la obra del francés Marcel Schneider, La littérature fantastique en France, y en la del americano Eric S. Rabkin, The fantastic in literature. Tras su investigación, ambos críticos concluyen que casi todo tipo de ficción no-realista es fantástico.
Rabkin asimila el género policíaco, encabezado por Agatha Christie, y el de ciencia-ficción, representado por Julio Verne, a lo fantástico, lo cual es inaceptable cuando pensamos en las diferencias evidentes que pueden existir entre una narración pseudo-lógica, como puede ser una historia de detectives o un relato de ciencia-ficción, y un cuento fantástico que reivindica la irracionalidad y lo inexplicable.
1. TEORÍA DE LO FANTÁSTICO DE TZVETAN TODOROV
A pesar de esta aparente confusión, siguen en pie las distinciones generativas elaboradas por Tzvetan Todorov, en su estudio Introduction á la littérature fantastique. Todorov diferencia tres categorías dentro de la ficción no-realista: lo maravilloso, lo insólito y lo fantástico. Cada uno de estos géneros se basa en la forma de explicar los elementos sobrenaturales que caracterizan su manera de narración.
Si el fenómeno sobrenatural se explica racionalmente al final del relato, como en Los crímenes de la Rue Morgue, de Edgar Allan Poe, estamos en el género de "lo insólito". Lo que a primera vista parecía escapar a las leyes físicas del mundo tal y como lo conocemos no es más que un engaño de los sentidos que se resolverá según estas mismas leyes. Este es el caso de muchas de las narraciones policíacas.
Por otro lado, si el fenómeno natural permanece sin explicación cuando se acaba el relato, entonces nos encontramos ante "lo maravilloso". Tal sería el caso de los cuentos de hadas, fábulas, leyendas, donde los detalles irracionales forman parte tanto del universo como de su estructura. Para Todorov, el género fantástico se encuentra entre lo insólito y lo maravilloso, y sólo se mantiene el efecto fantástico mientras el lector duda entre una explicación racional y una explicación irracional. Asimismo, rechaza el que un texto permanezca fantástico una vez acabada la narración: es insólito si tiene explicación y maravilloso si no la tiene. Según él, lo fantástico no ocupa más que "el tiempo de una incertidumbre", hasta que el lector opte por una solución u otra.
Pero esta teoría de Todorov no se puede decir que sea totalmente original. El escritor francés Guy de Maupassant ya la percibió un siglo antes, en su crónica titulada Lo fantástico. Sin embargo, Maupassant no dejó clara la diferencia entre lo fantástico y lo insólito, mientras que sí diferencia lo maravilloso de lo fantástico. Según él, el hombre de finales del siglo XIX ya no puede creer en las leyendas antiguas y su percepción de lo sobrenatural ha cambiado para siempre, achacando este cambio a los progresos técnicos que han influido fuertemente en el ser humano y en su visión del mundo. El lector ya no es tan crédulo y las supersticiones y leyendas ya no le asustan. Por ello, el autor debe mostrar más sutileza para provocar el escalofrío de inquietud y duda propio del género fantástico.
En los cuentos fantásticos de Maupassant podemos encontrar una perfecta ilustración de esta teoría, demostrando el autor que "sólo se tiene miedo de lo que no se entiende". Lo que distingue un relato fantástico de un cuento de hadas es la oportunidad que da al lector la narración fantástica de identificar el universo representado como el suyo propio y de intentar racionalizar los elementos sobrenaturales que rompen con las leyes naturales del mundo y con la posibilidad de conocimiento racional de la realidad.
De forma perspicaz, adelantándose a H.P. Lovecraft, Maupassant insiste mucho sobre el "miedo" que ha de provocar un relato fantástico, que no se corresponde con la anticipación de circunstancias negativas, proyectadas racionalmente, sino a un terror, según Daniel F. Ferreras, "al límite de lo indecible", cuya causa es la falta de explicación natural ante un determinado fenómeno, inexplicable.
Debemos mencionar dos cuentos de Maupassant, aunque no se consideren relatos fantásticos. Ambos se titulan El miedo y se basan en un miedo "sobrenatural". Aunque los protagonistas no corran peligro en ninguno de estos cuentos, sienten este miedo debido a circunstancias extrañas. En El miedo de 1882, uno de los personajes, cuya apariencia es la de un viajero y un aventurero, diferencia entre simplemente tener miedo y ser presa del espanto que produce lo desconocido; y confiesa haber sido condenado a muerte y haber arriesgado su vida en varias ocasiones, pero sólo haber sentido realmente miedo un par de veces, cuando precisamente no corría ningún peligro.
La primera fue cuando, viajando por el desierto, su compañero se cayó de su montura, debido a una insolación, justo en el momento en que empezaban a sonar los llamados "bongos del desierto". Así, mientras el protagonista asiste a su amigo, oyendo esos tambores misteriosos, siente el miedo a lo desconocido. Luego averiguará, al mismo tiempo que el lector, que el sonido provenía del ruido producido por el viento del desierto sobre las hierbas secas. El segundo recuerdo del viajero se refería a las dunas de arena que se habían convertido en un paisaje nevado de montaña, y el espacio abierto del desierto en la cabaña del guarda forestal, donde el narrador y su guía se refugian durante la noche.
Desde el principio, vemos que el guarda forestal y su familia están en alerta, por una razón insólita: el guarda asesinó a un hombre hace exactamente un año y espera que vuelva esta noche. El narrador nota que todos están preparados con rifles para luchar con el espíritu del hombre. La tensión va aumentando en la cabaña cuando el perro empieza a aullar, produciendo un sobresalto general. Para no tener que soportar ese siniestro aullido, la familia acaba echando al perro de la cabaña, y vuelve a reanudarse la insólita espera.
Al rato se oyen pasos y entonces surge una cara monstruosa pegada al cristal de la ventana. Uno de los hijos dispara y rápidamente tapa el agujero con algunas tablas. Al amanecer, se descubrirá que la cara deforme era la del perro que yace muerto en la ventana. El narrador concluye que volvería a pasar todos los peligros racionales que corrió en su vida, con tal de no tener que volver vivir aquel instante de terror incontrolable.
Este cuento, tanto como su homónimo, El miedo de 1884, se podría clasificar dentro de lo insólito o lo extraño, pues no contiene ningún elemento sobrenatural en la acción. Sin embargo, contiene en su esencia los fundamentos de una teoría de lo fantástico funcional y precisa. Su contenido y su estructura, nos ayudan a comprender el efecto fantástico.
Por otra parte, Todorov afirma que el género fantástico tiene que ser considerado como un producto de finales del siglo XVIII, que llega a alcanzar su apoteosis en el siguiente siglo para morir con el nacimiento del siglo XX. Todorov se basa en la aparición del psicoanálisis para explicar esta supuesta desaparición del género. Si aceptamos que lo fantástico expresa de una forma figurada las angustias y pulsiones del subconsciente, la llegada del psicoanálisis lógicamente va a liquidar racionalmente este género basado en lo irracional. Pero, sin embargo, no ocurre así pues estudiando la producción literaria fantástica de la segunda mitad de nuestro siglo, vemos que lo fantástico triunfa en muchas esferas de la creación artística.
Caben dudas sobre la eficacia de la teoría psicoanalítica en lo que se refiere a su explicación de la obra de arte. Pero no se puede dudar que lo fantástico puede corresponderse con las pulsiones inconscientes del escritor y su lector. No obstante, la identificación de estas pulsiones no basta para explicar el efecto fantástico, ni se puede reducir cualquier relato fantástico a una serie de conceptos psicoanalíticos. La existencia de un Julio Cortázar, de un Stephen King o de un Clive Barker corrobora que el limitar el género fantástico al siglo XIX es un error.
Un error parecido comete el crítico norteamericano Tobin Siebers en su estudio The Romantic Fantastic cuando establece una relación entre lo romántico y lo fantástico. Para él, lo fantástico es el producto de la mente romántica, y alude a las obras de Poe y de Nerval, para demostrar su hipótesis. Pero si consideramos a escritores que pertenecen a este género sin lugar a dudas, como Maupassant, Merimée o Lovecraft, vemos que lo fantástico, más que romántico, es post-romántico y pertenece más bien a una tendencia realista y racional.
Lo fantástico sobrevive al movimiento romántico tanto como al psicoanálisis, y si hoy en día es imposible hablar de escritores románticos contemporáneos, en un sentido estricto, no lo es en el caso de autores fantásticos.
2. TEORÍA DE ROSALBA CAMPRA
Campra desarrolla toda una teoría del género fantástico basándose en lo que ella denomina los "silencios". Estos "silencios" van a presentarse en las narraciones fantásticas de las siguientes maneras:
1. Todo enunciado es una trama formada tanto por lo que se dice como por lo que se calla.
El acto comunicativo está formado por palabras y por silencios. Según Campra, estamos acostumbrados a presuponer, a inferir, a sustituir unas palabras por otras; desciframiento basado en nuestro conocimiento del mundo y de nuestra experiencia. Pero el trabajo que realiza el lector en un contexto de comunicación inmodificable como el de la palabra escrita es aún más paradójico. No es posible aclarar, corregir, sino recurriendo al propio texto. Y si ese texto pertenece al género de la ficción "el acto comunicativo, más que una paradoja, es casi un milagro". Las posibilidades de referencia carecen de una codificación a la que el lector pueda remitirse inmediatamente.
2. Apariciones, inversiones temporales, superposiciones espaciales, materializaciones e intercambios de identidad no agotan el universo fantástico.
Estas transgresiones no se basan en elementos temáticos, sino que con las posibilidades que ofrece la situación comunicativa, es decir, con los desequilibrios entre la palabra y el silencio. Los silencios que se introducen en un texto pueden tener una resolución posible y necesaria. Así, por ejemplo, en el cuento policíaco, la identidad del asesino y las motivaciones del crimen encuentran su solución por medio de las deducciones del investigador. Otros silencios no suponen ningún tipo de indagación, sino que acaban solucionándose. solos.
Sin embargo, también existen silencios imposibles de solucionar, los que encontramos en la narración fantástica: "un silencio cuya naturaleza y función consisten precisamente en no poder ser llenado". La narración crea sus propios contenidos, pues depende de lo que el narrador quiera mostrar. Y el lector puede suponer, pero nunca tener la certeza de saber, el resto de la historia. En muchas ocasiones este silencio aparece representado como oscuridad.
Por ejemplo, podemos citar la oscuridad de Cuello de gatito negro (1974) de Julio Cortázar, en donde el romperse la lámpara del cuarto en que los protagonistas están haciendo el amor provoca una presencia feroz que quiere destruir al amante a zarpazos. Al cerrar éste la puerta para escapar, quedará adentro, en la oscuridad, esa incógnita presencia. Pero el silencio también puede expresarse subrayando la falta de palabras para explicar los acontecimientos.
En Cuello de gatito negro, las lagunas del discurso no establecen un final y los puntos cierran abruptamente frases que no se han cerrado gramaticalmente: "No, no sé nada. Tengo solamente miedo. Yo también me impacientaría si otro me hablara así. Pero hay días en que. Sí, días. Y noches".
También se puede construir el sentido del texto por medio de una interrupción en su desarrollo, como es el caso de los finales incompletos. Así, por ejemplo, en Las armas secretas (1959) de Cortázar, el protagonista, Pierre, va siendo invadido por una identidad ajena. Poco a poco, el lector descubre que esa identidad es la de un soldado alemán que violó a la muchacha de la que el protagonista está enamorado. La última secuencia parece llevar a la disolución de la identidad de Pierre y la repetición de la escena de violencia, pero la historia tiene su punto final antes de que concluyan los hechos.
3. Hay cuentos en los que no aparecen fantasmas, o en los que las secuencias presentan un desarrollo completo, y sin embargo no dudamos en catalogarlos como "fantásticos".
Estos silencios se encuentran en el plano de la causalidad, la garantía del orden y la existencia del mundo. Los relatos en los que "objetos mágicos, misteriosas pociones, fórmulas cabalísticas alteran la realidad" son más tranquilizadores que aquellos en que aparecen elementos de la realidad cotidiana sin ser transformados, pero no existe razón alguna para su presencia, ya que, como ha formulado Borges claramente en El arte narrativo y la magia: "...la magia es la coronación o pesadilla de lo causal, no su contradicción". Estos objetos mágicos, aunque sean increíbles, representan la negación del absurdo, dando a todo una explicación.
Por otra parte, un fenómeno caracterizado como hiperbólico no tiene por qué implicar una tensión fantástica, pero si resulta imposible conocer la causa, la intención, la finalidad que los determinan, surge inevitablemente esa tensión. Así, un texto como Verano (1974) de Cortázar demuestra cómo la falta de la causa de un fenómeno puede ser razón suficiente de lo fantástico, mientras que el carácter hiperbólico no representa más que una acentuación.
En Verano se cuenta la presunta presencia de un caballo que una pareja entrevé por una ventana, mientras que la realidad en que viven los personajes implica la ausencia de caballos. Entonces, la mujer intenta dar una explicación a esa presencia: "Quiere entrar -dijo Zulma pegada a la pared del fondo-. Pero no, qué tontería, se habrá escapado de alguna charca del valle y vino a la luz". El mundo parece ser coherente, pero esta estructura se rompe por una presencia perfectamente normal, como es la de un caballo, que no se justifica en ese espacio. Esto crea la sospecha de que exista otro plano de realidad, el terror de los protagonistas y, consiguientemente, la inquietud del lector.
3. La explotación de los silencios resulta un mecanismo sin sorpresa: el lector de narraciones fantásticas ha incluido en sus expectativas la falta de causalidad como un efecto recurrente del género.
Según Campra, estamos en presencia de un uso particular del "extrañamiento", que deriva de una ignorancia del narrador que el lector no comparte, y el placer deriva de la superioridad que le concede su capacidad de desentrañar algo que al narrador se le escapa. En esto se basa el relato de Cortázar Los buenos servicios (1959), en el que una portera cuenta una historia de muerte y venganzas en un ambiente homosexual, sin llegar a identificar las razones, ni la apariencia de lo que sucede.
En lo fantástico, el extrañamiento es irreductible, en cuanto que no tiende a un efecto de sorpresa sobre la propia realidad, ni deriva de una incapacidad del narrador, sino que resulta de un vacío en la realidad, que se manifiesta en la falta de cohesión del relato en el plano de la causalidad.
4. ELEMENTOS DE LA NARRACIÓN FANTÁSTICA SEGÚN DANIEL F. FERRERAS
F. Ferreras concluye que la definición del género fantástico se tiene que elaborar no sólo en el ámbito histórico, como "manifestación artística originada por el cambio de mentalidad que supone la revolución industrial", sino también en el ámbito estructural, como "conjunto de parámetros narrativos íntimamente ligados al buen funcionamiento de un relato fantástico". Así, se pueden aislar tres aspectos distintos de la narración fantástica que servirán de criterios selectivos, y se utilizarán como métodos de identificación del género:
1. Elemento sobrenatural inédito.
Toda narración fantástica debe presentar algún elemento que no siga las leyes naturales, el cual no puede pertenecer a una mitología conocida, sino que tiene que estar fuera de toda tradición. Además, tiene que permanecer sin explicación en toda la narración. Si se le encuentra una solución racional al final de la narración, nos encontramos con el género de lo extraño y desde el punto de vista estructural, nos acercamos al género policiaco tradicional, que representa lo inexplicado para después insistir en una progresión lógica hacia una explicación que no dejará de satisfacer tanto al lector como a las reglas internas de un universo narrado que en ningún momento se aleja de las leyes naturales.
2. Universo identificable o "hiperrealidad"
El universo en el que se desarrolla la narración fantástica tiende a ser una réplica del nuestro, y quizás es ésta la principal diferencia entre la narración fantástica y los cuentos maravillosos o de ciencia-ficción. Lo fantástico depende en gran medida de una representación realista del mundo para funcionar. Para que pueda provocar miedo, duda, el relato fantástico tiene que convencernos de que la realidad representada es la nuestra, y demostrar que el elemento sobrenatural es inaceptable en este mundo. Los protagonistas son personas comunes en un decorado cotidiano.
Cabe hablar de la hiperrealidad, esto es, de la exageración de los aspectos más corrientes de la realidad; se trata de un realismo llevado al extremo, que parece representar un universo tan aburrido que no merece ni ser mencionado. Tanto es así que sin lo sobrenatural, la narración no tendría razón de ser, pues ni los personajes ni las circunstancias presentan alguna particularidad que justifique el texto.
3. Ruptura radical entre el protagonista y el universo.
La narración fantástica tiende a oponer al protagonista, víctima del fenómeno fantástico, con sus estructuras sociales; oposición que se puede también analizar en términos de razón contra irracionalidad, realidad contra sobrenatural o individuo contra colectividad, y se puede definir como un choque entre dos códigos semióticos opuestos el uno al otro: se sugiere la presencia de un elemento irracional en nuestro universo, y por lo tanto se oponen el código de la realidad y el de lo irracional.
Estos tres parámetros reunidos forman las características estructurales del género fantástico. Obviamente, sería inútil intentar establecer categorías totalmente diferenciadas, pues muchos relatos fantásticos pueden presentar aspectos típicos del género extraño, maravilloso o incluso de ciencia ficción, y los relatos puramente fantásticos no son tan comunes como se tiende a considerar generalmente.
Pero lejos de progresar hacia una definición funcional de la narración fantástica, las diversas tendencias críticas que han examinado este fenómeno literario, no han sino complicado el asunto, y resulta prácticamente imposible sintetizar estos análisis, muchas veces contradictorios, para llegar a una visión adecuada del género fantástico.
Uno de los ejemplos más representativos de estas exageraciones críticas se encuentra en la obra del francés Marcel Schneider, La littérature fantastique en France, y en la del americano Eric S. Rabkin, The fantastic in literature. Tras su investigación, ambos críticos concluyen que casi todo tipo de ficción no-realista es fantástico.
Rabkin asimila el género policíaco, encabezado por Agatha Christie, y el de ciencia-ficción, representado por Julio Verne, a lo fantástico, lo cual es inaceptable cuando pensamos en las diferencias evidentes que pueden existir entre una narración pseudo-lógica, como puede ser una historia de detectives o un relato de ciencia-ficción, y un cuento fantástico que reivindica la irracionalidad y lo inexplicable.
1. TEORÍA DE LO FANTÁSTICO DE TZVETAN TODOROV
A pesar de esta aparente confusión, siguen en pie las distinciones generativas elaboradas por Tzvetan Todorov, en su estudio Introduction á la littérature fantastique. Todorov diferencia tres categorías dentro de la ficción no-realista: lo maravilloso, lo insólito y lo fantástico. Cada uno de estos géneros se basa en la forma de explicar los elementos sobrenaturales que caracterizan su manera de narración.
Si el fenómeno sobrenatural se explica racionalmente al final del relato, como en Los crímenes de la Rue Morgue, de Edgar Allan Poe, estamos en el género de "lo insólito". Lo que a primera vista parecía escapar a las leyes físicas del mundo tal y como lo conocemos no es más que un engaño de los sentidos que se resolverá según estas mismas leyes. Este es el caso de muchas de las narraciones policíacas.
Por otro lado, si el fenómeno natural permanece sin explicación cuando se acaba el relato, entonces nos encontramos ante "lo maravilloso". Tal sería el caso de los cuentos de hadas, fábulas, leyendas, donde los detalles irracionales forman parte tanto del universo como de su estructura. Para Todorov, el género fantástico se encuentra entre lo insólito y lo maravilloso, y sólo se mantiene el efecto fantástico mientras el lector duda entre una explicación racional y una explicación irracional. Asimismo, rechaza el que un texto permanezca fantástico una vez acabada la narración: es insólito si tiene explicación y maravilloso si no la tiene. Según él, lo fantástico no ocupa más que "el tiempo de una incertidumbre", hasta que el lector opte por una solución u otra.
Pero esta teoría de Todorov no se puede decir que sea totalmente original. El escritor francés Guy de Maupassant ya la percibió un siglo antes, en su crónica titulada Lo fantástico. Sin embargo, Maupassant no dejó clara la diferencia entre lo fantástico y lo insólito, mientras que sí diferencia lo maravilloso de lo fantástico. Según él, el hombre de finales del siglo XIX ya no puede creer en las leyendas antiguas y su percepción de lo sobrenatural ha cambiado para siempre, achacando este cambio a los progresos técnicos que han influido fuertemente en el ser humano y en su visión del mundo. El lector ya no es tan crédulo y las supersticiones y leyendas ya no le asustan. Por ello, el autor debe mostrar más sutileza para provocar el escalofrío de inquietud y duda propio del género fantástico.
En los cuentos fantásticos de Maupassant podemos encontrar una perfecta ilustración de esta teoría, demostrando el autor que "sólo se tiene miedo de lo que no se entiende". Lo que distingue un relato fantástico de un cuento de hadas es la oportunidad que da al lector la narración fantástica de identificar el universo representado como el suyo propio y de intentar racionalizar los elementos sobrenaturales que rompen con las leyes naturales del mundo y con la posibilidad de conocimiento racional de la realidad.
De forma perspicaz, adelantándose a H.P. Lovecraft, Maupassant insiste mucho sobre el "miedo" que ha de provocar un relato fantástico, que no se corresponde con la anticipación de circunstancias negativas, proyectadas racionalmente, sino a un terror, según Daniel F. Ferreras, "al límite de lo indecible", cuya causa es la falta de explicación natural ante un determinado fenómeno, inexplicable.
Debemos mencionar dos cuentos de Maupassant, aunque no se consideren relatos fantásticos. Ambos se titulan El miedo y se basan en un miedo "sobrenatural". Aunque los protagonistas no corran peligro en ninguno de estos cuentos, sienten este miedo debido a circunstancias extrañas. En El miedo de 1882, uno de los personajes, cuya apariencia es la de un viajero y un aventurero, diferencia entre simplemente tener miedo y ser presa del espanto que produce lo desconocido; y confiesa haber sido condenado a muerte y haber arriesgado su vida en varias ocasiones, pero sólo haber sentido realmente miedo un par de veces, cuando precisamente no corría ningún peligro.
La primera fue cuando, viajando por el desierto, su compañero se cayó de su montura, debido a una insolación, justo en el momento en que empezaban a sonar los llamados "bongos del desierto". Así, mientras el protagonista asiste a su amigo, oyendo esos tambores misteriosos, siente el miedo a lo desconocido. Luego averiguará, al mismo tiempo que el lector, que el sonido provenía del ruido producido por el viento del desierto sobre las hierbas secas. El segundo recuerdo del viajero se refería a las dunas de arena que se habían convertido en un paisaje nevado de montaña, y el espacio abierto del desierto en la cabaña del guarda forestal, donde el narrador y su guía se refugian durante la noche.
Desde el principio, vemos que el guarda forestal y su familia están en alerta, por una razón insólita: el guarda asesinó a un hombre hace exactamente un año y espera que vuelva esta noche. El narrador nota que todos están preparados con rifles para luchar con el espíritu del hombre. La tensión va aumentando en la cabaña cuando el perro empieza a aullar, produciendo un sobresalto general. Para no tener que soportar ese siniestro aullido, la familia acaba echando al perro de la cabaña, y vuelve a reanudarse la insólita espera.
Al rato se oyen pasos y entonces surge una cara monstruosa pegada al cristal de la ventana. Uno de los hijos dispara y rápidamente tapa el agujero con algunas tablas. Al amanecer, se descubrirá que la cara deforme era la del perro que yace muerto en la ventana. El narrador concluye que volvería a pasar todos los peligros racionales que corrió en su vida, con tal de no tener que volver vivir aquel instante de terror incontrolable.
Este cuento, tanto como su homónimo, El miedo de 1884, se podría clasificar dentro de lo insólito o lo extraño, pues no contiene ningún elemento sobrenatural en la acción. Sin embargo, contiene en su esencia los fundamentos de una teoría de lo fantástico funcional y precisa. Su contenido y su estructura, nos ayudan a comprender el efecto fantástico.
Por otra parte, Todorov afirma que el género fantástico tiene que ser considerado como un producto de finales del siglo XVIII, que llega a alcanzar su apoteosis en el siguiente siglo para morir con el nacimiento del siglo XX. Todorov se basa en la aparición del psicoanálisis para explicar esta supuesta desaparición del género. Si aceptamos que lo fantástico expresa de una forma figurada las angustias y pulsiones del subconsciente, la llegada del psicoanálisis lógicamente va a liquidar racionalmente este género basado en lo irracional. Pero, sin embargo, no ocurre así pues estudiando la producción literaria fantástica de la segunda mitad de nuestro siglo, vemos que lo fantástico triunfa en muchas esferas de la creación artística.
Caben dudas sobre la eficacia de la teoría psicoanalítica en lo que se refiere a su explicación de la obra de arte. Pero no se puede dudar que lo fantástico puede corresponderse con las pulsiones inconscientes del escritor y su lector. No obstante, la identificación de estas pulsiones no basta para explicar el efecto fantástico, ni se puede reducir cualquier relato fantástico a una serie de conceptos psicoanalíticos. La existencia de un Julio Cortázar, de un Stephen King o de un Clive Barker corrobora que el limitar el género fantástico al siglo XIX es un error.
Un error parecido comete el crítico norteamericano Tobin Siebers en su estudio The Romantic Fantastic cuando establece una relación entre lo romántico y lo fantástico. Para él, lo fantástico es el producto de la mente romántica, y alude a las obras de Poe y de Nerval, para demostrar su hipótesis. Pero si consideramos a escritores que pertenecen a este género sin lugar a dudas, como Maupassant, Merimée o Lovecraft, vemos que lo fantástico, más que romántico, es post-romántico y pertenece más bien a una tendencia realista y racional.
Lo fantástico sobrevive al movimiento romántico tanto como al psicoanálisis, y si hoy en día es imposible hablar de escritores románticos contemporáneos, en un sentido estricto, no lo es en el caso de autores fantásticos.
2. TEORÍA DE ROSALBA CAMPRA
Campra desarrolla toda una teoría del género fantástico basándose en lo que ella denomina los "silencios". Estos "silencios" van a presentarse en las narraciones fantásticas de las siguientes maneras:
1. Todo enunciado es una trama formada tanto por lo que se dice como por lo que se calla.
El acto comunicativo está formado por palabras y por silencios. Según Campra, estamos acostumbrados a presuponer, a inferir, a sustituir unas palabras por otras; desciframiento basado en nuestro conocimiento del mundo y de nuestra experiencia. Pero el trabajo que realiza el lector en un contexto de comunicación inmodificable como el de la palabra escrita es aún más paradójico. No es posible aclarar, corregir, sino recurriendo al propio texto. Y si ese texto pertenece al género de la ficción "el acto comunicativo, más que una paradoja, es casi un milagro". Las posibilidades de referencia carecen de una codificación a la que el lector pueda remitirse inmediatamente.
2. Apariciones, inversiones temporales, superposiciones espaciales, materializaciones e intercambios de identidad no agotan el universo fantástico.
Estas transgresiones no se basan en elementos temáticos, sino que con las posibilidades que ofrece la situación comunicativa, es decir, con los desequilibrios entre la palabra y el silencio. Los silencios que se introducen en un texto pueden tener una resolución posible y necesaria. Así, por ejemplo, en el cuento policíaco, la identidad del asesino y las motivaciones del crimen encuentran su solución por medio de las deducciones del investigador. Otros silencios no suponen ningún tipo de indagación, sino que acaban solucionándose. solos.
Sin embargo, también existen silencios imposibles de solucionar, los que encontramos en la narración fantástica: "un silencio cuya naturaleza y función consisten precisamente en no poder ser llenado". La narración crea sus propios contenidos, pues depende de lo que el narrador quiera mostrar. Y el lector puede suponer, pero nunca tener la certeza de saber, el resto de la historia. En muchas ocasiones este silencio aparece representado como oscuridad.
Por ejemplo, podemos citar la oscuridad de Cuello de gatito negro (1974) de Julio Cortázar, en donde el romperse la lámpara del cuarto en que los protagonistas están haciendo el amor provoca una presencia feroz que quiere destruir al amante a zarpazos. Al cerrar éste la puerta para escapar, quedará adentro, en la oscuridad, esa incógnita presencia. Pero el silencio también puede expresarse subrayando la falta de palabras para explicar los acontecimientos.
En Cuello de gatito negro, las lagunas del discurso no establecen un final y los puntos cierran abruptamente frases que no se han cerrado gramaticalmente: "No, no sé nada. Tengo solamente miedo. Yo también me impacientaría si otro me hablara así. Pero hay días en que. Sí, días. Y noches".
También se puede construir el sentido del texto por medio de una interrupción en su desarrollo, como es el caso de los finales incompletos. Así, por ejemplo, en Las armas secretas (1959) de Cortázar, el protagonista, Pierre, va siendo invadido por una identidad ajena. Poco a poco, el lector descubre que esa identidad es la de un soldado alemán que violó a la muchacha de la que el protagonista está enamorado. La última secuencia parece llevar a la disolución de la identidad de Pierre y la repetición de la escena de violencia, pero la historia tiene su punto final antes de que concluyan los hechos.
3. Hay cuentos en los que no aparecen fantasmas, o en los que las secuencias presentan un desarrollo completo, y sin embargo no dudamos en catalogarlos como "fantásticos".
Estos silencios se encuentran en el plano de la causalidad, la garantía del orden y la existencia del mundo. Los relatos en los que "objetos mágicos, misteriosas pociones, fórmulas cabalísticas alteran la realidad" son más tranquilizadores que aquellos en que aparecen elementos de la realidad cotidiana sin ser transformados, pero no existe razón alguna para su presencia, ya que, como ha formulado Borges claramente en El arte narrativo y la magia: "...la magia es la coronación o pesadilla de lo causal, no su contradicción". Estos objetos mágicos, aunque sean increíbles, representan la negación del absurdo, dando a todo una explicación.
Por otra parte, un fenómeno caracterizado como hiperbólico no tiene por qué implicar una tensión fantástica, pero si resulta imposible conocer la causa, la intención, la finalidad que los determinan, surge inevitablemente esa tensión. Así, un texto como Verano (1974) de Cortázar demuestra cómo la falta de la causa de un fenómeno puede ser razón suficiente de lo fantástico, mientras que el carácter hiperbólico no representa más que una acentuación.
En Verano se cuenta la presunta presencia de un caballo que una pareja entrevé por una ventana, mientras que la realidad en que viven los personajes implica la ausencia de caballos. Entonces, la mujer intenta dar una explicación a esa presencia: "Quiere entrar -dijo Zulma pegada a la pared del fondo-. Pero no, qué tontería, se habrá escapado de alguna charca del valle y vino a la luz". El mundo parece ser coherente, pero esta estructura se rompe por una presencia perfectamente normal, como es la de un caballo, que no se justifica en ese espacio. Esto crea la sospecha de que exista otro plano de realidad, el terror de los protagonistas y, consiguientemente, la inquietud del lector.
3. La explotación de los silencios resulta un mecanismo sin sorpresa: el lector de narraciones fantásticas ha incluido en sus expectativas la falta de causalidad como un efecto recurrente del género.
Según Campra, estamos en presencia de un uso particular del "extrañamiento", que deriva de una ignorancia del narrador que el lector no comparte, y el placer deriva de la superioridad que le concede su capacidad de desentrañar algo que al narrador se le escapa. En esto se basa el relato de Cortázar Los buenos servicios (1959), en el que una portera cuenta una historia de muerte y venganzas en un ambiente homosexual, sin llegar a identificar las razones, ni la apariencia de lo que sucede.
En lo fantástico, el extrañamiento es irreductible, en cuanto que no tiende a un efecto de sorpresa sobre la propia realidad, ni deriva de una incapacidad del narrador, sino que resulta de un vacío en la realidad, que se manifiesta en la falta de cohesión del relato en el plano de la causalidad.
4. ELEMENTOS DE LA NARRACIÓN FANTÁSTICA SEGÚN DANIEL F. FERRERAS
F. Ferreras concluye que la definición del género fantástico se tiene que elaborar no sólo en el ámbito histórico, como "manifestación artística originada por el cambio de mentalidad que supone la revolución industrial", sino también en el ámbito estructural, como "conjunto de parámetros narrativos íntimamente ligados al buen funcionamiento de un relato fantástico". Así, se pueden aislar tres aspectos distintos de la narración fantástica que servirán de criterios selectivos, y se utilizarán como métodos de identificación del género:
1. Elemento sobrenatural inédito.
Toda narración fantástica debe presentar algún elemento que no siga las leyes naturales, el cual no puede pertenecer a una mitología conocida, sino que tiene que estar fuera de toda tradición. Además, tiene que permanecer sin explicación en toda la narración. Si se le encuentra una solución racional al final de la narración, nos encontramos con el género de lo extraño y desde el punto de vista estructural, nos acercamos al género policiaco tradicional, que representa lo inexplicado para después insistir en una progresión lógica hacia una explicación que no dejará de satisfacer tanto al lector como a las reglas internas de un universo narrado que en ningún momento se aleja de las leyes naturales.
2. Universo identificable o "hiperrealidad"
El universo en el que se desarrolla la narración fantástica tiende a ser una réplica del nuestro, y quizás es ésta la principal diferencia entre la narración fantástica y los cuentos maravillosos o de ciencia-ficción. Lo fantástico depende en gran medida de una representación realista del mundo para funcionar. Para que pueda provocar miedo, duda, el relato fantástico tiene que convencernos de que la realidad representada es la nuestra, y demostrar que el elemento sobrenatural es inaceptable en este mundo. Los protagonistas son personas comunes en un decorado cotidiano.
Cabe hablar de la hiperrealidad, esto es, de la exageración de los aspectos más corrientes de la realidad; se trata de un realismo llevado al extremo, que parece representar un universo tan aburrido que no merece ni ser mencionado. Tanto es así que sin lo sobrenatural, la narración no tendría razón de ser, pues ni los personajes ni las circunstancias presentan alguna particularidad que justifique el texto.
3. Ruptura radical entre el protagonista y el universo.
La narración fantástica tiende a oponer al protagonista, víctima del fenómeno fantástico, con sus estructuras sociales; oposición que se puede también analizar en términos de razón contra irracionalidad, realidad contra sobrenatural o individuo contra colectividad, y se puede definir como un choque entre dos códigos semióticos opuestos el uno al otro: se sugiere la presencia de un elemento irracional en nuestro universo, y por lo tanto se oponen el código de la realidad y el de lo irracional.
Estos tres parámetros reunidos forman las características estructurales del género fantástico. Obviamente, sería inútil intentar establecer categorías totalmente diferenciadas, pues muchos relatos fantásticos pueden presentar aspectos típicos del género extraño, maravilloso o incluso de ciencia ficción, y los relatos puramente fantásticos no son tan comunes como se tiende a considerar generalmente.
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